Seguidores

11/09/2026

TIENE MUCHO PELIGRO

Todos conocemos a esa mujer que tiene mucho peligro. No es fácil saber qué tiene que le hace irresistible a los hombres, a todos, sin distinción de raza, edad, ideología o creencia. Si es simpatía o empatía, si son sus silencios o su cháchara, si es una sensualidad de la que tu careces. Con esa melena que se balancea a los lados de la cara, de color caramelo a juego con sus ojos de miel. O son sus canas y su mirada oscura. O su pelo corto a lo "garçon'. Su clásica manera de vestir, o lo moderna que resulta hasta el punto que su atuendo podría ser estrafalario en otra percha. Puede ser la amiga soltera o, a partir de cierta edad, divorciada, una o más veces. O felizmente casada. Pero tiene mucho peligro.

En cualquiera de sus estados o condiciones, no sabes cómo proteger tu relación de ella. Todas las alarmas suenan en cuanto entra en escena. Te vuelves invisible y muy pequeña, se te tuerce el aparejo, pierdes el control. No quieres parecer celosa ni controladora. Pero tiemblan los cimientos de tu estabilidad cuando aparece. Estás segura de que si Félix (tu chico) la conoce, se te enamora y cancelamos planes de boda por mucho que hincara rodilla en un marco incomparable. No te da motivos para dudar de él. Pero tú sabes que cualquier castillo es susceptible de desmoronarse. Salvo que la unión tenga el objeto de juntar lindes y estén todos de acuerdo en ese barco, torres más altas han caído. El compromiso o el matrimonio se tambalea según la intensidad del seísmo y este terremoto está muy arriba de la escala. Las ondas de esa mujer fantasma son de amplitud desconocida. Es capaz de detectar la frecuencia propia del individuo al que se propone o no, conquistar, y hacerle entrar en resonancia sin dificultad alguna. No se da la circunstancia de que intente conquistarlo, no parece un acto asociado a la voluntad ese expandir sus feromonas y hacer crujir los cimientos del amor que el caballero que se le pone por delante profese a su pareja. Solamente ocurre.

Ella puede ser bajita o alta, entrada en quilos o flaca. No tiene importancia. Es una diosa para el caballero agraciado con su atención. Puede ser frágil o sólida, dependiendo del objetivo que tenga delante momento. Charlatana o escuchante. Es un camaleón en estado puro. Detecta involuntariamente la necesidad del otro y activa su deseo sin darse cuenta. Está en su naturaleza. Le ocurre estando ella misma en pareja o no. El sufridor número uno su marido o novio del momento. Si es resistente, habrá tolerado eventuales cuernos o sospecha de infidelidad. Es posible que nunca haya ocurrido nada. Es posible pero inimaginable. La incertidumbre y las inseguridades propias del ser humano se multiplican al contemplar día tras día cómo su mujer, su novia, desestabiliza a sus amigos, clientes, al camarero, al presidente. Tanto da. Si es maduro y seguro de sí mismo, con el profundo conocimiento de que no puede hacer nada al respecto para evitarlo, se mantendrá al margen, intentando no emborracharse ni montar un número. Nada alteraría el curso de los acontecimientos. Puede que no se consume ni siquiera un acercamiento más allá de un coqueteo de película, puede que no haya intercambio de teléfonos ni fluidos, que no exista contacto de ninguna de las maneras. O puede que sí. Esa consciencia de la naturaleza conquistadora de su pareja requiere una integridad que solo la kryptonita puede garantizar. Y la kryptonita, como el ingrediente secreto, no existe. Así es que Julián - esposo mira a Emma – diosa y sabe que no está en su mano. Es el escenario que teme cada vez que cruzan el umbral de su casa. En las ocasiones que, sin cruzarlo, los que lo atraviesan son sus invitados, familia o amigos. Tanto da. Julián reconoce su impotencia y muere de amor. Emma le quiere también. Pero está en su naturaleza.

Y es que esa mujer que lleva en la sangre la conquista, sufre por el dolor que causa. No solo el daño que le hace al Julián de turno, que no es el primero ni será el último. Los estragos que causa en las hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Lo ha intentado todo. Estar sola, mudarse, ser monógama consecutiva. Ha intentado no salir de casa, no entrar. Pasarse el día viajando. Nada funciona. No se mueve con el objetivo de seducir, simplemente ocurre. Es que ella tiene mucho peligro. De pronto se ve envuelta en una conversación en la que el otro ya está completamente subyugado, entregado a cualquier requerimiento que se le pudiera pasar por la cabeza. Es una fase que nunca recuerda. Esa que transcurre entre la detección involuntaria de la víctima y darse cuenta de que está entregado, a sus pies. "Como desees", lee en sus ojos. Ha llegado hasta ahí en una suerte de hipnosis, sus entrañas se hacen dueña de los mandos y es incontrolable. Cuando lo ve, se asusta y en ese momento empieza su retirada. No hay reto mayor para ese hombre absolutamente perdido entre su mirada y en el calor del fuego de su melena que esa firme decisión que adopta la hembra cuando se quiere marchar. El orgullo del sembrador, la bravura, el pundonor, la hombría, se activan en su interior como esa llama antigua e instintiva que permitió la supervivencia de la especie gracias a la conquista y al tesón. Y no quiere dejarla marchar de ninguna de las maneras. Pero la ha perdido.  Es que Emma tiene mucho peligro.

09/09/2026

BATERÍA


Tengo un problema relacionado con las baterías. En concreto quiero hablar sobre la batería del móvil, teléfono móvil, telefonino. 

Las instrucciones son claras en cuanto al cacharro se refiere: espere usted hasta que se descargue para volver a cargar, espere sin dejar que el teléfono se apague completamente. Esa es la situación ideal para garantizar la duración óptima de la batería. Ya. Pero es que el asunto no funciona así.

Yo necesito tener mi teléfono cargado cuando no tengo un cargador a mano. Por tanto no me interesa que la vida de la batería dependa de que yo espere a que llegue al  2%. La salud de mi batería no me sirve de nada si a las tres de la tarde, en medio de una reunión por Teams, me quedo sin batería en una reunión que estoy haciendo con el teléfono en medio de cualquier sitio donde no hay enchufes. O si tengo previsto pagar la cena con la muy útil aplicación del móvil que consiste en meter la tarjeta de débito en él, y resulta que no tengo batería en el momento crucial de apoquinar. Puedes quedar como el cutre del puño cerrado, que cuando tocaba pagar decía que no tenía suelto y luego te lo daba; en tiempos más modernos es el que te suelta un “págamelo tú que luego te hago Bizum” y ya puedes esperar sentado. Otra situación es que te llame tu novio estando tú en la ciudad eterna, por ejemplo, y resulta que no te localiza porque te has quedado tiesa de batería. Por culpa de eso tenemos una trifulca. 

Que no, que tú el móvil lo necesitas cargado cuando te hace falta. Para llamar a una ambulancia que te ha dado un vahído. “Vaya estoy sin batería” Y te quedas en medio de Picos de Europa, desmayada y con una cabra montesa haciendo que se produzcan  pequeños y peligrosos desprendimientos. Has ido de excursión a la Maliciosa y la mala pata te hace resbalar en el último tramo, te tuerces el tobillo, vas solo, no puedes andar, miras el móvil: está muerto. Claro, tenías un 15% de batería esta mañana y un compromiso de salvar el planeta. A ver si pasa alguien mientras se te hincha tanto el pie que te ves obligado a quitarte la chiruca. ¡Anda que no ocurre eso en las novelas policiacas! En el peor momento, el detective original y auténtico que siempre pilla al malo malísimo con métodos que se salen de lo ortodoxo, se queda sin pilas y no puede pedir refuerzos. Es la vida. 

Otra situación clásica es que vayas de viaje y cuando has usado el móvil como navegado. Después de 600 km en los que apenas te ha servido para comprobar si había atasco o algún radar escondido, ¡zas!, en el momento de la desviación complicada, la rotonda chunga de ‘toma la tercera salida y después la primera’ y ‘gira por el camino, súbete a la cucaña y haz la cucharilla con redondilla: pantalla negra. ¡La hemos fastidiado!

Lo que yo digo es que debería ser al revés. Uno carga el móvil cuando puede y a partir de cargado, las pilas deben durar el máximo tiempo posible. Es decir, estás en casa, lo cargas. Estás en la oficina, lo cargas. Estás cerca de un cargador, lo cargas. Es por la noche y vas a dormir, lo cargas. Porque claro, con la técnica de esperar al 3%, estamos apañados. 

Dan las 10 de la noche y estás en un 12%, un suponer. Al día siguiente tienes que salir pronto hacia San Esteban de Gormaz, que se ha desbordado el Duero y te has comprometido a que hacer un reportaje para Cañas y Barro, la revista para la que trabajas y pone el pan en tu mesa. Necesitas el móvil cargado porque el coche que tienes es del año pum y no dispone de navegador, has quedado con un paisano que tiene una cueva en las faldas del pueblo y te ha enviado las señas. Ni idea de cómo llegar. Una vez allí será menester grabar la entrevista con el soriano y sacar unas cuantas instantáneas. El presupuesto es el que es, limitado, y para casi todo tu herramienta de trabajo es tu teléfono. Gran dilema, ¿Cargo el móvil? Es que si lo hago debilito la batería y hago mella en su vida útil y probablemente esto tenga un malísimo efecto en el medioambiente e incluso afecte de manera indirecta al cambio climático, calentamiento global, adelgazamiento de la capa de ozono, alteración de las mareas… Pero si no cargas el móvil mañana te quedas tirado cien por cien. La alternativa es ponerte a echar partidas del Candy Crush como si no hubiera un mañana, hasta agotar la batería al llegar al mítico 3%. Con el trabajo que te costó desengancharte, por una bobada estás otra vez al albur del vicio. Otra opción es ponerte una serie, pero lo mismo te quedas frito y entonces estás aviado porque tu despertador es el teléfono móvil, si te quedas sin batería no tienes opción B. Total, que lo cargas, tapándote la nariz y pensando que por tu culpa habrá una nueva glaciación y lo mismo vuelven a aparecer los tiranosaurios tras los glaciares. No soportas ser eventual reprobable de la apocalipsis que se viene, ni siquiera como gota que colma el vaso.

Pero es que creo sinceramente que la tecnología debe estar al servicio del usuario y no al revés. Quiero decir, si yo lo que necesito es autonomía, eso es lo que debe buscarse al diseñar una batería, no diseñarla con esas oscuras procedimientos de carga cuyo fin es optimizar su vida. ¿Qué hay de la mía? ¿Sola y helada en la Maliciosa? O perdida en Gormaz.

Es igual que lo que nos pasaba en la oficina con los programadores. Tú le explicabas al informático genio de turno lo que necesitabas que hiciera el programa para facilitarte el trabajo. El informático diseñaba un programa que hacía otra cosa, con la explicación de que lo que tú querrías ocupaba muchas líneas, contenía excesivos condicionales. Si. De eso se trataba. Pero no era óptimo el comportamiento del programa. Total que la herramienta limita la solución. 

En ese camino, el problema de la soledad se resuelve con el móvil y una dependencia cada vez más estrecha de éste y un exquisito cuidado de su vida útil. ¿Que no tienes amigos? No te preocupes que puedes jugar online, ver pelis sin solución de continuidad, revisar Instagram Facebook y TikTok sin descanso, haciéndote creer que tienes amigos, o estás con ellos. Esa no era la solución a la soledad. En vez de dejar de estar solos, nos estamos haciendo adictos a la ausencia de relaciones. Es la adicción que sustituye la necesidad y que aísla a miles de chavales encerrados y dependientes, con miedo a salir de casa, donde el fracaso acecha frente a la seguridad de la pantalla que siempre les satisface. Hasta que se les acabe la batería.