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29/01/2026

DE PADRES E HIJOS

Aunque parezca que no, los padres conocen a sus hijos mejor que nadie. Eso es así. Aunque el hijo piense que no se enteran de nada, en algunas etapas de la vida, que están ausentes, que son mayores, que tienen sus problemas y el hijo no existe, que incluso es en ocasiones una presencia incómoda. Aunque el hijo crea que los padres no le ven, sumidos en sus rutinas;  conversaciones entre ellos llenas de risas y complicidad donde se siente fuera, discusiones de pareja, relatos que el hijo no siempre comprende. Aunque el hijo crea que los padres no le ven, le ven. Siempre le ven. Los padres están ahí, detrás de la niebla de los años malos, al sol si hay sol, a la sombra y en la nieve, con ojos en la nuca y orejas abiertas como antenas que detectan la posición del hijo, los padres no le pierden de vista, mientras pueden, mientras el hijo se deja. Entonces dejan de  verle, pero no porque disminuya la atención, no por desidia, si no porque el hijo se esconde.

Durante la infancia el hijo otorga a los padres poderes sobrenaturales, quede un plumazo le arranca con el paso de los años y le devuelve con el paso de unos cuantos años más. Cuando el hijo es pequeño cree que puede jugar a engañarle un poco, como un juego del escondite. A pesar de la magia que se asigna a los padres, que todo lo saben, que tienen respuesta siempre, que son fuertes, que son el lugar seguro del hijo, el refugio donde no alcanza la metralla, a pesar de eso, el hijo juega. Ve en los padres a unos seres que, por arte de birlí biloque aparecen justo cuando lo necesita. Esa mirada del niño al padre que asume que todo lo sabe, que todo lo puede, es inherente a cierta etapa de la infancia. Pero siempre está esa fantasía del niño "vamos a engañarles", se hace el dormido, disimula cuando el progenitor le marca límites, como si no fueran con él. A la hora de acabar con las actividades lúdicas, se hace el travieso, prolonga la diversión y aplaza el deber y el aburrimiento. Como haría cualquier adulto sensato.

Hay unos años sabáticos para padres e hijos, donde todo fluye, y son etapas cíclicas, como el seno y el coseno; hasta que llega la adolescencia, que es el mazazo a la paciencia; devuelve al adulto sus peores pesadillas, a etapas convulsas de su vida, a experiencias propias o vecinas. Se enfrentan las posturas, aparece el reto, la rebeldía, el ostracismo, los portazos en las habitaciones. Gritos por nada. Gritos por todo. Silencios. Malas caras. Ahí sí que los padres "no tiene ni idea", "no se entera", según la visión del hijo. No es verdad. Siempre se entera. Aunque no lo haga.

El caso es que los padres, salvo excepciones, está atento, no solo a la evolución de los resultados académicos, que efectivamente en esos años convulsos, se revuelven. Las calificaciones al padre le importan lo justo . A veces es excusa para iniciar conversación, nada más. Los padres están atento al desorden en el que ven que su hijo se sumerge. Los padres quieren que su hijo esté bien, no necesariamente "feliz", la felicidad está sobrevalorada. Los padres quieren que su hijo esté bien. Y se preocupa por el hijo todo el rato. Se ocupa, no tiene por qué estar preocupado, está atento. Igual que cuando era un bebé. Igual que cuando lloraba porque le salían los dientes, igual que cuando aprendió a montar en bici o andar o a nadar, igual que cuando nació su hermano e intentaba calmar los celos o explicarlos, para que el hijo no se sintiera malvado por lo poco que quería a ese ser que le había robado la atención. Los padres es padre siempre incluso cuando no ejerce, incluso cuando no le dejan serlo, incluso cuando no lo es. 

Los padres quieren que su hijo esté bien, que sus amigos sean buenos, que se divierta, que estudie, que viaje, pero que esté bien, que sea una buena persona. Son cosas que no se aprenden en el colegio ni en la universidad. A veces la adversidad, la mala pata, conducen al hijo por caminos de los que los padres no pueden desviarle, por mucho que lo intenten. Angostos recorridos que les son ignotos, por donde no caben sus canas cabelleras. Las drogas, el alcohol, los fracasos amorosos, las amistades, hay cocteles explosivos en donde los padres no puede influir, no puede prohibir. Por muchos límites que ponga, por muchas barreras que construya, por mucho que lo intente, a veces no es posible, ni con el ejemplo, ni con el amor, evitar el desastre en el hijo. Evitar su dolor, evitar su llanto. Los padres se cambiarían 100 o las veces que hiciera falta por el hijo con tal de que este pudiera eludir el sufrimiento. Los padres siempre es padre. No se jubila jamás de esa tarea. Muere con ella.

Un día, una hija, siendo ya mayor, vivía independiente; llamó a su padre para pedirle cualquier cosa, en modo socorro. Le costó un dolor esa llamada. El padre contestó "por fin me pides ayuda". Y allá que fue a rescatar a la niña mujer, la hija. Siempre que la hija recuerda ese momento, se le saltan las lágrimas, y es que, de los muchos defectos que tiene, ese es posiblemente el que más daño le hace: no ser capaz de pedir ayuda. Y uno de los defectos con los que más hace sufrir a la gente que la rodea y la quiere. A veces los ve, atentos a su mal humor, a su tristeza; sin saber qué hacer, porque no es capaz de pedir ayuda. Su marido, siempre atento, no se atreve a respirar cuando la ve así; sus hijos, que la miran como polluelos con sus boquitas abiertas y sus ojos redondos, buscando qué pueden hacer para que vuelva a ser ella de nuevo. Sus amigos, que la intentan cuidar y ella se revuelve, no necesita nada. Y es que no sabe cómo salir de su bucle, no sabe pedir ayuda. No sabe lo que le pasa, o sí. Tiene que llamar a sus padres, tomar con ellos un café en la cocina de casa, dar un paseo, y aceptar que necesita, que no puede sola, pero que lo adivinen ellos, porque no se lo va a pedir. El padre, que ya es abuelo y a punto está de ser bisabuelo, mira a la hija y solo se reprocha cuál sería el momento en el que le hizo sentir que no podía pedir ayuda. Que tenía que ser fuerte cuando aún no estaba preparada; que debía ser más valiente, cuando no podía dominar su miedo. Y el padre sabe que no puede dejar el mundo hasta que la hija le pida de nuevo ayuda. Se curará quizá, la hija, a través de los hijos propios, cuando acepta cada día que le llamen pidiendo socorro y nunca les haga sentir que no está ahí para eso, que se jubila de madre. Pero ¿acaso es eso posible? ¿Acaso son los padres culpables o responsables siquiera de que el hijo no pida ayuda? ¿Cómo se le hace ver al hijo que siempre puede ir a acurrucarse entre los abrazos y brazos de los padres, que ese es su sitio seguro? Pase lo que pase.


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