
Y resulta que ahora el niño tiene 35, es médico
en el ramón y Cajal y su barba pica. No puede ser. No tiene sentido que sea
mayor que nosotros. Yo no entendía a mi abuela cuando decía que ella tenía 28
años. Su pelo morado, sus dedos huesos hermosos. Su porte esbelto. Faldas largas, camisas de
seda. Elegante y altiva. Cuello de astracán, collar de perlas. Pero sobre todo,
mi padre y mis tíos, que habían cumplido más de 40 todos. Pues mi abuela cada
año cumplía 28. Ahora lo entiendo todo. Cada uno tiene una edad ancla, de la
cual no es que no quiera desprenderse. Simplemente esos son los años que tiene.
Por mucho que diga el calendario.
Para los sin-hijos el asunto de la edad ancla es
mucho más sencillo. Porque nunca les pasan, ni por la izquierda ni por la
derecha. Ellos sí pueden ser Peter Pan. Aunque somos todos iguales. Tenemos nuestro ancla. Que no es zona de confort. Es un punto gordo y feliz de nuestra vida alrededor del cual queremos seguir girando.
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