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03/01/2023

HOY HE RECIBIDO UNA POSTAL

Hoy he recibido una postal; no sé si comprarme un corcho o echarme a bailar. ¡Qué alegría! La cartulina ha tardado un mes en llegar a destino. Por supuesto he hablado con el remitente un montón de veces en el tiempo que transcurrido entre que compró la postal, escribió sus letras (la misma letra que cuando tenía 17 años, ahora solo tiene unos 40 más), encontró un sitio donde vendían sellos, un buzón y me la envió hasta hoy. Pero ¡la ilusión! El viaje que han hecho sus palabras.
He recibido una postal de un país asimétrico, de una ciudad que es capital de medio país. Un país que tiene nombre doble. Que es Norte y es Sur. Un país dividido en dos partes. Antes había varios de esos países, del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, Democrático o Federal. Artificios políticos a base de vallas y muros que han separado hermanos, como las guerras, o por ellas.

He recibido una cartulina dirigida a mí, estaba en mi buzón. No es una cariñosa felicitación por mi cumpleaños de un banquero ignoto, aunque conocido en los ambientes selectos y fiestas de postín. Tampoco contiene un afectuoso deseo de un año mejor por parte del presidente de una compañía telefónica, eléctrica, gasística. Un presidente del que ni siquiera sabía de su existencia, ni él de la mía. ¿Quién lo diría? La personalización de los mensajes es cada vez más precisa, da el pego; hace que uno coleccione los Crismas del Corte Inglés como tesoros. No es siquiera una multa de aparcamiento, ni una notificación de tráfico, ni un recibo olvidado, aviso de renovación de un servicio. No es carta de un abogado comunicando una desgracia o alegría. No es ese asesor fiscal, tan discreto, del que recibo mensajes de alborozo con respecto a mis acciones tan sabiamente repartidas. Menos aún se trata del cheque ahorro de unos grandes almacenes, agradeciéndome que reposte en sus gasolineras. Es, contra todo pronóstico, una postal de una amiga mía. Una amiga que se acordó de mí al otro lado del mundo. Sí. Estando allí intercambiamos Wasaps y charlas, pero encontró un momento para realizar ese mágico ritual que supone el proceso completo de la redacción de una carta.

Yo me fui de Erasmus durante tres meses, hace miles de años, cuando el teléfono era fijo y se colgaba porque en una época aun anterior, los teléfonos estaban en la pared. Millones de años, sin exagerar. Cada carta con su peculiaridad, unas larguisimas, otras veeves y concisas. Escritas a mano, la huella de un café o de una lágrima.  Algunas con relieve, de la intensidad, otras apresuradas. Los jeroglíficos de mi madre, la claridad de mi padre, la complicidad de mis hermanas, a veces elástica,  otras, breve. La puesta al día de los amigos. Las anécdotas familiares de los abuelos. Todas recibidas con alborozo y gratitud. Es más difícil visualizar una época sin móviles que una en la que no existía la electricidad. De tal modo ha cambiado la manera de relacionarnos que parece imposible la vida antes de las redes sociales y ese aparatito que nos actualiza la vida de amigos, conocidos y otros. Por las redes se publican cosas que no se dirían nunca a la cara. Ni siquiera se podrían pensar a la cara. Sin embargo, la distancia, la soledad del que publica; le concede un escudo que le permite ignorar o derrumbar sus propias barreras de timidez. De esta forma, casi no quedan ganas de llamar a los amigos. Por las redes sabes dónde han estado, lo bien que lo pasaron, si comieron cachopo o pez mantequilla. Por sus comentarios deduces su felicidad o desamparo. Incluso hay amigos y parejas que comparten por las redes sus momentos mientras están juntos, de manera que dedican gran parte del tiempo dividiendo su atención entre el amigo con el que cenan o beben o esquían y sus fans o amigos virtuales. Es obvio que deben atender a las respuestas y a su vez contestar. Es curiosa la soledad y la compañía. 

Y así pasan los días, los años. Verse parece dejar de ser sorpresa ni necesidad. La anticipación del zorro esperando al Principito, ha muerto. Sabemos el aspecto que tiene el otro, su humor, su ánimo. Nos falta el olor, la energía. No hay onda capaz de enviar la esencia. Por eso, el veneno del aislamiento que nos provocan la redes tiene un solo antídoto, que es el abrazo, donde cabe el aroma a patatas fritas, a colonia fresca, a caramelo. 

Yo estuve tres meses fuera de casa y no regresé con un montón de amigos. Volví con una caja llena de cartas. (Y una asignatura liberada, que todo hay que decirlo) Cartas de mis padres, de mis hermanas, de mis abuelos, de mis amigos. Volví con una caja llena de cartas atesoradas en tres meses escasos mal contados que estuve fuera. Y hoy he vuelto a recibir una postal en la que un guardia lleva un collar que hice yo hace un montón, y lo usa para sujetarse el sombrero. Y así las cartas están más cerca de ese par de besos sonoros que te das con los amigos, de ese achuchón del abuelo al nieto, de esos brazos en los que entretenerte en el encuentro. Las letras compartidas, de puño, son ventanas abiertas, son regalos, mensajes del tiempo.

2 comentarios:

  1. Pues triste, las cartas todas tenían sentimientos, reproches abrazos y abrir un sobre era maravilloso

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  2. Anónimo9/1/23, 8:01

    Sencillamente, me ha llegado al alma. Brindo por la necesidad de los encuentros con abrazo con la gente que quieres, en los que quizás hasta sobren las palabras, porque con la mirada y los gestos de la cara lo dices todo. El olor de tu gente es lo que permanece en la mente cuando todo lo demás se ha convertido en polvo. Y si la distancia impone su cruda realidad, que las prisas no te invadan por comunicar lo que sientes y recurras al socorro de lo digital, sin alma y sin ser. Y sí, estoy de acuerdo, hay prisa para todo y el tiempo nos hiere con su empeño de llegar siempre el primero, pero que cada vez las palabras escritas de tu puño y letra sean menos excepción.

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