El programa Ilustres Ignorantes, al que yo insisto en llamar Presuntos Ignorantes, que no implicados; empieza siempre con una dedicatoria a un grupo social., etnia , o a cualquier asunto que le apetezca al conductor que para eso es el que manda. El otro día se lo dedicaron a ese estrato humano formado por aquellos peatones que saludan a los conductores, a modo de agradecimiento cuando un conductor frena para dejarle ejercer su derecho de atravesar la calle por el asfalto rallado. Agachan un poquito la cabeza, buscando la mirada de quien vaya al volante, a veces esquiva, y levantan la mano acompañando el gesto de la cara.
Normalmente el conductor ignora deliberadamente el saludo del agradecido peatón, como si éste fuera transparente. El peatón busca la intersección de las trayectorias de las miradas, con poca fortuna. Puede que la miopía o el lamentable estado del cristal, o lo reluciente que luce y refracta, depende; impidan al pobre peatón ver cómo el conductor consulta su teléfono por si hay mensajes o programa el navegador para optimizar su trayecto., haciendo caso omiso a los infructuosos intentos de conexión. El conductor se para por civismo o por obligación o porque no le compensa atropellar al pobre estudiante, mochila en mano, que se dirige al metro para ir a la universidad a hacer un examen. A la señora que arrastra el carro de la compra y contra todo lo que hace pensar por estereotipo o convenciones, es médico de familia, química nuclear, astronauta en funciones o secretaria del CEO de una Gran Cuatro. Es jefaza en iuai (E&Y), ingeniera de la NASA o investigadora del CSID. Pero sus hijos comen todos los días y también ella tiene que hacer la compra. Saluda agradecida sin esperar a cambio mas que no se le escape el pie al pirado que acelera impaciente para que no se le cale el coche y se vea en una camilla con todo lo que tiene que hacer. Por una confusión, total, entre embrague y acelerador.
Esos seres ingenuos que saludan al conductor cuando frenan y no les atropellan son creyentes, aún tienen fe en la humanidad. Son buenas personas, rezuman bondad, son la encarnación de los ángeles en la Tierra. Seres de luz que aún empatizan con el otro, creen en él . Se pueden salvar y salvarnos a todos, porque de ellos depende que el mundo no se rompa. Personas que echan el pie al asfalto con la confianza, con la esperanza de que aquel que está dispuesto a acelerar con tal de evitar un frenazo y ganar así un minuto en su intensa vida, les atisbe por el rabillo de su prisa y frenen, a ser posible, a tiempo y sin insultos. Esos seres que monetarizan su tiempo hasta límites insondables se paran porque no tienen más remedio. Porque pro su cerebro pasan las imágenes de la grúa, la policía, un atestado y posible juicio si es que el osado peatón no acierta a parar a tiempo. Hace un cálculo rápido en su hoja de Excel mental y valora la conveniencia del frenazo. Sin contar con tener que llevar el coche a lavar en caso de atropello. Menuda inconveniencia. Pero no por eso va a consentir establecer contacto con el viandante, ni siquiera aceptará que las trayectorias de sus miradas se corten a mitad de camino. Bastante tiene con haber parado.
Conductor y peatón no son intercambiables. La esquizofrenia afecta al lugar en el que uno se encuentra. Y cuando peatón es conductor, no hay garantía de que el comportamiento sea el mismo que cuando peatón es peatón. Se disfraza de lagarterana y a saber el improperio que suelta el saludón peatón cuando se encarama a su bólido y se disfraza de impaciencia. Atrás queda el amable barbudo de la mano de su hijo, al que hace agradecer también. Ese abuelo entrañable que demora la marcha debido a mermas en su movilidad. Ojito que la gente cambia. Hay trasfuguismo, según la velocidad de crucero.
