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03/06/2022

¿MERCADILLOS (VINTAGE) O POP UPS O SHOW ROOMS?

¿Y tu?, ¿tú de quién eres? Estaba pensando que una cosa es participar en un mercadillo, mercadillo: Véase el de Nava. Y y otra que no tiene nada que ver, es hacerlo en un Show Room. Calidad, que diría mi amigo noruego. Es como vivir en el barrio de Salamanca, al ladito del Retiro. Calidad. Y "bajar" a desayunar con el periódico en un bar de la calle Castelló. El periódico, ABC, El País (por contrastar) Expansión, Le Monde, FINANCIAL TIMES, The Guardian. Hace falta un ratillo y no tener prisa. Café solo, zumo y tostada con mantequilla. En Almagro, el equivalente, sin el Retiro al lado, es RICHELIEU, con ese aroma a madera, camareros que llaman por su nombre a la clientela sin olvidar el usted. Unos torteles que si no son de Mallorca, lo parecen. Como en el salón de casa. Calidad.

El Mercadillo de Nava, donde Payo y Javier Lafont,  (alias fundido, baloncestista por afición) vendían flautas, que no sé de dónde sacaban; por cierto Ramón se fue, una pena;  el mercadillo de Nava, donde las niñas de la "urba" desplegaban en una mesita collares hechos con pasta de estrellas y macarrones o caracolillos si habían ido al mar. El mercadillo de Nava, donde un espabilado vendía polos caseros que llevaba en una neverita. de toda confianza. Si te pones malo es tu culpa, control de trazabilidad el del que cocina para los que quiere. El mercadillo de Nava, punto de encuentro. El mercadillo se llama ahora Mercadillo Vintage de Navacerrada. No es lo mismo. ¿En qué ha cambiado? El precio del puesto a lo mejor. Y es que no tiene nada que ver Vintage con segunda mano. A mi me molaba el de antes. Con gente de todo tipo. La furgoneta aparcada detrás de cada chiringo. En verano a pasar calor y compadrear. En invierno, si lluvia, no hay sarao. Los gitanos en la zona de sombra voceando las rebajas y ofertones de última hora. Simpáticos. Una señora que vendía relojes rusos, otra que hacía collares imposibles de lucir, maravillosos, pero que pesaban más que la corona de Isabel II, otro con discos y libros, dibujos imposibles. Extendido en el suelo de aquella manera. O con gusto. Según. Como los bocadillos de los que hablaba padre.

Nosotros participamos una vez. La familia. Con unos muebles que la madre de ley conseguía en sus viajes sureños, con entusiasmo, buen gusto y energía. Como es ella. Cargaban el Toyota la mañana del domingo. Cabía la vida entera. Allá que bajaba el clan al pantano. Discusiones y risas eran ingredientes concomitantes. Ya abajo los cuadros alegraban la imagen y conjuntos  de vajillas; mesas y mesillas; lámparas; sillas, sillones y sofás; figurantes de salones ficticios, para disfrutar del aire libre e incluso el confinado. Los amigos, los cigarros entretenían la mañana. El dinero ganado, al término de la jornada se esfumaba entre berberechos y fino bien frío. Un disfrute en toda regla. Una manera de vivirlo.

Otra cosa es, nada que ver, participar en un Show Room. En estos no hay ese ambiente de regateo, de compadreo. No es lo mismo. No...es lo mismo. Por eso, nada como lanzarse al estrellato. Para estrellarse. Nada como hacerlo sin paracaídas. Sábado por la mañana. Que no tiene uno cosas que hacer, pues por eso. Voy a montar un puesto en un mercadillo. En un espacio, como se dice ahora. No en un local. Ojito. En un espacio. Otra diferencia.

Una época me dio por hacer collares. Y cuando me pongo, me pongo. Mi madre era Penélope, mientras viaja padre ella tejía su punto con destreza y un chéster en el cenicero. Y empecé a producir. Mis motivos tenía. El caso es que me aficioné. No sé si por nervio o terapia. Me ayudaban los parientes a sacar la producción. Se los llevaban a la oficina las cuñadas y los lucían en sus camisetas blancas como modelos de lujo. Una cosa llevaba a la otra. Compraba piedras para hacerlos y los vendía para hacer más, para comprar más piedras, flores, cordones diferentes. Iba cambiando de registro, de idea, de longitud de onda. Intercalaba piedras con flores, cristales con gemas, madera, terciopelo, Jade, Murano, seda, cascabeles. Hasta que se me llenó todo. Hasta que de los cajones salían flores de tela, hilos teñidos. Ya no sé si aprovechaba los viajes para comprar tesoros, con tu ayuda exquisita siempre. Ya no sé si viajaba para comprar piedras y perlas. Amigo o pariente que viajaba, amigo la que subcontrataba un encarguito. Denominación de origen.

Me pareció una idea estupenda ir a un mercadillo. Novata de mí. Llegué con mis bártulos en una maleta (me pareció un ideón) pensé que me había equivocado porque no había nadie mas que la dueña del "espacio". Una maravilla de local, ex restaurante, en el límite de la Guindalera con el barrio de Salamanca. Corazón madrileño con alma de barrio, aunque no sea Chamberí. Que es el centro, vale, pero hay muchos centros y encontrar el epi no es tarea fácil. Ventanas largas, que no altas, espacio garaje. Techos ad hoc. Instalaciones a la vista. Tuberías de plata, luces directas. Focos de acción.

Me dispongo a organizarme entre borriquetas y la paciencia que Dios me ha dado para escuchar las quejas ajenas. Hace falta valor. Hay diferencias en la distribución de espacios.  A mí todo me vale. Llegan las profesionales y algún gesto se tuerce. Hay quien vende maravillosos vestidos bordados a mano, de niño y mujer. Tienen cosas preciosas. Unas telas que la creadora inventa e imprime... Unos precios. Pero lo mejor es lenguaje. Todas (no soy de podemos, es que son chicas, mujeres todas) se alaban entre ellas. ¡Ay que cosas más ideales! Míralo, Fulanita, ¿a que es ideal?. Me encanta, me encanta y me encanta. Me rechifla. Pero por favor, si es como lo que le llevas puesto, no me puede gustar más. Ideal. Y todas se prueban lo de todas. ¿Cómo me ves? Ideal. Te queda pinchado. Está hecho para ti. Si yo esto lo hago por hobby. ¡Ole! Por hobby. Esto es una paliza. Y yo de espectadora ilustrada que no invisible. 

Lo mejor, las risas entre compis de chiringo. Yo, que ando reticente a la vida social, me doy un baño de risas ese sábado, me rebozo en compadreo tipo marcadillo de Nava. ¿Te traigo algo? ¿Cómo no vas a comer? Me he traído mandarinas. Pero hija que eso no es nada. Tengo reservas, no se preocupe. Mi hermana me trae avituallamiento ¡un inglés! y al baño voy cuando vienen a verme mis fieles, las economistas de lujo. Por no pedir, como decía mi padre. Pide cuando necesites. Pues no. Relaciones distintas, apoyo al desconocido. Conocer cosas nuevas. Coincidencias. Y un tío que vendía toallas de playa que se convertían en bolsos. Ojito, que lo tiene patentado. Eso sí, pido no llevar la bolsa, porque caber lo mismo que en el Toyota, la playa entera. Unas amigas vendiendo calcetines de todo tipo, majísimas. Otra con ropa de verano, pareos y bañadores tan elegantes que lo mismo puedes ir a cenar sin cambiarte. ¿Me cuidas el puesto? La flaquita, madre de familia enorme, que borda y dibuja sus propias telas. Nido de abeja que me lleva a comuniones y fiestas de L a infancia y sandwich mixto. Bañadores de chico a precio. Y en la esquina, con un cestito lleno de sugus, unas hermanas con ropa exquisita, diferente, única, preciosa. La marca tiene nombre de cuento. De cuento son las blusas, los vestidos, cada prenda que venden. Todo eso y mucho más, y yo con mis collares y mis servilleteros. Mi primera venta: a una señora del barrio, es que yo estoy sola, me llevo uno servilletero para un día que me haga una comida especial. Gracias. Dos euros. 



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