Mi amiga N decía que para conocer a
gente, en el Parque del Retiro, había que entrar empujando un carrito con un
bebé o agarrados a la correa de un perro. Entre risas no sé si es un recuerdo o
me lo he inventado, en aquel momento calibramos la posibilidad de hacernos con
un carrito, en el pasear un Nenuco, porque bebé no teníamos. O si pensamos en
ofrecernos a pasear el perro de un vecino. No estaban aun de moda los
paseadores de perros. Si es por oficio, ya no es lo mismo.
Sigue en pie la máxima de que para hacer
amigos a partir de una edad, hay que tener perro o un carrito con un bebé. Si
de ligar se trata, casi mejor la opción del perro, porque si lo del bebé da pie
a muchas preguntas, o a ninguna, que es peor. El mensaje no es claro. Imagino
que hay quien maneja otras opciones, lejos de las consabidas herramientas de
Internet, a mí no me va jugar a las cartas, existen los cursos de pintura o de
teatro, hacerte amigo del Museo Del Prado. Nada como esa espontaneidad que da fumarte
un pitillo y ponerte a charlar con el que tienes al lado, estés donde estés. A
la salida del cine, de misa o del Alcampo. Porque echáis juntos el humo.
¿tienes fuego?. No, te dejo mi pitillo, eso es intimidad. Da mucho juego el
tabaco. Opción menos sana que otras, eso sí.
Confieso que hoy, si en vez de llevar el
carro de la compra, hubiera llevado un setter irlandés de generoso y
acaramelado pelaje, hoy me hubiera enamorado.
Esas cosas que pasan. En un semáforo. Yo con mi carro de la compra y en
la cabeza la lista, en el bolsillo el móvil con un post-it pegado con lo que he apuntado, pero faltan
cosas. Me bulle en la cabeza, que si la limpieza, quién come en casa esta
semana. Voy a tener que volver. Y mira que me he traído el carro, justo para ir
solo una vez. No llueve, por eso salgo, es sábado por la mañana, por eso cojo
el carro, no me mola que los estupendos del bar verde de abajo me vean como la
señora de la compra. Cuando salgo a hacer recados me gustaría tener ese halo de
mujer interesante que sale porque ha quedado a tomar un Aperol, y no una señora
a la que le faltan cebollas para la tortilla.
El caballero en cuestión lleva pantalón de
vaquero, castellanos, camisa azul, jersey gris y americana de espiga. Le asoman
unos calcetines de colores, pero no estridentes, discretos. De la correa lleva
a Trueno, lo sé porque lo he leído en la chapa, donde reza Trueno y un teléfono
que he preferido olvidar. Que soy capaz de memorizarlo. Y entonces no sé qué
iba a ser de mí. Que dilema! Lo pirada que hubiera demostrado ser si se me
hubiera ocurrido llamar, está fuera de toda escala social, no es de señoritas,
ni de señoras. ¡Como sería la buena pinta de ¿Héctor?, dueño de Trueno, que una
vecina mía casi se choca con una farola mirándole y otra ha atravesado la calle
con el semáforo en rojo, dada la vuelta sin pudor para verle mejor. Y yo con mi
carrito. Porque me ha mirado. Y entonces me ha sobrado la lista de la compra,
ya no necesitaba ni papel de cocina ni KH7, todo me parecía una ordinariez.
Pecata minuta comparado con ver cómo se escapa el amor de mi vida. Y yo sin
tener una correa de la que sujeto a Pombo, elegante setter irlandés con el que
suelo dar largos paseos por El Retiro cuando no voy a la casa de Campo o al
Capricho. Estoy estupenda con tanto paseo. Y no digamos el mundo y al
conversación que me ha dado el mejor amigo del hombre. Subo a la sierra a
pasear por el monte y cuando voy a casa de mis amigos siempre pregunto si puedo
ir acompañada. Todos se preguntan a quién llevaré. Pues hoy he echado de menos
la existencia de mi Tron imaginario, Héctor y yo ahora estaríamos comiendo
perdices.



