Los años de la Escuela fueron muy
intensos y nos dejaron a todos nuestro ‘fierro’. Los estratos que se han ido
formando con nuestra pequeña e individualista historia, cual capas
sedimentarias en ocasiones alterados por intrusiones magmáticas, han conformado
nuestro perfil y alterado la silueta, entre anticlinales y sinclinales. Fallas
abiertas que un seísmo de poca energía podría poner en marcha en cualquier
momento. Una vida de meandros y cataratas de variada índole, energía potencial
que se transforma, sin destruirse. Hasta aquí hemos llegado. Entre nosotros
estamos en paz porque aún oculto entre titulaciones, cargos y
responsabilidades, si escarbas un poco, acaba saliendo el fierro.
Los años de la Escuela fue una época de
pasarlo muy bien, de estudiar como locos. O no. Corriendo de academia en
academia. Buscando sitio en clases magistrales y aburriéndonos sin entender
nada en muchas otras. Años de música y cambios. Algunos se aficionaron al mus o
a los futbolines, otros a los precios del bar, que no estaban nada mal. Fueron
años de compartir retos y objetivos sin necesidad de ser competitivos. Fueron
años de ayudarnos unos a otros, intercambiar apuntes y dudas. Prospecciones para
descubrir quién tenía mejor letra, quién apuntaba todo y dónde conseguir exámenes
de otros años. Toda una labor paralela al estudio. Los exámenes unen mucho, también.
Esos estudios que hicimos en modo
factorial, con asignaturas de 6°, 5°, 4°… salvo excepciones, aquellos a los que
la carrera no les gustó tanto y no disfrutaron del aula de exámenes como los
auténticos sufridores. Esos seres etéreos que pasaron sin respirar por la
escuela son de otro planeta, no sabían que había que hacer un trabajo en
mecánica, que se podía hacer, para subir nota, porque ellos habían
sacado un 10 en el primer parcial. Inteligentes que no pisaban las ascuas y
volaron sin mácula. Pero al cabo de más de medio siglo todo se iguala bastante.
Incluso hay quien olvida. Al cabo del tiempo los laureles y las miserias se
disuelven y se amalgaman con éxitos y heridas de toda índole, con tropezones que
nos hemos ido encontrando. Ahora solo quedan las sonrisas y la voz y la alegría
de haber compartido aquellos pupitres metálicos helados en invierno y aquellos
taburetes imposibles del aula en cuya entrada rezaba “abandonad toda esperanza”.
De la Escuela cada uno recuerda lo que puede o lo que quiere. El esquiador que
busca plaza en Georgia para un viaje especial sobre la nieve, (el que vive en
Denver, que ya no viste camiseta Hawaiana, ofrece sitio con nieve para disfrutar
del esquí), recuerda el giróscopo con el interés de un chaval, relacionándolo con
su intriga acerca de la dificultad que una moto vuelque. Otros recuerdan
preguntar en clase porqué faltaba la línea de dividir en “la” paréntesis a no sé
que profe de mates que explicaba combinatoria. Es el binomio de Newton, caballero.
A lo que el alumno contestó algo así como “yo es que no soy muy de nombres ni títulos”.
Las risas tapan las conversaciones de los comensales de otras mesas. Hay quienes se han visto mucho siempre, por amistad, afinidad o aficiones comunes y porque sí. Del mismo cole, mucho Pilarista, autentico y de la sucursal. Otros cuyos padres eran vecinos o amigos incluso compañeros también. Pero hay en la mesa, por encima de los asados y el vino, una nube de gratitud, de agradecimiento por el camino recorrido juntos o paralelos. Toda la gama de intersecciones aprendidas en descriptiva. Nos hemos cruzado, cortado y no nos hemos visto nunca. No hay más. Ni menos. Es fenomenal. Algunos viven más lejos que otros, pero todos están cerca. Desde San Sebastián a los Estados Unidos de América, Barcelona, Sevilla, Madrid. Hay quien ya se ha desvinculado del mundo laboral por circunstancias varias o variadas.
Los cambios reales son tan
insignificantes como carentes de relevancia. Algún mote ha caducado, en especial
a aquél cuyo apodo estaba relacionado quizá con el apetito, que ahora luce
abdominales hace mucho que no es bajito para su peso. Tiene riesgo de pandeo. Otros apodados por su vehículo, bicicleta, vespa, vespino, el del corsa, Saab o Corrado. Uno
que se parece mucho a Jack Nicholson, que envidia los motes ajenos, los que
huelen a camisa de palmeras (un suponer), no oye a otro amigo que sigue siendo
muy alto aunque su voz es de bajo o barítono. (Desconozco el origen de su mote).
Le acusa de hablar en una frecuencia que él ha perdido. Gajes de la edad. Lleva
la moto llena de túperes con cochinillo para el hijo, que le va a hacer
ilusión. Casi todos recurren a quevedos para leer la carta. Versión moderna, adosados
al teléfono móvil. Todos han o hemos pasado vicisitudes variadas, que medio
siglo es un montón, enfermedades absurdas y horribles que han atravesado con
honores y un fondo de agradecimiento. Es un guiso el que allí se cocinaba de
mucho sabor y poca soberbia. Se ha cocido a fuego lento. Se nos ha quemado a
todos en alguna ocasión. Pero hemos llegado con bastante dignidad y sin
quejarnos. Que la queja es muy mala. Los recuerdos de hospitales o dolores se
relatan con la misma naturalidad y distancia que sufríamos los avatares de los exámenes,
los escollos de suspender una vez y otra vez, ¡menudas recaídas!. Sin drama.
Buscando estrategias. Escuchando recomendaciones sobre el uso de bolígrafos bic,
tan útiles que fueron para algunos, sumados al uso del compás, como ayuda y
refuerzo a la hora del examen. Otras técnicas hoy obsoletas ya sustituidas por
la vulgaridad del uso de la electrónica. ¡Aprendices! Aficionados.
Hay eruditos que es imposible pensar
que entraran en el grupo de los factoriales, porque se lo saben todo. Pero es
que los 18 años no vuelven, son para pasarlo bien. Cada uno a su manera. El que
vendió la moto al acabar la carrera, cuando supo la última nota y todo lo
invirtió en dos carros de la compra llenos de lo necesario para celebrarlo. El
que todo lo recuerda. El que no se acuerda de nada. Los hubo que llegaron muy alto
y luego no tanto. Los hubo siempre jefes y siempre soldados. Los que pedían por
la derecha. De todos había entre los compañeros, el que quedó penúltimo en la
lista de los que acabaron ese año, los amigos preocupados por su reacción.
Cuando se vio dijo “he estudiado de más”. Éramos y fuimos un todouno.
Se hizo de noche, nos despedimos hasta
pronto, hasta el año que viene. Gracias a los que lo organizasteis. Gracias a
los que fuisteis. Echamos de menos a muchos. Estas cosas refrescan. Como decía alguien, es igual que volver un rato a hace 30 años...o más.






