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22/09/2020

CADA UNO TIENE SU VASO PARA AHOGARSE

  

Cada uno tiene su vaso de agua en el que ahogarse. No es que se pueda decir de nadie que se ahoga en un vaso de agua. Como si fuera pequeño. Tú tienes tu vaso de agua en el que te ahogas si te da la gana. Y nadie tiene derecho a criticarte por tener tu vaso de agua. Grande o pequeño. No hay dimensión para la asfixia. Eso de la gota que colma el vaso, será. O no. Cada uno vive como puede. Todo depende, de cómo se lo monta, decía un sabio que ya no está. Dicen que está con otro sabio ahora, cuya teoría era que cada uno es cada uno y cada cual con su cada cuala, o con sus cadaunadas. Pues eso.

De las tragedias no hay medida. Y parece que la felicidad no cuenta. Es elástica, se encoje cuando viene la pena. Agazapada y asustada en un rincón no se atreve a reivindicar su espacio. No vaya a ser que le caiga alguna reprimenda. Son subjetivas las emociones que desencadenan los sucesos.

Pero cuando uno no puede con su vida, no puede con lo que le toca; cuando no llega, porque el mundo se le viene encima. Cuando llega ese momento, cada uno tiene su medida, que cambia en el tiempo, con la corteza que nos hacemos.

No hay pipeta ni matraz. El vaso no tiene marcas en el sistema internacional ni en pulgadas. Cada uno con su capacidad para ahogarse y su derecho, bien en un charco o en el océano. No hay más peligro en uno que en otro mar. Líbreme de las aguas mansas, que de las turbulentas ya me libro yo. Uno se agobia con lo que se agobia y ya está. No te excuses, “¡Ay, con todo lo que tú llevas, quejarme yode esto!” No se puede juzgar a nadie por ahogarse en un problema que desde su punto de vista es pequeño porque no lo es y no hay más que hablar. Caso cerrado. La única objetividad es que todo es subjetivo. Además, las dimensiones cambian.

Estar con alguien que está contento le gusta a todo el mundo. Es un imán. Así que, sonríe siempre que puedas; siempre que encuentres un motivo, por pequeño que sea.


21/09/2020

EL QUE PREGUNTA LO QUE YA SABE

No se entiende muy bien porqué lo hace. Si es para reafirmarse, para sufrir o para llamarte imbécil. O pensártelo a la cara. O porque sí, angelito que no sabe vivir de otra manera. 

El sujeto en cuestión te puede soltar, así, sin venir a cuento "¿qué tal está Pepito? " . Esta pregunta inocente te la lanza por teléfono, en medio de la calle, sin solución de continuidad. Te asalta y zas. No necesita introducción ni un como estás. Él sabe que  a Pepe le ha dejado su mujer, se le ha muerto el padre y le han echado del curro. Sin anestesia. 50 años, sin estudios y con un hijo malito. Lo mismo tú a Pepe llevas sin verle tres meses, o le has visto un momento, de saludo rápido. En ese lapso se han producido tales eventos. Contestas inocente con un: “No sé”. O “ni idea” El de la Gestapo se revuelve ante tu desinformación. Pero o desembucha o tiene que cambiar de tema porque no le das chance, no quiere soltarte un “ya que me preguntas” porque no le has dicho ni mu. Se le hace bola el cotilleo, no puede pasar un minuto más sin soltarlo. Le han dicho sé discreto y necesita tu alternativa para meterlo, como si le hubieras sonsacado.

Segunda opción es que sí lo sepas. Lo que le ha pasado a Pepe. Ojo. Que puede ser bueno. No suele. Los chismes del cotilla son más jugosos si de tragedias o dramas se trata. Puede empezar con un “yo no quiero decir nada, pero. ¿Sabes algo de Pepe?”. Raro sería que no te hubieras enterado, porque le han hecho lo ministro del interior, para enfado de propios y extraños que no es del partido, que es un base del baloncesto del Estudiantes, capitán del equipo español. De ahí a ministro. Ministro. Del interior. Buena gente es. ¡Coño, que es Pepe! Seguro que lo hace bien. Es un fenómeno. Ha nacido de pie. En coma con Disney tenías que haber Estado para no enterarte. O le he tocado el Gordo de Navidad. Le una entrevistado en la 1 y ha hablado de los agujeros que va a tapar. Y tú: “siii. Qué alegría”. Y el espía claro, tenía un as en la manga. Como no podía ser de otra manera. Porque abusa de la amargura, se ha tragado un limón y le sale ácido por los poros. “No tanta alegría, le han pillado que tomaba copas en Bocaccio cuando era estudiante y está pensando renunciar” Tú piensas ¿Quién no tiene un pasado? Si no es ahí, será en Green, en la Casita, en el Jardín, el Mono de Cercedilla, el Pajar, en Navacerrada. Menos mal que hay sitios que no existen y los pecados caducan o están enterrados. Porque si los delitos prescriben no entiendo cómo puede ser tan larga la memoria para la estupidez y las miserias. Quizá tomaba hamburguesas en el Night o conducía una Frontera Azul y contaminaba. A lo mejor le acusan de carnívoro, anti-ecologista. Cualquier bobada. Te callas. Resulta que el billete de lotería era compartido y se lo ha quedado Pepe. Tú sospechas que la denuncia viene de este pirado del chisme. Del espía sin uniforme. Que no pudo ser ministro, que no ganó. Que no puede con la carretilla de envidia que transporta.

También se da el caso de que tú tienes una información de primera mano, tanto que pongamos que se trata de tu vida. Que tu hijo ha sacado tal nota o tal otra o que te vas de viaje. Y te lo rebate. Porque él es así. Él ha preguntado y tiene que salir victorioso. Si le dices “me voy a Grecia”. Te contesta seguro de ´si, “no, a gracia no, dirás a Croacia”. Y no, es que te vas a Grecia, es que has sacado tú los billetes, tienes un amigo allí al que vas a visitar. Pues todavía quiere tener razón. “Me extraña”. Lo mejor es no tomárselo en serio. Se trata de cotillas ilustrados, chupópteros profesionales. Como amateur no tienes nada que hacer. Así es que desconfía de tu amigo nena.

20/09/2020

EL PEINADO DE SOLTERA

El asunto de peinarse es de suma importancia. No es baladí. Mientras no lo es. No sé si se me entiende. Parece que el resultado viene de fábrica, que salimos a la calle estupendos, pero no. Cuando no se convive, él admira la melena de ella, su pelo liso, o sus magníficos rizos, sus ondas, rubias o morenas. Él adora la nuca desnuda que asoma porque lleva el pelo cortado a lo garzón. No sabe lo que hay detrás. Que si las mechas, que si el tinte, que si me pongo rulos, o me lo plancho. Porque hay una época de no aceptación y rebeldía en la que una quiere ser de otra manera, y no se ocupa de encontrar quién es de verdad y sacar lo mejor de sí misma. Envidia el pelo liso de su hermana y ella sus rizos. La duración de esta etapa, de autoestima baldía, es variable, de cero a para siempre.

Mi abuela, una belleza castellana con alta consideración de sí misma; tenía el cabello negro cual modelo del mismísimo Julio Romero de Torres. Lucía lozana moño bajo cordobés al otro lado de la Sierra de Guadarrama, donde el campo huele a cerdo, decía. El día que se casó se cortó la ilustre cabellera. Sin más. Tenía muchas cosas que hacer, además, ella no sabía hacerse el peinado con el que paseaba enhebrada a mi abuelo, calle Real arriba, calle Real abajo. Él era su mejor mitad, como decía Delibes de su mujer. Me pregunto lo que pensaría ese enamorado esposo al ver a la bella y joven Sofía despojada de su mata negra y brillante. Yo, como nieta, puedo asegurar que murió cerca de los 90 años, con un cabello que entreveraba canas, grisáceo, sin tintes, duro como ella lo fue.

Otra abuela que no fue mía, pero la quería como si lo hubiera sido, cada semana, hasta el final de su vida, iba a la peluquería. Los últimos tiempos la peluquera iba a peinarla a casa. Jamás se peinó sola. Ni falta que le hizo. Genio y figura. Solo la pandemia hizo enarbolar el secador a una amiga que escribió entre las capitulaciones matrimoniales acudir semanalmente a la peluquería, pues ella no era capaz de domar su melena. El recurso de ahorrar para que te peinen es bueno una vez asumida la propia incapacidad. Porque lo que a los 18 años es un gracioso despeinado, a los 50 se convierte en que parece que vas camino a pedir limosna en la Milagrosa. La pinta de chiflada se hace enorme con los años, cada vez más. Como dicen ahora, la curva no se dobla, al revés, es asintótica.

Recuerdo a mi padre diciendo que me peinara. Él que sólo nos recitaba lo de Maria Manuela: ¿me escuchas? Yo de vestidos no entiendo, pero ¿de veras te gusta ese que te estás poniendo? tan corta tan transparente que como salgas a la calle te vas a morir de frío. Sabíamos que nos insinuaba una falda más larga, un pantalón con menos rotos, o que no dejáramos asomar el ombligo. Era exquisito y delicado en sus críticas con el vestir, con mi madre también; siempre sabía cómo conseguir que nos cambiáramos de ropa. Con el pelo era insistente e inflexible. ¿Te has peinado? Cada vez que me decía eso, me venía a la imaginación la casa de mi otra abuela, que frotaba su cabello de Hada Fatina con un cepillo de plata y suaves púas, cien veces antes de acostarse. Frente al tocador. Cuando te peinaba, lo hacía con colonia, después de haberte colocado un peinador rosa con cenefas blancas atado al cuello con una lazada perfecta. Salías del baño oliendo a Álvarez Gómez, la raya perfecta, el cabello ligeramente mojado y los surcos de las marcas del peine. Yo, que un día decidí por unanimidad que tenía el pelo rizado, cuando en realidad era fosco, me resistía al consejo paterno. Le contestaba “pues claro que me he peinado”. “No se nota”. “Es que es así, papá”. No era así. Así era la pereza, la confusión, esa edad extraña, esa idea absurda de querer parecer que no nos cuidábamos. Como si las guapas no pudieran ser listas, o las feas necesariamente fueran inteligentes. Cuando el descuido, en realidad, requiere la misma dedicación que el cuidado. Es una rebeldía absurda, una autolesión. “Me he puesto la goma de los espárragos” dice la estupenda, para hacerse la coleta. Te la habrás puesto, pero antes te lo has currado, maja. Y no pasa nada. ¡Cuánta razón tenía mi padre! El pelo peinado es cómo ir limpio y bien vestido. Es un must, que dirían ahora los dos tallas menos. Lo contrario indica pereza y dejadez, falta de consideración con los demás. Si no sabes peinarte, haz como Doña Sofía, córtate la melena. Y no te avergüences de cuidarte. ¡Ole tú! Se es guapo por dentro, pero por fuera es una cuestión de respeto al otro y a ti mismo. Porque lo de ser feo por dentro, eso sí que no tiene arreglo.


03/09/2020

NO SIN MIS CASCOS

 


Nos ha dado un ataque de individualismo que es tan dañino como el coronavirus. O más, porque se junta con éste y es una bomba que nos va a matar de soledad. Multiplica el aislamiento. Tan acostumbrados que estamos en esta época convulsa a las curvas, la del individualismo se asocia al egoísmo y es asintótica, con tendencia rápida e indiscutible al infinito. Al infinito temprano.

 

La familia y los amigos dan esa tercera pata al hombre que es imprescindible para garantizar la necesaria estabilidad. ¡Hala! He dicho. El hombre debe vivir en comunidad, en sociedad, en pareja. El matrimonio no es un invento ni un artificio. Es un nombre que se ha dado a lo que es natural. No es fácil. Pero es lo mejor. Dos puntos son una recta y la vida en ella es funambulista. Sin embargo, tres puntos hacen el plano. Eso es otra cosa. Mariposa. En un plano se puede vivir. En un plano se puede sembrar. Un plano para sentarse, para comer, para dormir, un plano donde empezar. Un plano donde dibujar un croquis y arrancar la vida. Un plano para el futuro, para un plan.

 

Dos puntos no sirven. Dos puntos son los auriculares que nos acoplamos para salir de casa. Ir por la calle sin saludar, sin pararse a hablar con el portero, vecino. No oír los coches ni el jaleo. Ser burbujas en este baño de soledad. Para estar en casa y oír tu propia música, ver tu sólo una peli. Sin necesidad de negociar. Pero es que hay que negociar, hay que hablar, estrujar los desacuerdos, arreglarlos. El silencio es la tumba de la vida. El padre con sus auriculares y el fútbol, la madre con sus auriculares y una serie turca muy sentimental. Un hijo con una película de miedo, otro jugando a caballeros a distancia con sus vecinos, en vez de ir a verlos. La hija con su amiga que ha venido a casa para verse. Cada una con sus cascos absortas en sus respectivos móviles, enviándose mensajes por Instagram y riéndose de videos diferentes de TIK TOK. A las 21:00 se da el toque de queda. A cenar, cada mochuelo a su olivo. La invitada se despide liberando sus orejas y sonríe. “Hasta mañana. Gracias”. Cenan sin hablar o hablando. Y cuando acaban, cada uno a su nido. Se excusan por el sueño. En realidad, busca cada uno su soledad de nuevo. La vuelta a su vacío.