Benditos inventores. Quiero hacer aquí un sincero homenaje a, de entre todos ellos, al anónimo y muy querido y sin embargo ignoto inventor de las bolsas de hielo.
Mucho se habla de la
bombilla o de internet. Ese paso de gigante entre la iluminación con velas y el
led. Avances inolvidables, cierto. Pero con nombre propio. El pasado de la comunicación mediante cartas, con sus sobres y sus sellos, cuyo recorrido ha sido motivo de ríos de
literatura e imaginación. Sí. Porque cómo fueron esas misivas desde el ínclito
Filípides, soldado griego que recorrió los 40 km que separan Atenas de Maratón para comunicar la victoria de los griegos, pasando por las cartas de amor desde la guerra o hacia
el frente. Las cartas de los hijos que marchaban a estudiar o a trabajar lejos de casa. Y de
pronto un WhatsApp desde Australia. Tal cual. Ya no hay cartas ni excusas. Si no hablas
con tu marido o con tus padres es porque no te da la gana. Porque desde un Cali
post sismo, a la pocas horas, Fer nos tranquiliza, que están todos bien. A pesar de esa imagen de una catedral en derrumbe, del suelo que se mueve. Pasos
de gigante. Ese romanticismo que generaba la distancia se ha eclipsado tanto como se ha perdido la magia del anochecer, que vamos hacia el albedrío de cambiar a demanda la noche por el día, no viceversa. Aberraciones varias.
Mucho menos serio y trascendente es la invención de la bolsa de hielo. Edison se llevó la gloria con su patente; dicen que fue en 1914 cuando una poco conocida Florencia Parpart, inventó la nevera, ignoro si ella misma incorporó el congelador y dentro de éste esos malignos cachivaches de plástico: las hieleras o cubiteras.
Que yo me acuerde, al principio eran rígidas, metálicas, con un cacharro dentro extraíble que era el compartimentador, por así decirlo. Progresivamente se fueron flexibilizando. Las dedos se quedaban adheridos a la superficie metálica helada, tanto peor si lo hacías sin ponerlas
bajo el grifo previamente a aplicar presión en el trasdós. Las del plástico fueron un ligero avance en cuanto a ligereza y adherencia táctil, empeoró en cambio la higiene por la dificultad de limpiarlos. Acumulaban guarrería en los múltiples recovecos de los que los originales carecían. Que podían ir en directo al friegaplatos.
Por no hablar del llenado de las hieleras.
Que no había que llenarlas del todo es hecho conocido por todos. Unos en modo
científico y otros por experiencia que es la madre de la otra. Que el agua
aumenta de volumen al pasar de líquido a sólido. Sí. Ahora bien ¿cuánto? Había
quien pensaba que se multiplicaba por mil, rellenando los cachorrillos con una
fina lámina que no servía ni para un güisqui (usando una entera); otros
olvidaban el fenómeno y las llenaban al ras, con lo que al sacar los hielos
eran generosos pero muchas veces se unían unos con otros montando una especie
de súper tableta de chocolate transparente. Que no había quien rompiera.
Siempre había alguien, generalmente un hermano,
que sacaba un par de hielos para una Coca Cola y no rellenaba el resto, el
siguiente hacía lo mismo, hasta que llegaba uno que se encontraba un solitario
hielo, lo usaba y devolvía la hielera al congelador vacía: por si alguien no
quería hielo.
No nos podemos olvidar del ese momento que
es la introducción de la hilera en el congelador. Hay congeladores y
congeladores y hay pulsos y pulsos pero debemos reconocer que llevar la hielera
llena desde el grifo al congelador es un reto del que no es fácil salir victorioso. El proceso empieza por el llenado. Cierras el grifo o no, tras hacerlo. Quizá
puedas llevar la hielera con una mano, o lo mejor no te atreves. Más sensato. Te diriges a
la nevera. Lo normal es ir con la hielera sujeta por los extremos usando ambas
manos y sacando la lengua por un lateral de la boca, o por el centro,
dependiendo del grado de concentración. Vas mirando el agua que inevitablemente se
mueve. Con cuidado. No quieres dejar reguero en el suelo. ¡Porras!. Está cerrada
la puerta de la nevera. Puede tratarse de congelador puro y duro o congelador
de cajones. Tanto da. En el caso del congelador puro y duro, por muy “no frost” que marque su etiqueta, todos
hemos tenido esa experiencia de intentar abrir la puerta sin entrenamiento
previo. Cuando la ves cerrada sabes que con una mano no vas a poder. Si hay
encimera cercana y despejada, procedes a depositar tu carga; en caso contrario,
vuelves al fregadero. Abres la puerta del congelador cruzando los dedos para
que no se cierre sola, que no es hipótesis a descartar. En ocasiones es
recomendable llevar en mano trapito limpio para impedir el portazo. Y vuelta
con la hielera. En el caso de congelador con cajones el problema se puede o
suele dar al abrir en cajón en cuestión. Recomiendo encarecidamente abrir antes
de llegar y especialmente sugiero comprobar que hay hueco. Porque ese último
paso de depositar el recipiente lleno de líquido es actividad de alto riesgo. Teniendo en cuenta que no puedes inclinar tu carga para que quepa por razones evidentes.
Ya sea porque el espacio sea escaso, porque sea irregular la superficie de
apoyo (bolsa ve verdura, por ejemplo: unos guisantes), o por una interjección no
necesariamente mal intencionada en el momento de tan delicada maniobra, basta que alguien te llame para que pierdas la
concentración y se derrame el agua
dentro del congelador que siempre es peor que fuera. Porque la desidia hace que
ese agüilla que se le cae a uno en el interior del congelador se convierta en
tu pecado venial inconfesable. Y esa lámina, ese agua, también se congela y se
une a los problemas ocasionados por no cerrar la puerta y que se forme
hielo en las neveras no frost. Todo suma y convierte una nevera limpia
en una suerte de obstáculos incrustados en el hielo que rodea las superficies.
No hablamos ya de si la nevera está sucia o hay restos alimenticios olvidados.
Por eso y por mucho más quiero dejar aquí
por escrito mi sincero agradecimiento al anónimo invertor del hielo en bolsa.
Barato me parece con la cantidad de disgustos que evita. Y con la cantidad de
alegría en potencia asociada a su adquisición. Esos cubatas con el hielo perfecto. Ese café con hielo frío, no medio medio. Por no hablar de los cubitos mini,
para preparar cócteles o expresos Martini, tan en boga en algunas latitudes.
Que vivan las bolsas de hielo y que vivan
los inventos paralelos, tipo bolsa de agua llena (no completamente, recuérdese el tema
del aumento de volumen) que se deja congelar y luego se introduce en nevera
portátil para llevarse de merendola las coca colas y los botellines. Quien dice
botellines dice unas ostras o lo que haga falta para celebrar, que hay que
celebrar. Ojito a meter botellines en el congelador, que explotan y también las
latas explotan, sí aunque tengan alcohol, explotan, que tarda más en congelar, sí,
pero explotan, y una nevera, un congelador con un botellín
explotado, da tarea, entre los cristales, la espuma congelada, el líquido
amarillento de sospechoso color y el olor… no te arriendo la ganancia. El arte de sacar la cervecita justo antes del punto de congelación solo está al alcance de unos cuantos.






