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13/04/2022

QUE ME GUSTAN LAS HISTORIAS

El relator de historias es como el payaso. Un héroe que consigue vivir a través del relato. Así como el payaso camufla su tristeza ganando la sonrisa ajena, el relator de historias capta el pasmo y la atención del público a través del disfraz de la mísera vida que le acompaña. De esa forma el contador de historias colorea su biografía para esconder su pena. El contador de historias vive una vida anónima que comparte vestida de alegría y de misterio, o de según.

A mí de pequeña siempre me pasaban cosas. Iba a un colegio sin más vallas ni límites que el arbolado de un parque cercano a una carretera. Confundía sin querer fantasía y realidad, en ese espacio enorme que albergaba mi recreo. De vuelta a la seguridad de mi casa, donde siempre recuerdo a mis padres. De vuelta a casa, al sol de mi terraza, llena de flores que me encantaba cuidar. De vuelta a casa intentaba compartir mi jornada, ante el desconcierto de mis progenitores que pacientes escuchaban que la Casa de La Moneda había ardido. Esta vez sí que sí, por enésima vez ese mes. Pero para mí eran cosas de verdad. Y es que la vida interior es lo que tiene, que es verdadera, lo que pasa es que no se puede demostrar.


Por eso sé que me gustan las historias. Así, si un día se va la luz en casa no es que se haya ido la luz. No. Tengo que contarlo desde el principio. "Era un día de diario, los chicos habían llegado tarde, o pronto, según se mire. Ante el asombro de los progenitores,  aparecieron acompañados por amigos o conocidos, que viven lejos mamá, ¿se pueden quedar a dormir? Pues claro. Ni mención a la ingesta que les pudo impedir, con sabia prudencia, poner manos al volante. Ni falta que hace. Yo juro y perjuro que les voy a despertar a la hora de siempre, y que van a clase todos, de eso me encargo yo. Buena soy cuando me pongo. Si me viera vuestro padre se sorprendería de mi estricta educación. Acabáramos. Dispuesta estoy al Quinto Levanta. Por lo visto entran a las diez, que falta un profesor. Acepto como bueno el argumento. Yo a la hora de siempre, vestida de marrón, ibas a clase sin protestar, cigarros en un balcón, antes de que salga el sol, justo cuando terminan de acomodar colchones y camas plegables en el cuarto de la plancha, que no caben todos en uno, ya les hubiera gustado. Se separan en chicas y chicos. Yo, sin despertador, oyendo ronquidos de paz, me dispongo al aseo propio y a seguir mi rutina. Últimamente juego a rellenar espacios en una suerte de reto para encontrar una palabra escondida. Algo parecido al ahorcado, que practicábamos es clase, para desespero de un profesor de filosofía cuyo puente de la nariz no sujetaba sus enormes gafas de concha. Mientras degusto un café recalentado pruebo letras hasta el acierto o el fracaso. La casa está llena de luz, ventajas de los áticos y casas con vistas. El agua de la bañera está tibia, me he entretenido regando los pensamientos, los reales y los propios. Abro el grifo para disfrutar un rato más del agua. Al principio sale templada, al momento es un témpano, ya quisiera la casa de las escaleras, donde una época fuimos, quizá felices sin saberlo, tener agua tan fría. Allí no había agua en la nevera. No hacía falta. El agua helada me impulsa a acabar con los enjuagues. Salgo dispuesta a enfrentar la jornada. Revisión de correos y agenda a punto con mi Moleskine de turno. Pero antes, algunas tareas propias de mi sexo y condición; voy a poner una lavadora y el friegaplatos, así voy avanzando y está todo seco para la plancha de por la tarde y los enseres limpios para la comida. Jabón, suavizante, un poquito de KH7 a ver si se va esta mancha. Programa de hora y media, temperatura 40º, tampoco te pases que luego encoge todo. Solo ropa del mismo color. Nunca es tarde para aprender. ¡Vaya!, no funciona la lavadora. Está bien cerrada la puerta, sí. No se enciende ninguna luz. Bueno, estará desenchufada. En la radio parlotean, el embajador de Rusia argumenta en contra de los tertulianos. Días de luto en Europa y en el mundo. Me voy a tomar otro café, o a volver a calentar el que me he dejado a medias. ¡Vaya!, no funciona tampoco el microondas. En casa de los padres, de los míos, no había microondas, por el corazón de padre. Cosas nuestras. Lo curioso es que se ha fundido la luz de la nevera. ¡Todo pasa a la vez! Me siento en la mesa de trabajo, aún pueden dormir un rato los chavales. ¡Qué raro no tener correo! "No hay conexión" me avisa san Google. ¡Coño, que se ha ido la luz!

Y es que a mí me gustan las historias y por eso los chavales no fueron a clase ese día de abril, no porque yo sea una blanda que no sé poner límites. Sino porque me parecía un despropósito que salieran sin ducharse después de una noche de farra. ¿Qué? Es que me gustan las historias.


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