
No entendió jamás la fascinación de una cana, disimuló cada arruga, se escondió del sol excusándose en lo oscuro de su piel. Se cubrió de cremas protectoras y regeneradoras. Se engalanó el cuello cuando empezó a acusar signos de vejez. Tapó los lóbulos de las orejas con pendientes mayores. Pintó sus uñas de oscuro para disimular manchas. Cubrió su cuerpo de capas de ropa de colores.
A pesar de las precauciones fue retratada muchas veces. Era una mujer fascinante. Y la cámara la quería. Las personas que la rodeaban querían guardar recuerdos gráficos de momentos concretos con ella. A sus amigos y a su familia les gustaba verla envejecer, la veían cambiar poco a poco. Aceptaban su pelo rojo o naranja, les hubiera importado poco que fuera blanco. Veían sus arrugas hacerse hondas es su rostro, pero escuchaban sus historias, disfrutaban sus comidas, su compañía. Y las arrugas desaparecían. Notaban cómo sus formas se ensanchaban, y lo aceptaban así.
Ella no se veía, no se miraba, se tapaba entera para no verse. Nunca quiso que la recordaran mayor, aunque lo fuera. Su aspecto era aceptado por todos menos por ella misma. Pero estaba ahí, en el objetivo indiscreto que en realidad sacaba su alma, no su vejez. Se hizo mayor, envejeció, engordó. Se llenó de arrugas. Y creyó que había engañado a todos. Se comportaba como si nada de eso fuera real. Su lucha era esconderlo. Cuando fue mayor era ya demasiado tarde para reaccionar y disfrutar de cada momento, que quedaba retratado.
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