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08/05/2026

MUCHA IA

No quiero una inteligencia artificial que redacte mis informes ni opere a mis pacientes. No quiero una IA que escriba mis discursos ni decida la estrategia militar de mi país.

Quiero una IA que cambie la sábanas los viernes y me las ponga limpias junto con un camisón recién planchado en la colcha impecable. Quiero una IA que los lunes y jueves cambie las toallas, que friegue el baño a conciencia y deje la cocina como los chorros del oro. Que si hay que echar una gotita de vinagre en el cubo de la fregona una vez al mes, para que brille el parqué, proceda. Que los armarios estén como para meterse a vivir dentro o tenerlos abiertos y que el público los visite; que no haya una mota de polvo en los cuadros al pasar el dedo y no digamos pelusas rebeldes bajo los sofás. Que los cristales estén tan limpios que parezca que está abierta la ventana. Que los espejos reluzcan aunque no me guste lo que vea. Que no haya esquina ni cajón con una miga traviesa que sea capaz de atraer a un bicho, sea insecto o roedor. Que las moscas no encuentren atractivo en atravesar en aire de mi estancia, que huele tanto a limpio que les espanta sin necesidad de insecticida.

No quiero una cuidadora, no quiero una limpiadora, no quiero un robot que todo lo friegue. Quiero que la IA coloque el friegaplatos, tienda la ropa y la planche ordenada, quiero que me haga el cambio de armario. "¡Ay hija a mí me encanta en cambio de armario, recordar la ropa del verano, seleccionar lo que me va más este año, que vuelven las modas!". ¡Patrañas!. Como la puñetera Dyson y el Rumba. O la THERMOMIX. Mucho robot y mucha ayuda, pero luego hay que limpiarlos. Si, y eso la IA no lo hace, los pelos y los atascos, los cables que se enredan y se caen las lámparas y los ordenadores, las pantallas. Que parece que ha habido una guerra después de que trabaje el Rumba. Destroza alfombras, que empieza a tirar de un hilo y es como el tonto, que se acaba la linde y sigue, pues el Rumba lo mismo; arrasa con todo, en un descuido: o se engancha y desaparece por sitios insospechados. Y tú me dirás, hombre, "ponlo estando en casa". No sabes de su poder hipnótico. ¿Para qué quieres una mascota? No dejas de perseguirle.

 

Quiero que la IA ordene mi librería, por orden de autor, "¡ay que bonito es ordenarla tú! Así lo haces a tu gusta". Falso. Es una paliza de campeonato. Quiero que los cajones de la cocina estén relucientes como todo lo que guardo en ellos. La mesa puesta cuando voy a comer y la comida en su punto. No quiero ir a un restaurante ni a un hotel. Quiero que la IA se dedique a lo que importa, que para operar esa rodilla ya me pongo yo.

 

Que yo no quiero tanta IA que me organice la vida. ¿Qué pasa?, que se puede ser ingeniero de la NASA a base de mucha IA, conquistar Marte y llegar a la luna metiéndose uno repetidamente en ChatGPT, pero que le hagan la cama a uno, no. Que cambie las cortinas, que sacuda los cojines, en eso no se mete la IA. Pero los seis años de medicina más el MIR me los sustituye el ChatGPT en un “pispás” interpretando una radiografía o diciéndome qué tengo que tomar para mi cardiopatía, sin pasar por la lista de espera de la Concha. O me hace un plano sugiriendo la ubicación de las bajantes al diseñar un apartamento en Benicarló. ¡Vaya por Dios!. Tanto estudiar para que una máquina me diga la sentencia que aplica al caso que me ocupa en un nanosegundo y yo que estudié notarías… ¿para qué?, mucho abogado del Estado, y resulta que se lo pregunto al chat y no falla.

Da miedo todos iguales sin colores, da miedo los proyectos iguales, los edificios iguales, vestidos iguales, diciendo lo mismo. Da miedo tanta consigna y tanta homogeneidad. Da susto. Que al final nos convierta la IA en robots,

Señores desarrolladores de la IA déjense que ayudarnos a escribir correos o a aprobar exámenes, no quiero grandes logros ni fuegos artificiales, quiero tener la casa como una patena y ya me ocupo yo de mis pacientes y mis asuntos. ¡Y no digamos ya si me hace un par de huevos fritos con patatas y luego me deja todo recogido! Quiero hacer fiestas en casa, comilonas, chispunes y tomar gin-tonics hasta quedarnos roques. Y bailar y reírnos. Y ponerme lo que me de la gana. ¡Tanta IA!


03/05/2026

NO PODRÍA SER INFLUENCER

Yo compro por impulsos, funciono como una bomba de pistón. O no piso o una tienda o me doy un homenaje. Funciono como un relé. A mí lo de comprar me da por rachas, ya sea para lo cotidiano o lo extraordinario. Me puedo pasar diez años queriendo tirar todos mis jerséis, sin comprarme nada, aunque tenga agujeros toda mi indumentaria, aunque trasparenten las camisetas,… que no me abrochen los pantalones o me queden anchos. Si estoy de no comprar, no compro. No puedo tener un accidente. No estoy preparada. Eso sí, si me cambia de pronto el “chip”, o mis niños me dicen que necesitan algo, que se preparen los terminales y las bacaladeras, que voy para allá, no hay dique que contenga mi afán consumista.


En el supermercado, me pasa lo mismo. No soy de grises, o mi nevera boza, o está vacía. O tengo preparada la despensa para un COVID, una DANA, una FILOMENA y una invasión alienígena, todo junto y a la vez, sin solución de continuidad, o me da por usarlo todo, aprovechar restos para croquetas, sacar latas del Pleistoceno.  Cocinar y preparar comidas para 
que no caduquen ni se me estropeen las lechugas; y hasta que en los cajones del frigo no corren las pelusillas del frío, huérfanas, no vuelvo a hacer la compra. Y no digamos ya si se trata de cosméticos, cremitas y otras lindezas. Si fui de viaje una vez e hice acopio de botecitos varios de gel, suavizante, crema hidratante y champú, mini jabones, etc., hasta que no se acaba todo, todito, no compro ni Johnson's para niños, por no comprar. Pero cuando me da, me da. Es como lo de ahorrar, soy de blanco y negro, lo doy todo o me hago marcas con el cinturón.

Pues hoy he ido al Mercadona, se me había acabado la Nivea, recordando a mi abuela Sofía y a mi madre, con su piel de algodón suave, me ha dado por atribuir a la Nivea tan preciado acabado superficial. Frente a la sección de cremas estaban paradas tres personas: un elegante caballero, recién jubilado que ha asumido las tareas de abastecimiento de su casa y se debatía frente a las ofertas de cremas varias con el encargo en la cabeza de su santa esposa, que no recuerda con exactitud, solo ha apuntado “crema de manos”. Junto a él una empleada del hogar, que no se ha quitado el uniforme de camias con florecitas y pantalón a juego, sin el delantal. Se cubre con un abrigo fino. Mira las cremas dudando entre precio y calidad. Y la tercera persona es una señora que tiene prisa, ejecutiva agresiva, mujer empoderada, a saber. Cuelo mi brazo entre los tres y pillo una lata azul de Nivea que echo al carro. Veo que los tres reaccionan de inmediato y se deciden, el señor coge dos latas, con seguridad; la empleada una, con tranquilidad; y la estupenda otra, con disimulo, no quiere ser igual que los demás. Me fijo en el precio, cuatro y pico, veo la crema de marca blanca, 1.8€, en cuanto la zona se despeja doy el cambiazo. Me lo ahorro. Y luego pienso: qué antipática soy, no puedo ser “influencer”.