SI ME LEES TE LEO
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07/07/2026
¿TU ERES DE LOS QUE SALUDA EN UN PASO DE CEBRA?
08/05/2026
MUCHA IA
No quiero una inteligencia artificial que
redacte mis informes ni opere a mis pacientes. No quiero una IA que escriba mis
discursos ni decida la estrategia militar de mi país.
Quiero una IA que cambie la sábanas los
viernes y me las ponga limpias junto con un camisón recién planchado en la colcha
impecable. Quiero una IA que los lunes y jueves cambie las toallas, que friegue
el baño a conciencia y deje la cocina como los chorros del oro. Que si hay que
echar una gotita de vinagre en el cubo de la fregona una vez al mes, para que
brille el parqué, proceda. Que los armarios estén como para meterse a vivir
dentro o tenerlos abiertos y que el público los visite; que no haya una mota de
polvo en los cuadros al pasar el dedo y no digamos pelusas rebeldes bajo los
sofás. Que los cristales estén tan limpios que parezca que está abierta la
ventana. Que los espejos reluzcan aunque no me guste lo que vea. Que no haya
esquina ni cajón con una miga traviesa que sea capaz de atraer a un bicho, sea
insecto o roedor. Que las moscas no encuentren atractivo en atravesar en aire
de mi estancia, que huele tanto a limpio que les espanta sin necesidad de
insecticida.
No quiero una cuidadora, no quiero una
limpiadora, no quiero un robot que todo lo friegue. Quiero que la IA coloque el
friegaplatos, tienda la ropa y la planche ordenada, quiero que me haga el
cambio de armario. "¡Ay hija a mí me encanta en cambio de armario,
recordar la ropa del verano, seleccionar lo que me va más este año, que vuelven
las modas!". ¡Patrañas!. Como la puñetera Dyson y el Rumba. O la THERMOMIX.
Mucho robot y mucha ayuda, pero luego hay que limpiarlos. Si, y eso la IA no lo
hace, los pelos y los atascos, los cables que se enredan y se caen las lámparas
y los ordenadores, las pantallas. Que parece que ha habido una guerra después
de que trabaje el Rumba. Destroza alfombras, que empieza a tirar de un hilo y
es como el tonto, que se acaba la linde y sigue, pues el Rumba lo mismo; arrasa
con todo, en un descuido: o se engancha y desaparece por sitios insospechados.
Y tú me dirás, hombre, "ponlo estando en casa". No sabes de su poder
hipnótico. ¿Para qué quieres una mascota? No dejas de perseguirle.
Quiero que la IA ordene mi librería, por
orden de autor, "¡ay que bonito es ordenarla tú! Así lo haces a tu
gusta". Falso. Es una paliza de campeonato. Quiero que los cajones de la
cocina estén relucientes como todo lo que guardo en ellos. La mesa puesta
cuando voy a comer y la comida en su punto. No quiero ir a un restaurante ni a
un hotel. Quiero que la IA se dedique a lo que importa, que para operar esa
rodilla ya me pongo yo.
Que yo no quiero tanta IA que me organice la
vida. ¿Qué pasa?, que se puede ser ingeniero de la NASA a base de mucha IA,
conquistar Marte y llegar a la luna metiéndose uno repetidamente en ChatGPT,
pero que le hagan la cama a uno, no. Que cambie las cortinas, que sacuda los
cojines, en eso no se mete la IA. Pero los seis años de medicina más el MIR me
los sustituye el ChatGPT en un “pispás” interpretando una radiografía o
diciéndome qué tengo que tomar para mi cardiopatía, sin pasar por la lista de
espera de la Concha. O me hace un plano sugiriendo la ubicación de las bajantes
al diseñar un apartamento en Benicarló. ¡Vaya por Dios!. Tanto estudiar para
que una máquina me diga la sentencia que aplica al caso que me ocupa en un
nanosegundo y yo que estudié notarías… ¿para qué?, mucho abogado del Estado, y
resulta que se lo pregunto al chat y no falla.
Da miedo todos iguales sin colores, da miedo
los proyectos iguales, los edificios iguales, vestidos iguales, diciendo lo
mismo. Da miedo tanta consigna y tanta homogeneidad. Da susto. Que al final nos
convierta la IA en robots,
Señores desarrolladores de la IA déjense que
ayudarnos a escribir correos o a aprobar exámenes, no quiero grandes logros ni
fuegos artificiales, quiero tener la casa como una patena y ya me ocupo yo de
mis pacientes y mis asuntos. ¡Y no digamos ya si me hace un par de huevos
fritos con patatas y luego me deja todo recogido! Quiero hacer fiestas en casa,
comilonas, chispunes y tomar gin-tonics hasta quedarnos roques. Y bailar y
reírnos. Y ponerme lo que me de la gana. ¡Tanta IA!
03/05/2026
NO PODRÍA SER INFLUENCER
En el supermercado, me pasa lo mismo. No soy
de grises, o mi nevera boza, o está vacía. O tengo preparada la despensa para
un COVID, una DANA, una FILOMENA y una invasión alienígena, todo junto y a la
vez, sin solución de continuidad, o me da por usarlo todo, aprovechar restos para croquetas, sacar latas del Pleistoceno. Cocinar y preparar comidas para que no caduquen ni se me estropeen las lechugas; y hasta que en los cajones del frigo no corren
las pelusillas del frío, huérfanas, no vuelvo a hacer la compra. Y no digamos ya si
se trata de cosméticos, cremitas y otras lindezas. Si fui de viaje una vez e hice
acopio de botecitos varios de gel, suavizante, crema hidratante y champú, mini jabones, etc., hasta
que no se acaba todo, todito, no compro ni Johnson's para niños, por no comprar. Pero cuando me da,
me da. Es como lo de ahorrar, soy de blanco y negro, lo doy todo o me hago marcas con el cinturón.
Pues hoy he ido al Mercadona, se me había
acabado la Nivea, recordando a mi abuela Sofía y a mi madre, con su piel de
algodón suave, me ha dado por atribuir a la Nivea tan preciado acabado superficial.
Frente a la sección de cremas estaban paradas tres personas: un elegante caballero,
recién jubilado que ha asumido las tareas de abastecimiento de su casa y se
debatía frente a las ofertas de cremas varias con el encargo en la cabeza de su
santa esposa, que no recuerda con exactitud, solo ha apuntado “crema de manos”.
Junto a él una empleada del hogar, que no se ha quitado el uniforme de camias
con florecitas y pantalón a juego, sin el delantal. Se cubre con un abrigo
fino. Mira las cremas dudando entre precio y calidad. Y la tercera persona es
una señora que tiene prisa, ejecutiva agresiva, mujer empoderada, a saber. Cuelo
mi brazo entre los tres y pillo una lata azul de Nivea que echo al carro. Veo
que los tres reaccionan de inmediato y se deciden, el señor coge dos latas, con
seguridad; la empleada una, con tranquilidad; y la estupenda otra, con disimulo,
no quiere ser igual que los demás. Me fijo en el precio, cuatro y pico, veo la crema
de marca blanca, 1.8€, en cuanto la zona se despeja doy el cambiazo. Me lo ahorro.
Y luego pienso: qué antipática soy, no puedo ser “influencer”.
20/04/2026
ESPABILA
La primera es una pregunta a Steve Jobs (o a Bill Gates, tanto da, a veces me hago un lío) SJ es la monda, aunque no esté entre los vivos, el tío creo APPLE, le despidieron y volvió de CEO, poca broma). El caso: la pregunta fue: “¿cuál es la clave de su éxito? ¿qué rutinas practica?”. El del micro pensando que le iba a hablar de chia, meditación o yoga con cereales o hacer la cucharilla con redondilla jugando a las chapas. ¡A saber!. Algún truco infalible en primicia para poner en práctica inmediatamente. Lo importante, como siempre, fue la respuesta, Él contestó que la única rutina que practicaba a diario era no quejarse. Que su vida cambió a mejor el día que abandonó la queja. Tal cual. Es que la queja es muy mala. Ya lo hemos hablado.
Y es que en las redes se puede aprender mucho,
he cogido toda esta información y me la he echado al morral, a ver si me sirve
y la sé utilizar. Junto con estos consejos y algún otro, guardo el de una
presentadora exitosa, casada con un presunto escritor, que adjudica a andar con
mucha mala lecha su buen estado de forma.
Así que, aquí me tienen, andando con mucha
mala leche, sintiéndome tan buenorra como Jennifer y que me eche de menos Brat
y sin quejarme ni un poquito, a ver si me ligo a mi crash. Que, como todo el
mundo sabe es un inglés elegante y repelente, a la sazón actor y abandonado
también por su estúpida mujer.
19/04/2026
LA VIDA FELIZ (D. FOENKINOS)
D. F no defrauda. Siempre es amable. Es un magnífico escritor que escribe cosas deliciosas maravillosamente. Puede parecer muy cursi esta frase, pero desde mi punto de vista es exactamente así. No estoy descubriendo América. Su solidez y prestigio están consolidados y premiados. Por supuesto su talento está más que reconocido en el mundo literario internacional.
Agradezco a J(X), este descubrimiento, en el jardín de la casa de mi abuela en Segovia. En el jardín del primo Pablo, que tan generosamente abre, como todas las casas en las que ha vivido, a los amigos, a la familia, a la celebración, a estar juntos.
Fue un día no precisamente alegre, de julio, cuando por necesidades del guion, un grupo grande de amigos y familiares estábamos en Segovia. Como siempre, Pablo abrió las puertas de su casa. Veniros a casa después. Nos juntamos ahí, estamos más a gusto.
Allí estábamos. Los amigos de Pablo, los amigos de Juan, los amigos de Marta. Yo siempre me he sentido mezcla de amiga y prima.
Los amigos de Juan rodeaban a Juan, y verles juntos era volver a una época de tribulaciones y mudanzas. Una época previa al asentamiento y a la madurez quien la alcanzara. De alguna forma todos nadábamos entre los sueños y la ilusión, en un intento de retrasar la edad de hacernos de verdad mayores. Los amigos de Juan rodeaban a Juan en una suerte de abrazo.
X, amigo de Juan, amigo de Pablo, amigo de Marta, entre unas cosas y otras, me habló de Foenkinos. Fue él quien quien me puso en bandeja semejante tesoro y no las críticas sesudas de Babelia. Era como si el propio Foenkinos hablara. Con la delicadeza, con la fuerza y con el entusiasmo de la esperanza. Con la armonía y la paz de su propia literatura despertó en mí la curiosidad y las ganas de leerlo. En ese jardín segoviano, al que volverán las hortensias, entre vino, lágrimas y alguna risa, descubrí a este magnífico escritor. Gracias X.
18/04/2026
LAS BUTRAGUEÑO
Mi prima, fan incondicional de CBK, adquirió
diadema de carey. Ella es estilosa, y yo la recuerdo de niña con diademas
parecidas. Como en casa también somos fans, allá que vamos.
Las Butragueño son hermanas y parientes del
Buitre, sí. Hay una foto del padre “que es igual” que Emilio, apoyada en el
mostrador, a la vista de todos. Firmada por el afamado futbolista. El padre
está sentado en una silla Thonet, discreto escucha conversaciones o las inicia.
Se les han acabado las diademas anchas,
debatimos entre unas más finas, que no son buenas, están de moda, pero llévate esta
que te va a durar más. No se rompe. ¿Y un cepillo? Con la iglesia hemos topado.
¿lo quieres para desenredar o para cepillar? La cara de la madre e hija es un
poema. Cepillar es lo que se hace con tu pelo, antes de acostarte. Me viene la
imagen de la abuela paquita y su maravilloso cuarto de baño, donde nos sentaba
en un taburete y nos colocaba un peinador sobre los hombros mientras nos peinaba
y nos contaba historia, del bisabuelo, de padre, del abuelo, de los tíos, de
Zújar, el almacén, o las bromas del día de los inocentes. La colonia del abuelo
inundando los olores, el jabón la toja en la jabonera, y las toallas, alfombras
y resto de menaje a juego, incluyendo lo que cubría el retrete, para prevenir
los fríos segovianos. Papel higiénico el elefante.
Si quieres te puedo ofrecer esto, que es un
mixto, y como todo lo mixto, ya sabes, es un quiero y no puedo. Porque este cepillo
de cerdas hechas de pelo de jabalí, es lo que realmente te va a activar el cuero
cabelludo y te va a cuidar de paso ese pelo tan bonito que tienes. Te brillará más
el pelo, reparten la grasa natural del cabello, conseguirás reducir el
encrespamiento, que seguro te atormenta y además son muy suaves, no rompen el
pelo.
Salimos de la tienda madre e hija habiendo intercambiado
teléfonos con las Butragueño, tan amigas. Es que mi prima vino ayer, no ayer
no, el miércoles que la atendí yo. Muy maja y muy elegante. Ya. A ver si les quitan
pronto el andamio, que no se les ve desde la calle. Es que van a convertir el
hotel en un four seasons, como Canalejas. Anda, qué suerte, entonces tendrán
mucha clientela elegante. Ya veremos.
Las diademas al final no te las pones porque te duele un montón la cabeza, basta de farsas.
28/03/2026
CONOCER GENTE
Mi amiga N decía que para conocer a
gente, en el Parque del Retiro, había que entrar empujando un carrito con un
bebé o agarrados a la correa de un perro. Entre risas no sé si es un recuerdo o
me lo he inventado, en aquel momento calibramos la posibilidad de hacernos con
un carrito, en el pasear un Nenuco, porque bebé no teníamos. O si pensamos en
ofrecernos a pasear el perro de un vecino. No estaban aun de moda los
paseadores de perros. Si es por oficio, ya no es lo mismo.
Sigue en pie la máxima de que para hacer
amigos a partir de una edad, hay que tener perro o un carrito con un bebé. Si
de ligar se trata, casi mejor la opción del perro, porque si lo del bebé da pie
a muchas preguntas, o a ninguna, que es peor. El mensaje no es claro. Imagino
que hay quien maneja otras opciones, lejos de las consabidas herramientas de
Internet, a mí no me va jugar a las cartas, existen los cursos de pintura o de
teatro, hacerte amigo del Museo Del Prado. Nada como esa espontaneidad que da fumarte
un pitillo y ponerte a charlar con el que tienes al lado, estés donde estés. A
la salida del cine, de misa o del Alcampo. Porque echáis juntos el humo.
¿tienes fuego?. No, te dejo mi pitillo, eso es intimidad. Da mucho juego el
tabaco. Opción menos sana que otras, eso sí.
Confieso que hoy, si en vez de llevar el
carro de la compra, hubiera llevado un setter irlandés de generoso y
acaramelado pelaje, hoy me hubiera enamorado.
Esas cosas que pasan. En un semáforo. Yo con mi carro de la compra y en
la cabeza la lista, en el bolsillo el móvil con un post-it pegado con lo que he apuntado, pero faltan
cosas. Me bulle en la cabeza, que si la limpieza, quién come en casa esta
semana. Voy a tener que volver. Y mira que me he traído el carro, justo para ir
solo una vez. No llueve, por eso salgo, es sábado por la mañana, por eso cojo
el carro, no me mola que los estupendos del bar verde de abajo me vean como la
señora de la compra. Cuando salgo a hacer recados me gustaría tener ese halo de
mujer interesante que sale porque ha quedado a tomar un Aperol, y no una señora
a la que le faltan cebollas para la tortilla.
El caballero en cuestión lleva pantalón de
vaquero, castellanos, camisa azul, jersey gris y americana de espiga. Le asoman
unos calcetines de colores, pero no estridentes, discretos. De la correa lleva
a Trueno, lo sé porque lo he leído en la chapa, donde reza Trueno y un teléfono
que he preferido olvidar. Que soy capaz de memorizarlo. Y entonces no sé qué
iba a ser de mí. Que dilema! Lo pirada que hubiera demostrado ser si se me
hubiera ocurrido llamar, está fuera de toda escala social, no es de señoritas,
ni de señoras. ¡Como sería la buena pinta de ¿Héctor?, dueño de Trueno, que una
vecina mía casi se choca con una farola mirándole y otra ha atravesado la calle
con el semáforo en rojo, dada la vuelta sin pudor para verle mejor. Y yo con mi
carrito. Porque me ha mirado. Y entonces me ha sobrado la lista de la compra,
ya no necesitaba ni papel de cocina ni KH7, todo me parecía una ordinariez.
Pecata minuta comparado con ver cómo se escapa el amor de mi vida. Y yo sin
tener una correa de la que sujeto a Pombo, elegante setter irlandés con el que
suelo dar largos paseos por El Retiro cuando no voy a la casa de Campo o al
Capricho. Estoy estupenda con tanto paseo. Y no digamos el mundo y al
conversación que me ha dado el mejor amigo del hombre. Subo a la sierra a
pasear por el monte y cuando voy a casa de mis amigos siempre pregunto si puedo
ir acompañada. Todos se preguntan a quién llevaré. Pues hoy he echado de menos
la existencia de mi Tron imaginario, Héctor y yo ahora estaríamos comiendo
perdices.




