Seguidores

07/05/2021

PONME UN POQUITO DE PEREJIL

¿Quién no ha ido a la compra con su madre y ha flipado con la frasecita? “Ponme un poquito de perejil, que ayer se me olvidó”. Eso dicho después del consabido “dime cuánto es”. El frutero, muy dispuesto, sin demostrar fatiga o síntomas de comportamiento abusivo, selecciona ramas frescas y lustrosas y les da una vuelta de papel de plata, o tal cual lo encaja entre el resto de hortalizas. ¿Y eso? ¿No se paga? Es el equivalente actualizado a pedir una bolsa después de pagar en el Mercadona. Ahora que todo cuesta, que la bolsa de plástico te sube unos céntimos el monto. La de papel también, pero te sientes más ecológico pidiéndola ante la mirada inquisitoria o inquisitiva tal vez, del cajero. Olvidas las hectáreas de eucaliptos mermadas por tu comportamiento planetariamente correcto y cobarde, porque sólo pides la reciclada para evitar que las cabezas que asoman en la cola para comprobar tu elección se replieguen cabeceando con gesto manifiesto de chasco.

Yo recuerdo esos días, de acompañar a mamá al mercado. Invoco ahora los olores y los ruidos, el alborozo, ese suelo “fregao” de aquélla manera, a manguerazos. Los puestos a los que nunca íbamos. Yo tenía muchísima intriga, porque en algunos vendían unas aceitunas gordales tan turgentes que aún se me hace la boca agua al aludirlas. Puestos de caramelos, las panaderías, en las dos entradas. Ese olor a harina y horno, ese pan que nunca llegaba íntegro a casa. Comido calentito en el mientras tanto. El Nico, el frutero más caro, del que mi madre era cliente fiel, hasta que por lo que fuera se les torció la lealtad. ¿Sería abuso de uno, hartura de la otra? Ni idea. Hay cosas de piel. Esos lazos que se establecen cliente vendedor que traspasan a veces los límites de lo profesional. Recuerdo un día en la pescadería rodeada de hielo. Los pescaderos con sus mandiles negros y verdes, amables, con las manos coloradas de frío, la enorme tabla donde lanzaban los enromes chuchillos para degollar merluzas y besugos. Uno de ellos, tan majo y dispuesto, tan joven e inexperto, felicita a la señora que nos ha dado la vez. “Está usted de enhorabuena” La interpelada contesta con fastidio y orgullo “no, es que estoy así de gorda”. Madre mía, la cara del pescadero estaba más colorada que sus ateridas manos. De todo podía pasar en el mercado. También estaba “el guapo” que era un charcutero que vendía un queso manchego con el que te re-chupeteabas los dedos. Si tenías suerte, subías a Gerardo, donde vendían en domingo, era el chino de los setenta. De lujo. Eso sí, todo tenía su precio. Quiero hacer mención especial al paté Bolado. Solo vendido en Gerardo y por supuesto en la Boutique del Gourmet, en Nava, a la sazón otro Nico, Adrados. En la fuente de los Angelitos. Los Angeles. ¿Qué habrá sido de ese paté que le echaba pulsos al mejor paté de Mallorca? Por cierto, quiero aprovechar el foro para denunciar que, en Mallorca, famosa por sus ingleses, medias-noches, suizos y muchas otras delicias, pero especialmente por sus torteles, han sucumbido a la moda y han perdido puntos a ojos de los fieles. Los consabidos torteles, antaño tamaño gigante, bozaban el palto de postre, por poquito, pero se salían. Se caracterizaban además por su semicrudo interior y el abuso de azúcar, que los hacía deliciosos para acompañar tanto un café, un chocolate como una mismísima Coca-Cola. Sin subir el precio, los sonados bollos han disminuido su tamaño, pasando a la escala del donut. Sucumben así a la moda y los estereotipos. Se adelgazan recursos, se escatima en la espátula que los despega de la bandeja del horno. Les falta caramelo. Y además, les obligan a hacerlos, por cuestiones sanitarias, muy hechos, carbónicos. Otro milagro que ha sucumbido a las modas culinarias. Reivindico el Bolado y los torteles originales. Viva la diferencia.

Yo recuerdo esos días en los que temía resbalar de la mano de mi madre, yendo al mercado, a la compra, el brazo en alto, porque le llegaba a la altura de la cadera. Vestida de colores, o de neutro existencialista, medio tacón y paso firme y decidido. Saludando al barrio. No se fuma por la calle, es de fulanas. Ella que devoraba los chéster sin filtro, nunca fumaba andando. Si acaso se entretenía en una cafetería con la excusa del café y el pincho de tortilla. Todo para fumarse un pitillo después. La misión del niño, en tales recreos, es el asentimiento, no tiene otra. Y coger alguna bolsa a la vuelta a casa. Si cae un capricho, bienvenido sea.

¿Pero por qué el perejil es gratis? ¿Que lo gratis no vale nada? Eso pensarán algunos desagradecidos. No te engañes, además de los abrazos, hay otras cosas que no se pagan y son muy valiosas. Mira en internet, que por lo visto tomar perejil tiene más beneficios que desayunar un zumo de naranja recién exprimida, que lleva más potasio que el plátano. Pero a mí lo que me gusta es el glamour.  Llevar perejil en la compra, decora, como unas flores. Como adornaba el plato antes de descubrir el vinagre de Módena y las flores comestibles. Tú vas a comprar cuatro chuminadas mundanas y sales del mercado con una bolsa de papel y un ramillete de perejil que asoma y no pareces una maruja, si no una francesita del mismo barrio latino, nadie creerá que llevas Fairy y estropajos; supondrán que en tu compra minúscula sólo caben hay delicatesen, unos quesos bien elegidos y un vino que marida para compartir con tu enamorado. Margaritas y el Adaggio.

Vuelvo al mercado, del mercado, con mamá, los brazos elásticos llegando al suelo por el exceso de compra. Llegar a casa, colocar las cosas y poner en un vaso con agua el perejil era un todo uno. Luego se marchitaba, languidecía en el olvido y cuando volvías a ir al mercado, mamá lo volvía a pedir. Eso sí, en la cocina, en la comida, no se usaba.

Es el gran misterio del perejil, que perdura a pesar de la reconversión de los mercados, en lugares de ocio solo para iniciados o sustituidos por centros comerciales de lineares móviles como las escaleras de Hogwarts. Ahí la vida no vale nada. No existe el individuo, nadie sabe si te gustan las reineta o las Golden. Si prefieres la carne picada dos veces o no. Si el chorizo lo quieres cortado muy fino y si te limpia los calamares, que tienes tiempo. En un súper el cliente es anónimo. Es un totum revolutum. Lo mismo puedes comprar ajo que un foie de oca, caviar que patatas. Estos supermercados han enrasado a la población por exquisiteces de marca blanca. Ya no hay bocado de cardinal. La geste lleva bolsas de tela no para ahorrarse comprarla sino para no confesar que es de Lidl o Mercadona o Carrefour tal o cual producto. Lo he hecho yo. Presumen de la empanada que todo el mundo conoce, famosa se ha hecho desde que no se pueden tomar torteles en Mallorca y ha desaparecido el paté Bolado. Me voy a fumar un pitillo. Que todo lo bueno desaparece.

2 comentarios:

  1. Yo sigo pidiendo perejil y, por primera vez, el otro día me miró el frutero con cara de “¡me udo morro!¿no?”. Pensé en que sónde estábamos llegando, ja, ja. Muy gracioso, María.

    ResponderEliminar
  2. ¡mil gracias!

    ResponderEliminar