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11/09/2026

TIENE MUCHO PELIGRO

Todos conocemos a esa mujer que tiene mucho peligro. No es fácil saber qué tiene que le hace irresistible a los hombres, a todos, sin distinción de raza, edad, ideología o creencia. Si es simpatía o empatía, si son sus silencios o su cháchara, si es una sensualidad de la que tu careces. Con esa melena que se balancea a los lados de la cara, de color caramelo a juego con sus ojos de miel. O son sus canas y su mirada oscura. O su pelo corto a lo "garçon'. Su clásica manera de vestir, o lo moderna que resulta hasta el punto que su atuendo podría ser estrafalario en otra percha. Puede ser la amiga soltera o, a partir de cierta edad, divorciada, una o más veces. O felizmente casada. Pero tiene mucho peligro.

En cualquiera de sus estados o condiciones, no sabes cómo proteger tu relación de ella. Todas las alarmas suenan en cuanto entra en escena. Te vuelves invisible y muy pequeña, se te tuerce el aparejo, pierdes el control. No quieres parecer celosa ni controladora. Pero tiemblan los cimientos de tu estabilidad cuando aparece. Estás segura de que si Félix (tu chico) la conoce, se te enamora y cancelamos planes de boda por mucho que hincara rodilla en un marco incomparable. No te da motivos para dudar de él. Pero tú sabes que cualquier castillo es susceptible de desmoronarse. Salvo que la unión tenga el objeto de juntar lindes y estén todos de acuerdo en ese barco, torres más altas han caído. El compromiso o el matrimonio se tambalea según la intensidad del seísmo y este terremoto está muy arriba de la escala. Las ondas de esa mujer fantasma son de amplitud desconocida. Es capaz de detectar la frecuencia propia del individuo al que se propone o no, conquistar, y hacerle entrar en resonancia sin dificultad alguna. No se da la circunstancia de que intente conquistarlo, no parece un acto asociado a la voluntad ese expandir sus feromonas y hacer crujir los cimientos del amor que el caballero que se le pone por delante profese a su pareja. Solamente ocurre.

Ella puede ser bajita o alta, entrada en quilos o flaca. No tiene importancia. Es una diosa para el caballero agraciado con su atención. Puede ser frágil o sólida, dependiendo del objetivo que tenga delante momento. Charlatana o escuchante. Es un camaleón en estado puro. Detecta involuntariamente la necesidad del otro y activa su deseo sin darse cuenta. Está en su naturaleza. Le ocurre estando ella misma en pareja o no. El sufridor número uno su marido o novio del momento. Si es resistente, habrá tolerado eventuales cuernos o sospecha de infidelidad. Es posible que nunca haya ocurrido nada. Es posible pero inimaginable. La incertidumbre y las inseguridades propias del ser humano se multiplican al contemplar día tras día cómo su mujer, su novia, desestabiliza a sus amigos, clientes, al camarero, al presidente. Tanto da. Si es maduro y seguro de sí mismo, con el profundo conocimiento de que no puede hacer nada al respecto para evitarlo, se mantendrá al margen, intentando no emborracharse ni montar un número. Nada alteraría el curso de los acontecimientos. Puede que no se consume ni siquiera un acercamiento más allá de un coqueteo de película, puede que no haya intercambio de teléfonos ni fluidos, que no exista contacto de ninguna de las maneras. O puede que sí. Esa consciencia de la naturaleza conquistadora de su pareja requiere una integridad que solo la kryptonita puede garantizar. Y la kryptonita, como el ingrediente secreto, no existe. Así es que Julián - esposo mira a Emma – diosa y sabe que no está en su mano. Es el escenario que teme cada vez que cruzan el umbral de su casa. En las ocasiones que, sin cruzarlo, los que lo atraviesan son sus invitados, familia o amigos. Tanto da. Julián reconoce su impotencia y muere de amor. Emma le quiere también. Pero está en su naturaleza.

Y es que esa mujer que lleva en la sangre la conquista, sufre por el dolor que causa. No solo el daño que le hace al Julián de turno, que no es el primero ni será el último. Los estragos que causa en las hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Lo ha intentado todo. Estar sola, mudarse, ser monógama consecutiva. Ha intentado no salir de casa, no entrar. Pasarse el día viajando. Nada funciona. No se mueve con el objetivo de seducir, simplemente ocurre. Es que ella tiene mucho peligro. De pronto se ve envuelta en una conversación en la que el otro ya está completamente subyugado, entregado a cualquier requerimiento que se le pudiera pasar por la cabeza. Es una fase que nunca recuerda. Esa que transcurre entre la detección involuntaria de la víctima y darse cuenta de que está entregado, a sus pies. "Como desees", lee en sus ojos. Ha llegado hasta ahí en una suerte de hipnosis, sus entrañas se hacen dueña de los mandos y es incontrolable. Cuando lo ve, se asusta y en ese momento empieza su retirada. No hay reto mayor para ese hombre absolutamente perdido entre su mirada y en el calor del fuego de su melena que esa firme decisión que adopta la hembra cuando se quiere marchar. El orgullo del sembrador, la bravura, el pundonor, la hombría, se activan en su interior como esa llama antigua e instintiva que permitió la supervivencia de la especie gracias a la conquista y al tesón. Y no quiere dejarla marchar de ninguna de las maneras. Pero la ha perdido.  Es que Emma tiene mucho peligro.

09/09/2026

BATERÍA


Tengo un problema relacionado con las baterías. En concreto quiero hablar sobre la batería del móvil, teléfono móvil, telefonino. 

Las instrucciones son claras en cuanto al cacharro se refiere: espere usted hasta que se descargue para volver a cargar, espere sin dejar que el teléfono se apague completamente. Esa es la situación ideal para garantizar la duración óptima de la batería. Ya. Pero es que el asunto no funciona así.

Yo necesito tener mi teléfono cargado cuando no tengo un cargador a mano. Por tanto no me interesa que la vida de la batería dependa de que yo espere a que llegue al  2%. La salud de mi batería no me sirve de nada si a las tres de la tarde, en medio de una reunión por Teams, me quedo sin batería en una reunión que estoy haciendo con el teléfono en medio de cualquier sitio donde no hay enchufes. O si tengo previsto pagar la cena con la muy útil aplicación del móvil que consiste en meter la tarjeta de débito en él, y resulta que no tengo batería en el momento crucial de apoquinar. Puedes quedar como el cutre del puño cerrado, que cuando tocaba pagar decía que no tenía suelto y luego te lo daba; en tiempos más modernos es el que te suelta un “págamelo tú que luego te hago Bizum” y ya puedes esperar sentado. Otra situación es que te llame tu novio estando tú en la ciudad eterna, por ejemplo, y resulta que no te localiza porque te has quedado tiesa de batería. Por culpa de eso tenemos una trifulca. 

Que no, que tú el móvil lo necesitas cargado cuando te hace falta. Para llamar a una ambulancia que te ha dado un vahído. “Vaya estoy sin batería” Y te quedas en medio de Picos de Europa, desmayada y con una cabra montesa haciendo que se produzcan  pequeños y peligrosos desprendimientos. Has ido de excursión a la Maliciosa y la mala pata te hace resbalar en el último tramo, te tuerces el tobillo, vas solo, no puedes andar, miras el móvil: está muerto. Claro, tenías un 15% de batería esta mañana y un compromiso de salvar el planeta. A ver si pasa alguien mientras se te hincha tanto el pie que te ves obligado a quitarte la chiruca. ¡Anda que no ocurre eso en las novelas policiacas! En el peor momento, el detective original y auténtico que siempre pilla al malo malísimo con métodos que se salen de lo ortodoxo, se queda sin pilas y no puede pedir refuerzos. Es la vida. 

Otra situación clásica es que vayas de viaje y cuando has usado el móvil como navegado. Después de 600 km en los que apenas te ha servido para comprobar si había atasco o algún radar escondido, ¡zas!, en el momento de la desviación complicada, la rotonda chunga de ‘toma la tercera salida y después la primera’ y ‘gira por el camino, súbete a la cucaña y haz la cucharilla con redondilla: pantalla negra. ¡La hemos fastidiado!

Lo que yo digo es que debería ser al revés. Uno carga el móvil cuando puede y a partir de cargado, las pilas deben durar el máximo tiempo posible. Es decir, estás en casa, lo cargas. Estás en la oficina, lo cargas. Estás cerca de un cargador, lo cargas. Es por la noche y vas a dormir, lo cargas. Porque claro, con la técnica de esperar al 3%, estamos apañados. 

Dan las 10 de la noche y estás en un 12%, un suponer. Al día siguiente tienes que salir pronto hacia San Esteban de Gormaz, que se ha desbordado el Duero y te has comprometido a que hacer un reportaje para Cañas y Barro, la revista para la que trabajas y pone el pan en tu mesa. Necesitas el móvil cargado porque el coche que tienes es del año pum y no dispone de navegador, has quedado con un paisano que tiene una cueva en las faldas del pueblo y te ha enviado las señas. Ni idea de cómo llegar. Una vez allí será menester grabar la entrevista con el soriano y sacar unas cuantas instantáneas. El presupuesto es el que es, limitado, y para casi todo tu herramienta de trabajo es tu teléfono. Gran dilema, ¿Cargo el móvil? Es que si lo hago debilito la batería y hago mella en su vida útil y probablemente esto tenga un malísimo efecto en el medioambiente e incluso afecte de manera indirecta al cambio climático, calentamiento global, adelgazamiento de la capa de ozono, alteración de las mareas… Pero si no cargas el móvil mañana te quedas tirado cien por cien. La alternativa es ponerte a echar partidas del Candy Crush como si no hubiera un mañana, hasta agotar la batería al llegar al mítico 3%. Con el trabajo que te costó desengancharte, por una bobada estás otra vez al albur del vicio. Otra opción es ponerte una serie, pero lo mismo te quedas frito y entonces estás aviado porque tu despertador es el teléfono móvil, si te quedas sin batería no tienes opción B. Total, que lo cargas, tapándote la nariz y pensando que por tu culpa habrá una nueva glaciación y lo mismo vuelven a aparecer los tiranosaurios tras los glaciares. No soportas ser eventual reprobable de la apocalipsis que se viene, ni siquiera como gota que colma el vaso.

Pero es que creo sinceramente que la tecnología debe estar al servicio del usuario y no al revés. Quiero decir, si yo lo que necesito es autonomía, eso es lo que debe buscarse al diseñar una batería, no diseñarla con esas oscuras procedimientos de carga cuyo fin es optimizar su vida. ¿Qué hay de la mía? ¿Sola y helada en la Maliciosa? O perdida en Gormaz.

Es igual que lo que nos pasaba en la oficina con los programadores. Tú le explicabas al informático genio de turno lo que necesitabas que hiciera el programa para facilitarte el trabajo. El informático diseñaba un programa que hacía otra cosa, con la explicación de que lo que tú querrías ocupaba muchas líneas, contenía excesivos condicionales. Si. De eso se trataba. Pero no era óptimo el comportamiento del programa. Total que la herramienta limita la solución. 

En ese camino, el problema de la soledad se resuelve con el móvil y una dependencia cada vez más estrecha de éste y un exquisito cuidado de su vida útil. ¿Que no tienes amigos? No te preocupes que puedes jugar online, ver pelis sin solución de continuidad, revisar Instagram Facebook y TikTok sin descanso, haciéndote creer que tienes amigos, o estás con ellos. Esa no era la solución a la soledad. En vez de dejar de estar solos, nos estamos haciendo adictos a la ausencia de relaciones. Es la adicción que sustituye la necesidad y que aísla a miles de chavales encerrados y dependientes, con miedo a salir de casa, donde el fracaso acecha frente a la seguridad de la pantalla que siempre les satisface. Hasta que se les acabe la batería.


27/08/2026

LOS EXÁMENES DE SEPTIEMBRE

La desaparición de los exámenes de septiembre ha hecho mucho daño a la sociedad en general y a la vida social de los jóvenes en particular. Ha causado efecto importante en la ciudades, ha cambiado su fisionomía. Se ha llenado de persianas echadas y cierres. Se han visto obligados los dueños de bares antológicos a cerrar en agosto, cosa que nunca jamás hubieran hecho cuando había posibilidad de recuperar en septiembre. Porque los que éramos de suspender, éramos muy de socializar… ¡bares, qué lugares! 
Las relaciones personales también han cambiado, esto ha propiciado la inmadurez y reducido la capacidad de buscarse la vida de los jóvenes. Y es que ese grupo de chavales de entre 18 y 25 años que se quedaban en Madrid o en Zaragoza o en Murcia mientras sus padres iban de vacaciones, porque tenía que estudiar para septiembre para los exámenes de la universidad ya no están. “Ya eres mayorcito, si has suspendido te fastidias tu, que no se va a quedar toda la familia sin vacaciones por tu culpa”. Los chavales se frotaban las tibias, porque a cierta edad ya no quieres ir a Comillas ni a Punta con tus padres, en todo caso cuando no van ellos. (Luego te arrepentirás de no haber ido, al tiempo.  Pero la juventud es canalla y soberbia). En la ciudad ocurría una suerte de transformación. Esos amigos que nos hemos hecho todos en verano yendo a las academias, esa complicidad de vivir medio juntos, aunque vivieras en tu casa, pero estabas todo el día con amigos, entre hacerte la comida, estudiar, la academia y las copas. 
Cuando habías sido un niño mimado toda la vida que no te habían dejado entrar en la cocina, espabilabas echando virutas. Todo eso ha desaparecido y hemos convertido a nuestros hijos en unos seres que han perdido esa oportunidad y en cierto modo que hemos hecho un poquito más inútiles consumidores de Yatecomo y expertos en preparados del Mercadona. Por otro lado, la posibilidad de tener un examen en septiembre siempre era una manera de organizarse el año escolar. Está me la dejo para septiembre. No siempre salían las cosas como habías planeado. Pero es que la vida es una caja de sorpresas.

Han desaparecido hasta Los Rodríguez como efecto colateral, unido al maldito teletrabajo que hace que nadie desconecte del todo y ha esparcido el wifi por los más recónditos rincones de la geografía; y también por la eficacia de los medios de transporte y mejora de las infraestructuras. No siempre garantizado esto último.

 ¿Cuántos amores han surgido en esos veranos de soledad de los chavales proscritos por catear? Que no todos los amores de verano surgen en Nerja. 

Los bares que quedan son los que rodean los hospitales. Esos no cierran. Están abiertos todos y llenos. Si te quieres tomar una copa, desayunar de verdad, vete a Diego de Leon, o Conde de Peñalver. Ambientazo. Nacieron allí los relaciones públicas que se ganaban la vida llenando bares e invitando a copas.

Las persianas están echadas en verano, desde el 15 de julio al 2 de septiembre no existen las ciudades, están en modo turista. Hay una huida que ya quisiera la gran evasión emular.

En definitiva, el fin de los exámenes de septiembre ha supuesto la aniquilación de las noches de verano madrileñas. Esas terrazas petadas la gente disfrutando de la noche ya que no se puede dormir (porque es que no se ha podido dormir casi nunca en Madrid en julio ni en agosto se ha podido dormir nunca) Nada que ver si estás tomándote un gin tonic a la fresca con tus amigos; eso del calor, se te olvida. 

Igual que nace la moda de otoño durante el estío, se establecen las estrategias de la economía y las directrices a seguir por las empresas; se sientan las bases del nuevo curso durante esos meses de verano en los que no hay nativos en las capitales de los países occidentales; sobre todo en España. Los que mueven los hilos están protegidos en búnkeres acondicionados y maquinan el futuro. Son seres camaleónicos indiscernibles.

Ahora en Madrid en verano, ya solamente quedan los enfermos, los pringados, los viejos y los turistas. El calor no hace reluctante a cierto tipo de turismo. Y los exquisitos. Que vas a Richelieu y hay sitio. Puedes ir al cine a ver un estreno o a Zara sin que haya cola en ninguna caja para pagar. Madrid está desierta. Ha caído la bomba atómica, recuerda a la pandemia, al confinamiento.

Reivindico esos veranos estudiantiles. Que te quedabas o sola o con uno de tus progenitores en esa época en que solían ser dos, el padre y la madre. La afición al divorcio también ha cambiado eso, pero entramos en temas de otra índole. Ese descubrimiento de ver a tu padre sin tu madre a la hora de hacer un filete a la plancha. Simone Ortega en ristre. Las confidencias con el padre en ausencia de tu retahíla de hermanos, que han aprobado todos. Sentirte hijo único y preferido. Esto no se lo cuentes a mamá. Complicidad a raudales. Amigos que descubrías en la academia, o con los que te juntabas a estudiar o a charlar, amigos de verano en las terrazas de la Castellana, abiertas hasta el amanecer sin molestar a nadie, música y alegría. Noches en vela.

Todo eso se ha perdido. Esto es como fumar, a quien lo le haya quedado algo para la convocatoria de septiembre, no sabe de lo que estoy hablando. Dichosos ellos. O no.

25/08/2026

ABREFÁCIL LOS COJONES (con perdón)

Desde que se abolió el abrelatas, desde que se le relegó a las cuevas del olvido, al fondo del cajón, nos hemos sumergido en el mundo del abrefácil. Y no sé qué premio habrá obtenido el inventor del abrefácil de las latas de atún, qué premio o qué alabanzas. Me refiero a esas que tienen una tirita de unos 3 mm de ancho por 3 mm de largo, soldaditas en el borde de la tapa. Soldadas y semi adheridas a la tapa en cuestión.

En primer lugar: la tapa y el saliente son del mismo material y color e incluso diría, textura, se trata de un dato no baladí. Es posible que exista una sutil diferencia en la textura pensada para invidentes, que facilite la distinción, morro fino es menester. Creo que los diseñadores deberían tener en consideración a los usuarios. La gama de los consumidores de latas de atún, sardinas, navajas, berberechos mejillones, tomate frito, es vasta. El espectro abarca tanto en edad como condición, diferencias irreconciliables. Tiene su mérito el inventor, por tanto. No quiero obviar la dificultad en el diseño. Aun así, como sugerencia, ayudaría, salvo al daltónico, la diferencia en el color, favorece a limitar asperezas y salta muchas de las barreras impuestas por la confusión. En segundo lugar, está el tema de la adherencia a la tapa. Si juntamos los aspectos de color y el material, el camuflaje es casi perfecto. O tienes uñas en condiciones, (los usuarios de mordex saben a lo que me refiero) o necesitas otra herramienta que complemente tu ausencia de habilidad para separar la pestaña de la tapa. Tal es su tesón por pasar desapercibida. Sí hace falta, pues, una herramienta, entre ellas, se acepta cualquier pieza de la cubertería o cacharro útil para tal propósito; pero: ¿y si volviéramos al abrelatas? Digo yo que tampoco es para tanto. No sé qué pecado cometió. Imagino que está asociado a ese “¿dónde habéis puesto el abrelatas?” Quizá al óxido que el paso de los años hacía inevitable. La limpieza de sus pliegues, la vez, los restos de aceite no necesariamente bien gestionados por el usuario. Tal vez. Con una cuerda atado a alguna manilla evitamos su pérdida. O se puede depositar en "su sitio", en el cajón de los cubiertos, con las cucharillas de postre, como se ha hecho toda la vida. Respecto al tono anaranjado que sufría al cabo del uso, su sustitución nunca fue un drama, ya que el precio fue siempre modesto. En cuanto a la limpieza, a día de hoy los friegaplatos hacen milagros, si bien es cierto que ni cafetera italiana, ni abrelatas, han sido nunca muy amigos de la máquina.

La alternativa (predecesora) de la arandela en la tapa como abrefácil, perceptible al tacto incluso para videntes con los sentidos del tacto atrofiados, no me convence en absoluto. El tema de la uña ya no aplica, a no ser que las tengas de porcelana, pintadas de carmesí, se precisa herramienta suplementaria para el despegue. 

Otro tema asociado a la facilidad de apertura de latas son los blísteres de jamón envasados al vacío , cuando digo jamón hablo de modo genérico. Que yo soy muy de jamón del negro. Pero ese salchichón cortado, ese chorizo de Pamplona, esa mortadela, pavo, en fin, queso en lonchas, todo vale Abrefácil, reza el paquete. Si te acercas a comprobar donde pone “abrir aquí”, empieza la guerra. “Abrir aquí” y mirar la fecha de caducidad son un misterio equivalente al de la Santísima Trinidad. La dificultad asociada a descubrir cómo se abre un blíster de jamón al vacío tiene narices. A cierta edad es menester quitarse o ponerse unas gafas diferentes a las de uso habitual. Si miope, de cerca hay que quitarse las gafas para descubrir el mundo. Si vidente top cualificado, gafas de presbicia al canto. Total. Detectas por fin en una esquina por dónde atacar. Ahora empieza un minucioso proceso de investigación que consiste en intentar descubrir dónde el plástico pasa de lámina única termo sellada a dos capas, para separarlas. Es tan sutil en ocasiones, que cuando lo encuentras o se te ha pasado el hambre o has cogido unas tijeras y el esfuerzo del diseñador del abrefácil se ha perdido en el anonimato. Si lo consigues antes de que el que está a tu lado diga “deja, lo hago yo” eres un héroe. Porque cuando el listo de turno viene con su intención de ayudar, tu fuero interno arde de deseos de contemplar su fracaso en la gesta. El orgullo está para algo.

Queda pendiente la apertura de los botes de cristal, sin estar asociados al abrefácil, también han sufrido un peculiar intento de evolución. Infructuosa ha resultado la mejora. El golpe con la mano plana en la tapa bote boca abajo, suele ser eficaz; la cuchara que se incrusta entre cristal y tapa, si consigues que no se doble antes del plop; meter el bote en agua templada sin técnicas generalizadas, trucos hay. Estos procedimientos no necesariamente tienen base científica, tampoco se les exige. El caso es que ese tema ha evolucionado poco. Es cierto que existen abre botes. Desconozco si se adaptan a todos los diámetros: mermelada de hotel pijo, postres variados a botes de patata de Gutarra. Dentro de poco, más que cubertería vamos a necesitar una caja de herramientas.

Llegamos sin remedio al botellín. Reivindico la vuelta al abrebotellas (generalmente incluido en el abrelatas) porque también ha sido relegado por culpa del abrefácil. ¿Qué sentido tiene  que cada uno se abra su botellín? ¿Qué sociedad es esta? ¿En qué nos hemos convertido? Esa paciencia de una reunión en la que hay un solo abrebotellas y alguien que se encarga o se pasa el instrumento de bebedor en bebedor, es muestra de capacidad de postergar el placer, e incluso un signo de tolerancia a la frustración me atrevería a decir. Esa imagen del impaciente que se ofrece con su mechero a abrir a la amada su bebida, sin más afán que impresionarla. Esa suerte de solidaridad, asociada a la espera, a la paciencia, forma parte también del protocolo de la cita, de la reunión, de la fiesta, de la celebración.

Tanto arandela como pestaña son susceptibles de romperse en el proceso. ¿Entonces qué? Buscaremos el abrelatas, oxidado y repudiado. 


11/08/2026

LAS HIELERAS

Benditos inventores. Quiero hacer aquí un sincero homenaje a, de entre todos ellos, al anónimo y muy querido y sin embargo ignoto inventor de las bolsas de hielo.

Mucho se habla de la bombilla o de internet. Ese paso de gigante entre la iluminación con velas y el led. Avances inolvidables, cierto. Pero con nombre propio. El pasado de la comunicación mediante cartas, con sus sobres y sus sellos, cuyo recorrido ha sido motivo de ríos de literatura e imaginación. Sí. Porque cómo fueron esas misivas desde el ínclito Filípides, soldado griego que recorrió los 40 km que separan Atenas de Maratón para comunicar la victoria de los griegos, pasando por las cartas de amor desde la guerra o hacia el frente. Las cartas de los hijos que marchaban a estudiar o a trabajar lejos de casa. Y de pronto un WhatsApp desde Australia. Tal cual. Ya no hay cartas ni excusas. Si no hablas con tu marido o con tus padres es porque no te da la gana. Porque desde un Cali post sismo, a la pocas horas, Fer nos tranquiliza, que están todos bien. A pesar de esa imagen de una catedral en derrumbe, del suelo que se mueve. Pasos de gigante. Ese romanticismo que generaba la distancia se ha eclipsado tanto como se ha perdido la magia del anochecer, que vamos hacia el albedrío de cambiar a demanda la noche por el día, no viceversa. Aberraciones varias.

Mucho menos serio y trascendente es la invención de la bolsa de hielo. Edison se llevó la gloria con su patente; dicen que fue en 1914 cuando una poco conocida Florencia Parpart, inventó la nevera, ignoro si ella misma incorporó el congelador y dentro de éste esos malignos cachivaches de plástico: las hieleras o cubiteras. 

Que yo me acuerde, al principio eran rígidas, metálicas, con un cacharro dentro extraíble que era el compartimentador, por así decirlo. Progresivamente se fueron flexibilizando. Las dedos se quedaban adheridos a la superficie metálica helada, tanto peor si lo hacías sin ponerlas bajo el grifo previamente a aplicar presión en el trasdós. Las del plástico fueron un ligero avance en cuanto a ligereza y adherencia táctil, empeoró en cambio la higiene por la dificultad de limpiarlos. Acumulaban guarrería en los múltiples recovecos de los que los originales carecían. Que podían ir en directo al friegaplatos.

Por no hablar del llenado de las hieleras. Que no había que llenarlas del todo es hecho conocido por todos. Unos en modo científico y otros por experiencia que es la madre de la otra. Que el agua aumenta de volumen al pasar de líquido a sólido. Sí. Ahora bien ¿cuánto? Había quien pensaba que se multiplicaba por mil, rellenando los cachorrillos con una fina lámina que no servía ni para un güisqui (usando una entera); otros olvidaban el fenómeno y las llenaban al ras, con lo que al sacar los hielos eran generosos pero muchas veces se unían unos con otros montando una especie de súper tableta de chocolate transparente. Que no había quien rompiera.

Siempre había alguien, generalmente un hermano, que sacaba un par de hielos para una Coca Cola y no rellenaba el resto, el siguiente hacía lo mismo, hasta que llegaba uno que se encontraba un solitario hielo, lo usaba y devolvía la hielera al congelador vacía: por si alguien no quería hielo.

No nos podemos olvidar del ese momento que es la introducción de la hilera en el congelador. Hay congeladores y congeladores y hay pulsos y pulsos pero debemos reconocer que llevar la hielera llena desde el grifo al congelador es un reto del que no es fácil salir victorioso. El proceso empieza por el llenado. Cierras el grifo o no, tras hacerlo. Quizá puedas llevar la hielera con una mano, o lo mejor no te atreves. Más sensato. Te diriges a la nevera. Lo normal es ir con la hielera sujeta por los extremos usando ambas manos y sacando la lengua por un lateral de la boca, o por el centro, dependiendo del grado de concentración. Vas mirando el agua que inevitablemente se mueve. Con cuidado. No quieres dejar reguero en el suelo. ¡Porras!. Está cerrada la puerta de la nevera. Puede tratarse de congelador puro y duro o congelador de cajones. Tanto da. En el caso del congelador puro y duro, por muy “no frost” que marque su etiqueta, todos hemos tenido esa experiencia de intentar abrir la puerta sin entrenamiento previo. Cuando la ves cerrada sabes que con una mano no vas a poder. Si hay encimera cercana y despejada, procedes a depositar tu carga; en caso contrario, vuelves al fregadero. Abres la puerta del congelador cruzando los dedos para que no se cierre sola, que no es hipótesis a descartar. En ocasiones es recomendable llevar en mano trapito limpio para impedir el portazo. Y vuelta con la hielera. En el caso de congelador con cajones el problema se puede o suele dar al abrir en cajón en cuestión. Recomiendo encarecidamente abrir antes de llegar y especialmente sugiero comprobar que hay hueco. Porque ese último paso de depositar el recipiente lleno de líquido es actividad de alto riesgo. Teniendo en cuenta que no puedes inclinar tu carga para que quepa por razones evidentes. Ya sea porque el espacio sea escaso, porque sea irregular la superficie de apoyo (bolsa ve verdura, por ejemplo: unos guisantes), o por una interjección no necesariamente mal intencionada en el momento de tan delicada maniobra, basta que alguien te llame para que pierdas la concentración  y se derrame el agua dentro del congelador que siempre es peor que fuera. Porque la desidia hace que ese agüilla que se le cae a uno en el interior del congelador se convierta en tu pecado venial inconfesable. Y esa lámina, ese agua, también se congela y se une a los problemas ocasionados por no cerrar la puerta y que se forme hielo en las neveras no frost. Todo suma y convierte una nevera limpia en una suerte de obstáculos incrustados en el hielo que rodea las superficies. No hablamos ya de si la nevera está sucia o hay restos alimenticios olvidados. 

Por eso y por mucho más quiero dejar aquí por escrito mi sincero agradecimiento al anónimo invertor del hielo en bolsa. Barato me parece con la cantidad de disgustos que evita. Y con la cantidad de alegría en potencia asociada a su adquisición. Esos cubatas con el hielo perfecto. Ese café con hielo frío, no medio medio. Por no hablar de los cubitos mini, para preparar cócteles o expresos Martini, tan en boga en algunas latitudes.

Que vivan las bolsas de hielo y que vivan los inventos paralelos, tipo bolsa de agua llena (no completamente, recuérdese el tema del aumento de volumen) que se deja congelar y luego se introduce en nevera portátil para llevarse de merendola las coca colas y los botellines. Quien dice botellines dice unas ostras o lo que haga falta para celebrar, que hay que celebrar. Ojito a meter botellines en el congelador, que explotan y también las latas explotan, sí aunque tengan alcohol, explotan, que tarda más en congelar, sí, pero explotan, y una nevera, un congelador con un botellín explotado, da tarea, entre los cristales, la espuma congelada, el líquido amarillento de sospechoso color y el olor… no te arriendo la ganancia. El arte de sacar la cervecita justo antes del punto de congelación solo está al alcance de unos cuantos.

07/08/2026

LOS VIAJES DE LA ENVIDIA

 

Lo mejor de los viajes es contarlos. Es lo que decía al torero de las conquistas amorosas. Ligarse a la guapísima actriz tiene el componente indispensable de contarlo. Si no, ¿para qué? Y es que el placer es efímero pero el relato perdura. Si es bueno. Si por fin Colin Firth se entera de dónde estoy y viene a buscarme; antes de perderme, mandaría un par de WhatsApp, por lo menos. Ya se encargarán los amigos de que corra la voz,
Con los viajes pasa igual. El cuaderno de bitácora de un viaje es un árido documento a no ser que lo haya escrito Gabo o Reverte. Es una sucesión de fechas y datos a todas luces inservibles para el lector. Es el espacio para el desahogo. 
Un viaje en barco, día a día, es un petardo, desde el noray, luego que si la vela mayor, el Spinnaker y el foque. Venga cabos arriba y abajo, que no son cuerdas, que el agua cuerda es cabo. ¡Acabáramos! Por no hablar de los nudos, que si el as de guía, ballestrinque, nudo llano y el que a mí me deja perpleja: ahorcaperros. Si, el nombre es muy desafortunado pero se considera el único nudo corredizo realmente aceptado y utilizado con frecuencia por los marineros en cubierta. Ahí lo dejo. El viaje en barco tiene mucho curro, mucho limpiar la cubierta, miedo en ciertas ocasiones, aburrimiento a raudales. Pero las fotos y el relato obvian el tedio y resumen la aventura y la esencia de un recuerdo que es lo que se cuenta a la vuelta. Mucho tomar el sol, el viento el la cara, los baños de acrobacia desde cubierta, los avistamientos de delfines.
En general los viajes son eso, mucho lio. Confusiones en el rumbo. Que si es por aquí, que no, que es para el otro lado. El GPS ha salvado muchos matrimonios, pero no en todas partes hay cobertura. Y las crisis de orientación son de las más graves en un viaje, especialmente cuando hay prisas o presiones. Nada como ir con un sherpa en un grupo o un apache que se orienta a base de olfato y pistas invisibles.
Además, en los viajes, están los compañeros de viaje. No siempre es fácil la convivencia. Si es familia, porque es familia. Si son amigos porque se te ha olvidado lo maniático que era uno con los horarios, lo enfadado que se levantaba, lo activo que era o su poca iniciativa. Cualquier cosa, actitud, repetida durante 15 días puede sacar de quicio al contarlo. Es que la rutina es lo que tiene, es cansada, requiere grandes dosis de paciencia y eso se reserva para tu mundo más íntimo, donde los engranajes funcionan y las partes se ocupan de engrasarlos para que duren mucho porque son tu estructura. El caso es que en los viajes se puede organizar la marimorena en el día a día por una de pipas que desborda el vaso de Arquímedes... entonces se vacía del todo. Ojo.
Es bueno conocer al equipo de aventura y saber el papel que le corresponde a cada uno. Es una forma de minimizar el daño. De vuelta a casa, las miserias no salen. Salvo los aguafiestas que solo cuentan desgracias. Lo normal son las fotos del sol en el límite de irse o llegar, un barco pesquero con  un bonito que parece atún. Sonrisa de ganador.
“Vente a ver el eclipse a la Sierra de la Culebra”. Es la frase de moda, de lo más romántico que se vende estos días. Como lo fue “vente a ver rinocerontes conmigo a Sudáfrica o a Namibia”. Pero lo que no te cuenta nadie es todo lo que hay hasta que ves el puñetero eclipse o el rinoceronte de las narices. El frío o el calor que se pasa, los mosquitos, que no encuentras sitio para aparcar. No llegamos. Que resulta que tu colega de viaje es un friki del espacio y hay que hacer una maleta mini, solo viaja con tres calcetines, cada día lava uno y así cada día lleva al menos uno limpio. Pero siempre uno usado. Cada uno de un color, para no confundirse. No entramos en detalle con respecto a la ropa interior. Eso es el viaje que no se cuenta. A la vuelta quedan las risas de los protagonistas y la envidia de los que no fueron. 
Un jefe mío decía que viajar está sobrevalorado. Él prefería conocer las ciudades viendo documentales. Y es que en los viajes, como en la vida, lo importante no es donde si no con quién.

04/08/2026

LO QUE HACE NO FUMAR

El que no fuma no valora lo bastante la espita que se abre al fumarse uno un pitillo. Están mitificados algunos cigarrillos. Están sobrevalorados, no así la motivación que lleva a encenderlos. Y ahí quería yo llegar. Que cuando no se fuma las reacciones a las pequeñas tragedias y fracasos de la vida, a las alegrías, a los lutos, a la melancolía, a las ganas de celebración, son imprevisibles. ¡Qué digo imprevisibles! Entra en otra dimensión lo que puede ocurrir después de uno de esos momentos en que uno se fumaría un pitillo y resulta que ha dejado de fumar.

Dejar de fumar es una decisión horrible, en muchos casos forzados por la enfermedad. Ahí nada que decir. Pero cuando uno deja de fumar porque sí, se pasa la vida que le queda pensando ¿en qué momento? Salvo los que todo lo hacen bien, consecuentes y duraderos. Esos jamás se cuestionan nada y agitan la mano con asco y desprecio si alguien fuma cerca, o no tan cerca. Lo hacen sin disimulo, cargados de razones y ahora amparados por leyes que prohíben el tabaco en cualquier sitio decente. Leyes e ideología que asocian al fumador con el delincuente. Ellos, si pueden, les echan el sermón. Esa especie, que lo es, no merece haber empezado nunca a fumar. No se merecen haber pasado por la sublime experiencia de prender un cigarrillo, acercar la cabeza a la cerilla que te enciende él, confidencia, complicidad un roce de las manos algo más largo de lo ortodoxamente correcto. El olor de la intimidad, el efímero contacto que hace saltar una chispa y levantar la vista y mezclar las miradas. No merecen haber fumado nunca. Por no hablar del luto, la pena. Ese cigarrillo que parece que va a calmar el dolor. ¿Qué? Ya, que no lo calma. Pero la ilusión existe. O en la alegría, venga a brindar y a reír. ¿Qué cosa encaja más tras una cena, en una fiesta que ese cigarrillo viendo amanecer, atardecer...? Servir no sirve para nada. Supongo. Pero sustituto no tiene. La única opción es no hacer nada. O ponerte a discutir. Total, lo que hace no fumar. Fúmate un pitillo y no te enfades. Atiborrarse a comer no reemplaza el pitillo tampoco. Por mucho que a veces uno intente compensar o escapar por esa vía. Lo que hace no fumar.

Por eso, como ex fumadora que soy, estoy convencida de que debería llevarlo tatuado. Siempre seré ex fumadora. Lo sé. Y en esos momentos, hago disparates. Por ejemplo, el otro día, estaba leyendo un escrito imposible, retórico y tan complicado que no sabía si había pasado página o estaba todo el rato en la misma. En el pico de la desesperación, un fumador tiene dos opciones: La primera, la más inteligente desde mi punto de vista es posponer la satisfacción "cuando acabe me enciendo un pitillo": la opción B es la comodona "me fumo un pitillo y lo retomo, voy a hacer una pausa". En general la opción B no sirve de nada más que para distraerse, un pitillo lleva a otro, a una llamada por teléfono, sales a dar una vuelta y por menos de nada hasta el día siguiente no retomas el trabajo estancado. Eso sí, te has echado unas risas, has hecho amigos, igual conoces a alguien. En fin. La vida puede haber dado la vuelta con ese pequeño gesto. Sin embargo si no fumas y eres procrastinador, puede darte por limpiar los cristales, fregar la cocina o hacer un besugo a la espalda. Cualquier opción tiene igual probabilidad en ese momento en que te levantas de la silla porque te rindes, aunque sea momentáneamente. Lo que hace no fumar.  Que todo depende de cada uno, porque ¡a saber por lo que te puede dar! Lo mismo te coses un pantalón, podas lo rosales o le saltas a la yugular al primer transeúnte. Sin motivo aparente. Eso dirán las crónicas. No saben la mochila que llevas. Es lo que hace no fumar.

Está claro que las relaciones sociales son más difíciles sin el tabaco. Salvo para quien no lo haya probado o no haya llegado nunca a ser fumador. "Fuma Sofi", le decía mi abuelo a mi abuela. Y mi abuela que no. Pobrecito el abuelo, Don Luis, con sus pulmones frágiles y llenos de humo, murió pronto. La abuela, que como en tantas otras cosas, hizo lo que le dio la gana, vivió viuda muchos años con pulmones alegres.