En el supermercado, me pasa lo mismo. No soy
de grises, o mi nevera boza, o está vacía. O tengo preparada la despensa para
un COVID, una DANA, una FILOMENA y una invasión alienígena, todo junto y a la
vez, sin solución de continuidad, o me da por usarlo todo, aprovechar restos para croquetas, sacar latas del Pleistoceno. Cocinar y preparar comidas para que no caduquen ni se me estropeen las lechugas; y hasta que en los cajones del frigo no corren
las pelusillas del frío, huérfanas, no vuelvo a hacer la compra. Y no digamos ya si
se trata de cosméticos, cremitas y otras lindezas. Si fui de viaje una vez e hice
acopio de botecitos varios de gel, suavizante, crema hidratante y champú, mini jabones, etc., hasta
que no se acaba todo, todito, no compro ni Johnson's para niños, por no comprar. Pero cuando me da,
me da. Es como lo de ahorrar, soy de blanco y negro, lo doy todo o me hago marcas con el cinturón.
Pues hoy he ido al Mercadona, se me había
acabado la Nivea, recordando a mi abuela Sofía y a mi madre, con su piel de
algodón suave, me ha dado por atribuir a la Nivea tan preciado acabado superficial.
Frente a la sección de cremas estaban paradas tres personas: un elegante caballero,
recién jubilado que ha asumido las tareas de abastecimiento de su casa y se
debatía frente a las ofertas de cremas varias con el encargo en la cabeza de su
santa esposa, que no recuerda con exactitud, solo ha apuntado “crema de manos”.
Junto a él una empleada del hogar, que no se ha quitado el uniforme de camias
con florecitas y pantalón a juego, sin el delantal. Se cubre con un abrigo
fino. Mira las cremas dudando entre precio y calidad. Y la tercera persona es
una señora que tiene prisa, ejecutiva agresiva, mujer empoderada, a saber. Cuelo
mi brazo entre los tres y pillo una lata azul de Nivea que echo al carro. Veo
que los tres reaccionan de inmediato y se deciden, el señor coge dos latas, con
seguridad; la empleada una, con tranquilidad; y la estupenda otra, con disimulo,
no quiere ser igual que los demás. Me fijo en el precio, cuatro y pico, veo la crema
de marca blanca, 1.8€, en cuanto la zona se despeja doy el cambiazo. Me lo ahorro.
Y luego pienso: qué antipática soy, no puedo ser “influencer”.
