Desde que se abolió el abrelatas, desde que se le relegó a las cuevas del olvido, al fondo del cajón, nos hemos sumergido en el mundo del abrefácil. Y no sé qué premio habrá obtenido el inventor del abrefácil de las latas de atún, qué premio o qué alabanzas. Me refiero a esas que tienen una tirita de unos 3 mm de ancho por 3 mm de largo, soldaditas en el borde de la tapa. Soldadas y semi adheridas a la tapa en cuestión.
En primer lugar: la tapa y el saliente son del mismo material y color e incluso diría, textura, se trata de un dato no baladí. Es posible que exista una sutil diferencia en la textura pensada para invidentes, que facilite la distinción, morro fino es menester. Creo que los diseñadores deberían tener en consideración a los usuarios. La gama de los consumidores de latas de atún, sardinas, navajas, berberechos mejillones, tomate frito, es vasta. El espectro abarca tanto en edad como condición, diferencias irreconciliables. Tiene su mérito el inventor, por tanto. No quiero obviar la dificultad en el diseño. Aun así, como sugerencia, ayudaría, salvo al daltónico, la diferencia en el color, favorece a limitar asperezas y salta muchas de las barreras impuestas por la confusión. En segundo lugar, está el tema de la adherencia a la tapa. Si juntamos los aspectos de color y el material, el camuflaje es casi perfecto. O tienes uñas en condiciones, (los usuarios de mordex saben a lo que me refiero) o necesitas otra herramienta que complemente tu ausencia de habilidad para separar la pestaña de la tapa. Tal es su tesón por pasar desapercibida. Sí hace falta, pues, una herramienta, entre ellas, se acepta cualquier pieza de la cubertería o cacharro útil para tal propósito; pero: ¿y si volviéramos al abrelatas? Digo yo que tampoco es para tanto. No sé qué pecado cometió. Imagino que está asociado a ese “¿dónde habéis puesto el abrelatas?” Quizá al óxido que el paso de los años hacía inevitable. La limpieza de sus pliegues, la vez, los restos de aceite no necesariamente bien gestionados por el usuario. Tal vez. Con una cuerda atado a alguna manilla evitamos su pérdida. O se puede depositar en "su sitio", en el cajón de los cubiertos, con las cucharillas de postre, como se ha hecho toda la vida. Respecto al tono anaranjado que sufría al cabo del uso, su sustitución nunca fue un drama, ya que el precio fue siempre modesto. En cuanto a la limpieza, a día de hoy los friegaplatos hacen milagros, si bien es cierto que ni cafetera italiana, ni abrelatas, han sido nunca muy amigos de la máquina.
La alternativa (predecesora) de la arandela en la tapa como abrefácil, perceptible al tacto incluso para videntes con los sentidos del tacto atrofiados, no me convence en absoluto. El tema de la uña ya no aplica, a no ser que las tengas de porcelana, pintadas de carmesí, se precisa herramienta suplementaria para el despegue.
Otro tema asociado a la facilidad de apertura de latas son los blísteres de jamón envasados al vacío , cuando digo jamón hablo de modo genérico. Que yo soy muy de jamón del negro. Pero ese salchichón cortado, ese chorizo de Pamplona, esa mortadela, pavo, en fin, queso en lonchas, todo vale Abrefácil, reza el paquete. Si te acercas a comprobar donde pone “abrir aquí”, empieza la guerra. “Abrir aquí” y mirar la fecha de caducidad son un misterio equivalente al de la Santísima Trinidad. La dificultad asociada a descubrir cómo se abre un blíster de jamón al vacío tiene narices. A cierta edad es menester quitarse o ponerse unas gafas diferentes a las de uso habitual. Si miope, de cerca hay que quitarse las gafas para descubrir el mundo. Si vidente top cualificado, gafas de presbicia al canto. Total. Detectas por fin en una esquina por dónde atacar. Ahora empieza un minucioso proceso de investigación que consiste en intentar descubrir dónde el plástico pasa de lámina única termo sellada a dos capas, para separarlas. Es tan sutil en ocasiones, que cuando lo encuentras o se te ha pasado el hambre o has cogido unas tijeras y el esfuerzo del diseñador del abrefácil se ha perdido en el anonimato. Si lo consigues antes de que el que está a tu lado diga “deja, lo hago yo” eres un héroe. Porque cuando el listo de turno viene con su intención de ayudar, tu fuero interno arde de deseos de contemplar su fracaso en la gesta. El orgullo está para algo.
Queda pendiente la apertura de los botes de cristal, sin estar asociados al abrefácil, también han sufrido un peculiar intento de evolución. Infructuosa ha resultado la mejora. El golpe con la mano plana en la tapa bote boca abajo, suele ser eficaz; la cuchara que se incrusta entre cristal y tapa, si consigues que no se doble antes del plop; meter el bote en agua templada sin técnicas generalizadas, trucos hay. Estos procedimientos no necesariamente tienen base científica, tampoco se les exige. El caso es que ese tema ha evolucionado poco. Es cierto que existen abre botes. Desconozco si se adaptan a todos los diámetros: mermelada de hotel pijo, postres variados a botes de patata de Gutarra. Dentro de poco, más que cubertería vamos a necesitar una caja de herramientas.
Llegamos sin remedio al botellín. Reivindico la vuelta al abrebotellas (generalmente incluido en el abrelatas) porque también ha sido relegado por culpa del abrefácil. ¿Qué sentido tiene que cada uno se abra su botellín? ¿Qué sociedad es esta? ¿En qué nos hemos convertido? Esa paciencia de una reunión en la que hay un solo abrebotellas y alguien que se encarga o se pasa el instrumento de bebedor en bebedor, es muestra de capacidad de postergar el placer, e incluso un signo de tolerancia a la frustración me atrevería a decir. Esa imagen del impaciente que se ofrece con su mechero a abrir a la amada su bebida, sin más afán que impresionarla. Esa suerte de solidaridad, asociada a la espera, a la paciencia, forma parte también del protocolo de la cita, de la reunión, de la fiesta, de la celebración.
Tanto arandela como pestaña son susceptibles de romperse en el proceso. ¿Entonces qué? Buscaremos el abrelatas, oxidado y repudiado.






