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04/10/2026

BAILAR Y BAILAR

 

Y bailar y bailar, y tomar y tomar….
Me dejó impactada la lectura de una frase de Larry, en el Cuarteto “Recuerda, si a una chica no le gusta bailar y nadar…”.  Debatí esa frase y muchas otras de la obra con mis amigas, mientras leíamos al fantástico y pedante hermano de Gerard, mucho más escritor que aquel que hablaba de su familia y otros animales. Me fascinó el cuarteto. Nos fascinó a las amigas, nos íbamos pasando el libro de unas a otras. Fue el libro que más me gustó encontrar de la biblioteca de los padres. Fueron tres, Clea no estaba. Son mi tesoro.

Pero voy al lío. Durante una época muy larga de mi vida pensé que el baile estaba restringido a las bailarinas, o a las que sabían bailar. Hablo en femenino porque estoy hablando de salir a bailar en un concierto, en una fiesta, y ahí los hombres bailan acompañando. Cada uno tiene sus gestos aprendidos tipo “estoy sembrando”, moviendo el brazo con alegría y abriendo la mano a modo esparcir semilla, (con una carga de fondo importante o doble sentido). Ese brazo en alto con el índice apuntando al cielo o al escenario es también muy socorrido, o animar con las manos abiertas al grupo ( en caso de DJ todo va dirigido a los amigos) 

Cuando yo empecé a ir a fiestas, se llamaban guateques y se colocaban las bebidas en una mesa y alguien se encargaba de poner discos. El momento cumbre eran las lentas. Todo eso ocurría en plena efervescencia adolescente, cuando estas acostumbrándote a tu nuevo cuerpo, a resultar atractiva sin darte cuenta. La mayoría de las chicas a esas edades se ven feas, gordas o delgadas. No encuentran que ponerse en abarrotados armarios porque no saben si esconder o enseñar. No saben siquiera si quieren ser mayores de verdad. En las fiestas, el momento de “las lentas” era un cuerpo a tierra: Las chicas nos sentábamos y los chicos nos sacaban a bailar. No hace tanto tiempo 1980, antes del RockOla y el  Rompeolas; antes del Penta y el Delanys, justo antes. Entonces la tensión era enorme. A ver quién te sacaba a bailar. O a ver si te quedabas sola en las sillas. Hoy tendrías recursos para aburrir. Desde una llamada, fumarte un pitillo, empolvarte la nariz….pero entonces las cosas no funcionaban así. “Es que no sé”. “Da igual, yo te llevo”. Madre mía ¡qué momentos! En alguna ocasión me libré de un baile incómodo por mi altura, sacaba unos cuantos centímetros a mis amigos. Alguno se subió a un taburete, ¿dónde estará ese chico que lo tenía tan claro? 

Entre otras cosas yo pensé que no había aprendido a bailar entre otras cosas, por mi altura, como ya he dicho “ser alto está sobrevalorado “. Además de mi tara familiar de tener un oído enfrente de otro. Con la prolifera de oídos perfectos en la familia me tocó a mí tener orejas. Mira que me hubiera gustado saber tocar la guitarra, eso daba muchos puntos. O el contrabajo, con eso no se liga nada, seguro, pero mola muchísimo.

El caso es que la edad, mucho más que el alcohol, favorece la deshinibición. He descubierto que casi nadie sabe bailar, y que da lo mismo. Hay quien baila como si cantara, otros parece que están haciendo gimnasia, hay quien baila como si fuera una niña, con los brazos abriéndose y dando vueltas para que el vestido se hinche. Y los que saben bailar tampoco lo hacen como profesionales en la pista, en una fiesta. A no ser que salgamos por peteneras y les dé por poner sevillanas. Cuando viene el toque sevillita (con perdón, que esto no tiene que ver con los de la Giralda y la calle Betis, que quiero yo a mucha gente de allí), con la iglesia hemos topado. Ahí solo se admiten nativos. La excepción es un amigo mío muy querido que en una particular fiesta que celebramos hace ya la pira de años, con su tupé y barbas pelirrojas, camisa blanca y cuerpo generoso, se bailó de la primera a la última con todas las nativas, sorprendidas ellas por su pericia, delicadeza y hombría. No se habían visto es una igual. Pero eso es espectáculo. 

Yo me refiero al bailoteo cuando vas a escuchar a tu banda a una sala de conciertos. Cuando se saben las canciones peor que tú o se las inventan, cuando da igual como canten, cuando lo importante no son los detalles si no la alegría. Esas acusaciones maliciosas por la falta de ritmo, me dan lo mismo. ¿Quien dijo ritmo? Hay un sitio no de moda donde han dado en el clavo y ahí pasamos las tardes, después de comer, con los amigos. Bailando y riéndonos. Es quizá el sitio de mi recreo, como dice Cris.


11/09/2026

ESA TIENE MUCHO PELIGRO

Todos conocemos a esa mujer que tiene mucho peligro. No es fácil saber qué tiene que le hace irresistible a los hombres, a todos, sin distinción de raza, edad, ideología o creencia. Si es simpatía o empatía, si son sus silencios o su cháchara, si es una sensualidad de la que tu careces. Con esa melena que se balancea a los lados de la cara, de color caramelo a juego con sus ojos de miel. O son sus canas y su mirada oscura. O su pelo corto a lo "garçon'. Su clásica manera de vestir, o lo moderna que resulta hasta el punto que su atuendo podría ser estrafalario en otra percha. Puede ser la amiga soltera o, a partir de cierta edad, divorciada, una o más veces. O felizmente casada. Pero tiene mucho peligro.

En cualquiera de sus estados o condiciones, no sabes cómo proteger tu relación de ella. Todas las alarmas suenan en cuanto entra en escena. Te vuelves invisible y muy pequeña, se te tuerce el aparejo, pierdes el control. No quieres parecer celosa ni controladora. Pero tiemblan los cimientos de tu estabilidad cuando aparece. Estás segura de que si Félix (tu chico) la conoce, se te enamora y cancelamos planes de boda por mucho que hincara rodilla en un marco incomparable. No te da motivos para dudar de él. Pero tú sabes que cualquier castillo es susceptible de desmoronarse. Salvo que la unión tenga el objeto de juntar lindes y estén todos de acuerdo en ese barco, torres más altas han caído. El compromiso o el matrimonio se tambalea según la intensidad del seísmo y este terremoto está muy arriba de la escala. Las ondas de esa mujer fantasma son de amplitud desconocida. Es capaz de detectar la frecuencia propia del individuo al que se propone o no, conquistar, y hacerle entrar en resonancia sin dificultad alguna. No se da la circunstancia de que intente conquistarlo, no parece un acto asociado a la voluntad ese expandir sus feromonas y hacer crujir los cimientos del amor que el caballero que se le pone por delante profese a su pareja. Solamente ocurre.

Ella puede ser bajita o alta, entrada en quilos o flaca. No tiene importancia. Es una diosa para el caballero agraciado con su atención. Puede ser frágil o sólida, dependiendo del objetivo que tenga delante momento. Charlatana o escuchante. Es un camaleón en estado puro. Detecta involuntariamente la necesidad del otro y activa su deseo sin darse cuenta. Está en su naturaleza. Le ocurre estando ella misma en pareja o no. El sufridor número uno su marido o novio del momento. Si es resistente, habrá tolerado eventuales cuernos o sospecha de infidelidad. Es posible que nunca haya ocurrido nada. Es posible pero inimaginable. La incertidumbre y las inseguridades propias del ser humano se multiplican al contemplar día tras día cómo su mujer, su novia, desestabiliza a sus amigos, clientes, al camarero, al presidente. Tanto da. Si es maduro y seguro de sí mismo, con el profundo conocimiento de que no puede hacer nada al respecto para evitarlo, se mantendrá al margen, intentando no emborracharse ni montar un número. Nada alteraría el curso de los acontecimientos. Puede que no se consume ni siquiera un acercamiento más allá de un coqueteo de película, puede que no haya intercambio de teléfonos ni fluidos, que no exista contacto de ninguna de las maneras. O puede que sí. Esa consciencia de la naturaleza conquistadora de su pareja requiere una integridad que solo la kryptonita puede garantizar. Y la kryptonita, como el ingrediente secreto, no existe. Así es que Julián - esposo mira a Emma – diosa y sabe que no está en su mano. Es el escenario que teme cada vez que cruzan el umbral de su casa. En las ocasiones que, sin cruzarlo, los que lo atraviesan son sus invitados, familia o amigos. Tanto da. Julián reconoce su impotencia y muere de amor. Emma le quiere también. Pero está en su naturaleza.

Y es que esa mujer que lleva en la sangre la conquista, sufre por el dolor que causa. No solo el daño que le hace al Julián de turno, que no es el primero ni será el último. Los estragos que causa en las hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Lo ha intentado todo. Estar sola, mudarse, ser monógama consecutiva. Ha intentado no salir de casa, no entrar. Pasarse el día viajando. Nada funciona. No se mueve con el objetivo de seducir, simplemente ocurre. Es que ella tiene mucho peligro. De pronto se ve envuelta en una conversación en la que el otro ya está completamente subyugado, entregado a cualquier requerimiento que se le pudiera pasar por la cabeza. Es una fase que nunca recuerda. Esa que transcurre entre la detección involuntaria de la víctima y darse cuenta de que está entregado, a sus pies. "Como desees", lee en sus ojos. Ha llegado hasta ahí en una suerte de hipnosis, sus entrañas se hacen dueña de los mandos y es incontrolable. Cuando lo ve, se asusta y en ese momento empieza su retirada. No hay reto mayor para ese hombre absolutamente perdido entre su mirada y en el calor del fuego de su melena que esa firme decisión que adopta la hembra cuando se quiere marchar. El orgullo del sembrador, la bravura, el pundonor, la hombría, se activan en su interior como esa llama antigua e instintiva que permitió la supervivencia de la especie gracias a la conquista y al tesón. Y no quiere dejarla marchar de ninguna de las maneras. Pero la ha perdido.  Es que Emma tiene mucho peligro.

09/09/2026

BATERÍA


Tengo un problema relacionado con las baterías. En concreto quiero hablar sobre la batería del móvil, teléfono móvil, telefonino. 

Las instrucciones son claras en cuanto al cacharro se refiere: espere usted hasta que se descargue para volver a cargar, espere sin dejar que el teléfono se apague completamente. Esa es la situación ideal para garantizar la duración óptima de la batería. Ya. Pero es que el asunto no funciona así.

Yo necesito tener mi teléfono cargado cuando no tengo un cargador a mano. Por tanto no me interesa que la vida de la batería dependa de que yo espere a que llegue al  2%. La salud de mi batería no me sirve de nada si a las tres de la tarde, en medio de una reunión por Teams, me quedo sin batería en una reunión que estoy haciendo con el teléfono en medio de cualquier sitio donde no hay enchufes. O si tengo previsto pagar la cena con la muy útil aplicación del móvil que consiste en meter la tarjeta de débito en él, y resulta que no tengo batería en el momento crucial de apoquinar. Puedes quedar como el cutre del puño cerrado, que cuando tocaba pagar decía que no tenía suelto y luego te lo daba; en tiempos más modernos es el que te suelta un “págamelo tú que luego te hago Bizum” y ya puedes esperar sentado. Otra situación es que te llame tu novio estando tú en la ciudad eterna, por ejemplo, y resulta que no te localiza porque te has quedado tiesa de batería. Por culpa de eso tenemos una trifulca. 

Que no, que tú el móvil lo necesitas cargado cuando te hace falta. Para llamar a una ambulancia que te ha dado un vahído. “Vaya estoy sin batería” Y te quedas en medio de Picos de Europa, desmayada y con una cabra montesa haciendo que se produzcan  pequeños y peligrosos desprendimientos. Has ido de excursión a la Maliciosa y la mala pata te hace resbalar en el último tramo, te tuerces el tobillo, vas solo, no puedes andar, miras el móvil: está muerto. Claro, tenías un 15% de batería esta mañana y un compromiso de salvar el planeta. A ver si pasa alguien mientras se te hincha tanto el pie que te ves obligado a quitarte la chiruca. ¡Anda que no ocurre eso en las novelas policiacas! En el peor momento, el detective original y auténtico que siempre pilla al malo malísimo con métodos que se salen de lo ortodoxo, se queda sin pilas y no puede pedir refuerzos. Es la vida. 

Otra situación clásica es que vayas de viaje y cuando has usado el móvil como navegado. Después de 600 km en los que apenas te ha servido para comprobar si había atasco o algún radar escondido, ¡zas!, en el momento de la desviación complicada, la rotonda chunga de ‘toma la tercera salida y después la primera’ y ‘gira por el camino, súbete a la cucaña y haz la cucharilla con redondilla: pantalla negra. ¡La hemos fastidiado!

Lo que yo digo es que debería ser al revés. Uno carga el móvil cuando puede y a partir de cargado, las pilas deben durar el máximo tiempo posible. Es decir, estás en casa, lo cargas. Estás en la oficina, lo cargas. Estás cerca de un cargador, lo cargas. Es por la noche y vas a dormir, lo cargas. Porque claro, con la técnica de esperar al 3%, estamos apañados. 

Dan las 10 de la noche y estás en un 12%, un suponer. Al día siguiente tienes que salir pronto hacia San Esteban de Gormaz, que se ha desbordado el Duero y te has comprometido a que hacer un reportaje para Cañas y Barro, la revista para la que trabajas y pone el pan en tu mesa. Necesitas el móvil cargado porque el coche que tienes es del año pum y no dispone de navegador, has quedado con un paisano que tiene una cueva en las faldas del pueblo y te ha enviado las señas. Ni idea de cómo llegar. Una vez allí será menester grabar la entrevista con el soriano y sacar unas cuantas instantáneas. El presupuesto es el que es, limitado, y para casi todo tu herramienta de trabajo es tu teléfono. Gran dilema, ¿Cargo el móvil? Es que si lo hago debilito la batería y hago mella en su vida útil y probablemente esto tenga un malísimo efecto en el medioambiente e incluso afecte de manera indirecta al cambio climático, calentamiento global, adelgazamiento de la capa de ozono, alteración de las mareas… Pero si no cargas el móvil mañana te quedas tirado cien por cien. La alternativa es ponerte a echar partidas del Candy Crush como si no hubiera un mañana, hasta agotar la batería al llegar al mítico 3%. Con el trabajo que te costó desengancharte, por una bobada estás otra vez al albur del vicio. Otra opción es ponerte una serie, pero lo mismo te quedas frito y entonces estás aviado porque tu despertador es el teléfono móvil, si te quedas sin batería no tienes opción B. Total, que lo cargas, tapándote la nariz y pensando que por tu culpa habrá una nueva glaciación y lo mismo vuelven a aparecer los tiranosaurios tras los glaciares. No soportas ser eventual reprobable de la apocalipsis que se viene, ni siquiera como gota que colma el vaso.

Pero es que creo sinceramente que la tecnología debe estar al servicio del usuario y no al revés. Quiero decir, si yo lo que necesito es autonomía, eso es lo que debe buscarse al diseñar una batería, no diseñarla con esas oscuras procedimientos de carga cuyo fin es optimizar su vida. ¿Qué hay de la mía? ¿Sola y helada en la Maliciosa? O perdida en Gormaz.

Es igual que lo que nos pasaba en la oficina con los programadores. Tú le explicabas al informático genio de turno lo que necesitabas que hiciera el programa para facilitarte el trabajo. El informático diseñaba un programa que hacía otra cosa, con la explicación de que lo que tú querrías ocupaba muchas líneas, contenía excesivos condicionales. Si. De eso se trataba. Pero no era óptimo el comportamiento del programa. Total que la herramienta limita la solución. 

En ese camino, el problema de la soledad se resuelve con el móvil y una dependencia cada vez más estrecha de éste y un exquisito cuidado de su vida útil. ¿Que no tienes amigos? No te preocupes que puedes jugar online, ver pelis sin solución de continuidad, revisar Instagram Facebook y TikTok sin descanso, haciéndote creer que tienes amigos, o estás con ellos. Esa no era la solución a la soledad. En vez de dejar de estar solos, nos estamos haciendo adictos a la ausencia de relaciones. Es la adicción que sustituye la necesidad y que aísla a miles de chavales encerrados y dependientes, con miedo a salir de casa, donde el fracaso acecha frente a la seguridad de la pantalla que siempre les satisface. Hasta que se les acabe la batería.


27/08/2026

LOS EXÁMENES DE SEPTIEMBRE

La desaparición de los exámenes de septiembre ha hecho mucho daño a la sociedad en general y a la vida social de los jóvenes en particular. Ha causado efecto importante en la ciudades, ha cambiado su fisionomía. Se ha llenado de persianas echadas y cierres. Se han visto obligados los dueños de bares antológicos a cerrar en agosto, cosa que nunca jamás hubieran hecho cuando había posibilidad de recuperar en septiembre. Porque los que éramos de suspender, éramos muy de socializar… ¡bares, qué lugares! 
Las relaciones personales también han cambiado, esto ha propiciado la inmadurez y reducido la capacidad de buscarse la vida de los jóvenes. Y es que ese grupo de chavales de entre 18 y 25 años que se quedaban en Madrid o en Zaragoza o en Murcia mientras sus padres iban de vacaciones, porque tenía que estudiar para septiembre para los exámenes de la universidad ya no están. “Ya eres mayorcito, si has suspendido te fastidias tu, que no se va a quedar toda la familia sin vacaciones por tu culpa”. Los chavales se frotaban las tibias, porque a cierta edad ya no quieres ir a Comillas ni a Punta con tus padres, en todo caso cuando no van ellos. (Luego te arrepentirás de no haber ido, al tiempo.  Pero la juventud es canalla y soberbia). En la ciudad ocurría una suerte de transformación. Esos amigos que nos hemos hecho todos en verano yendo a las academias, esa complicidad de vivir medio juntos, aunque vivieras en tu casa, pero estabas todo el día con amigos, entre hacerte la comida, estudiar, la academia y las copas. 
Cuando habías sido un niño mimado toda la vida que no te habían dejado entrar en la cocina, espabilabas echando virutas. Todo eso ha desaparecido y hemos convertido a nuestros hijos en unos seres que han perdido esa oportunidad y en cierto modo que hemos hecho un poquito más inútiles consumidores de Yatecomo y expertos en preparados del Mercadona. Por otro lado, la posibilidad de tener un examen en septiembre siempre era una manera de organizarse el año escolar. Está me la dejo para septiembre. No siempre salían las cosas como habías planeado. Pero es que la vida es una caja de sorpresas.

Han desaparecido hasta Los Rodríguez como efecto colateral, unido al maldito teletrabajo que hace que nadie desconecte del todo y ha esparcido el wifi por los más recónditos rincones de la geografía; y también por la eficacia de los medios de transporte y mejora de las infraestructuras. No siempre garantizado esto último.

 ¿Cuántos amores han surgido en esos veranos de soledad de los chavales proscritos por catear? Que no todos los amores de verano surgen en Nerja. 

Los bares que quedan son los que rodean los hospitales. Esos no cierran. Están abiertos todos y llenos. Si te quieres tomar una copa, desayunar de verdad, vete a Diego de Leon, o Conde de Peñalver. Ambientazo. Nacieron allí los relaciones públicas que se ganaban la vida llenando bares e invitando a copas.

Las persianas están echadas en verano, desde el 15 de julio al 2 de septiembre no existen las ciudades, están en modo turista. Hay una huida que ya quisiera la gran evasión emular.

En definitiva, el fin de los exámenes de septiembre ha supuesto la aniquilación de las noches de verano madrileñas. Esas terrazas petadas la gente disfrutando de la noche ya que no se puede dormir (porque es que no se ha podido dormir casi nunca en Madrid en julio ni en agosto se ha podido dormir nunca) Nada que ver si estás tomándote un gin tonic a la fresca con tus amigos; eso del calor, se te olvida. 

Igual que nace la moda de otoño durante el estío, se establecen las estrategias de la economía y las directrices a seguir por las empresas; se sientan las bases del nuevo curso durante esos meses de verano en los que no hay nativos en las capitales de los países occidentales; sobre todo en España. Los que mueven los hilos están protegidos en búnkeres acondicionados y maquinan el futuro. Son seres camaleónicos indiscernibles.

Ahora en Madrid en verano, ya solamente quedan los enfermos, los pringados, los viejos y los turistas. El calor no hace reluctante a cierto tipo de turismo. Y los exquisitos. Que vas a Richelieu y hay sitio. Puedes ir al cine a ver un estreno o a Zara sin que haya cola en ninguna caja para pagar. Madrid está desierta. Ha caído la bomba atómica, recuerda a la pandemia, al confinamiento.

Reivindico esos veranos estudiantiles. Que te quedabas o sola o con uno de tus progenitores en esa época en que solían ser dos, el padre y la madre. La afición al divorcio también ha cambiado eso, pero entramos en temas de otra índole. Ese descubrimiento de ver a tu padre sin tu madre a la hora de hacer un filete a la plancha. Simone Ortega en ristre. Las confidencias con el padre en ausencia de tu retahíla de hermanos, que han aprobado todos. Sentirte hijo único y preferido. Esto no se lo cuentes a mamá. Complicidad a raudales. Amigos que descubrías en la academia, o con los que te juntabas a estudiar o a charlar, amigos de verano en las terrazas de la Castellana, abiertas hasta el amanecer sin molestar a nadie, música y alegría. Noches en vela.

Todo eso se ha perdido. Esto es como fumar, a quien lo le haya quedado algo para la convocatoria de septiembre, no sabe de lo que estoy hablando. Dichosos ellos. O no.

25/08/2026

ABREFÁCIL LOS COJONES (con perdón)

Desde que se abolió el abrelatas, desde que se le relegó a las cuevas del olvido, al fondo del cajón, nos hemos sumergido en el mundo del abrefácil. Y no sé qué premio habrá obtenido el inventor del abrefácil de las latas de atún, qué premio o qué alabanzas. Me refiero a esas que tienen una tirita de unos 3 mm de ancho por 3 mm de largo, soldaditas en el borde de la tapa. Soldadas y semi adheridas a la tapa en cuestión.

En primer lugar: la tapa y el saliente son del mismo material y color e incluso diría, textura, se trata de un dato no baladí. Es posible que exista una sutil diferencia en la textura pensada para invidentes, que facilite la distinción, morro fino es menester. Creo que los diseñadores deberían tener en consideración a los usuarios. La gama de los consumidores de latas de atún, sardinas, navajas, berberechos mejillones, tomate frito, es vasta. El espectro abarca tanto en edad como condición, diferencias irreconciliables. Tiene su mérito el inventor, por tanto. No quiero obviar la dificultad en el diseño. Aun así, como sugerencia, ayudaría, salvo al daltónico, la diferencia en el color, favorece a limitar asperezas y salta muchas de las barreras impuestas por la confusión. En segundo lugar, está el tema de la adherencia a la tapa. Si juntamos los aspectos de color y el material, el camuflaje es casi perfecto. O tienes uñas en condiciones, (los usuarios de mordex saben a lo que me refiero) o necesitas otra herramienta que complemente tu ausencia de habilidad para separar la pestaña de la tapa. Tal es su tesón por pasar desapercibida. Sí hace falta, pues, una herramienta, entre ellas, se acepta cualquier pieza de la cubertería o cacharro útil para tal propósito; pero: ¿y si volviéramos al abrelatas? Digo yo que tampoco es para tanto. No sé qué pecado cometió. Imagino que está asociado a ese “¿dónde habéis puesto el abrelatas?” Quizá al óxido que el paso de los años hacía inevitable. La limpieza de sus pliegues, la vez, los restos de aceite no necesariamente bien gestionados por el usuario. Tal vez. Con una cuerda atado a alguna manilla evitamos su pérdida. O se puede depositar en "su sitio", en el cajón de los cubiertos, con las cucharillas de postre, como se ha hecho toda la vida. Respecto al tono anaranjado que sufría al cabo del uso, su sustitución nunca fue un drama, ya que el precio fue siempre modesto. En cuanto a la limpieza, a día de hoy los friegaplatos hacen milagros, si bien es cierto que ni cafetera italiana, ni abrelatas, han sido nunca muy amigos de la máquina.

La alternativa (predecesora) de la arandela en la tapa como abrefácil, perceptible al tacto incluso para videntes con los sentidos del tacto atrofiados, no me convence en absoluto. El tema de la uña ya no aplica, a no ser que las tengas de porcelana, pintadas de carmesí, se precisa herramienta suplementaria para el despegue. 

Otro tema asociado a la facilidad de apertura de latas son los blísteres de jamón envasados al vacío , cuando digo jamón hablo de modo genérico. Que yo soy muy de jamón del negro. Pero ese salchichón cortado, ese chorizo de Pamplona, esa mortadela, pavo, en fin, queso en lonchas, todo vale Abrefácil, reza el paquete. Si te acercas a comprobar donde pone “abrir aquí”, empieza la guerra. “Abrir aquí” y mirar la fecha de caducidad son un misterio equivalente al de la Santísima Trinidad. La dificultad asociada a descubrir cómo se abre un blíster de jamón al vacío tiene narices. A cierta edad es menester quitarse o ponerse unas gafas diferentes a las de uso habitual. Si miope, de cerca hay que quitarse las gafas para descubrir el mundo. Si vidente top cualificado, gafas de presbicia al canto. Total. Detectas por fin en una esquina por dónde atacar. Ahora empieza un minucioso proceso de investigación que consiste en intentar descubrir dónde el plástico pasa de lámina única termo sellada a dos capas, para separarlas. Es tan sutil en ocasiones, que cuando lo encuentras o se te ha pasado el hambre o has cogido unas tijeras y el esfuerzo del diseñador del abrefácil se ha perdido en el anonimato. Si lo consigues antes de que el que está a tu lado diga “deja, lo hago yo” eres un héroe. Porque cuando el listo de turno viene con su intención de ayudar, tu fuero interno arde de deseos de contemplar su fracaso en la gesta. El orgullo está para algo.

Queda pendiente la apertura de los botes de cristal, sin estar asociados al abrefácil, también han sufrido un peculiar intento de evolución. Infructuosa ha resultado la mejora. El golpe con la mano plana en la tapa bote boca abajo, suele ser eficaz; la cuchara que se incrusta entre cristal y tapa, si consigues que no se doble antes del plop; meter el bote en agua templada sin técnicas generalizadas, trucos hay. Estos procedimientos no necesariamente tienen base científica, tampoco se les exige. El caso es que ese tema ha evolucionado poco. Es cierto que existen abre botes. Desconozco si se adaptan a todos los diámetros: mermelada de hotel pijo, postres variados a botes de patata de Gutarra. Dentro de poco, más que cubertería vamos a necesitar una caja de herramientas.

Llegamos sin remedio al botellín. Reivindico la vuelta al abrebotellas (generalmente incluido en el abrelatas) porque también ha sido relegado por culpa del abrefácil. ¿Qué sentido tiene  que cada uno se abra su botellín? ¿Qué sociedad es esta? ¿En qué nos hemos convertido? Esa paciencia de una reunión en la que hay un solo abrebotellas y alguien que se encarga o se pasa el instrumento de bebedor en bebedor, es muestra de capacidad de postergar el placer, e incluso un signo de tolerancia a la frustración me atrevería a decir. Esa imagen del impaciente que se ofrece con su mechero a abrir a la amada su bebida, sin más afán que impresionarla. Esa suerte de solidaridad, asociada a la espera, a la paciencia, forma parte también del protocolo de la cita, de la reunión, de la fiesta, de la celebración.

Tanto arandela como pestaña son susceptibles de romperse en el proceso. ¿Entonces qué? Buscaremos el abrelatas, oxidado y repudiado. 


11/08/2026

LAS HIELERAS

Benditos inventores. Quiero hacer aquí un sincero homenaje a, de entre todos ellos, al anónimo y muy querido y sin embargo ignoto inventor de las bolsas de hielo.

Mucho se habla de la bombilla o de internet. Ese paso de gigante entre la iluminación con velas y el led. Avances inolvidables, cierto. Pero con nombre propio. El pasado de la comunicación mediante cartas, con sus sobres y sus sellos, cuyo recorrido ha sido motivo de ríos de literatura e imaginación. Sí. Porque cómo fueron esas misivas desde el ínclito Filípides, soldado griego que recorrió los 40 km que separan Atenas de Maratón para comunicar la victoria de los griegos, pasando por las cartas de amor desde la guerra o hacia el frente. Las cartas de los hijos que marchaban a estudiar o a trabajar lejos de casa. Y de pronto un WhatsApp desde Australia. Tal cual. Ya no hay cartas ni excusas. Si no hablas con tu marido o con tus padres es porque no te da la gana. Porque desde un Cali post sismo, a la pocas horas, Fer nos tranquiliza, que están todos bien. A pesar de esa imagen de una catedral en derrumbe, del suelo que se mueve. Pasos de gigante. Ese romanticismo que generaba la distancia se ha eclipsado tanto como se ha perdido la magia del anochecer, que vamos hacia el albedrío de cambiar a demanda la noche por el día, no viceversa. Aberraciones varias.

Mucho menos serio y trascendente es la invención de la bolsa de hielo. Edison se llevó la gloria con su patente; dicen que fue en 1914 cuando una poco conocida Florencia Parpart, inventó la nevera, ignoro si ella misma incorporó el congelador y dentro de éste esos malignos cachivaches de plástico: las hieleras o cubiteras. 

Que yo me acuerde, al principio eran rígidas, metálicas, con un cacharro dentro extraíble que era el compartimentador, por así decirlo. Progresivamente se fueron flexibilizando. Las dedos se quedaban adheridos a la superficie metálica helada, tanto peor si lo hacías sin ponerlas bajo el grifo previamente a aplicar presión en el trasdós. Las del plástico fueron un ligero avance en cuanto a ligereza y adherencia táctil, empeoró en cambio la higiene por la dificultad de limpiarlos. Acumulaban guarrería en los múltiples recovecos de los que los originales carecían. Que podían ir en directo al friegaplatos.

Por no hablar del llenado de las hieleras. Que no había que llenarlas del todo es hecho conocido por todos. Unos en modo científico y otros por experiencia que es la madre de la otra. Que el agua aumenta de volumen al pasar de líquido a sólido. Sí. Ahora bien ¿cuánto? Había quien pensaba que se multiplicaba por mil, rellenando los cachorrillos con una fina lámina que no servía ni para un güisqui (usando una entera); otros olvidaban el fenómeno y las llenaban al ras, con lo que al sacar los hielos eran generosos pero muchas veces se unían unos con otros montando una especie de súper tableta de chocolate transparente. Que no había quien rompiera.

Siempre había alguien, generalmente un hermano, que sacaba un par de hielos para una Coca Cola y no rellenaba el resto, el siguiente hacía lo mismo, hasta que llegaba uno que se encontraba un solitario hielo, lo usaba y devolvía la hielera al congelador vacía: por si alguien no quería hielo.

No nos podemos olvidar del ese momento que es la introducción de la hilera en el congelador. Hay congeladores y congeladores y hay pulsos y pulsos pero debemos reconocer que llevar la hielera llena desde el grifo al congelador es un reto del que no es fácil salir victorioso. El proceso empieza por el llenado. Cierras el grifo o no, tras hacerlo. Quizá puedas llevar la hielera con una mano, o lo mejor no te atreves. Más sensato. Te diriges a la nevera. Lo normal es ir con la hielera sujeta por los extremos usando ambas manos y sacando la lengua por un lateral de la boca, o por el centro, dependiendo del grado de concentración. Vas mirando el agua que inevitablemente se mueve. Con cuidado. No quieres dejar reguero en el suelo. ¡Porras!. Está cerrada la puerta de la nevera. Puede tratarse de congelador puro y duro o congelador de cajones. Tanto da. En el caso del congelador puro y duro, por muy “no frost” que marque su etiqueta, todos hemos tenido esa experiencia de intentar abrir la puerta sin entrenamiento previo. Cuando la ves cerrada sabes que con una mano no vas a poder. Si hay encimera cercana y despejada, procedes a depositar tu carga; en caso contrario, vuelves al fregadero. Abres la puerta del congelador cruzando los dedos para que no se cierre sola, que no es hipótesis a descartar. En ocasiones es recomendable llevar en mano trapito limpio para impedir el portazo. Y vuelta con la hielera. En el caso de congelador con cajones el problema se puede o suele dar al abrir en cajón en cuestión. Recomiendo encarecidamente abrir antes de llegar y especialmente sugiero comprobar que hay hueco. Porque ese último paso de depositar el recipiente lleno de líquido es actividad de alto riesgo. Teniendo en cuenta que no puedes inclinar tu carga para que quepa por razones evidentes. Ya sea porque el espacio sea escaso, porque sea irregular la superficie de apoyo (bolsa ve verdura, por ejemplo: unos guisantes), o por una interjección no necesariamente mal intencionada en el momento de tan delicada maniobra, basta que alguien te llame para que pierdas la concentración  y se derrame el agua dentro del congelador que siempre es peor que fuera. Porque la desidia hace que ese agüilla que se le cae a uno en el interior del congelador se convierta en tu pecado venial inconfesable. Y esa lámina, ese agua, también se congela y se une a los problemas ocasionados por no cerrar la puerta y que se forme hielo en las neveras no frost. Todo suma y convierte una nevera limpia en una suerte de obstáculos incrustados en el hielo que rodea las superficies. No hablamos ya de si la nevera está sucia o hay restos alimenticios olvidados. 

Por eso y por mucho más quiero dejar aquí por escrito mi sincero agradecimiento al anónimo invertor del hielo en bolsa. Barato me parece con la cantidad de disgustos que evita. Y con la cantidad de alegría en potencia asociada a su adquisición. Esos cubatas con el hielo perfecto. Ese café con hielo frío, no medio medio. Por no hablar de los cubitos mini, para preparar cócteles o expresos Martini, tan en boga en algunas latitudes.

Que vivan las bolsas de hielo y que vivan los inventos paralelos, tipo bolsa de agua llena (no completamente, recuérdese el tema del aumento de volumen) que se deja congelar y luego se introduce en nevera portátil para llevarse de merendola las coca colas y los botellines. Quien dice botellines dice unas ostras o lo que haga falta para celebrar, que hay que celebrar. Ojito a meter botellines en el congelador, que explotan y también las latas explotan, sí aunque tengan alcohol, explotan, que tarda más en congelar, sí, pero explotan, y una nevera, un congelador con un botellín explotado, da tarea, entre los cristales, la espuma congelada, el líquido amarillento de sospechoso color y el olor… no te arriendo la ganancia. El arte de sacar la cervecita justo antes del punto de congelación solo está al alcance de unos cuantos.

07/08/2026

LOS VIAJES DE LA ENVIDIA

 

Lo mejor de los viajes es contarlos. Es lo que decía al torero de las conquistas amorosas. Ligarse a la guapísima actriz tiene el componente indispensable de contarlo. Si no, ¿para qué? Y es que el placer es efímero pero el relato perdura. Si es bueno. Si por fin Colin Firth se entera de dónde estoy y viene a buscarme; antes de perderme, mandaría un par de WhatsApp, por lo menos. Ya se encargarán los amigos de que corra la voz,
Con los viajes pasa igual. El cuaderno de bitácora de un viaje es un árido documento a no ser que lo haya escrito Gabo o Reverte. Es una sucesión de fechas y datos a todas luces inservibles para el lector. Es el espacio para el desahogo. 
Un viaje en barco, día a día, es un petardo, desde el noray, luego que si la vela mayor, el Spinnaker y el foque. Venga cabos arriba y abajo, que no son cuerdas, que el agua cuerda es cabo. ¡Acabáramos! Por no hablar de los nudos, que si el as de guía, ballestrinque, nudo llano y el que a mí me deja perpleja: ahorcaperros. Si, el nombre es muy desafortunado pero se considera el único nudo corredizo realmente aceptado y utilizado con frecuencia por los marineros en cubierta. Ahí lo dejo. El viaje en barco tiene mucho curro, mucho limpiar la cubierta, miedo en ciertas ocasiones, aburrimiento a raudales. Pero las fotos y el relato obvian el tedio y resumen la aventura y la esencia de un recuerdo que es lo que se cuenta a la vuelta. Mucho tomar el sol, el viento el la cara, los baños de acrobacia desde cubierta, los avistamientos de delfines.
En general los viajes son eso, mucho lio. Confusiones en el rumbo. Que si es por aquí, que no, que es para el otro lado. El GPS ha salvado muchos matrimonios, pero no en todas partes hay cobertura. Y las crisis de orientación son de las más graves en un viaje, especialmente cuando hay prisas o presiones. Nada como ir con un sherpa en un grupo o un apache que se orienta a base de olfato y pistas invisibles.
Además, en los viajes, están los compañeros de viaje. No siempre es fácil la convivencia. Si es familia, porque es familia. Si son amigos porque se te ha olvidado lo maniático que era uno con los horarios, lo enfadado que se levantaba, lo activo que era o su poca iniciativa. Cualquier cosa, actitud, repetida durante 15 días puede sacar de quicio al contarlo. Es que la rutina es lo que tiene, es cansada, requiere grandes dosis de paciencia y eso se reserva para tu mundo más íntimo, donde los engranajes funcionan y las partes se ocupan de engrasarlos para que duren mucho porque son tu estructura. El caso es que en los viajes se puede organizar la marimorena en el día a día por una de pipas que desborda el vaso de Arquímedes... entonces se vacía del todo. Ojo.
Es bueno conocer al equipo de aventura y saber el papel que le corresponde a cada uno. Es una forma de minimizar el daño. De vuelta a casa, las miserias no salen. Salvo los aguafiestas que solo cuentan desgracias. Lo normal son las fotos del sol en el límite de irse o llegar, un barco pesquero con  un bonito que parece atún. Sonrisa de ganador.
“Vente a ver el eclipse a la Sierra de la Culebra”. Es la frase de moda, de lo más romántico que se vende estos días. Como lo fue “vente a ver rinocerontes conmigo a Sudáfrica o a Namibia”. Pero lo que no te cuenta nadie es todo lo que hay hasta que ves el puñetero eclipse o el rinoceronte de las narices. El frío o el calor que se pasa, los mosquitos, que no encuentras sitio para aparcar. No llegamos. Que resulta que tu colega de viaje es un friki del espacio y hay que hacer una maleta mini, solo viaja con tres calcetines, cada día lava uno y así cada día lleva al menos uno limpio. Pero siempre uno usado. Cada uno de un color, para no confundirse. No entramos en detalle con respecto a la ropa interior. Eso es el viaje que no se cuenta. A la vuelta quedan las risas de los protagonistas y la envidia de los que no fueron. 
Un jefe mío decía que viajar está sobrevalorado. Él prefería conocer las ciudades viendo documentales. Y es que en los viajes, como en la vida, lo importante no es donde si no con quién.

04/08/2026

LO QUE HACE NO FUMAR

El que no fuma no valora lo bastante la espita que se abre al fumarse uno un pitillo. Están mitificados algunos cigarrillos. Están sobrevalorados, no así la motivación que lleva a encenderlos. Y ahí quería yo llegar. Que cuando no se fuma las reacciones a las pequeñas tragedias y fracasos de la vida, a las alegrías, a los lutos, a la melancolía, a las ganas de celebración, son imprevisibles. ¡Qué digo imprevisibles! Entra en otra dimensión lo que puede ocurrir después de uno de esos momentos en que uno se fumaría un pitillo y resulta que ha dejado de fumar.

Dejar de fumar es una decisión horrible, en muchos casos forzados por la enfermedad. Ahí nada que decir. Pero cuando uno deja de fumar porque sí, se pasa la vida que le queda pensando ¿en qué momento? Salvo los que todo lo hacen bien, consecuentes y duraderos. Esos jamás se cuestionan nada y agitan la mano con asco y desprecio si alguien fuma cerca, o no tan cerca. Lo hacen sin disimulo, cargados de razones y ahora amparados por leyes que prohíben el tabaco en cualquier sitio decente. Leyes e ideología que asocian al fumador con el delincuente. Ellos, si pueden, les echan el sermón. Esa especie, que lo es, no merece haber empezado nunca a fumar. No se merecen haber pasado por la sublime experiencia de prender un cigarrillo, acercar la cabeza a la cerilla que te enciende él, confidencia, complicidad un roce de las manos algo más largo de lo ortodoxamente correcto. El olor de la intimidad, el efímero contacto que hace saltar una chispa y levantar la vista y mezclar las miradas. No merecen haber fumado nunca. Por no hablar del luto, la pena. Ese cigarrillo que parece que va a calmar el dolor. ¿Qué? Ya, que no lo calma. Pero la ilusión existe. O en la alegría, venga a brindar y a reír. ¿Qué cosa encaja más tras una cena, en una fiesta que ese cigarrillo viendo amanecer, atardecer...? Servir no sirve para nada. Supongo. Pero sustituto no tiene. La única opción es no hacer nada. O ponerte a discutir. Total, lo que hace no fumar. Fúmate un pitillo y no te enfades. Atiborrarse a comer no reemplaza el pitillo tampoco. Por mucho que a veces uno intente compensar o escapar por esa vía. Lo que hace no fumar.

Por eso, como ex fumadora que soy, estoy convencida de que debería llevarlo tatuado. Siempre seré ex fumadora. Lo sé. Y en esos momentos, hago disparates. Por ejemplo, el otro día, estaba leyendo un escrito imposible, retórico y tan complicado que no sabía si había pasado página o estaba todo el rato en la misma. En el pico de la desesperación, un fumador tiene dos opciones: La primera, la más inteligente desde mi punto de vista es posponer la satisfacción "cuando acabe me enciendo un pitillo": la opción B es la comodona "me fumo un pitillo y lo retomo, voy a hacer una pausa". En general la opción B no sirve de nada más que para distraerse, un pitillo lleva a otro, a una llamada por teléfono, sales a dar una vuelta y por menos de nada hasta el día siguiente no retomas el trabajo estancado. Eso sí, te has echado unas risas, has hecho amigos, igual conoces a alguien. En fin. La vida puede haber dado la vuelta con ese pequeño gesto. Sin embargo si no fumas y eres procrastinador, puede darte por limpiar los cristales, fregar la cocina o hacer un besugo a la espalda. Cualquier opción tiene igual probabilidad en ese momento en que te levantas de la silla porque te rindes, aunque sea momentáneamente. Lo que hace no fumar.  Que todo depende de cada uno, porque ¡a saber por lo que te puede dar! Lo mismo te coses un pantalón, podas lo rosales o le saltas a la yugular al primer transeúnte. Sin motivo aparente. Eso dirán las crónicas. No saben la mochila que llevas. Es lo que hace no fumar.

Está claro que las relaciones sociales son más difíciles sin el tabaco. Salvo para quien no lo haya probado o no haya llegado nunca a ser fumador. "Fuma Sofi", le decía mi abuelo a mi abuela. Y mi abuela que no. Pobrecito el abuelo, Don Luis, con sus pulmones frágiles y llenos de humo, murió pronto. La abuela, que como en tantas otras cosas, hizo lo que le dio la gana, vivió viuda muchos años con pulmones alegres. 

30/07/2026

LA PRIMERA MANO

 

Esta Maggie es la monda. De verdad. No se la puede una recomendar a nadie. Porque nunca sabes cuándo te vas a enamorar del libro, en qué momento lo vas a dejar aparcado en la mesilla, estratificándose entre otros materiales sedimentarios o, de pronto vas a hacer un clic y ya nada será como antes.

A veces me pregunto cómo será su vida. La de verdad. Para que se le ocurran las historias que cuenta. Sé que el lujo de ser escritor es que puede utilizar su escritura para muchas cosas. Una de ellas es inventar. La vida que no tuvo, la que le hubiera gustado. La que no. Otra puede ser, contar lo que le pasa, con la fidelidad a la realidad que el de la gana. Y los usos y husos de la escritura son vastos. Pero esta Maggie. Esta Maggie enreda mucho.

Conozco amantes y detractores de Maggie. Con su Hamnet ha dado carpetazo y cerrado muchas bocas. Pero aun así sé de grandes lectores que abandonan los libros de Maggie. No le pillo el tranquillo. Ya no intentaré en otra ocasión. Que no. Será que me recuerda momentos tristes. Que no. Son frases excusa, es un no quiero decir que no me gusta, porque los muy sesudos dicen que un crack. Es aplazar el momento, dejarse un tiempo. Y a mí me pasa. Sin ser gran lectora, porque ya solo leo lo que me gusta.

Pues “La primera mano…” lo cogí con entusiasmo. Bajó empicado a las diez páginas, como mucho. Un amigo mío dice que hay que leer de 20 en 20 páginas. Imposible, a la tercera estaba mirando el móvil, encendiendo la tele o fumándome un pitillo. Ni a tiros. Ni siquiera me he quedado dormida leyéndolo. Me hubiera ido a hacer la compra de no ser las 11 de la noche. No sabía quién era quien. No entendía los tiempos ni los lugares. Nada. Cada vez que cogía el libro tenía que retroceder porque no me acordaba de nada y no me enteraba. La trama no tenía sentido. Eso sí, hasta que empezó a tenerlo. Ahora vienen los listos que todo lo pillaron desde el principio. Allá ellos. Suerte que tienen, o no. Porque a mí me fascinó. Desde ese momento se suman lo maravillosamente que escribe y las cosas maravillosas que escribe, porque dice cosas preciosas. Ordena en frases para subrayar, pensamientos que parecen sacados como hilos que tu propia cabecita. Engancha una idea con otra. Devana el ovillo de la vida y lo usa para tejer una maravillosa historia a la que lamento no haberme enganchado desde el principio. Enhebra una vida en estas páginas, Dichosa yo, que he conseguido llegar al final. Dan ganas de volver a empezar al leer la última página.


28/07/2026

AQUELLA NOCHE NO LLOVIÓ

Vivía sola, y tenía una preciosa terraza llena de flores.

Los zapatos en la entrada, por el placer de andar descalza. Un día, los encontró guardados. ¡Qué raro!. Tras sus largos baños mañaneros, disfrutaba del sol y un café cuidando sus flores. Los enseres recogidos, no olvidados en la encimera, según su costumbre. ¡Qué raro!. 

Un día sonó su teléfono identificándose como repartidor. “¿Puede abrir?, traigo un paquete”. Un momentito, estoy llegando. “Si quiere se lo dejo a quien esté en su casa, llamo al timbre y nadie abre, pero he visto que miraba por la mirilla” Vivo sola, se recordó a sí misma sin llegar a verbalizarlo. Voló a casa y recogió el paquete antes de que el uniformado hubiera traspasado el umbral.

En una ocasión dejó un cazo lleno de agua en el fuego en un “mientras tanto”. Una bolsa de espagueti sin abrir, preparado para cuando hirviera. Al volver a la cocina, la pasta estaba colada en una ensaladera y el cazo limpio, secándose.

Una mañana de abril, el olor a tierra mojada la despertó. La terraza cubierta con una  lámina de agua, las flores agradecidas parecían sonreír, mirándola cual girasoles. Pero aquella noche no llovió. Se asomó a la calle seca. Ni una gota de agua en las aceras, ni una lágrima en los cristales. Ni siquiera el rocío era responsable de haber regado su tesoro. Solo entonces supo que no estaba sola.


26/07/2026

QUE EL DINERO NO DA LA FELICIDAD

Que se lo digan al heredero del imperio de moda cuyo padre se ha precipitado al vacío. A él el dinero le ha quitado la felicidad. Al menos por una buena temporada. Acusado de parricidio, lo que le sobra es pecunio para defenderse. En un eventual juicio sin testigos, la verdad la sabe sólo él. 

Yo no tendría esos problemas. Me refiero a las cuitas que le llevaron a la situación en la que se encuentra. Vamos a ver, ¿que mi padre es el puto amo, con perdón de una de las empresas más grandes y más todo del país?, pues tan contenta. Una fortuna no se puede arriesgar por el ego. ¿Que me da trabajo?, genial. Me ponga donde me ponga. Dependienta, cajera. Como si tengo que hacer de modelo de ropa. Soy soldado. Humilló lo que haga falta. Que no se diga que estoy per ser la hija del jefe. Eso sí, después de las penurias y las piernas embotadas, dame algo interesante. Voy a acompañar a elegir las nuevas colecciones. Que yo me quedo callada, te lo prometo. Déjame ir a Milán a ver que están haciendo, a Paris por ver por dónde van los tiros, Nueva York, Países Bajos. Prémiame lo bien que me he portado. ¿Que no me da trabajo? A mi bola. Me pongo a hacer punto con mi madre y a disfrutar de lo que hay. 

El hijo del magnate no sabe aprovechar las oportunidades. Que quiere montar su propia línea, dice. Déjate de rollos, el mercado está complicadete. Te lo están dando todo hecho. Disimula. Le dan una responsabilidad y el chaval la empieza a pifiar. Bajan en picado los bendecíos. Toma decisiones de estrategia sin que le hayan pedido opinión, no sé qué hizo, el caso es que no funciona. A punto ha estado de meter en un problema a la que lleva siendo años una empresa solvente. Apártate que sigo yo, le dice el padre. Normal que le quite. Yo confieso que como hija hubiera reaccionado de otra forma. Digo esto desde mi ignorancia en cuanto a lo que se refiere ser millonario. Y a la pasta en general. Yo con los números bien. Te puedo hacer una integral doble o una ecuación diferencial, rétame. Eso sí, si la unidades son € o $ o £, vamos, si se trata de dinero, me bloqueo. No me pidas que divida una cuenta en un restaurante, no sé sacar el porcentaje para una propina ni a cuánto tocamos. Mi padre decía que no se habla de dinero. Yo soy muy de escuchar a mi padre. En ese caso, que padre me dice que no sirvo para su empresa, para ese puesto, tranquilamente me vuelvo a casa y me pongo a otra cosa. Que lo hubiera entendido. Dame otra ocupación, ¿en qué puedo ayudar?. Me hubiera bastado con hacerle de chófer. La conversación, el día a día. Te llevo y te recojo. Con eso me alimento yo y me sobre. Pero no, este chico tenía sus proyectos y sus sueños. Que está en su derecho. Como en su derecho está el padre de no financiárselos.

Digo yo que a este chico el dinero le ha envenenado. La novia propia y la del padre han debido ahondar y hacer que sangraran más las heridas que hubiera. En eso las mujeres tenemos muy mala idea. Que tú te mereces más, con lo listo que eres. Que es un vago, ¿cómo le vas a dejar solo?. Dale más, no le des tanto. Se lo merece, es un piernas. Total, que lo que entre padre e hijo se podía haber resuelto con unos güisquis se emponzoñó con terapeutas que no eran psicólogos, no sé si son falsas terapeutas o gente que pasaba por ahí. Parientes de intención dudosa, consejeros, oportunistas y aprovechados con el letrero de “quiero ayudar”. Un montón de báculos artificiales que no debieron pedir para resolver su ropa sin lavar. A mí me da la impresión de que entre unos y otros fueron construyendo una realidad ficticia llena de túneles y obstáculos, riscos y peligros. En uno de ellos, desafortunadamente, acabaron los días del progenitor. Toda esa parafernalia llenó sus días de una simbología que mezclaba dinero y odio. Las montañas de oro del tío Gilito batidas con proyectos imposibles. Quien sea que fuera que alimentó ese dispararte no debe sentirse orgulloso del resultado.

Sea cual sea el motivo de la caída y deceso del patriarca en presencia de su hijo, es una tragedia con horribles consecuencias. Para ese hijo que si tenía un conflicto con el padre nunca lo podrá resolver, para el padre, claro, principal damnificado. Y para la familia y amigos inmersos ahora en un horrible proceso que no deja espacio al duelo. Las pesquisas, los interrogatorios, el juicio. “¿Dónde estaba usted el día tal, a la hora cuál?” Es que a mí me ponen en esa tesitura y me contradigo seguro. No porque mienta, porque no me acuerdo. O recuerdo cosas distintas cada vez. O me olvido. Que no es a propósito. No es la edad. 

Por eso digo yo, que el dinero no da la felicidad a algunos. A mí si me la daría. Que esos líos no los tengo yo. Me pongo a disfrutar y punto. Que me pongan a prueba, que lo quiero demostrar. 


24/07/2026

LAS DESAPARICIONES DE MERCADONA



Es fácil de entender que se agote la falda Guinda en la Boutique de moda, el vestido Arno o la camisa París. Pasan las temporadas, las modas cambian, la ropa se agota. Ese capricho que no te diste, esperando a las rebajas, ya no te lo vas a poder dar. Te aguantas. La actriz que salía en tal película con esas sandalias se ha hecho mayor o es una antipática y ya no te gustan tanto. Hasta te parecen macarras, como ella. En fin somos en general muy influenciables en el qué me pongo. Otra cosa es “¿qué comemos hoy? Que sí, también hay modas, ya no comemos empanadillas si no guiosas. ¡Pobres aquellos que no conocen la empanadilla! Ha desparecido el gazpacho clásico y si no le añade aguacate o remolacha eres carpetobetónico. Hay comidas viejunas que más quisieran los trampantojos o los plantos desetructurados. Pero algunos básicos, eso me mosquea más que desaparezca. 

El té rojo, gomas de pelo, horquillas, peines, el humus king size, el tomate frito Hida -ha vuelto-. Chicles de regaliz y de sandía, eran tan grandes que el efectuó saciante era inmediato y asociado a que no te cabía nada más en la boca; el gel de glicerina, con idéntico olor al jabón y tan natural y barato como éste; crema facial de caviar, al nivel de las de farmacia pero sin receta y con dos ceros menos en el precio; quesos Cottage y Grana Padano como el tomate Hida, Guadianas de Mercadona que van y vienen; ajenos a las modas, que vienen y van porque tú eres el rey del glam, rey del glam; la ensaladilla rusa con gambas-depende del barrio-, las tostas redondas para dippear, el pan de sándwich tamaño medio DIN A4, nata fresca?, jabón de Marsella líquido, cebolla frita en lata. Cada uno podría escribir su lista, según sus adiciones o aficiones. No se trata de desapariciones temporales en su mayoría. No es falta de stock, salvo excepciones. No hay estantes vacíos. A un cierto punto, cuando ha pasado un tiempo prudencial, los solícitos empleados del Mercadona te miran como si te lo estuvieras inventando. “ Yo nunca he visto el té rojo; espere que pregunto a la encargada.” No, té rojo no hay. Hace mucho. Tú sabes que no es cierto. A lo mejor infusiones no compras cada semana. Pero el pan, que sí, ese producto que ya sabes dónde está. Llegas con los ojos cerrados al estante y no hay siquiera un recuerdo de su existencia. Nunca ha estado allí. Se requeriría pericia de policía científica para encontrar indicios de que alguna vez en ese estante donde hay frutos secos variados, estuvieron un día esas cebolletas en vinagre, ligeramente dulce, rosadas. Que quedaban genial para el aperitivo. No te molestes. Se ha borrado de la memoria del personal y del disco duro de todos los recuerdos.

No me digan que soy la única que lo he echado de menos porque no es verdad. Lo que ocurre es que un día no hay té rojo y compras negro o verde; a la semana vuelves a buscarlo y ante la extrañeza, preguntas. El encargado de Mercadona te acompaña, literalmente. Atraviesa contigo los lineales y llega al frontal de las infusiones. Donde hace unos meses estaba el té rojo durante algunas semanas hubo un hueco sin cartel, ahora lo ocupa una infusión de frutos rojos acomodada como un niño travieso haciéndote creer que no ha hecho nada, en el caso de la infusión, que siempre ha estado allí. No estoy loca. Antes había té rojo. El encargado intenta primero entender, luego confiesa su desinformación. 

De estas desapariciones misteriosas lo que me preocupa es el porqué. Hay quien es experto en el relato. Quizá deberían encargarse ellos de explicar. La web del Mercadona, envía un mensaje semi automático "sentimos informarte que ya no lo vendemos. Pero vamos a pasar nota de tu interés por el producto. ¿En cuál de nuestras tiendas compras habitualmente? " o "ya no lo tenemos en nuestro surtido 😥 y vamos a pasar nota a los responsables de tu interés para que lo podamos valorar. Sentimos las molestias 🙏". Ante esa respuesta, la confusión es mayor. ¿Serían productos dañinos para la salud?  Esa crema que te echabas a diario, ¿será la causante de tus manchas?. A que van a tener la culpa los alimentos desaparecidos de lo gorda que me he puesto. Va a ser eso. Que me crearon adición. Esas patatas fritas, esos panes, contenían sustancias malignas que me hacían consumirlos con avidez. Mira tú por donde el peso que se me ha quitado de encima. Literal. 




22/07/2026

ME HE SALTADO LA SALIDA

Me ha vuelto a pasar: me he saltado la salida de la autopista para ir a la oficina. 
Mis amigas dirían “interpreta mi silencio”, en ese afán pseudopsicoanalítico o de psicología barata, de barra de bar, tan popular; con esos deseos de entender los gestos y los sueños y sacar elocuentes conclusiones. ¿Lo ves? Con las presuntas bases  que nos han dado para ser sabios en el tema la lectura, en su momento, de “El arte de amar” de E. F y luego “Tus zonas erróneas” (tan yanki y tan conductista) y esos miles de libros que poblaban la sección de autoayuda del VIPS. Con la presunta formación, presuntamente psicoanalítico, con esa pátina, que no es ni poso, que nos han dado esas lecturas sumado al disfrute de las pelis de Woody Allen antes de que se destaparan sus aficiones personales. Dentro de esa facilidad de ver el ojo ajeno dañado por pajita y no ser capaz de detectar la viga en el propio. Somos así, aptos para analizar los males de los otros cual especialistas en la materia. Mientras, vagamos por nuestras miserias tapando agujeros como si nos hubiera tocado la lotería, disimulando.
El caso es que sí, me he vuelto a saltar la salida 13 de la carretera de La Coruña, por la que cada día salgo de la A-VI y recorro la calle Gobelas, al amparo de lujosos chalets ocultos por los jardines en la margen derecha y edificios de oficina en la izquierda, que lindan con el ruido de la autovía. Pero es que me he saltado la salida 14 también. La de Casa Quemada, que me hubiera permitido llegar un poco tarde, pero llegar. ¿En que iría yo pensando? He pasado Los Peñascales, recordando a un amigo que tenía casa allí; Torrelodones donde han montado un colegio muy especial; Las Rozas, y sus fiestas; Las Matas y su estación de tren. Hasta que no he llegado a la bifurcación de Navacerrada, a la altura de Villalba, cuando tenía que decidir si seguía hacia Segovia a ver a los abuelos o me iba a Nava a pasar el día con los padres. Lo visualizo, un paseo con padre a ver si llegamos a la Maliciosa, un tinto de verano, que es el agua de una fuente secreta. Y una paella que va a hacer madre, más fina que el grueso del meñique.
¡Pero concho! Si hoy es martes. ¡Será posible! Yo es que quiero una justificación “que mi hija no puede ir hoy a trabajar (al cole)“ Sin más comentarios. Solo un padre es capaz de entender que a veces no puedes. O no entenderlo, y simplemente, quedarse a tu lado sin preguntar. Hacerte tu comida favorita. Cogerte de la mano sin razón. Es tu red de seguridad incondicional y sin preguntas. Sabe que quieres largarte. Que ya está bien de ser bueno y correcto. Qué quieres darle la vuelta al cartel y que se vea “cerrado”. Porque sí. Como en esas tiendas a las que llegas y hay un letrero que dice “vuelvo enseguida”. ¿Cómo se mide enseguida? ¿Hace cuanto que se ha ido? Ese aviso está ahí puesto ¿para invitarte a que esperes o a que te vayas con viento fresco? Yo creo que es más lo segundo. Sin referencias ni existe el tiempo y no puedes medir la espera.
Así es que yo digo eso “ahora vuelvo”. Signifique eso lo que signifique.

07/07/2026

¿TU ERES DE LOS QUE SALUDA EN UN PASO DE CEBRA?

El programa Ilustres Ignorantes, al que yo insisto en llamar Presuntos Ignorantes, que no implicados; empieza siempre con una dedicatoria a un grupo social., etnia , o a cualquier asunto que le apetezca al conductor que para eso es el que manda. El otro día se lo dedicaron a ese estrato humano formado por aquellos peatones que saludan a los conductores, a modo de agradecimiento cuando un conductor frena para dejarle ejercer su derecho de atravesar la calle por el asfalto rallado. Agachan un poquito la cabeza, buscando la mirada de quien vaya al volante, a veces esquiva, y levantan la mano acompañando el gesto de la cara.
Normalmente el conductor ignora deliberadamente el saludo del agradecido peatón, como si éste fuera transparente.  El peatón busca la intersección de las trayectorias de las miradas, con poca fortuna. Puede que la miopía o el lamentable estado del cristal, o lo reluciente que luce y refracta, depende; impidan al pobre peatón ver cómo el conductor consulta su teléfono por si hay mensajes o programa el navegador para optimizar su trayecto., haciendo caso omiso a los infructuosos intentos de conexión. El conductor se para por civismo o por obligación o porque no le compensa atropellar al pobre estudiante, mochila en mano, que se dirige al metro para ir a la universidad a hacer un examen. A la señora que arrastra el carro de la compra y contra todo lo que hace pensar por estereotipo o convenciones, es médico de familia, química nuclear, astronauta en funciones o secretaria del CEO de una Gran Cuatro. Es jefaza en iuai (E&Y), ingeniera de la NASA o investigadora del CSID. Pero sus hijos comen todos los días y también ella tiene que hacer la compra. Saluda agradecida sin esperar a cambio mas que no se le escape el pie al pirado que acelera impaciente para que no se le cale el coche y se vea en una camilla con todo lo que tiene que hacer.  Por una confusión, total, entre embrague y acelerador.
Esos seres ingenuos que saludan al conductor cuando frenan y no les atropellan son creyentes, aún tienen fe en la humanidad. Son buenas personas, rezuman bondad, son la encarnación de los ángeles en la Tierra. Seres de luz que aún empatizan con el otro, creen en él . Se pueden salvar y salvarnos a todos, porque de ellos depende que el mundo no se rompa. Personas que echan el pie al asfalto con la confianza, con la esperanza de que aquel que está dispuesto a acelerar con tal de evitar un frenazo y ganar así un minuto en su intensa vida, les atisbe por el rabillo de su prisa y frenen, a ser posible, a tiempo y sin insultos. Esos seres que monetarizan su tiempo hasta límites insondables se paran porque no tienen más remedio. Porque pro su cerebro pasan las imágenes de la grúa, la policía, un atestado y posible juicio si es que el osado peatón no acierta a parar a tiempo. Hace un cálculo rápido en su hoja de Excel mental y valora la conveniencia del frenazo. Sin contar con tener que llevar el coche a lavar en caso de atropello. Menuda inconveniencia. Pero no por eso va a consentir establecer contacto con el viandante, ni siquiera aceptará que las trayectorias de sus miradas se corten a mitad de camino. Bastante tiene con haber parado.
Conductor y peatón no son intercambiables. La esquizofrenia afecta al lugar en el que uno se encuentra. Y cuando peatón es conductor, no hay garantía de que el comportamiento sea el mismo que cuando peatón es peatón. Se disfraza de lagarterana y a saber el improperio que suelta el saludón peatón cuando se encarama a su bólido y se disfraza de impaciencia. Atrás queda el amable barbudo de la mano de su hijo, al que hace agradecer también. Ese abuelo entrañable que demora la marcha debido a mermas en su movilidad. Ojito que la gente cambia. Hay trasfuguismo, según la velocidad de crucero.
 

08/05/2026

MUCHA IA

No quiero una inteligencia artificial que redacte mis informes ni opere a mis pacientes. No quiero una IA que escriba mis discursos ni decida la estrategia militar de mi país.

Quiero una IA que cambie la sábanas los viernes y me las ponga limpias junto con un camisón recién planchado en la colcha impecable. Quiero una IA que los lunes y jueves cambie las toallas, que friegue el baño a conciencia y deje la cocina como los chorros del oro. Que si hay que echar una gotita de vinagre en el cubo de la fregona una vez al mes, para que brille el parqué, proceda. Que los armarios estén como para meterse a vivir dentro o tenerlos abiertos y que el público los visite; que no haya una mota de polvo en los cuadros al pasar el dedo y no digamos pelusas rebeldes bajo los sofás. Que los cristales estén tan limpios que parezca que está abierta la ventana. Que los espejos reluzcan aunque no me guste lo que vea. Que no haya esquina ni cajón con una miga traviesa que sea capaz de atraer a un bicho, sea insecto o roedor. Que las moscas no encuentren atractivo en atravesar en aire de mi estancia, que huele tanto a limpio que les espanta sin necesidad de insecticida.

No quiero una cuidadora, no quiero una limpiadora, no quiero un robot que todo lo friegue. Quiero que la IA coloque el friegaplatos, tienda la ropa y la planche ordenada, quiero que me haga el cambio de armario. "¡Ay hija a mí me encanta en cambio de armario, recordar la ropa del verano, seleccionar lo que me va más este año, que vuelven las modas!". ¡Patrañas!. Como la puñetera Dyson y el Rumba. O la THERMOMIX. Mucho robot y mucha ayuda, pero luego hay que limpiarlos. Si, y eso la IA no lo hace, los pelos y los atascos, los cables que se enredan y se caen las lámparas y los ordenadores, las pantallas. Que parece que ha habido una guerra después de que trabaje el Rumba. Destroza alfombras, que empieza a tirar de un hilo y es como el tonto, que se acaba la linde y sigue, pues el Rumba lo mismo; arrasa con todo, en un descuido: o se engancha y desaparece por sitios insospechados. Y tú me dirás, hombre, "ponlo estando en casa". No sabes de su poder hipnótico. ¿Para qué quieres una mascota? No dejas de perseguirle.

 

Quiero que la IA ordene mi librería, por orden de autor, "¡ay que bonito es ordenarla tú! Así lo haces a tu gusta". Falso. Es una paliza de campeonato. Quiero que los cajones de la cocina estén relucientes como todo lo que guardo en ellos. La mesa puesta cuando voy a comer y la comida en su punto. No quiero ir a un restaurante ni a un hotel. Quiero que la IA se dedique a lo que importa, que para operar esa rodilla ya me pongo yo.

 

Que yo no quiero tanta IA que me organice la vida. ¿Qué pasa?, que se puede ser ingeniero de la NASA a base de mucha IA, conquistar Marte y llegar a la luna metiéndose uno repetidamente en ChatGPT, pero que le hagan la cama a uno, no. Que cambie las cortinas, que sacuda los cojines, en eso no se mete la IA. Pero los seis años de medicina más el MIR me los sustituye el ChatGPT en un “pispás” interpretando una radiografía o diciéndome qué tengo que tomar para mi cardiopatía, sin pasar por la lista de espera de la Concha. O me hace un plano sugiriendo la ubicación de las bajantes al diseñar un apartamento en Benicarló. ¡Vaya por Dios!. Tanto estudiar para que una máquina me diga la sentencia que aplica al caso que me ocupa en un nanosegundo y yo que estudié notarías… ¿para qué?, mucho abogado del Estado, y resulta que se lo pregunto al chat y no falla.

Da miedo todos iguales sin colores, da miedo los proyectos iguales, los edificios iguales, vestidos iguales, diciendo lo mismo. Da miedo tanta consigna y tanta homogeneidad. Da susto. Que al final nos convierta la IA en robots,

Señores desarrolladores de la IA déjense que ayudarnos a escribir correos o a aprobar exámenes, no quiero grandes logros ni fuegos artificiales, quiero tener la casa como una patena y ya me ocupo yo de mis pacientes y mis asuntos. ¡Y no digamos ya si me hace un par de huevos fritos con patatas y luego me deja todo recogido! Quiero hacer fiestas en casa, comilonas, chispunes y tomar gin-tonics hasta quedarnos roques. Y bailar y reírnos. Y ponerme lo que me de la gana. ¡Tanta IA!


03/05/2026

NO PODRÍA SER INFLUENCER

Yo compro por impulsos, funciono como una bomba de pistón. O no piso o una tienda o me doy un homenaje. Funciono como un relé. A mí lo de comprar me da por rachas, ya sea para lo cotidiano o lo extraordinario. Me puedo pasar diez años queriendo tirar todos mis jerséis, sin comprarme nada, aunque tenga agujeros toda mi indumentaria, aunque trasparenten las camisetas,… que no me abrochen los pantalones o me queden anchos. Si estoy de no comprar, no compro. No puedo tener un accidente. No estoy preparada. Eso sí, si me cambia de pronto el “chip”, o mis niños me dicen que necesitan algo, que se preparen los terminales y las bacaladeras, que voy para allá, no hay dique que contenga mi afán consumista.


En el supermercado, me pasa lo mismo. No soy de grises, o mi nevera boza, o está vacía. O tengo preparada la despensa para un COVID, una DANA, una FILOMENA y una invasión alienígena, todo junto y a la vez, sin solución de continuidad, o me da por usarlo todo, aprovechar restos para croquetas, sacar latas del Pleistoceno.  Cocinar y preparar comidas para 
que no caduquen ni se me estropeen las lechugas; y hasta que en los cajones del frigo no corren las pelusillas del frío, huérfanas, no vuelvo a hacer la compra. Y no digamos ya si se trata de cosméticos, cremitas y otras lindezas. Si fui de viaje una vez e hice acopio de botecitos varios de gel, suavizante, crema hidratante y champú, mini jabones, etc., hasta que no se acaba todo, todito, no compro ni Johnson's para niños, por no comprar. Pero cuando me da, me da. Es como lo de ahorrar, soy de blanco y negro, lo doy todo o me hago marcas con el cinturón.

Pues hoy he ido al Mercadona, se me había acabado la Nivea, recordando a mi abuela Sofía y a mi madre, con su piel de algodón suave, me ha dado por atribuir a la Nivea tan preciado acabado superficial. Frente a la sección de cremas estaban paradas tres personas: un elegante caballero, recién jubilado que ha asumido las tareas de abastecimiento de su casa y se debatía frente a las ofertas de cremas varias con el encargo en la cabeza de su santa esposa, que no recuerda con exactitud, solo ha apuntado “crema de manos”. Junto a él una empleada del hogar, que no se ha quitado el uniforme de camias con florecitas y pantalón a juego, sin el delantal. Se cubre con un abrigo fino. Mira las cremas dudando entre precio y calidad. Y la tercera persona es una señora que tiene prisa, ejecutiva agresiva, mujer empoderada, a saber. Cuelo mi brazo entre los tres y pillo una lata azul de Nivea que echo al carro. Veo que los tres reaccionan de inmediato y se deciden, el señor coge dos latas, con seguridad; la empleada una, con tranquilidad; y la estupenda otra, con disimulo, no quiere ser igual que los demás. Me fijo en el precio, cuatro y pico, veo la crema de marca blanca, 1.8€, en cuanto la zona se despeja doy el cambiazo. Me lo ahorro. Y luego pienso: qué antipática soy, no puedo ser “influencer”.

20/04/2026

ESPABILA

 

Hay varias cosas que he oído últimamente y que me parece que son definitivas para que espabile el más apoltronado.

La primera es una pregunta a Steve Jobs (o a Bill Gates, tanto da, a veces me hago un lío) SJ es la monda, aunque no esté entre los vivos, el tío creo APPLE, le despidieron y volvió de CEO, poca broma). El caso: la pregunta fue: “¿cuál es la clave de su éxito? ¿qué rutinas practica?”. El del micro pensando que le iba a hablar de chia, meditación o yoga con cereales o hacer la cucharilla con redondilla jugando a las chapas. ¡A saber!. Algún truco infalible en primicia para poner en práctica inmediatamente. Lo importante, como siempre, fue la respuesta, Él contestó que la única rutina que practicaba a diario era no quejarse. Que su vida cambió a mejor el día que abandonó la queja. Tal cual. Es que la queja es muy mala. Ya lo hemos hablado. 

Otra cosa que oído y me ha encantado (no sé si es verdad o no) porque creo que es buenísima: alguien hablaba del famoso “no tengo tiempo para nada” “estoy liadísimo” (excusitas de por qué no llaman, no salen, no van al gimnasio, no visitan a sus padres, hijos o amigos). Ante esa falta de tiempo, recomendaba pensar en Sarkozy, que fue elegido presidente de la República y se ligó a Carla Bruni mientras tanto. Vamos, que tiempo hay. Enlazado con el amor, o el desamor, y en relación a la tristeza tras una ruptura amorosa, alguien decía, “mira si Jennifer Aniston superó que le abadonara Brad Pitt, tú tienes que parar llorar porque te ha dejado ese imbécil, así que déjate de tonterías!. No está mal.

Y es que en las redes se puede aprender mucho, he cogido toda esta información y me la he echado al morral, a ver si me sirve y la sé utilizar. Junto con estos consejos y algún otro, guardo el de una presentadora exitosa, casada con un presunto escritor, que adjudica a andar con mucha mala lecha su buen estado de forma.

Así que, aquí me tienen, andando con mucha mala leche, sintiéndome tan buenorra como Jennifer y que me eche de menos Brat y sin quejarme ni un poquito, a ver si me ligo a mi crash. Que, como todo el mundo sabe es un inglés elegante y repelente, a la sazón actor y abandonado también por su estúpida mujer.