Seguidores

28/03/2026

CONOCER GENTE


Mi amiga N decía que para conocer a gente, en el Parque del Retiro, había que entrar empujando un carrito con un bebé o agarrados a la correa de un perro. Entre risas no sé si es un recuerdo o me lo he inventado, en aquel momento calibramos la posibilidad de hacernos con un carrito, en el pasear un Nenuco, porque bebé no teníamos. O si pensamos en ofrecernos a pasear el perro de un vecino. No estaban aun de moda los paseadores de perros. Si es por oficio, ya no es lo mismo.

Sigue en pie la máxima de que para hacer amigos a partir de una edad, hay que tener perro o un carrito con un bebé. Si de ligar se trata, casi mejor la opción del perro, porque si lo del bebé da pie a muchas preguntas, o a ninguna, que es peor. El mensaje no es claro. Imagino que hay quien maneja otras opciones, lejos de las consabidas herramientas de Internet, a mí no me va jugar a las cartas, existen los cursos de pintura o de teatro, hacerte amigo del Museo Del Prado. Nada como esa espontaneidad que da fumarte un pitillo y ponerte a charlar con el que tienes al lado, estés donde estés. A la salida del cine, de misa o del Alcampo. Porque echáis juntos el humo. ¿tienes fuego?. No, te dejo mi pitillo, eso es intimidad. Da mucho juego el tabaco. Opción menos sana que otras, eso sí.

Confieso que hoy, si en vez de llevar el carro de la compra, hubiera llevado un setter irlandés de generoso y acaramelado pelaje, hoy me hubiera enamorado.  Esas cosas que pasan. En un semáforo. Yo con mi carro de la compra y en la cabeza la lista, en el bolsillo el móvil con un post-it  pegado con lo que he apuntado, pero faltan cosas. Me bulle en la cabeza, que si la limpieza, quién come en casa esta semana. Voy a tener que volver. Y mira que me he traído el carro, justo para ir solo una vez. No llueve, por eso salgo, es sábado por la mañana, por eso cojo el carro, no me mola que los estupendos del bar verde de abajo me vean como la señora de la compra. Cuando salgo a hacer recados me gustaría tener ese halo de mujer interesante que sale porque ha quedado a tomar un Aperol, y no una señora a la que le faltan cebollas para la tortilla.

El caballero en cuestión lleva pantalón de vaquero, castellanos, camisa azul, jersey gris y americana de espiga. Le asoman unos calcetines de colores, pero no estridentes, discretos. De la correa lleva a Trueno, lo sé porque lo he leído en la chapa, donde reza Trueno y un teléfono que he preferido olvidar. Que soy capaz de memorizarlo. Y entonces no sé qué iba a ser de mí. Que dilema! Lo pirada que hubiera demostrado ser si se me hubiera ocurrido llamar, está fuera de toda escala social, no es de señoritas, ni de señoras. ¡Como sería la buena pinta de ¿Héctor?, dueño de Trueno, que una vecina mía casi se choca con una farola mirándole y otra ha atravesado la calle con el semáforo en rojo, dada la vuelta sin pudor para verle mejor. Y yo con mi carrito. Porque me ha mirado. Y entonces me ha sobrado la lista de la compra, ya no necesitaba ni papel de cocina ni KH7, todo me parecía una ordinariez. Pecata minuta comparado con ver cómo se escapa el amor de mi vida. Y yo sin tener una correa de la que sujeto a Pombo, elegante setter irlandés con el que suelo dar largos paseos por El Retiro cuando no voy a la casa de Campo o al Capricho. Estoy estupenda con tanto paseo. Y no digamos el mundo y al conversación que me ha dado el mejor amigo del hombre. Subo a la sierra a pasear por el monte y cuando voy a casa de mis amigos siempre pregunto si puedo ir acompañada. Todos se preguntan a quién llevaré. Pues hoy he echado de menos la existencia de mi Tron imaginario, Héctor y yo ahora estaríamos comiendo perdices.


EL FACTOR RACHEL

Rachel podía haber sido una amiga mía, podíamos haber sido cualquiera. O ninguna.

Me ha encantado este libro. No solo por cómo escribe Caroline O’Donogue, que es una maravilla. Me ha encantado la historia, lo que cuenta. Que no es nada del otro mundo y por eso mismo es todo. En esa cotidianidad reside la importancia del relato. Porque todos somos extraordinarios, y lo más extraordinario es lo anónimo. En hacer de la rutina algo único. Como la vida misma.

Agradecimientos al traductor, también. Que se nos olvida el tránsito que hace el manuscrito desde que el autor lo suelta hasta que llega al lector extranjero. Mi enhorabuena a ambos, por la frescura, por el ritmo, por las descripciones. Solo puedo pensar que siendo tan bueno, el traductor está respetando el estilo del autor. Autora en este caso.

La historia transcurre en su mayor parte en una ciudad de Irlanda. Podría haber sido Segovia. O no. Ocurren muchas cosas o pocas, según lo mires; es un trozo de vida de alguien, tal cual. 

Cuando quieres coger un atajo en la lectura, saltarte un par de líneas, un párrafo, para anticipar el desenlace, cuando tienes la tentación de leer en diagonal, no puedes evitar volver, porque sabes que te pierdes las palabras. Estás obviando la magia. 

La historia transcurre en Irlanda. O en Segovia, según. Es impresionante lo que nos parecemos irlandeses y españoles. Más de lo que confesamos. Recuerdo la primera vez que fui a Dublín. Lluvia fina, como el título de un libro. Debía ser primavera. Las terrazas estaban llenas de gente y de algarabía, de conversación, de risas, de voces, alboroto, de confidencias al abrigo de los brindis. Era lunes o martes, no sé. No era un día de fiesta, era un día cualquiera. Los irlandeses salen a tomar algo igual que los españoles, para charlar, para socializar, no tienen la soledad o el silencio del inglés bebiendo. (Hablo de lo que conozco, malo es generalizar) Pero yo atribuyo a ese carácter abierto, el éxito de los bares irlandeses en Madrid a mediados y finales de  los 90, en la cola de la movida. Como alternativa a Malasaña, el Penta, la Vía Láctea, los Gincases, ese bar de rokers, King Creole, donde había que llamar a un timbre y te juzgaban a través de una mirilla si eras digno o no de entrar. El Delaneys, con su enorme pasillo y sin límite de aforo. El Portalón, con sus mesas de hierro y mármol, antiguas ocupantes de un taller de costura. La foto de  Pat Metheny en rojo detrás de la barra, del primo Juan. En fin. Noches de efluvios y amores perdidos. Aparecieron después todos los O’Connors, Finnegans, bares de puntas, camarón que no hablaban español y que pasaron unos años estupendos en Madrid, combinado trabajo nocturno con clases de inglés.

Rachel podría haber sido cualquier amiga de los 90, una universitaria con sus conflictos, con sus amigos, sus alegrías y sus miserias. Llorando a amores platónicos inconsciente de la luz que irradia, arrasando sobre los rastrojos de la vida, sembrando discordia y cariño sin ser darse cuenta. Corriendo por los días como si huyera, con esa intranquilidad de la adolescencia cuando se prolonga demasiado y no deja paso a la madurez. Atragantándose con la rutina y los deberes diarios. Una irlandesa es Rachel. Podrías haber sido tú. Podría haber sido cualquiera o ninguna de nosotras. Con historias distintas o iguales. Protagonista y única. Referente y ausente. Llena de convicciones y con ausencia de normas aceptadas. En debate interno constante a la vez que se sume en el disparate. Sin saber si se estaba saltando una prohibición o un simple obstáculo, creando sin saberlo sus propios recuerdos, su historia única. Inconsciente del paso de los días y la vida.


23/03/2026

JR LOVE STORY NO PLOT

Con motivo de la serie Love Story, están saliendo del armario todos los admiradores de John John  y las de Carolyn. Jr.,  salvando las distancias y con todos los respetos, es de los hombres más guapos del mundo mundial y su chica otro tanto. Muchísimo más guapos ambos que los actores que los representan en la serie, que por cierto no tiene ningún interés más que lo guapísimos que son los dos.  No conozco pareja que se diga semejante tonterías durante todo el día. Los diálogos son absurdos, la trama es muy poco interesante por no decir inexistente. La ausencia de argumento es patente. Pero el glamour que tiene ese chico no tiene no tiene parangón. Y ella. Pero es que John John era el novio de América, fue el hijo de América y luego el novio. Ella conquistó su corazón y podía haber conquistado el de los puñeteros Estados Unidos de América con todos y cada uno de sus habitantes y sus banderas.

Hoy vayas por donde vayas, salen como setas personajes que jamás confesarán haber visto la serie. No tienen tiempo, dicen. No veo esas bobadas, enarbolan banderas de gente sesuda. Que ellos no ven series, solo películas de autor. ¡Una mierda! Con perdón. Por cualquier calle de Madrid te empiezas a encontrar chavales, y no tan chavales, con la gorra hacia atrás. En vez de chándal, calzón ancho para correr y una desenfadada camiseta blanca recién planchada.  Son mayorcitos algunos. La visera  para atrás, pantalones cortos por la rodilla montando en una bicicleta que han sacado del trastero de sus abuelos porque es más vieja que la tana.

Por no hablar de las féminas. Esas chicas intentando emular la inigualable melena de Caroline. Que no se puede imitar, porque es de otro planeta, de un rubio y longitud descatalogados. Melena que tapa con ese pañuelo azul, haciendo nudos en las esquinas, con un gesto sencillo. Tipo bandana, que ni es coleta ni es diadema . Cuidadito con las imitaciones que puede parecer que te has recogido el pelo para pasar la aspiradora o hacer los baños. No siempre vale copiar, el resultado puede ser nefasto. Para llevar semejante pañuelito y que te quede bien hay que tener mucha personalidad o asesores de imagen. Ni lo intentes. Esa mirada entre tibia y glacial o de resfriada, que no se sabe si se pasado la tarde llorando; que tampoco la tiene nadie.

Se han agotado en Shein las gafas tipo Adelina Optique (Aldo) ovaladas tras la que oculta ella su mirada. Las de él tipo Ray-Ban, más comunes, han sido recuperadas del baúl de los recueros para salir a la calle en cuanto ha salido el más tímido rayo de sol. Vamos a imitar el color del esmalte de uñas, el pintalabios, la vestimenta entera, con sus zapatos Oxford incluidos, hasta la manera de llorar o descolocarse la melena y morderse el labio de ella. Hasta hacernos daño.

El fenómeno Jr. ha llagado y las calles se han llenado de aspirantes. ¿Qué nos fascina tanto de la pareja? ¿Qué les hace divinos para gente tan dispar? Con el trágico final de la pareja, con la poca vida que pudieron compartir, (como alguien ha dicho: nos/se ahorraron la vejez) ¡hay que ver cómo se nos da de bien a los humanos ensalzar vidas ajenas, idolatrar en masa y tan pronto olvidar. No hace falta argumento. Pero ha sido un éxito sacar la serie a la antigua usanza, un capítulo cada viernes. Mientras el mundo se desmorona a nuestro alrededor todas queremos sr CBK, todos JJ y esperamos impacientes la llegada del viernes. ¡Pero si hasta han desaparecido los flequillos en las frentes adolescentes! Love Story nos tiene hipnotizados, ha vuelto el minimalismo impostado.


08/03/2026

ESTÁS PARA ENTRAR A VIVIR

Estar entre amigos es la más grande medicina. Bálsamo de Fenegrás. Estar entre amigos es manantial de energía, alegría. Estar entre amigos enriquece, ensancha, amplía horizontes, alimenta. Estar entre amigos, como decía alguien que fue grande también, es estar en brazos. Estar entre amigos mezcla las risas y las lágrimas sin solución de continuidad. Estar entre amigos es una función discontinua de salto infinito. Que de pronto parece marcharse allá donde no se cruzan los caminos y sin aviso vuelve desde lo más recóndito del mundo o de la casa de al lado. 

Entre amigos tanto da hablar de política como de quitameriendas, porque nadie quiere tener razón. Y todos te la quitan. Y cada uno tiene su rol, el que habla todo el rato, el puntilloso, el que no dice nada, el divertido, el desternillante, el plasta, el triste, el ligón, el soltero de oro, el que habla y nadie le entiende, al que le pasa de todo, el protagonista, el agonías. Estar entre amigos da calor en invierno y fresco en verano. Estar entre amigos alivia los males y refuerza el carécter también. 

Lo que quieres es estar ahí, y que no se acabe la tarde, la noche, la semana. Estar entre amigos es un cóctel que te chuta alegría y energía en la yugular. Estar entre amigos te despierta del letargo en el que mezclas a diario las reuniones, los informes, las ponencias, el mistol y la coliflor. Estar entre amigos te quita el hambre y la sed. Porque cuando estás entre amigos no necesitas nada más.

En las veladas de amigos, si esperas lo bastante, siempre llega esa hora mágica de la exaltación (a veces posterior a la del reproche, que de cuando en cuando, toca). Bien por la ingesta, bien por la influencia de la luna, en un cierto punto empiezan las confesiones y los achuchones y los besos. Las palabras que no se dicen y las que se repiten. Abrazos en medio de la música y el frío. Que no sabes lo mucho que te quiero. Que sí lo sé. Pues te lo digo otra vez para que no se te olvide.

Cuando has recorrido un camino, que a cierta edad ya es largo, hay mucho cadáver en la cuneta, en sentido literal o figurado. Los cadáveres reales se añoran, los figurados se entierran procurando olvidar. Los seres querido que se fueron se traen al presente con respeto y con amor, se recrea el anecdotario que les hace seguir vivos. Se repasan historias y se alimenta el recuerdo. Esos amigos están aquí 

¿Qué es la vida sin esos amigos con los que hables de lo que hables le estás diciendo lo mucho que les quieres?. ¿Qué sería de la vida sin los amigos?. Los amigos que te hacen reír, los amigos que te acompañan sin condiciones. ¿Qué será la vida sin ellos?. Esos amigos con los que lloras en público porque relajas tanto las defensas y protocolo que olvidas formalidades y bobadas. 

¡Estás para entrar a vivir! Es el mejor piropo del mundo mundial. Y llega como una bala, veloz e incisiva, de un amigo después de alguna regañina, que de todo tiene que haber y se encaja como un buen derechazo. Estás para entrar a vivir. Ahí lo dejo.

05/02/2026

SUS LABORES

He visto un vídeo, un anuncio, un reel, buenísimo. En la imagen aparece un chico de edad incierta, treinta y tantos. Podrían ser más, o menos. Está tirado en un sofá con la tele puesta, el móvil en la mano y una cerveza abierta en la mesa donde también descansan su pies descalzos. Vestido como que acaba de llegar, la corbata en el apoyabrazos, pantalón de traje y camisa con los dos botones de arriba desabrochados. La chaqueta doblada en el respaldo del sofá. Detrás de él, en una cesta de mimbre sobre la mesa del comedor, una montaña de ropa suciau. Aparece en la imagen una mujer, más o menos de la misma edad. Coleta alta que indica que se ha recogido la melena de cualquier manera, con la goma de los espárragos. Se va a arrepentí cuando se la quite. Lleva un vestido de flores, deportivas y las y le dice “madre mía¿ has visto toda esa ropa sucia?” Y después  suelta algún improperio. El chico se levanta raudo y cariñoso a calmarle. Te tenía que contar, no sabes de lo que me he dado cuenta, no te preocupes- le dice- hay un duende en esta casa. Vengo observando desde que nos mudamos, cuando dejo los platos de la cena en el fregadero al día siguiente han desaparecido. Cuando me levanto siempre  está  la cocina recogida y limpia, el friega platos vacío y hasta la mesa puesta del desayuno y el café preparado, solo tengo  que encender el fuego. Hemos tenido muchísima suerte con esta casa. Mira, tienes que probar , cariño, yo me quito los calzoncillos todos los días y los dejo en el bidé, pues cuando voy al cuarto de baño al levantarme, no están, y por la tarde o al día siguiente, aparecen limpios y planchados en mi armario. Es magia. Esta casa está encantada. De verdad que hemos sido afortunados, nunca nos vamos a mudar. ¿Has visto como están las plantas del jardín? Si hay más flores que en el retiro. ¿Y los cuartos? Hasta el cuarto de los niños está recogido, sin montones de ropa por los suelos, y cuando voy a darles un beso por las noches no están todos los juegues por el suelo, que si vas a oscuras te matas. Que va. Y hasta las camas estas hechas a mediodía cuando vengo a comer, la nuestra también, amor, la nuestra también. ¡Noooo, yo no la hago! ¡No te digo que es magia!. Es que es estupendo. Y da igual que cocinemos patatas fritas y huevos, o esas cosas que te ponen nerviosa porque se ensucia mucho la cocina. A lo mejor son unas  palabras mágicas, no sé. El caso es que al levantarnos está todo limpio y perfecto. Relájate que ya verás como mañana no está ahí esa ropa. Anda, vente a ver la tele conmigo o te pongo un vino y me cuentas tu día. Deja, deja ahí la basura, ya verás como mañana no está. No te preocupes tanto. Y lo mejor es el fina, la nevera, es que nunca falta de nada. Un día hago carbonara y pienso uy casi no queda guanciale. Al día siguiente ya hay. Leche, para pasar una pandemia, papel higiénico, pasta de dientes. Todo. Y además justo los ingredientes para lo que hemos pensado cocinar al día siguiente. Hasta he pensado que nos espían. ,

Y es que eso son las tareas del hogar, un misterio que nadie ve. Los platos van al friegaplatos o se lavan, se secan y se guardan. La lavadora se carga, se saca y se tiende, se destiende, se plancha y se guarda. Las sábanas están limpias porque se lavan, como las toallas; se barre, se friega, se limpia el polvo, los cristales, los baños, los espejos. Porque la pasta de dientes no se quita sola del lavabo. No. No la costra de polvo se disuelve de la parte alta de los marcos de los cuadros. No. La mugre se acumula día a día,  como material sedimentario que es. Las capas minúsculas se convierten en estratos de espesor y consistencia variable que van haciéndose dueños de las superficies horizontales.

La papeleras hay alguien que las vacía. Por no hablar de la compra. ¿Quién lleva el cartoncillo del papel higiénico a la bolsa del cartón? ¿Quién se da cuenta de que es el último? ¿Quién se da cuenta de queda poco y hay que comprar para que nadie tenga que salir con el culo en pompa del baño? Que queda poco café, papel de plata, bolsas de basura. Esas insignificancias que hacen la vida un poco más agradable. Quién. Aladino un su mágica alfombra hace viajes en continuo.

Y eso ocurre todos los días. Y todos los días alguien va por detrás de los demás haciendo que su vida sea más agradable. Con un paño blanco en una mano y muy buena disposición , una generosidad sin límites. Porque se trata de un trabajo ingrato e infravalorado, normalmente asociado a la madres, en muchos casos a las mujeres, retribuidas o no. Las tareas del hogar son el infinito y no donde se cortan dos rectas paralelas. Es un trabajo que no acaba nunca y que es circular, no tiene límites, es inmenso y cuando se ha terminado de fregar el suelo por pequeña que sea la casa, ya se ha ensuciado en algún sitio.

Se ha decidido subcontratar en gran medida todo lo relacionado con el hogar. Incluso acostar a los hijos. Ante una actividad no remunerada si no se externaliza, se ha pasado a encargárselo a otro, al que sí se le remunera. De esta forma se establece una cadena en la que nadie se ocupa de fregar sus propios cacharros, porque incluso quien se dedica a eso de forma profesional, debe encargar a alguien mucha de sus propias tareas, para las que no le queda tiempo. En este “nunca prescindas de la muchacha” que le dijo mi abuela a mi madre cuando se iba a convertir en su nuera, hay una cesión y entrega de llaves dando acceso a la intimidad que nos hace a todos vulnerables.

En todo ese trabajo hay una carga de fondo que es el cuidado el otro. Cuando se cocina es evidente que un piensa en los demás, en hacer algo rico con lo que todos disfruten, en el día a día, la familia. Pero en todos los aspectos que supone las llamadas sus labores exigen ese trasfondo, que la cama esté hecha y huelan a limpio las sábanas, el suelo barrido son las migas de ayer, el espejo del baño limpio, los cristales sin churretes que dejen entrar la luz; las mesas recogidas. La ropa limpia y planchada. En fin. Está quien lo hace cuidando al otro. Aunque la realidad es que quien lo hace está despotricando. Lleno de reproches hacia el resto de los habitantes, que no se dan cuenta de que la basura está llena o el friegaplatos ha acabado. Y hay una torre de ropa sucia. Al delegarlo en otros, por dinero, nos estamos equivocando en la educación o con tanto éxito profesional estamos descuidando el núcleo de la vida familiar. Mucho CEO y mucha CEA pero nadie llena la nevera, las casas dejarán de ser hogares.


01/02/2026

DORMIR CON FRÍO

 

Una vez aclarado que Frío no es nombre de varón y que no me refiero aquí a dormir con alguien ni entrar en detalle de lo que eso supone, que quizá sea objeto de otra columna; si no que quiero hablar aquí de dormir con frío, en minúsculas. La circunstancia está intrínsecamente asociada a dormir solo, ya que la compañía además de otras muchas cosas, aporta calorías que ninguna nórdico (edredón) es capaz de alcanzar. 

Procedo a explicarme, que veo que voy por otros derroteros, que me salen meandros en este riachuelo. He leído que dormir con frío alarga la vida. Por lo visto. La temperatura ideal para un sueño reparador se sitúa entre los 15 y los 19 grados y este descanso profundo favorece la producción de melatonina y serotonina, hormonas que mejoran el estado de ánimo y reducen la ansiedad. “En un mes, al dormir a 19 grados, observamos un aumento de la grasa parda y una mejora en la sensibilidad de la insulina” ¡La grasa parda”… En fin.

Sé de uno que va a ser eterno. Desde que, por circunstancias, vive solo, se ha acostumbrado a encender poco la calefacción. Viviendo como vive en mitad del Pirineo, no es de extrañar que reciba pocas visitas. En su casa hace tanto frío que tiene que quitar el vaho de las cristales para saber si llueve o nieva fuera. Otra opción es llamar a un vecino, que a veces no basta el aliento para vislumbrar el cielo y adivinar la meteorología al otro lado del vidrio. Se forma una costra en el vidrio, que en verano es rocío y en invierno un hielo difícil de quitar. En su casa hace tanto frío, que a veces le castañean los dientes. Pero él se abriga y ya está. O aprovecha para arreglar esto o aquello, tumbarse a ver la tele en el salón no es opción. Aún no hay estalactitas en la chimenea, gracias a que de vez en cuando caldea el salón con unos leños. Su horario y obligaciones le impiden estar en casa el tiempo suficiente para confiar al fuego la temperatura del hogar por eso no enciende más.

Todo empezó porque un día al entrar en casa empezó a quitarse capas hasta quedarse en camiseta, en pleno invierno, y pensó y ¿si bajo de 24ºC a 23ºC el termostato? No tenía sentido ese exceso. Le había llegado una factura de la luz que le dejó helado (viene a cuento el adjetivo) y a pesar de no estar en necesidad económica, mi amigo es de los que se molestan si se les toma el pelo. Llega a casa de noche entre semana; total, para cenar ya templa la cocina; el perro, un enorme pastor alemán, vive en el jardín, tanta calefacción ¿para qué? Con tal de que no revienten las tuberías…Apenas notó la diferencia por un grado. A la semana lo bajó otro grado. Se fue motivando. En un mes estaba a 18ºC. 

Ahora cada grado es un logro, un escalón. La factura de la calefacción ha bajado en picado. Se le han hecho los ojos chiribitas. ¿Y si lo bajo un poco más?. Siendo la temperatura al otro lado de la puerta de la calle de menos 10ºC, el efecto cálido de entrar en casa se mantiene, aún estando el termostato a 15°C. Él es un hombre de principios y la vida le ha enseñado a no rendirse. Llega a casa con energía. En el coche, de vuelta del trabajo iba, deja que el calorcito le abrigue durante  el camino; al llegar, entabla conversaciones consigo mismo, de aliento, mientras recoge el salón o la lavadora, entreteniendo en un ajetreo de tareas del hogar la diferencia térmica. Anda rápido por la casa si recibe una llamada de teléfono.

Cuando llega la hora de acostarse lo hace sin pensar, procurando pasar de las prendas de diario al pijama como si estuviera de campamento, desnudándose en medio de desconocidos: no deja que ninguna zona del cuerpo quede al descubierto sin tener otra prenda preparada para cubrirla. Y de ahí pasa a meterse bajo el edredón y una capa de mantas heredadas que pesan más que abrigan. Dentro de la cama se concentra en el éxito, un día más. Prohibido el uso del calcetín o el gorro, aunque la tentación le asalte. La elegancia y saber estar por encima de todo, aún sin testigos, que la soledad no es excusa para el abandono. Una vez calentado el hueco que ocupa, es una momia, no se mueve. Se anima a sí mismo con su nuevo logro. Un día más. La nariz, imprescindible que quede fuera de las capas de abrigo. Se levanta con el rostro como si hubiera estado en un spa. De la cama a la ducha cada vez tarda menos, y el café, caliente, caliente se ve el humo salir de la taza y detrás de la ventana, la escarcha. Ya lo decía Alaska:

Todo el mundo me pregunta

Qué me pongo, mis secretos de belleza

Y yo siempre les contesto "mucho frío"

Me miran con extrañeza. 

No se creen que yo duermo en un Frigidaire

Y que el hielo me conserva muy bien.

Las ganas que tiene mi amigo de que llegue el verano.


30/01/2026

SÉ QUE ESTOY EN FORMA SI CRUZO LA CASTELLANA DE UNA VEZ

Este es un tema muy local. La dificultad de atravesar como peatón una gran arteria de circulación. Pero imagino que hay avenidas iguales a la madrileña Castellana, en el todas las ciudades y cada uno puede imaginar la suya.

En Segovia más que calle, la pericia es necesaria para atravesar la plaza del Azoguejo; ya sea en coche o andando. De hecho, en los exámenes de conducir, ese punto de la ciudad es la prueba de fuego. En Barcelona serán las Ramblas, supongo. En Londres, Trafalgar se lleva la palma para mi gusto, sin contar con el peligro añadido de a dónde mirar, si izquierda o derecha y los muñequitos cambiantes que lucen en los semáforos que, quieras que no, desconcentran; en París, los Campos Elíseos; en Roma cualquier calle es una aventura para cruzarla, circular por ella, andar, ir en bici, solo un romano sobrevive sin infartar al tráfico de la ciudad eterna. También están esas ciudades orientales con pasos de cebra en equis, estrella; formando un guirigay que te hace olvidar a dónde vas. Y por fin está el pueblo de Navacerrada. En el paseo de los españoles hay un paso de cebra que no llega a la acera, si no a un murito que alberga unas bonitas petunias y hay que rodearlo, manteniéndose uno en la calzada por donde vuelan los coches y ya fuera del paso de cebra, para alcanzar la acera, que en este caso es un magnífico y sombreado paseo.

Yo en Madrid sé que estoy muy en forma si cruzo la Castellana sin pararme en la mediana. De un tirón. Pero en forma tipo deportista de alto rendimiento, previo a mi participación en la Maratón, en forma sin colgajos. Atleta, diría mi primo Javier. El asunto no es tanto debido a la distancia a recorrer sino a que los semáforos de la Castellana están puestos a traición. Si sales de Industriales ni de coña llegas a Zurbano del tirón. Si llueve y no tienes paraguas, te aguantas, porque te va a tocar pararte al menos una vez en el recorrido. Por no hablar de los quiebros que hay que dar, porque la línea recta para cruzar es una utopía. Es decir, bajas por la cuesta del chiringuito, pero te tienes que ir al semáforo, hacia Viriato o hacia Pedro de Valdivia (si vas para allá hasta María De Molina no puedes cruzar si no es arriesgando la vida. Hacia el otro lado, una vez rebasados en dos tramos los carriles centrales, te toca andar por el bulevar para cruzar Zurbano. Que, si vas a los ministerios, otro gallo cantaría, pero tampoco llegas. Poca broma.

Pero todos los puntos para atravesar la avenida tienen su detallito, a excepción, claro está del elevado de Juan Bravo, donde cada tanto un amigo cliclista y yo nos vemos o quedamos, hay opiniones.  Si no es el carril bus, son las terrazas ¡benditas terrazas que nos permiten fumar y ser libres aún!, casetas de obra, paradas de autobús, semáforos no alineados, semáforos solo para vehículos. Por no hablar de alcorques dañados por las raíces expansivas, aceras levantadas, baldosas mina (de esas que cuando llueve te decoran el pantalón), charcos eternos porque no drenan las alcantarillas. O puntos neurálgicos como Colón, Atocha, Gregorio Marañón o Emilio Castelar, donde el azar es el único aliado para cruzar correctamente; o Plaza de Castilla o La Paz (ahí hay un paso subterráneo con sus cantantes y todo, con eso ya está garantizado que el cruce a nivel es inviable) y que si quieres ir de la Paz al Vips de enfrente lo mejor es cogerte el metro. Este problema del norte va a desparecer con el súper parque.

Mucho se habla del semáforo de la calle Belén, el más breve de Madrid, o del de José Abascal, que tarda tanto en cambiar que el malabarista que entretiene a los conductores tiene tiempo de terminar su número completo como si estuviera en el circo. Normal que tenga sobrenombre la calle, conocida por sus atascos. Mucho se habla de lo escasos y lo mal que están los carriles bici, que es cierto. Pero quien sea capaz de cruzar la castellana de una, que levante la mano o que calle para siempre. Antes se podía llamar velocidad de crucero a la que te permitía recorrer Velázquez sin lo parar desde el infinito (donde se corta con Velázquez, paralelas…vienen siguiéndome) hasta el Retiro. Los semáforos estaban sincronizados. Ya ha caducado esa posibilidad, igual que tampoco existe velocidad para cruzar la castellana de un tirón, a no ser que te encarames al puente de Juan Bravo y sus encuentros o que hagas trampa y te lances a atravesar tramos en rojo con el riesgo del atropello, el claxon a todo volumen y los insultos.