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03/05/2026

NO PODRÍA SER INFLUENCER

Yo compro por impulsos, como una bomba de pistón. O no piso o una tienda o me doy un homenaje. Funciono como un relé. A mí lo de comprar me da por rachas, ya sea para lo cotidiano o lo extraordinario. Me puedo pasar diez años queriendo tirar todos mis jerséis, sin comprarme nada, aunque tenga agujeros toda mi indumentaria, aunque trasparenten las camisetas,… que no me abrochen los pantalones o me queden anchos. Si estoy de no comprar, no compro. No puedo tener un accidente. No estoy preparada. Eso sí, si me cambia de pronto el “chip”, o mis niños me dicen que necesitan algo, que se preparen los terminales y las bacaladeras, que voy para allá, no hay dique que contenga mi afán consumista.


En el supermercado, me pasa lo mismo. No soy de grises, o mi nevera boza, o está vacía. O tengo preparada la despensa para un COVID, una DANA, una FILOMENA y una invasión alienígena, todo junto y a la vez, sin solución de continuidad, o me da por usarlo todo, aprovechar restos para croquetas, sacar latas del Pleistoceno.  Cocinar y preparar comidas para 
que no caduquen ni se me estropeen las lechugas; y hasta que en los cajones del frigo no corren las pelusillas del frío, huérfanas, no vuelvo a hacer la compra. Y no digamos ya si se trata de cosméticos, cremitas y otras lindezas. Si fui de viaje una vez e hice acopio de botecitos varios de gel, suavizante, crema hidratante y champú, mini jabones, etc., hasta que no se acaba todo, todito, no compro ni Johnson's para niños, por no comprar. Pero cuando me da, me da. Es como lo de ahorrar, soy de blanco y negro, lo doy todo o me hago marcas con el cinturón.

Pues hoy he ido al Mercadona, se me había acabado la Nivea, recordando a mi abuela Sofía y a mi madre, con su piel de algodón suave, me ha dado por atribuir a la Nivea tan preciado acabado superficial. Frente a la sección de cremas estaban paradas tres personas: un elegante caballero, recién jubilado que ha asumido las tareas de abastecimiento de su casa y se debatía frente a las ofertas de cremas varias con el encargo en la cabeza de su santa esposa, que no recuerda con exactitud, solo ha apuntado “crema de manos”. Junto a él una empleada del hogar, que no se ha quitado el uniforme de camias con florecitas y pantalón a juego, sin el delantal. Se cubre con un abrigo fino. Mira las cremas dudando entre precio y calidad. Y la tercera persona es una señora que tiene prisa, ejecutiva agresiva, mujer empoderada, a saber. Cuelo mi brazo entre los tres y pillo una lata azul de Nivea que echo al carro. Veo que los tres reaccionan de inmediato y se deciden, el señor coge dos latas, con seguridad; la empleada una, con tranquilidad; y la estupenda otra, con disimulo, no quiere ser igual que los demás. Me fijo en el precio, cuatro y pico, veo la crema de marca blanca, 1.8€, en cuanto la zona se despeja doy el cambiazo. Me lo ahorro. Y luego pienso: qué antipática soy, no puedo ser “influencer”.

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