La desaparición de los exámenes de septiembre ha hecho mucho daño a la sociedad en general y a la vida social de los jóvenes en particular. Ha causado efecto importante en la ciudades, ha cambiado su fisionomía. Se ha llenado de persianas echadas y cierres. Se han visto obligados los dueños de bares antológicos a cerrar en agosto, cosa que nunca jamás hubieran hecho cuando había posibilidad de recuperar en septiembre. Porque los que éramos de suspender, éramos muy de socializar… ¡bares, qué lugares!
Han desaparecido hasta Los Rodríguez como efecto colateral, unido al maldito teletrabajo que hace que nadie desconecte del todo y ha esparcido el wifi por los más recónditos rincones de la geografía; y también por la eficacia de los medios de transporte y mejora de las infraestructuras. No siempre garantizado esto último.
¿Cuántos amores han surgido en esos veranos de soledad de los chavales proscritos por catear? Que no todos los amores de verano surgen en Nerja.
Los bares que quedan son los que rodean los hospitales. Esos no cierran. Están abiertos todos y llenos. Si te quieres tomar una copa, desayunar de verdad, vete a Diego de Leon, o Conde de Peñalver. Ambientazo
Las persianas están echadas en verano, desde el 15 de julio al 2 de septiembre no existen las ciudades, están en modo turista. Hay una huida que ya quisiera la gran evasión emular.
En definitiva, el fin de los exámenes de septiembre ha supuesto la aniquilación de las noches de verano madrileñas. Esas terrazas petadas la gente disfrutando de la noche ya que no se puede dormir (porque es que no se ha podido dormir casi nunca en Madrid en julio ni en agosto se ha podido dormir nunca) Nada que ver si estás tomándote un gin tonic a la fresca con tus amigos; eso del calor, se te olvida.
Igual que nace la moda de otoño, se las plantan las estrategias de la economía y las directrices a seguir por las empresas; se sientan las bases del nuevo curso durante esos meses de verano en los que no hay nativos en las capitales de los países occidentales; sobre todo en España. El calor no hace reluctante a cierto tipo de turismo.
Ahora en Madrid en verano, ya solamente quedan los enfermos, los pringados, los viejos y los turistas. Y los exquisitos. Qué vas a Richelieu y hay sitio. Puedes ir al cine a ver un estreno o a Zara sin que haya cola en ninguna caja para pagar. Madrid está desierta. Ha caído la bomba atómica, recuerda a la pandemia, al confinamiento.
Reivindico esos veranos estudiantiles. Que te quedabas o sola o con uno solo de tus progenitores en esa época en que solías tener dos, el padre y la madre. La afición al divorcio también ha cambiado eso, pero entramos en temas más amplios. Ese descubrimiento de ver a tu padre sin tu madre a la hora de hacer un filete a la plancha. Simone Ortega en ristre. Las confidencias con el padre en ausencia de tu retahíla de hermanos, que han aprobado todos. Sentirte hijo único y preferido. Esto no se lo cuentes a mamá. Complicidad a raudales. Amigos que descubrías en la academia, o con los que te juntabas a estudiar o a charlar, amigos de verano en las terrazas de la Castellana, abiertas hasta el amanecer sin molestar a nadie, música y alegría. Noches en vela.
Todo eso se ha perdido.






