La historia transcurre en su mayor parte en una ciudad de Irlanda. Podría haber sido Segovia. O no. Ocurren muchas cosas o pocas, según lo mires; es un trozo de vida de alguien, tal cual.
Cuando quieres coger un atajo en la lectura, saltarte un par de líneas, un párrafo, para anticipar el desenlace, cuando tienes la tentación de leer en diagonal, no puedes evitar volver, porque sabes que te pierdes las palabras. Estás obviando la magia.
La historia transcurre en Irlanda. O en Segovia, según. Es impresionante lo que nos parecemos irlandeses y españoles. Más de lo que confesamos. Recuerdo la primera vez que fui a Dublín. Lluvia fina, como el título de un libro. Debía ser primavera. Las terrazas estaban llenas de gente y de algarabía, de conversación, de risas, de voces, alboroto, de confidencias al abrigo de los brindis. Era lunes o martes, no sé. No era un día de fiesta, era un día cualquiera. Los irlandeses salen a tomar algo igual que los españoles, para charlar, para socializar, no tienen la soledad o el silencio del inglés bebiendo. (Hablo de lo que conozco, malo es generalizar) Pero yo atribuyo a ese carácter abierto, el éxito de los bares irlandeses en Madrid a mediados y finales de los 90, en la cola de la movida. Como alternativa a Malasaña, el Penta, la Vía Láctea, los Gincases, ese bar de rokers, King Creole, donde había que llamar a un timbre y te juzgaban a través de una mirilla si eras digno o no de entrar. El Delaneys, con su enorme pasillo y sin límite de aforo. El Portalón, con sus mesas de hierro y mármol, antiguas ocupantes de un taller de costura. La foto de Pat Metheny en rojo detrás de la barra, del primo Juan. En fin. Noches de efluvios y amores perdidos. Aparecieron después todos los O’Connors, Finnegans, bares de puntas, camarón que no hablaban español y que pasaron unos años estupendos en Madrid, combinado trabajo nocturno con clases de inglés.
Rachel podría haber sido cualquier amiga de los 90, una universitaria con sus conflictos, con sus amigos, sus alegrías y sus miserias. Llorando a amores platónicos inconsciente de la luz que irradia, arrasando sobre los rastrojos de la vida, sembrando discordia y cariño sin ser darse cuenta. Corriendo por los días como si huyera, con esa intranquilidad de la adolescencia cuando se prolonga demasiado y no deja paso a la madurez. Atragantándose con la rutina y los deberes diarios. Una irlandesa es Rachel. Podrías haber sido tú. Podría haber sido cualquiera o ninguna de nosotras. Con historias distintas o iguales. Protagonista y única. Referente y ausente. Llena de convicciones y con ausencia de normas aceptadas. En debate interno constante a la vez que se sume en el disparate. Sin saber si se estaba saltando una prohibición o un simple obstáculo, creando sin saberlo sus propios recuerdos, su historia única. Inconsciente del paso de los días y la vida.
Me lo apunto!
ResponderEliminarOjalá te guste
ResponderEliminarTomo nota
ResponderEliminar