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27/08/2026

LOS EXÁMENES DE SEPTIEMBRE

La desaparición de los exámenes de septiembre ha hecho mucho daño a la sociedad en general y a la vida social de los jóvenes en particular. Ha causado efecto importante en la ciudades, ha cambiado su fisionomía. Se ha llenado de persianas echadas y cierres. Se han visto obligados los dueños de bares antológicos a cerrar en agosto, cosa que nunca jamás hubieran hecho cuando había posibilidad de recuperar en septiembre. Porque los que éramos de suspender, éramos muy de socializar… ¡bares, qué lugares! 
Las relaciones personales también han cambiado, esto ha propiciado la inmadurez y reducido la capacidad de buscarse la vida de los jóvenes. Y es que ese grupo de chavales de entre 18 y 25 años que se quedaban en Madrid o en Zaragoza o en Murcia mientras sus padres iban de vacaciones, porque tenía que estudiar para septiembre para los exámenes de la universidad ya no están. “Ya eres mayorcito, si has suspendido te fastidias tu, que no se va a quedar toda la familia sin vacaciones por tu culpa”. Los chavales se frotaban las tibias, porque a cierta edad ya no quieres ir a Comillas ni a Punta con tus padres, en todo caso cuando no van ellos. (Luego te arrepentirás de no haber ido, al tiempo.  Pero la juventud es canalla y soberbia). En la ciudad ocurría una suerte de transformación. Esos amigos que nos hemos hecho todos en verano yendo a las academias, esa complicidad de vivir medio juntos, aunque vivieras en tu casa, pero estabas todo el día con amigos, entre hacerte la comida, estudiar, la academia y las copas. 
Cuando habías sido un niño mimado toda la vida que no te habían dejado entrar en la cocina, espabilabas echando virutas. Todo eso ha desaparecido y hemos convertido a nuestros hijos en unos seres que han perdido esa oportunidad y en cierto modo que hemos hecho un poquito más inútiles consumidores de Yatecomo y expertos en preparados del Mercadona. Por otro lado, la posibilidad de tener un examen en septiembre siempre era una manera de organizarse el año escolar. Está me la dejo para septiembre. No siempre salían las cosas como habías planeado. Pero es que la vida es una caja de sorpresas.

Han desaparecido hasta Los Rodríguez como efecto colateral, unido al maldito teletrabajo que hace que nadie desconecte del todo y ha esparcido el wifi por los más recónditos rincones de la geografía; y también por la eficacia de los medios de transporte y mejora de las infraestructuras. No siempre garantizado esto último.

 ¿Cuántos amores han surgido en esos veranos de soledad de los chavales proscritos por catear? Que no todos los amores de verano surgen en Nerja. 

Los bares que quedan son los que rodean los hospitales. Esos no cierran. Están abiertos todos y llenos. Si te quieres tomar una copa, desayunar de verdad, vete a Diego de Leon, o Conde de Peñalver. Ambientazo

Las persianas están echadas en verano, desde el 15 de julio al 2 de septiembre no existen las ciudades, están en modo turista. Hay una huida que ya quisiera la gran evasión emular.

En definitiva, el fin de los exámenes de septiembre ha supuesto la aniquilación de las noches de verano madrileñas. Esas terrazas petadas la gente disfrutando de la noche ya que no se puede dormir (porque es que no se ha podido dormir casi nunca en Madrid en julio ni en agosto se ha podido dormir nunca) Nada que ver si estás tomándote un gin tonic a la fresca con tus amigos; eso del calor, se te olvida. 

Igual que nace la moda de otoño, se las plantan las estrategias de la economía y las directrices a seguir por las empresas; se sientan las bases del nuevo curso durante esos meses de verano en los que no hay nativos en las capitales de los países occidentales; sobre todo en España. El calor no hace reluctante a cierto tipo de turismo.

Ahora en Madrid en verano, ya solamente quedan los enfermos, los pringados, los viejos y los turistas. Y los exquisitos. Qué vas a Richelieu y hay sitio. Puedes ir al cine a ver un estreno o a Zara sin que haya cola en ninguna caja para pagar. Madrid está desierta. Ha caído la bomba atómica, recuerda a la pandemia, al confinamiento.

Reivindico esos veranos estudiantiles. Que te quedabas o sola o con uno solo de tus progenitores en esa época en que solías tener dos, el padre y la madre. La afición al divorcio también ha cambiado eso, pero entramos en temas más amplios. Ese descubrimiento de ver a tu padre sin tu madre a la hora de hacer un filete a la plancha. Simone Ortega en ristre. Las confidencias con el padre en ausencia de tu retahíla de hermanos, que han aprobado todos. Sentirte hijo único y preferido. Esto no se lo cuentes a mamá. Complicidad a raudales. Amigos que descubrías en la academia, o con los que te juntabas a estudiar o a charlar, amigos de verano en las terrazas de la Castellana, abiertas hasta el amanecer sin molestar a nadie, música y alegría. Noches en vela.

Todo eso se ha perdido.

25/08/2026

ABREFÁCIL LOS COJONES (con perdón)

Desde que se abolió el abrelatas, desde que se le relegó a las cuevas del olvido, al fondo del cajón, nos hemos sumergido en el mundo del abrefácil. Y no sé qué premio habrá obtenido el inventor del abrefácil de las latas de atún, qué premio o qué alabanzas. Me refiero a esas que tienen una tirita de unos 3 mm de ancho por 3 mm de largo, soldaditas en el borde de la tapa. Soldadas y semi adheridas a la tapa en cuestión.

En primer lugar: la tapa y el saliente son del mismo material y color e incluso diría, textura, se trata de un dato no baladí. Es posible que exista una sutil diferencia en la textura pensada para invidentes, que facilite la distinción, morro fino es menester. Creo que los diseñadores deberían tener en consideración a los usuarios. La gama de los consumidores de latas de atún, sardinas, navajas, berberechos mejillones, tomate frito, es vasta. El espectro abarca tanto en edad como condición, diferencias irreconciliables. Tiene su mérito el inventor, por tanto. No quiero obviar la dificultad en el diseño. Aun así, como sugerencia, ayudaría, salvo al daltónico, la diferencia en el color, favorece a limitar asperezas y salta muchas de las barreras impuestas por la confusión. En segundo lugar, está el tema de la adherencia a la tapa. Si juntamos los aspectos de color y el material, el camuflaje es casi perfecto. O tienes uñas en condiciones, (los usuarios de mordex saben a lo que me refiero) o necesitas otra herramienta que complemente tu ausencia de habilidad para separar la pestaña de la tapa. Tal es su tesón por pasar desapercibida. Sí hace falta, pues, una herramienta, entre ellas, se acepta cualquier pieza de la cubertería o cacharro útil para tal propósito; pero: ¿y si volviéramos al abrelatas? Digo yo que tampoco es para tanto. No sé qué pecado cometió. Imagino que está asociado a ese “¿dónde habéis puesto el abrelatas?” Quizá al óxido que el paso de los años hacía inevitable. La limpieza de sus pliegues, la vez, los restos de aceite no necesariamente bien gestionados por el usuario. Tal vez. Con una cuerda atado a alguna manilla evitamos su pérdida. O se puede depositar en "su sitio", en el cajón de los cubiertos, con las cucharillas de postre, como se ha hecho toda la vida. Respecto al tono anaranjado que sufría al cabo del uso, su sustitución nunca fue un drama, ya que el precio fue siempre modesto. En cuanto a la limpieza, a día de hoy los friegaplatos hacen milagros, si bien es cierto que ni cafetera italiana, ni abrelatas, han sido nunca muy amigos de la máquina.

La alternativa (predecesora) de la arandela en la tapa como abrefácil, perceptible al tacto incluso para videntes con los sentidos del tacto atrofiados, no me convence en absoluto. El tema de la uña ya no aplica, a no ser que las tengas de porcelana, pintadas de carmesí, se precisa herramienta suplementaria para el despegue. 

Otro tema asociado a la facilidad de apertura de latas son los blísteres de jamón envasados al vacío , cuando digo jamón hablo de modo genérico. Que yo soy muy de jamón del negro. Pero ese salchichón cortado, ese chorizo de Pamplona, esa mortadela, pavo, en fin, queso en lonchas, todo vale Abrefácil, reza el paquete. Si te acercas a comprobar donde pone “abrir aquí”, empieza la guerra. “Abrir aquí” y mirar la fecha de caducidad son un misterio equivalente al de la Santísima Trinidad. La dificultad asociada a descubrir cómo se abre un blíster de jamón al vacío tiene narices. A cierta edad es menester quitarse o ponerse unas gafas diferentes a las de uso habitual. Si miope, de cerca hay que quitarse las gafas para descubrir el mundo. Si vidente top cualificado, gafas de presbicia al canto. Total. Detectas por fin en una esquina por dónde atacar. Ahora empieza un minucioso proceso de investigación que consiste en intentar descubrir dónde el plástico pasa de lámina única termo sellada a dos capas, para separarlas. Es tan sutil en ocasiones, que cuando lo encuentras o se te ha pasado el hambre o has cogido unas tijeras y el esfuerzo del diseñador del abrefácil se ha perdido en el anonimato. Si lo consigues antes de que el que está a tu lado diga “deja, lo hago yo” eres un héroe. Porque cuando el listo de turno viene con su intención de ayudar, tu fuero interno arde de deseos de contemplar su fracaso en la gesta. El orgullo está para algo.

Queda pendiente la apertura de los botes de cristal, sin estar asociados al abrefácil, también han sufrido un peculiar intento de evolución. Infructuosa ha resultado la mejora. El golpe con la mano plana en la tapa bote boca abajo, suele ser eficaz; la cuchara que se incrusta entre cristal y tapa, si consigues que no se doble antes del plop; meter el bote en agua templada sin técnicas generalizadas, trucos hay. Estos procedimientos no necesariamente tienen base científica, tampoco se les exige. El caso es que ese tema ha evolucionado poco. Es cierto que existen abre botes. Desconozco si se adaptan a todos los diámetros: mermelada de hotel pijo, postres variados a botes de patata de Gutarra. Dentro de poco, más que cubertería vamos a necesitar una caja de herramientas.

Llegamos sin remedio al botellín. Reivindico la vuelta al abrebotellas (generalmente incluido en el abrelatas) porque también ha sido relegado por culpa del abrefácil. ¿Qué sentido tiene  que cada uno se abra su botellín? ¿Qué sociedad es esta? ¿En qué nos hemos convertido? Esa paciencia de una reunión en la que hay un solo abrebotellas y alguien que se encarga o se pasa el instrumento de bebedor en bebedor, es muestra de capacidad de postergar el placer, e incluso un signo de tolerancia a la frustración me atrevería a decir. Esa imagen del impaciente que se ofrece con su mechero a abrir a la amada su bebida, sin más afán que impresionarla. Esa suerte de solidaridad, asociada a la espera, a la paciencia, forma parte también del protocolo de la cita, de la reunión, de la fiesta, de la celebración.

Tanto arandela como pestaña son susceptibles de romperse en el proceso. ¿Entonces qué? Buscaremos el abrelatas, oxidado y repudiado. 


11/08/2026

LAS HIELERAS

Benditos inventores. Quiero hacer aquí un sincero homenaje a, de entre todos ellos, al anónimo y muy querido y sin embargo ignoto inventor de las bolsas de hielo.

Mucho se habla de la bombilla o de internet. Ese paso de gigante entre la iluminación con velas y el led. Avances inolvidables, cierto. Pero con nombre propio. El pasado de la comunicación mediante cartas, con sus sobres y sus sellos, cuyo recorrido ha sido motivo de ríos de literatura e imaginación. Sí. Porque cómo fueron esas misivas desde el ínclito Filípides, soldado griego que recorrió los 40 km que separan Atenas de Maratón para comunicar la victoria de los griegos, pasando por las cartas de amor desde la guerra o hacia el frente. Las cartas de los hijos que marchaban a estudiar o a trabajar lejos de casa. Y de pronto un WhatsApp desde Australia. Tal cual. Ya no hay cartas ni excusas. Si no hablas con tu marido o con tus padres es porque no te da la gana. Porque desde un Cali post sismo, a la pocas horas, Fer nos tranquiliza, que están todos bien. A pesar de esa imagen de una catedral en derrumbe, del suelo que se mueve. Pasos de gigante. Ese romanticismo que generaba la distancia se ha eclipsado tanto como se ha perdido la magia del anochecer, que vamos hacia el albedrío de cambiar a demanda la noche por el día, no viceversa. Aberraciones varias.

Mucho menos serio y trascendente es la invención de la bolsa de hielo. Edison se llevó la gloria con su patente; dicen que fue en 1914 cuando una poco conocida Florencia Parpart, inventó la nevera, ignoro si ella misma incorporó el congelador y dentro de éste esos malignos cachivaches de plástico: las hieleras o cubiteras. 

Que yo me acuerde, al principio eran rígidas, metálicas, con un cacharro dentro extraíble que era el compartimentador, por así decirlo. Progresivamente se fueron flexibilizando. Las dedos se quedaban adheridos a la superficie metálica helada, tanto peor si lo hacías sin ponerlas bajo el grifo previamente a aplicar presión en el trasdós. Las del plástico fueron un ligero avance en cuanto a ligereza y adherencia táctil, empeoró en cambio la higiene por la dificultad de limpiarlos. Acumulaban guarrería en los múltiples recovecos de los que los originales carecían. Que podían ir en directo al friegaplatos.

Por no hablar del llenado de las hieleras. Que no había que llenarlas del todo es hecho conocido por todos. Unos en modo científico y otros por experiencia que es la madre de la otra. Que el agua aumenta de volumen al pasar de líquido a sólido. Sí. Ahora bien ¿cuánto? Había quien pensaba que se multiplicaba por mil, rellenando los cachorrillos con una fina lámina que no servía ni para un güisqui (usando una entera); otros olvidaban el fenómeno y las llenaban al ras, con lo que al sacar los hielos eran generosos pero muchas veces se unían unos con otros montando una especie de súper tableta de chocolate transparente. Que no había quien rompiera.

Siempre había alguien, generalmente un hermano, que sacaba un par de hielos para una Coca Cola y no rellenaba el resto, el siguiente hacía lo mismo, hasta que llegaba uno que se encontraba un solitario hielo, lo usaba y devolvía la hielera al congelador vacía: por si alguien no quería hielo.

No nos podemos olvidar del ese momento que es la introducción de la hilera en el congelador. Hay congeladores y congeladores y hay pulsos y pulsos pero debemos reconocer que llevar la hielera llena desde el grifo al congelador es un reto del que no es fácil salir victorioso. El proceso empieza por el llenado. Cierras el grifo o no, tras hacerlo. Quizá puedas llevar la hielera con una mano, o lo mejor no te atreves. Más sensato. Te diriges a la nevera. Lo normal es ir con la hielera sujeta por los extremos usando ambas manos y sacando la lengua por un lateral de la boca, o por el centro, dependiendo del grado de concentración. Vas mirando el agua que inevitablemente se mueve. Con cuidado. No quieres dejar reguero en el suelo. ¡Porras!. Está cerrada la puerta de la nevera. Puede tratarse de congelador puro y duro o congelador de cajones. Tanto da. En el caso del congelador puro y duro, por muy “no frost” que marque su etiqueta, todos hemos tenido esa experiencia de intentar abrir la puerta sin entrenamiento previo. Cuando la ves cerrada sabes que con una mano no vas a poder. Si hay encimera cercana y despejada, procedes a depositar tu carga; en caso contrario, vuelves al fregadero. Abres la puerta del congelador cruzando los dedos para que no se cierre sola, que no es hipótesis a descartar. En ocasiones es recomendable llevar en mano trapito limpio para impedir el portazo. Y vuelta con la hielera. En el caso de congelador con cajones el problema se puede o suele dar al abrir en cajón en cuestión. Recomiendo encarecidamente abrir antes de llegar y especialmente sugiero comprobar que hay hueco. Porque ese último paso de depositar el recipiente lleno de líquido es actividad de alto riesgo. Teniendo en cuenta que no puedes inclinar tu carga para que quepa por razones evidentes. Ya sea porque el espacio sea escaso, porque sea irregular la superficie de apoyo (bolsa ve verdura, por ejemplo: unos guisantes), o por una interjección no necesariamente mal intencionada en el momento de tan delicada maniobra, basta que alguien te llame para que pierdas la concentración  y se derrame el agua dentro del congelador que siempre es peor que fuera. Porque la desidia hace que ese agüilla que se le cae a uno en el interior del congelador se convierta en tu pecado venial inconfesable. Y esa lámina, ese agua, también se congela y se une a los problemas ocasionados por no cerrar la puerta y que se forme hielo en las neveras no frost. Todo suma y convierte una nevera limpia en una suerte de obstáculos incrustados en el hielo que rodea las superficies. No hablamos ya de si la nevera está sucia o hay restos alimenticios olvidados. 

Por eso y por mucho más quiero dejar aquí por escrito mi sincero agradecimiento al anónimo invertor del hielo en bolsa. Barato me parece con la cantidad de disgustos que evita. Y con la cantidad de alegría en potencia asociada a su adquisición. Esos cubatas con el hielo perfecto. Ese café con hielo frío, no medio medio. Por no hablar de los cubitos mini, para preparar cócteles o expresos Martini, tan en boga en algunas latitudes.

Que vivan las bolsas de hielo y que vivan los inventos paralelos, tipo bolsa de agua llena (no completamente, recuérdese el tema del aumento de volumen) que se deja congelar y luego se introduce en nevera portátil para llevarse de merendola las coca colas y los botellines. Quien dice botellines dice unas ostras o lo que haga falta para celebrar, que hay que celebrar. Ojito a meter botellines en el congelador, que explotan y también las latas explotan, sí aunque tengan alcohol, explotan, que tarda más en congelar, sí, pero explotan, y una nevera, un congelador con un botellín explotado, da tarea, entre los cristales, la espuma congelada, el líquido amarillento de sospechoso color y el olor… no te arriendo la ganancia. El arte de sacar la cervecita justo antes del punto de congelación solo está al alcance de unos cuantos.

07/08/2026

LOS VIAJES DE LA ENVIDIA

 

Lo mejor de los viajes es contarlos. Es lo que decía al torero de las conquistas amorosas. Ligarse a la guapísima actriz tiene el componente indispensable de contarlo. Si no, ¿para qué? Y es que el placer es efímero pero el relato perdura. Si es bueno. Si por fin Colin Firth se entera de dónde estoy y viene a buscarme; antes de perderme, mandaría un par de WhatsApp, por lo menos. Ya se encargarán los amigos de que corra la voz,
Con los viajes pasa igual. El cuaderno de bitácora de un viaje es un árido documento a no ser que lo haya escrito Gabo o Reverte. Es una sucesión de fechas y datos a todas luces inservibles para el lector. Es el espacio para el desahogo. 
Un viaje en barco, día a día, es un petardo, desde el noray, luego que si la vela mayor, el Spinnaker y el foque. Venga cabos arriba y abajo, que no son cuerdas, que el agua cuerda es cabo. ¡Acabáramos! Por no hablar de los nudos, que si el as de guía, ballestrinque, nudo llano y el que a mí me deja perpleja: ahorcaperros. Si, el nombre es muy desafortunado pero se considera el único nudo corredizo realmente aceptado y utilizado con frecuencia por los marineros en cubierta. Ahí lo dejo. El viaje en barco tiene mucho curro, mucho limpiar la cubierta, miedo en ciertas ocasiones, aburrimiento a raudales. Pero las fotos y el relato obvian el tedio y resumen la aventura y la esencia de un recuerdo que es lo que se cuenta a la vuelta. Mucho tomar el sol, el viento el la cara, los baños de acrobacia desde cubierta, los avistamientos de delfines.
En general los viajes son eso, mucho lio. Confusiones en el rumbo. Que si es por aquí, que no, que es para el otro lado. El GPS ha salvado muchos matrimonios, pero no en todas partes hay cobertura. Y las crisis de orientación son de las más graves en un viaje, especialmente cuando hay prisas o presiones. Nada como ir con un sherpa en un grupo o un apache que se orienta a base de olfato y pistas invisibles.
Además, en los viajes, están los compañeros de viaje. No siempre es fácil la convivencia. Si es familia, porque es familia. Si son amigos porque se te ha olvidado lo maniático que era uno con los horarios, lo enfadado que se levantaba, lo activo que era o su poca iniciativa. Cualquier cosa, actitud, repetida durante 15 días puede sacar de quicio al contarlo. Es que la rutina es lo que tiene, es cansada, requiere grandes dosis de paciencia y eso se reserva para tu mundo más íntimo, donde los engranajes funcionan y las partes se ocupan de engrasarlos para que duren mucho porque son tu estructura. El caso es que en los viajes se puede organizar la marimorena en el día a día por una de pipas que desborda el vaso de Arquímedes... entonces se vacía del todo. Ojo.
Es bueno conocer al equipo de aventura y saber el papel que le corresponde a cada uno. Es una forma de minimizar el daño. De vuelta a casa, las miserias no salen. Salvo los aguafiestas que solo cuentan desgracias. Lo normal son las fotos del sol en el límite de irse o llegar, un barco pesquero con  un bonito que parece atún. Sonrisa de ganador.
“Vente a ver el eclipse a la Sierra de la Culebra”. Es la frase de moda, de lo más romántico que se vende estos días. Como lo fue “vente a ver rinocerontes conmigo a Sudáfrica o a Namibia”. Pero lo que no te cuenta nadie es todo lo que hay hasta que ves el puñetero eclipse o el rinoceronte de las narices. El frío o el calor que se pasa, los mosquitos, que no encuentras sitio para aparcar. No llegamos. Que resulta que tu colega de viaje es un friki del espacio y hay que hacer una maleta mini, solo viaja con tres calcetines, cada día lava uno y así cada día lleva al menos uno limpio. Pero siempre uno usado. Cada uno de un color, para no confundirse. No entramos en detalle con respecto a la ropa interior. Eso es el viaje que no se cuenta. A la vuelta quedan las risas de los protagonistas y la envidia de los que no fueron. 
Un jefe mío decía que viajar está sobrevalorado. Él prefería conocer las ciudades viendo documentales. Y es que en los viajes, como en la vida, lo importante no es donde si no con quién.

04/08/2026

LO QUE HACE NO FUMAR

El que no fuma no valora lo bastante la espita que se abre al fumarse uno un pitillo. Están mitificados algunos cigarrillos. Están sobrevalorados, no así la motivación que lleva a encenderlos. Y ahí quería yo llegar. Que cuando no se fuma las reacciones a las pequeñas tragedias y fracasos de la vida, a las alegrías, a los lutos, a la melancolía, a las ganas de celebración, son imprevisibles. ¡Qué digo imprevisibles! Entra en otra dimensión lo que puede ocurrir después de uno de esos momentos en que uno se fumaría un pitillo y resulta que ha dejado de fumar.

Dejar de fumar es una decisión horrible, en muchos casos forzados por la enfermedad. Ahí nada que decir. Pero cuando uno deja de fumar porque sí, se pasa la vida que le queda pensando ¿en qué momento? Salvo los que todo lo hacen bien, consecuentes y duraderos. Esos jamás se cuestionan nada y agitan la mano con asco y desprecio si alguien fuma cerca, o no tan cerca. Lo hacen sin disimulo, cargados de razones y ahora amparados por leyes que prohíben el tabaco en cualquier sitio decente. Leyes e ideología que asocian al fumador con el delincuente. Ellos, si pueden, les echan el sermón. Esa especie, que lo es, no merece haber empezado nunca a fumar. No se merecen haber pasado por la sublime experiencia de prender un cigarrillo, acercar la cabeza a la cerilla que te enciende él, confidencia, complicidad un roce de las manos algo más largo de lo ortodoxamente correcto. El olor de la intimidad, el efímero contacto que hace saltar una chispa y levantar la vista y mezclar las miradas. No merecen haber fumado nunca. Por no hablar del luto, la pena. Ese cigarrillo que parece que va a calmar el dolor. ¿Qué? Ya, que no lo calma. Pero la ilusión existe. O en la alegría, venga a brindar y a reír. ¿Qué cosa encaja más tras una cena, en una fiesta que ese cigarrillo viendo amanecer, atardecer...? Servir no sirve para nada. Supongo. Pero sustituto no tiene. La única opción es no hacer nada. O ponerte a discutir. Total, lo que hace no fumar. Fúmate un pitillo y no te enfades. Atiborrarse a comer no reemplaza el pitillo tampoco. Por mucho que a veces uno intente compensar o escapar por esa vía. Lo que hace no fumar.

Por eso, como ex fumadora que soy, estoy convencida de que debería llevarlo tatuado. Siempre seré ex fumadora. Lo sé. Y en esos momentos, hago disparates. Por ejemplo, el otro día, estaba leyendo un escrito imposible, retórico y tan complicado que no sabía si había pasado página o estaba todo el rato en la misma. En el pico de la desesperación, un fumador tiene dos opciones: La primera, la más inteligente desde mi punto de vista es posponer la satisfacción "cuando acabe me enciendo un pitillo": la opción B es la comodona "me fumo un pitillo y lo retomo, voy a hacer una pausa". En general la opción B no sirve de nada más que para distraerse, un pitillo lleva a otro, a una llamada por teléfono, sales a dar una vuelta y por menos de nada hasta el día siguiente no retomas el trabajo estancado. Eso sí, te has echado unas risas, has hecho amigos, igual conoces a alguien. En fin. La vida puede haber dado la vuelta con ese pequeño gesto. Sin embargo si no fumas y eres procrastinador, puede darte por limpiar los cristales, fregar la cocina o hacer un besugo a la espalda. Cualquier opción tiene igual probabilidad en ese momento en que te levantas de la silla porque te rindes, aunque sea momentáneamente. Lo que hace no fumar.  Que todo depende de cada uno, porque ¡a saber por lo que te puede dar! Lo mismo te coses un pantalón, podas lo rosales o le saltas a la yugular al primer transeúnte. Sin motivo aparente. Eso dirán las crónicas. No saben la mochila que llevas. Es lo que hace no fumar.

Está claro que las relaciones sociales son más difíciles sin el tabaco. Salvo para quien no lo haya probado o no haya llegado nunca a ser fumador. "Fuma Sofi", le decía mi abuelo a mi abuela. Y mi abuela que no. Pobrecito el abuelo, Don Luis, con sus pulmones frágiles y llenos de humo, murió pronto. La abuela, que como en tantas otras cosas, hizo lo que le dio la gana, vivió viuda muchos años con pulmones alegres. 

30/07/2026

LA PRIMERA MANO

 

Esta Maggie es la monda. De verdad. No se la puede una recomendar a nadie. Porque nunca sabes cuándo te vas a enamorar del libro, en qué momento lo vas a dejar aparcado en la mesilla, estratificándose entre otros materiales sedimentarios o, de pronto vas a hacer un clic y ya nada será como antes.

A veces me pregunto cómo será su vida. La de verdad. Para que se le ocurran las historias que cuenta. Sé que el lujo de ser escritor es que puede utilizar su escritura para muchas cosas. Una de ellas es inventar. La vida que no tuvo, la que le hubiera gustado. La que no. Otra puede ser, contar lo que le pasa, con la fidelidad a la realidad que el de la gana. Y los usos y husos de la escritura son vastos. Pero esta Maggie. Esta Maggie enreda mucho.

Conozco amantes y detractores de Maggie. Con su Hamnet ha dado carpetazo y cerrado muchas bocas. Pero aun así sé de grandes lectores que abandonan los libros de Maggie. No le pillo el tranquillo. Ya no intentaré en otra ocasión. Que no. Será que me recuerda momentos tristes. Que no. Son frases excusa, es un no quiero decir que no me gusta, porque los muy sesudos dicen que un crack. Es aplazar el momento, dejarse un tiempo. Y a mí me pasa. Sin ser gran lectora, porque ya solo leo lo que me gusta.

Pues “La primera mano…” lo cogí con entusiasmo. Bajó empicado a las diez páginas, como mucho. Un amigo mío dice que hay que leer de 20 en 20 páginas. Imposible, a la tercera estaba mirando el móvil, encendiendo la tele o fumándome un pitillo. Ni a tiros. Ni siquiera me he quedado dormida leyéndolo. Me hubiera ido a hacer la compra de no ser las 11 de la noche. No sabía quién era quien. No entendía los tiempos ni los lugares. Nada. Cada vez que cogía el libro tenía que retroceder porque no me acordaba de nada y no me enteraba. La trama no tenía sentido. Eso sí, hasta que empezó a tenerlo. Ahora vienen los listos que todo lo pillaron desde el principio. Allá ellos. Suerte que tienen, o no. Porque a mí me fascinó. Desde ese momento se suman lo maravillosamente que escribe y las cosas maravillosas que escribe, porque dice cosas preciosas. Ordena en frases para subrayar, pensamientos que parecen sacados como hilos que tu propia cabecita. Engancha una idea con otra. Devana el ovillo de la vida y lo usa para tejer una maravillosa historia a la que lamento no haberme enganchado desde el principio. Enhebra una vida en estas páginas, Dichosa yo, que he conseguido llegar al final. Dan ganas de volver a empezar al leer la última página.


28/07/2026

AQUELLA NOCHE NO LLOVIÓ

Vivía sola, y tenía una preciosa terraza llena de flores.

Los zapatos en la entrada, por el placer de andar descalza. Un día, los encontró guardados. ¡Qué raro!. Tras sus largos baños mañaneros, disfrutaba del sol y un café cuidando sus flores. Los enseres recogidos, no olvidados en la encimera, según su costumbre. ¡Qué raro!. 

Un día sonó su teléfono identificándose como repartidor. “¿Puede abrir?, traigo un paquete”. Un momentito, estoy llegando. “Si quiere se lo dejo a quien esté en su casa, llamo al timbre y nadie abre, pero he visto que miraba por la mirilla” Vivo sola, se recordó a sí misma sin llegar a verbalizarlo. Voló a casa y recogió el paquete antes de que el uniformado hubiera traspasado el umbral.

En una ocasión dejó un cazo lleno de agua en el fuego en un “mientras tanto”. Una bolsa de espagueti sin abrir, preparado para cuando hirviera. Al volver a la cocina, la pasta estaba colada en una ensaladera y el cazo limpio, secándose.

Una mañana de abril, el olor a tierra mojada la despertó. La terraza cubierta con una  lámina de agua, las flores agradecidas parecían sonreír, mirándola cual girasoles. Pero aquella noche no llovió. Se asomó a la calle seca. Ni una gota de agua en las aceras, ni una lágrima en los cristales. Ni siquiera el rocío era responsable de haber regado su tesoro. Solo entonces supo que no estaba sola.