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11/10/2026

LO QUE HACE EL IDIOMA


En los países caribeños, en ese entorno de luz y color, hablan los abogados, los ingenieros, los licenciados en general, un inglés de la Reina de Inglaterra. Si les conoces en inglés son personas sofisticadas y eruditas con maneras suaves y elegantes. Eso sí, cuando cambian al español, te dan ganas de bailar. Se oye reguetón, las ondas de su voz te lo transmiten, sacan toda la alegría que llevan dentro. Sin perder la elegancia: Empieza la marcha, se te van las piernas. El primer ‘mi amol’ descoloca al interlocutor, con la segunda expresión oriunda del tipo "qué lo qué mi loco", dicha sin afectación o engolo, con la entonación justa y acompañada gestualmente,  el ritmo sin contención del hispanohablante encuentra tu glándula del ánimo, la que hace saltar los resortes de la marcha. Los dedos se te hacen huéspedes y se te van los pies sin darte cuenta. La cintura se libera. Todo empieza a girar invitando a la alegría.

En el Caribe la vida está escrita en colores primarios. La música y el ritmo son naturales de sus habitantes y cada uno los lleva a su aire. Hay algo contagioso  en todo eso y los movimientos involuntarios de la cabeza se van transmitiendo a todo el cuerpo como si la melodía hubiera traspasado la epidermis, encontrara el camino para llegar a tus venas y del flujo sanguíneo, como sea que eso pudiera ocurrir mandara un mensaje a tus neuronas para guiar nuestro esqueleto. Se acabó la artrosis, el neuroma de Morton, la artritis reumatoide, inflamación de cualquiera de los metatarsos y dolores ambiguos. Descálzate, ya veremos mañana cuánto paracetamol necesitas.

Cuando la melancolía británica de la presunta ausencia de emociones, de la palabra justa y la entonación exacta, se interrumpe por un ‘la chinga de tu madre" (desconozco la crudeza de la expresión, si es mala o buena, es solo un ejemplo), renace ese sol del caribe...

Y aquí no puedo más que recurrir a Nacha con su Sol del Caribe:
 
Movimientos controlados
De calor, adrenalina
Relaciones prestigiosas
de la gente mas mimada
Juventud acribillada
por tus golpes de emoción
Es la harina encantadora
sobredosis de pasión,
sobredosis de pasión...
 
Y es que tú te sientas al lado de un togado que ha expuesto sus argumentos entre el if y el between con el Támesis lamiéndole la oreja, Oxford o Cambridge y la London School emanando en su discurso. Aroma británico por excelencia, freses cortas y humor fino. Traje cruzado y maneras suaves y todo ese predecible. De pronto te suelta, al sentarse a tu vera, un “¡mamasita!“... poco es que se caigan los palos, es que el sombrajo entero se te derrumba. No necesariamente para mal. Le cambia la mirada, te cambia a ti, repiquetean los dedos de la mano sobre el muslo buscando las teclas. El dedo gordo del pie adquiere vida propia y es que el ritmo sube por tus pies. No sé qué va a ser de esta reunión, de este juicio, de esta operación a corazón abierto. Licenciados allá en tierras caribeñas los hay de todos los palos. Y ellos están acostumbrados a esa alegría, pero nosotros, encorsetados europeos…se nos baja el interruptor y solo queremos darle al "ronsito", la piña colada o a la caipiriña. ¡Estamos perdidos! ¿Quien no ha visto esa serie de un policía británico en el caribe? Llegan abrumados por el calor y el lento discurrir de la vida. Se quedan enamorados de la luz y el color, la alegría, la música y el calor de los amigos. Esas aguas caribeñas, esa temperatura e insoportable humedad, esa viveza en la vestimenta, camisas de palmeras los hombres, flores en el pelo ellas y vestidos de colores tan vivos que tapan la luz del sol. Todo eso y el ritmo riega las almas tristes de los cautos y formales europeos.

 

09/10/2026

FELIZ ECLIPSE


¿TU DONDE VAS A VER EL ECLIPSE?
Fue la pregunta de la semana, del mes, 
12 de agosto del 26. ¿Dónde estabas esa tarde?  Se repetirá el próximo agosto. Cualquiera de esas frases ha quedado claramente eclipsada, permítaseme la redundancia, por “Feliz Eclipse”, sentencia usada a modo de despedida por el locutor de radio de la mañana. 

Desde luego los españoles no tenemos igual. Capaces de emocionarnos y reorganizar nuestro día por un partido de fútbol, ¡que juega España! o por un eclipse entre semana. 'Me cojo el día'. Y que nos ponemos a darnos abrazos por la calle a desconocidos como si fuera fin de año. Besos y lágrimas de emoción. ¡Ojito con el muérdago!. Ganas de compromiso. Ya me impresionó la primera vez que oí “Felices Reyes”; yo soy más de Feliz Navidad, Feliz Año Nuevo y poco más. El feliz tan solo añadido como adjetivo a “cumpleaños“ en la fecha que corresponda para cada uno. Así que, Felices Reyes me pareció una excentricidad, pero ha sido superada con creces con el “feliz eclipse”, que se sale de toda ortodoxia en cuanto a saludos se refiere.

Como decía un primo mío antes del 12/08/26: “yo tengo mucho que estudiar todavía, no sé si me da tiempo antes del eclipse” A mí me tuvo  acongojada la información respecto a la ceguera. Bastante tengo con mi miopía, como para fastidiarlo por mirar al sol. Que yo miro al sol cada tanto, ¿tengo acaso la retina muerta ya? ¿Irreversiblemente dañada? ¡Ay madre!. Luego está el tema de ¿Cuándo hay que ponerse la gafa y cuándo hay que quitársela?. A esto se añade que no puedes mirar, ni con gafas, más que unos pocos segundos. Que si lo de la corona de diamantes, en el momento álgido, ahí si que se puede mirar sin las gafas. O sea, hay que quitárselas, porque si no, no vas a ver nada.

Va a cambiar el clima de modo súbito. ¿El clima? Sí, pueden bajar las temperaturas de modo brusco. Se entiende que subir es imposible porque llegaríamos al punto de ebullición.

No hemos hablado del equipaje, ¿qué había que llevar? Un cronómetro, por lo del tiempo de exposición; un jersey, por lo del cambio del tiempo, o quizá un chubasquero, por si ese cambio implica lluvia, e incluso arranca una tormenta. Es que no lo sé. Una muda completa, me quito las sandalias y me calzo unas botas; encima del vestido jersey de invierno. Protector solar, agua, para que no me de una alferecía. Un sombrero. La cámara, el móvil cargado (y el cargador), unos prismáticos y una cámara oscura que me permita ver el eclipse si mirar al sol. (ver sin mirar). Y el sombrero, que también hay que llevar sombrero.

El tema de la reacción de los animales también me inquietaba. Los animales no están interesados por este tema que trae loca a media España y resto del extranjero. Esto es literal, porque la otra mitad solo disfrutará de un 99,9% de ocultación. Nada que ver. Según una locuaz experta si has visto un eclipse total, dices que lo has visto; si es parcial, aunque sea 99,9%, “crees” que lo has visto. La experiencia es otra.

 El tema de la experiencia me inquieta también.  ¿Se trata acaso de una muesca en la culata? Pienso en mis padres, ellos nunca vivieron la experiencia. ¿Y? 

Vuelvo a los animales. En cuanto empiece, va a ocurrir como en los terremotos: ladrarán los perros o aullarán; las aves dejarán de volar y cantar; harán caso, en fin, a su intuición y se esconderán porque la rareza en el mundo natural es un aviso de que algo va a ocurrir.

De verdad que yo quería verlo pero me  agobié mucho.

Además, si le dices a alguien tu sitio previsto; te hace mogollón de preguntas: Mira que no esté seco el sitio donde aparques, por el riesgo de incendio; ¿tienes horizonte despejado hacia el oeste? Hombre, se supone que sí, pero ya dudo. ¿Qué es despejado? ¿Cómo de despejado? ¿Cuánto? ¿Has mirado la previsión del tiempo? Ojo con las nubes de evolución.

Y que cambian los colores, ¿como si fuéramos daltónicos? ¿De qué hay que vestirse? ¿De rojo o de verde? O al revés. ¿Me tengo que poner algo especial para no desparecer? que ya soy muy invisible. Ay madre.

¿Y si te toca conduciendo?, soy taxista, soy piloto de Iberia, de AVE ¿y sí, me dirijo hacia el Oeste a esa hora?. ¿Me pongo o no me pongo las gafas para conducir?. ¿No miro? ¿Miro? ¿Paro? Si voy volando ….me imagino a Felipe, que hace hoy el vuelo Madrid Nueva York, un suponer. ¿Se anulan los despegues? ¿No hay despegues ni aterrizajes hacia el oeste?

¿Y que me dices de la nubosidad?. Porque cuando anochece siempre salen esas nubes. ¡Qué incertidumbre esta del eclipse!

A mí lo que más me gusta es lo de pedir un deseo. Que es como cuando ves una estrella fugaz. No sé si la probabilidad de que se cumpla es mayor por el esfuerzo. Que todo cuenta. 

Y lo curioso de todo es que no se habla de los malos presagios asociados a los eclipses. Ese tema se ha ocultado en favor del turismo y el postureo. Borrón y cuenta nueva. Lo que contaba era la mejor foto, la mejor localización., el mejor relato de “dónde estarás tú a la hora del eclipse”. Pues metida en la cama, con el aire acondicionado congelándome la nariz, tapada con el edredón para no enterarme ni por la tele ni por las voces de la evolución. Que hay tenis. Y me lo pierdo. Imagina que hubiera sido la final de España con Argentina el mismo día. Eso sí que es un eclipse. Y no el de Bonny Tyler, con el de su corazón. Ya lo veré por la tele.

Yo el eclipse lo vi como un reina, en un castillo, desde el mayor arco de herradura de la península, con un abrazo, feliz y agradecida.

04/10/2026

BAILAR Y BAILAR

 

Y bailar y bailar, y tomar y tomar….
Me dejó impactada la lectura de una frase de Larry, en el Cuarteto “Recuerda, si a una chica no le gusta bailar y nadar…”.  Debatí esa frase y muchas otras de la obra con mis amigas, mientras leíamos al fantástico y pedante hermano de Gerard, mucho más escritor que aquel que hablaba de su familia y otros animales. Me fascinó el cuarteto. Nos fascinó a las amigas, nos íbamos pasando el libro de unas a otras. Fue el libro que más me gustó encontrar de la biblioteca de los padres. Fueron tres, Clea no estaba. Son mi tesoro.

Pero voy al lío. Durante una época muy larga de mi vida pensé que el baile estaba restringido a las bailarinas, o a las que sabían bailar. Hablo en femenino porque estoy hablando de salir a bailar en un concierto, en una fiesta, y ahí los hombres bailan acompañando. Cada uno tiene sus gestos aprendidos tipo “estoy sembrando”, moviendo el brazo con alegría y abriendo la mano a modo esparcir semilla, (con una carga de fondo importante o doble sentido). Ese brazo en alto con el índice apuntando al cielo o al escenario es también muy socorrido, o animar con las manos abiertas al grupo ( en caso de DJ todo va dirigido a los amigos) 

Cuando yo empecé a ir a fiestas, se llamaban guateques y se colocaban las bebidas en una mesa y alguien se encargaba de poner discos. El momento cumbre eran las lentas. Todo eso ocurría en plena efervescencia adolescente, cuando estas acostumbrándote a tu nuevo cuerpo, a resultar atractiva sin darte cuenta. La mayoría de las chicas a esas edades se ven feas, gordas o delgadas. No encuentran que ponerse en abarrotados armarios porque no saben si esconder o enseñar. No saben siquiera si quieren ser mayores de verdad. En las fiestas, el momento de “las lentas” era un cuerpo a tierra: Las chicas nos sentábamos y los chicos nos sacaban a bailar. No hace tanto tiempo 1980, antes del RockOla y el  Rompeolas; antes del Penta y el Delanys, justo antes. Entonces la tensión era enorme. A ver quién te sacaba a bailar. O a ver si te quedabas sola en las sillas. Hoy tendrías recursos para aburrir. Desde una llamada, fumarte un pitillo, empolvarte la nariz….pero entonces las cosas no funcionaban así. “Es que no sé”. “Da igual, yo te llevo”. Madre mía ¡qué momentos! En alguna ocasión me libré de un baile incómodo por mi altura, sacaba unos cuantos centímetros a mis amigos. Alguno se subió a un taburete, ¿dónde estará ese chico que lo tenía tan claro? 

Entre otras cosas yo pensé que no había aprendido a bailar entre otras cosas, por mi altura, como ya he dicho “ser alto está sobrevalorado “. Además de mi tara familiar de tener un oído enfrente de otro. Con la prolifera de oídos perfectos en la familia me tocó a mí tener orejas. Mira que me hubiera gustado saber tocar la guitarra, eso daba muchos puntos. O el contrabajo, con eso no se liga nada, seguro, pero mola muchísimo.

El caso es que la edad, mucho más que el alcohol, favorece la deshinibición. He descubierto que casi nadie sabe bailar, y que da lo mismo. Hay quien baila como si cantara, otros parece que están haciendo gimnasia, hay quien baila como si fuera una niña, con los brazos abriéndose y dando vueltas para que el vestido se hinche. Y los que saben bailar tampoco lo hacen como profesionales en la pista, en una fiesta. A no ser que salgamos por peteneras y les dé por poner sevillanas. Cuando viene el toque sevillita (con perdón, que esto no tiene que ver con los de la Giralda y la calle Betis, que quiero yo a mucha gente de allí), con la iglesia hemos topado. Ahí solo se admiten nativos. La excepción es un amigo mío muy querido que en una particular fiesta que celebramos hace ya la pira de años, con su tupé y barbas pelirrojas, camisa blanca y cuerpo generoso, se bailó de la primera a la última con todas las nativas, sorprendidas ellas por su pericia, delicadeza y hombría. No se habían visto es una igual. Pero eso es espectáculo. 

Yo me refiero al bailoteo cuando vas a escuchar a tu banda a una sala de conciertos. Cuando se saben las canciones peor que tú o se las inventan, cuando da igual como canten, cuando lo importante no son los detalles si no la alegría. Esas acusaciones maliciosas por la falta de ritmo, me dan lo mismo. ¿Quien dijo ritmo? Hay un sitio no de moda donde han dado en el clavo y ahí pasamos las tardes, después de comer, con los amigos. Bailando y riéndonos. Es quizá el sitio de mi recreo, como dice Cris.


11/09/2026

ESA TIENE MUCHO PELIGRO

Todos conocemos a esa mujer que tiene mucho peligro. No es fácil saber qué tiene que le hace irresistible a los hombres, a todos, sin distinción de raza, edad, ideología o creencia. Si es simpatía o empatía, si son sus silencios o su cháchara, si es una sensualidad de la que tu careces. Con esa melena que se balancea a los lados de la cara, de color caramelo a juego con sus ojos de miel. O son sus canas y su mirada oscura. O su pelo corto a lo "garçon'. Su clásica manera de vestir, o lo moderna que resulta hasta el punto que su atuendo podría ser estrafalario en otra percha. Puede ser la amiga soltera o, a partir de cierta edad, divorciada, una o más veces. O felizmente casada. Pero tiene mucho peligro.

En cualquiera de sus estados o condiciones, no sabes cómo proteger tu relación de ella. Todas las alarmas suenan en cuanto entra en escena. Te vuelves invisible y muy pequeña, se te tuerce el aparejo, pierdes el control. No quieres parecer celosa ni controladora. Pero tiemblan los cimientos de tu estabilidad cuando aparece. Estás segura de que si Félix (tu chico) la conoce, se te enamora y cancelamos planes de boda por mucho que hincara rodilla en un marco incomparable. No te da motivos para dudar de él. Pero tú sabes que cualquier castillo es susceptible de desmoronarse. Salvo que la unión tenga el objeto de juntar lindes y estén todos de acuerdo en ese barco, torres más altas han caído. El compromiso o el matrimonio se tambalea según la intensidad del seísmo y este terremoto está muy arriba de la escala. Las ondas de esa mujer fantasma son de amplitud desconocida. Es capaz de detectar la frecuencia propia del individuo al que se propone o no, conquistar, y hacerle entrar en resonancia sin dificultad alguna. No se da la circunstancia de que intente conquistarlo, no parece un acto asociado a la voluntad ese expandir sus feromonas y hacer crujir los cimientos del amor que el caballero que se le pone por delante profese a su pareja. Solamente ocurre.

Ella puede ser bajita o alta, entrada en quilos o flaca. No tiene importancia. Es una diosa para el caballero agraciado con su atención. Puede ser frágil o sólida, dependiendo del objetivo que tenga delante momento. Charlatana o escuchante. Es un camaleón en estado puro. Detecta involuntariamente la necesidad del otro y activa su deseo sin darse cuenta. Está en su naturaleza. Le ocurre estando ella misma en pareja o no. El sufridor número uno su marido o novio del momento. Si es resistente, habrá tolerado eventuales cuernos o sospecha de infidelidad. Es posible que nunca haya ocurrido nada. Es posible pero inimaginable. La incertidumbre y las inseguridades propias del ser humano se multiplican al contemplar día tras día cómo su mujer, su novia, desestabiliza a sus amigos, clientes, al camarero, al presidente. Tanto da. Si es maduro y seguro de sí mismo, con el profundo conocimiento de que no puede hacer nada al respecto para evitarlo, se mantendrá al margen, intentando no emborracharse ni montar un número. Nada alteraría el curso de los acontecimientos. Puede que no se consume ni siquiera un acercamiento más allá de un coqueteo de película, puede que no haya intercambio de teléfonos ni fluidos, que no exista contacto de ninguna de las maneras. O puede que sí. Esa consciencia de la naturaleza conquistadora de su pareja requiere una integridad que solo la kryptonita puede garantizar. Y la kryptonita, como el ingrediente secreto, no existe. Así es que Julián - esposo mira a Emma – diosa y sabe que no está en su mano. Es el escenario que teme cada vez que cruzan el umbral de su casa. En las ocasiones que, sin cruzarlo, los que lo atraviesan son sus invitados, familia o amigos. Tanto da. Julián reconoce su impotencia y muere de amor. Emma le quiere también. Pero está en su naturaleza.

Y es que esa mujer que lleva en la sangre la conquista, sufre por el dolor que causa. No solo el daño que le hace al Julián de turno, que no es el primero ni será el último. Los estragos que causa en las hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Lo ha intentado todo. Estar sola, mudarse, ser monógama consecutiva. Ha intentado no salir de casa, no entrar. Pasarse el día viajando. Nada funciona. No se mueve con el objetivo de seducir, simplemente ocurre. Es que ella tiene mucho peligro. De pronto se ve envuelta en una conversación en la que el otro ya está completamente subyugado, entregado a cualquier requerimiento que se le pudiera pasar por la cabeza. Es una fase que nunca recuerda. Esa que transcurre entre la detección involuntaria de la víctima y darse cuenta de que está entregado, a sus pies. "Como desees", lee en sus ojos. Ha llegado hasta ahí en una suerte de hipnosis, sus entrañas se hacen dueña de los mandos y es incontrolable. Cuando lo ve, se asusta y en ese momento empieza su retirada. No hay reto mayor para ese hombre absolutamente perdido entre su mirada y en el calor del fuego de su melena que esa firme decisión que adopta la hembra cuando se quiere marchar. El orgullo del sembrador, la bravura, el pundonor, la hombría, se activan en su interior como esa llama antigua e instintiva que permitió la supervivencia de la especie gracias a la conquista y al tesón. Y no quiere dejarla marchar de ninguna de las maneras. Pero la ha perdido.  Es que Emma tiene mucho peligro.

09/09/2026

BATERÍA


Tengo un problema relacionado con las baterías. En concreto quiero hablar sobre la batería del móvil, teléfono móvil, telefonino. 

Las instrucciones son claras en cuanto al cacharro se refiere: espere usted hasta que se descargue para volver a cargar, espere sin dejar que el teléfono se apague completamente. Esa es la situación ideal para garantizar la duración óptima de la batería. Ya. Pero es que el asunto no funciona así.

Yo necesito tener mi teléfono cargado cuando no tengo un cargador a mano. Por tanto no me interesa que la vida de la batería dependa de que yo espere a que llegue al  2%. La salud de mi batería no me sirve de nada si a las tres de la tarde, en medio de una reunión por Teams, me quedo sin batería en una reunión que estoy haciendo con el teléfono en medio de cualquier sitio donde no hay enchufes. O si tengo previsto pagar la cena con la muy útil aplicación del móvil que consiste en meter la tarjeta de débito en él, y resulta que no tengo batería en el momento crucial de apoquinar. Puedes quedar como el cutre del puño cerrado, que cuando tocaba pagar decía que no tenía suelto y luego te lo daba; en tiempos más modernos es el que te suelta un “págamelo tú que luego te hago Bizum” y ya puedes esperar sentado. Otra situación es que te llame tu novio estando tú en la ciudad eterna, por ejemplo, y resulta que no te localiza porque te has quedado tiesa de batería. Por culpa de eso tenemos una trifulca. 

Que no, que tú el móvil lo necesitas cargado cuando te hace falta. Para llamar a una ambulancia que te ha dado un vahído. “Vaya estoy sin batería” Y te quedas en medio de Picos de Europa, desmayada y con una cabra montesa haciendo que se produzcan  pequeños y peligrosos desprendimientos. Has ido de excursión a la Maliciosa y la mala pata te hace resbalar en el último tramo, te tuerces el tobillo, vas solo, no puedes andar, miras el móvil: está muerto. Claro, tenías un 15% de batería esta mañana y un compromiso de salvar el planeta. A ver si pasa alguien mientras se te hincha tanto el pie que te ves obligado a quitarte la chiruca. ¡Anda que no ocurre eso en las novelas policiacas! En el peor momento, el detective original y auténtico que siempre pilla al malo malísimo con métodos que se salen de lo ortodoxo, se queda sin pilas y no puede pedir refuerzos. Es la vida. 

Otra situación clásica es que vayas de viaje y cuando has usado el móvil como navegado. Después de 600 km en los que apenas te ha servido para comprobar si había atasco o algún radar escondido, ¡zas!, en el momento de la desviación complicada, la rotonda chunga de ‘toma la tercera salida y después la primera’ y ‘gira por el camino, súbete a la cucaña y haz la cucharilla con redondilla: pantalla negra. ¡La hemos fastidiado!

Lo que yo digo es que debería ser al revés. Uno carga el móvil cuando puede y a partir de cargado, las pilas deben durar el máximo tiempo posible. Es decir, estás en casa, lo cargas. Estás en la oficina, lo cargas. Estás cerca de un cargador, lo cargas. Es por la noche y vas a dormir, lo cargas. Porque claro, con la técnica de esperar al 3%, estamos apañados. 

Dan las 10 de la noche y estás en un 12%, un suponer. Al día siguiente tienes que salir pronto hacia San Esteban de Gormaz, que se ha desbordado el Duero y te has comprometido a que hacer un reportaje para Cañas y Barro, la revista para la que trabajas y pone el pan en tu mesa. Necesitas el móvil cargado porque el coche que tienes es del año pum y no dispone de navegador, has quedado con un paisano que tiene una cueva en las faldas del pueblo y te ha enviado las señas. Ni idea de cómo llegar. Una vez allí será menester grabar la entrevista con el soriano y sacar unas cuantas instantáneas. El presupuesto es el que es, limitado, y para casi todo tu herramienta de trabajo es tu teléfono. Gran dilema, ¿Cargo el móvil? Es que si lo hago debilito la batería y hago mella en su vida útil y probablemente esto tenga un malísimo efecto en el medioambiente e incluso afecte de manera indirecta al cambio climático, calentamiento global, adelgazamiento de la capa de ozono, alteración de las mareas… Pero si no cargas el móvil mañana te quedas tirado cien por cien. La alternativa es ponerte a echar partidas del Candy Crush como si no hubiera un mañana, hasta agotar la batería al llegar al mítico 3%. Con el trabajo que te costó desengancharte, por una bobada estás otra vez al albur del vicio. Otra opción es ponerte una serie, pero lo mismo te quedas frito y entonces estás aviado porque tu despertador es el teléfono móvil, si te quedas sin batería no tienes opción B. Total, que lo cargas, tapándote la nariz y pensando que por tu culpa habrá una nueva glaciación y lo mismo vuelven a aparecer los tiranosaurios tras los glaciares. No soportas ser eventual reprobable de la apocalipsis que se viene, ni siquiera como gota que colma el vaso.

Pero es que creo sinceramente que la tecnología debe estar al servicio del usuario y no al revés. Quiero decir, si yo lo que necesito es autonomía, eso es lo que debe buscarse al diseñar una batería, no diseñarla con esas oscuras procedimientos de carga cuyo fin es optimizar su vida. ¿Qué hay de la mía? ¿Sola y helada en la Maliciosa? O perdida en Gormaz.

Es igual que lo que nos pasaba en la oficina con los programadores. Tú le explicabas al informático genio de turno lo que necesitabas que hiciera el programa para facilitarte el trabajo. El informático diseñaba un programa que hacía otra cosa, con la explicación de que lo que tú querrías ocupaba muchas líneas, contenía excesivos condicionales. Si. De eso se trataba. Pero no era óptimo el comportamiento del programa. Total que la herramienta limita la solución. 

En ese camino, el problema de la soledad se resuelve con el móvil y una dependencia cada vez más estrecha de éste y un exquisito cuidado de su vida útil. ¿Que no tienes amigos? No te preocupes que puedes jugar online, ver pelis sin solución de continuidad, revisar Instagram Facebook y TikTok sin descanso, haciéndote creer que tienes amigos, o estás con ellos. Esa no era la solución a la soledad. En vez de dejar de estar solos, nos estamos haciendo adictos a la ausencia de relaciones. Es la adicción que sustituye la necesidad y que aísla a miles de chavales encerrados y dependientes, con miedo a salir de casa, donde el fracaso acecha frente a la seguridad de la pantalla que siempre les satisface. Hasta que se les acabe la batería.


27/08/2026

LOS EXÁMENES DE SEPTIEMBRE

La desaparición de los exámenes de septiembre ha hecho mucho daño a la sociedad en general y a la vida social de los jóvenes en particular. Ha causado efecto importante en la ciudades, ha cambiado su fisionomía. Se ha llenado de persianas echadas y cierres. Se han visto obligados los dueños de bares antológicos a cerrar en agosto, cosa que nunca jamás hubieran hecho cuando había posibilidad de recuperar en septiembre. Porque los que éramos de suspender, éramos muy de socializar… ¡bares, qué lugares! 
Las relaciones personales también han cambiado, esto ha propiciado la inmadurez y reducido la capacidad de buscarse la vida de los jóvenes. Y es que ese grupo de chavales de entre 18 y 25 años que se quedaban en Madrid o en Zaragoza o en Murcia mientras sus padres iban de vacaciones, porque tenía que estudiar para septiembre para los exámenes de la universidad ya no están. “Ya eres mayorcito, si has suspendido te fastidias tu, que no se va a quedar toda la familia sin vacaciones por tu culpa”. Los chavales se frotaban las tibias, porque a cierta edad ya no quieres ir a Comillas ni a Punta con tus padres, en todo caso cuando no van ellos. (Luego te arrepentirás de no haber ido, al tiempo.  Pero la juventud es canalla y soberbia). En la ciudad ocurría una suerte de transformación. Esos amigos que nos hemos hecho todos en verano yendo a las academias, esa complicidad de vivir medio juntos, aunque vivieras en tu casa, pero estabas todo el día con amigos, entre hacerte la comida, estudiar, la academia y las copas. 
Cuando habías sido un niño mimado toda la vida que no te habían dejado entrar en la cocina, espabilabas echando virutas. Todo eso ha desaparecido y hemos convertido a nuestros hijos en unos seres que han perdido esa oportunidad y en cierto modo que hemos hecho un poquito más inútiles consumidores de Yatecomo y expertos en preparados del Mercadona. Por otro lado, la posibilidad de tener un examen en septiembre siempre era una manera de organizarse el año escolar. Está me la dejo para septiembre. No siempre salían las cosas como habías planeado. Pero es que la vida es una caja de sorpresas.

Han desaparecido hasta Los Rodríguez como efecto colateral, unido al maldito teletrabajo que hace que nadie desconecte del todo y ha esparcido el wifi por los más recónditos rincones de la geografía; y también por la eficacia de los medios de transporte y mejora de las infraestructuras. No siempre garantizado esto último.

 ¿Cuántos amores han surgido en esos veranos de soledad de los chavales proscritos por catear? Que no todos los amores de verano surgen en Nerja. 

Los bares que quedan son los que rodean los hospitales. Esos no cierran. Están abiertos todos y llenos. Si te quieres tomar una copa, desayunar de verdad, vete a Diego de Leon, o Conde de Peñalver. Ambientazo. Nacieron allí los relaciones públicas que se ganaban la vida llenando bares e invitando a copas.

Las persianas están echadas en verano, desde el 15 de julio al 2 de septiembre no existen las ciudades, están en modo turista. Hay una huida que ya quisiera la gran evasión emular.

En definitiva, el fin de los exámenes de septiembre ha supuesto la aniquilación de las noches de verano madrileñas. Esas terrazas petadas la gente disfrutando de la noche ya que no se puede dormir (porque es que no se ha podido dormir casi nunca en Madrid en julio ni en agosto se ha podido dormir nunca) Nada que ver si estás tomándote un gin tonic a la fresca con tus amigos; eso del calor, se te olvida. 

Igual que nace la moda de otoño durante el estío, se establecen las estrategias de la economía y las directrices a seguir por las empresas; se sientan las bases del nuevo curso durante esos meses de verano en los que no hay nativos en las capitales de los países occidentales; sobre todo en España. Los que mueven los hilos están protegidos en búnkeres acondicionados y maquinan el futuro. Son seres camaleónicos indiscernibles.

Ahora en Madrid en verano, ya solamente quedan los enfermos, los pringados, los viejos y los turistas. El calor no hace reluctante a cierto tipo de turismo. Y los exquisitos. Que vas a Richelieu y hay sitio. Puedes ir al cine a ver un estreno o a Zara sin que haya cola en ninguna caja para pagar. Madrid está desierta. Ha caído la bomba atómica, recuerda a la pandemia, al confinamiento.

Reivindico esos veranos estudiantiles. Que te quedabas o sola o con uno de tus progenitores en esa época en que solían ser dos, el padre y la madre. La afición al divorcio también ha cambiado eso, pero entramos en temas de otra índole. Ese descubrimiento de ver a tu padre sin tu madre a la hora de hacer un filete a la plancha. Simone Ortega en ristre. Las confidencias con el padre en ausencia de tu retahíla de hermanos, que han aprobado todos. Sentirte hijo único y preferido. Esto no se lo cuentes a mamá. Complicidad a raudales. Amigos que descubrías en la academia, o con los que te juntabas a estudiar o a charlar, amigos de verano en las terrazas de la Castellana, abiertas hasta el amanecer sin molestar a nadie, música y alegría. Noches en vela.

Todo eso se ha perdido. Esto es como fumar, a quien lo le haya quedado algo para la convocatoria de septiembre, no sabe de lo que estoy hablando. Dichosos ellos. O no.

25/08/2026

ABREFÁCIL LOS COJONES (con perdón)

Desde que se abolió el abrelatas, desde que se le relegó a las cuevas del olvido, al fondo del cajón, nos hemos sumergido en el mundo del abrefácil. Y no sé qué premio habrá obtenido el inventor del abrefácil de las latas de atún, qué premio o qué alabanzas. Me refiero a esas que tienen una tirita de unos 3 mm de ancho por 3 mm de largo, soldaditas en el borde de la tapa. Soldadas y semi adheridas a la tapa en cuestión.

En primer lugar: la tapa y el saliente son del mismo material y color e incluso diría, textura, se trata de un dato no baladí. Es posible que exista una sutil diferencia en la textura pensada para invidentes, que facilite la distinción, morro fino es menester. Creo que los diseñadores deberían tener en consideración a los usuarios. La gama de los consumidores de latas de atún, sardinas, navajas, berberechos mejillones, tomate frito, es vasta. El espectro abarca tanto en edad como condición, diferencias irreconciliables. Tiene su mérito el inventor, por tanto. No quiero obviar la dificultad en el diseño. Aun así, como sugerencia, ayudaría, salvo al daltónico, la diferencia en el color, favorece a limitar asperezas y salta muchas de las barreras impuestas por la confusión. En segundo lugar, está el tema de la adherencia a la tapa. Si juntamos los aspectos de color y el material, el camuflaje es casi perfecto. O tienes uñas en condiciones, (los usuarios de mordex saben a lo que me refiero) o necesitas otra herramienta que complemente tu ausencia de habilidad para separar la pestaña de la tapa. Tal es su tesón por pasar desapercibida. Sí hace falta, pues, una herramienta, entre ellas, se acepta cualquier pieza de la cubertería o cacharro útil para tal propósito; pero: ¿y si volviéramos al abrelatas? Digo yo que tampoco es para tanto. No sé qué pecado cometió. Imagino que está asociado a ese “¿dónde habéis puesto el abrelatas?” Quizá al óxido que el paso de los años hacía inevitable. La limpieza de sus pliegues, la vez, los restos de aceite no necesariamente bien gestionados por el usuario. Tal vez. Con una cuerda atado a alguna manilla evitamos su pérdida. O se puede depositar en "su sitio", en el cajón de los cubiertos, con las cucharillas de postre, como se ha hecho toda la vida. Respecto al tono anaranjado que sufría al cabo del uso, su sustitución nunca fue un drama, ya que el precio fue siempre modesto. En cuanto a la limpieza, a día de hoy los friegaplatos hacen milagros, si bien es cierto que ni cafetera italiana, ni abrelatas, han sido nunca muy amigos de la máquina.

La alternativa (predecesora) de la arandela en la tapa como abrefácil, perceptible al tacto incluso para videntes con los sentidos del tacto atrofiados, no me convence en absoluto. El tema de la uña ya no aplica, a no ser que las tengas de porcelana, pintadas de carmesí, se precisa herramienta suplementaria para el despegue. 

Otro tema asociado a la facilidad de apertura de latas son los blísteres de jamón envasados al vacío , cuando digo jamón hablo de modo genérico. Que yo soy muy de jamón del negro. Pero ese salchichón cortado, ese chorizo de Pamplona, esa mortadela, pavo, en fin, queso en lonchas, todo vale Abrefácil, reza el paquete. Si te acercas a comprobar donde pone “abrir aquí”, empieza la guerra. “Abrir aquí” y mirar la fecha de caducidad son un misterio equivalente al de la Santísima Trinidad. La dificultad asociada a descubrir cómo se abre un blíster de jamón al vacío tiene narices. A cierta edad es menester quitarse o ponerse unas gafas diferentes a las de uso habitual. Si miope, de cerca hay que quitarse las gafas para descubrir el mundo. Si vidente top cualificado, gafas de presbicia al canto. Total. Detectas por fin en una esquina por dónde atacar. Ahora empieza un minucioso proceso de investigación que consiste en intentar descubrir dónde el plástico pasa de lámina única termo sellada a dos capas, para separarlas. Es tan sutil en ocasiones, que cuando lo encuentras o se te ha pasado el hambre o has cogido unas tijeras y el esfuerzo del diseñador del abrefácil se ha perdido en el anonimato. Si lo consigues antes de que el que está a tu lado diga “deja, lo hago yo” eres un héroe. Porque cuando el listo de turno viene con su intención de ayudar, tu fuero interno arde de deseos de contemplar su fracaso en la gesta. El orgullo está para algo.

Queda pendiente la apertura de los botes de cristal, sin estar asociados al abrefácil, también han sufrido un peculiar intento de evolución. Infructuosa ha resultado la mejora. El golpe con la mano plana en la tapa bote boca abajo, suele ser eficaz; la cuchara que se incrusta entre cristal y tapa, si consigues que no se doble antes del plop; meter el bote en agua templada sin técnicas generalizadas, trucos hay. Estos procedimientos no necesariamente tienen base científica, tampoco se les exige. El caso es que ese tema ha evolucionado poco. Es cierto que existen abre botes. Desconozco si se adaptan a todos los diámetros: mermelada de hotel pijo, postres variados a botes de patata de Gutarra. Dentro de poco, más que cubertería vamos a necesitar una caja de herramientas.

Llegamos sin remedio al botellín. Reivindico la vuelta al abrebotellas (generalmente incluido en el abrelatas) porque también ha sido relegado por culpa del abrefácil. ¿Qué sentido tiene  que cada uno se abra su botellín? ¿Qué sociedad es esta? ¿En qué nos hemos convertido? Esa paciencia de una reunión en la que hay un solo abrebotellas y alguien que se encarga o se pasa el instrumento de bebedor en bebedor, es muestra de capacidad de postergar el placer, e incluso un signo de tolerancia a la frustración me atrevería a decir. Esa imagen del impaciente que se ofrece con su mechero a abrir a la amada su bebida, sin más afán que impresionarla. Esa suerte de solidaridad, asociada a la espera, a la paciencia, forma parte también del protocolo de la cita, de la reunión, de la fiesta, de la celebración.

Tanto arandela como pestaña son susceptibles de romperse en el proceso. ¿Entonces qué? Buscaremos el abrelatas, oxidado y repudiado.