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13/05/2021

¿TU TE QUITAS LA MASCARILLA CUANDO ESTORNUDAS?


¿A que te has quedado perplejo? Pues sí. Por lo visto hay que dejarse la mascarilla puesta cuando se estornuda, cuando se tose, espectora, cuando en fin se echan partículas feas fuera. Parece ser que es de lo que se trata, que no le lleguen al otro tus miasmas. Encima de tener que llevar el tababocas todo el día, con las muchísimas incomodidades que tal imposición nos causa. Desde la desaparición del maquillaje, tan esmeradamente cuidado al salir de casa, sombra aquí, sombra allá; las pequeñas arrugas en torno a los ojos, encima de los mofletes, patas de gallo prematuras, por la presión constante; granitos, sudoración permanente de zonas que no creíamos disponían de glándulas sudoríparas; un vencimiento del cartílago de la oreja que a los que tenemos grandes aparatos auditivos nos trae recuerdos de complejos pretéritos; en fin, un cúmulo de inconveniencias. 

A veces la mascarilla huele, dicen algunos. Y es que otra cosa que es menester practicar es la higiene. Que por mucho que te laves las manos hasta descarnarlas, por mucho que te embadurnes de gel, si no te cambias de mascarilla y tienes tu flatito, o esos recuerdos que dejan las legumbres, en especial las judías, o alguna otra comida que provoca cierta suerte de regurgitación, cual de vacas nos tratáramos, pasando de uno  a otro estómago lo indigerible, pues eso, retienes en confinado espacio un aire viciado, digamos. Hay que cambiarse la mascarilla. ¿Que huele mal? malísima señal. Lo bueno es que el olfato no lo has perdido. Algo que llevas ganado. No tienes el bicho. 


A todo esto se añade el tema de las toses. Y aunque si buscas en San Google no hay consenso al respecto, la verdad es que es una porquería estornudar y toser en la mascarilla, que se te queda pegada a la cara un rato de longitud temporal variable. Te pasas rememorando el estornudo y disfrutando de tus babas el resto de las tres horas que te quedan para cambiarte de mascarilla, eso si te cambias de mascarilla en el citado plazo, que no todo el mundo se ajusta a lo que es preceptivo. Puede que no tengas otra a mano. La situación sana no es. Se crea un caldo de cultivo aderezado por tu propio vaho, el aire calentito que expulsas, el grado de humedad que empieza a aumentar y tu respiración cada vez más jadeante, que no hace sino empeorar el asunto. Y favorecer a que cualquier cosa ya te pueda pasar. 

Estando por la calle, el repuesto no siempre es fácil. Dentro del bolso o en los bolsillos si de caballero se trata, pueden sorprenderte mascarillas de repuesto, entre las bastantes cosas que llevas, las llaves de casa, las llaves de casa de tu madre, las llaves de casa de tu padre. El teléfono, el cargador del teléfono por si acaso; el ordenador, porque vas a clase y cómo vas online..., el cargador del ordenador. Una botella de agua. Un paquetito de galletas que te ha metido tu madre. Para que no gastes. El monedero. Que si encuentras ahí una mascarilla es mejor taparte la cara con las manos, porque pueden tener de todo, y para toser lo mismo, que ya nadie se saluda con apretones. Eso de estornudar en el codo queda abolido, como saludarse con el ídem. Lo peor de todo es el pánico sembrado ante un inocente estornudo, o que, señores, me había atragantado. Que se me ha ido por otro sitio. Eso lo explica todo. Los rostros cercanos, a distancia inferior a la de seguridad, lividizan. Cual del mismísimo Satanás una aparición se tratara. Y todo por una almendra. 

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