Esa frase tan manida tiene varios usos, cada uno se identifica con el que le quiere, puede o le corresponde según su condición.
¿Tú eres de los que te quejas porque nadie ayuda en casa? Hay un montón de frases atribuidas, en concreto a las madres, en esa longitud de onda; por ejemplo: “Esto no es una pensión”. (Un poco viejuna, poca gente post 2000 sabe de lo que estás hablando si mencionas tal establecimiento) o “Los platos no van solos al fregadero” y, en su caso, del fregadero al friegaplatos. También: “¿No te cuesta lo mismo llevar la ropa al cesto que dejarla tirada en el suelo?”. “No se sale de casa sin hacer la cama” “La basura está desbordada”. O "¿Cuántas veces te cambias al día? ¿Quién te crees que eres Lady Di?”, o “¿sigue habiendo una silla debajo de ese montón de ropa?”. Con un remate de "este cuarto parece una leonera. Cualquier día cojo la puerta y me voy. Os vais a enterar entonces de lo que vale un peine". En mi experiencia propia no he vivido ese tipo de reproches, o quizá no me enteraba porque estaba en mi mundo. O mi corteja exterior era tan impermeable que no dejaba pasar nada de eso. En mi afán inconsciente de idealizar la realidad. Recuerdo, eso sí, lo de coger la puerta y marcharse, me daba pánico. Además de no entender muy bien la amenaza. No solo por la ausencia impensable de mi madre en casa, si no por el hecho añadido de que se llevara con ella la puerta. Nunca ocurrió.
Ante reclamaciones de último segundo tipo “mamá no hay papel” “¿Dónde está mi camisa blanca?”, ¿Has soltado un exabrupto? Tipo “ya sabes lo que hay que hacer. Que eres mayorcito para llegar a las seis de la mañana pues ya tienes que saber dónde está la tienda” o “ “¿tú crees que se lava y se plancha sola?” O “en su sitio” y el tan conocido “a que voy yo y lo encuentro”
Hasta aquí todo es muy manido y convencional, lugares comunes, falsas etiquetas oxidadas.
Pero, ¿Eres una de esas madres?, que se pasa la vida quejándose de hacerlo todo ella, con un run run que la carcome de “yo también trabajo “, si lo haces fuera de casa, o “esto no lo valora nadie”, si tu única tarea diaria es llevar la casa. Que se dice pronto “llevar la casa”, porque esa frase encierra las labores de cocinera, limpiadora, costurera, lavadora, planchadora, economista, transportista, conductora, decoradora, psicóloga, bufona, escuchadora, enfermera, profesora, cuidadora, madre y esposa. Por encima de todo esposa de.
¿Eres una de esas madres? Esa madre que un día explota encogida en un rincón cualquiera de la casa, se acurruca entre las lágrimas agotada y sola. Se abraza a sí misma las pantorrillas, incomprendida, derramándolo todo, olvida que el manantial que inunda el salón con su tristeza lo va a tener que limpiar después. Que se va a hacer ensuciar el pantalón porque esta sucio el pollete en el que ha caído rendida. Que el verdín no se quita con nada. . Que se le va a quemar la verdura que ha dejado en la olla para salir un segundo al jardín a desahogarse. Y a fumarse un pitillo.
Y ese ratín tiene un mensaje submarino. Una conclusión que arrasa con todo. Ya lo hago yo. Porque no te dejas ayudar. Porque cuando tu hijo entra en la cocina y para hacer un huevo frito utiliza tres cacharros, deja la encimera como un campo de batalla del aceite que ha saltado a sitios insospechados y otras inimaginables consecuencias del que trae la arriesgada tarea de freír un huevo. Poca broma. Entonces le quitas el mandil y la espumadera con un quita 1quita, que ya lo hago yo. O ves a tu hija opositora haciendo la cama y recogiendo el cuarto con ojeras que le cuelgan hasta la barbilla y le sueltas tu “quita quita, sal y que te dé el aire, que te va a venir bien” Entre el ataque que te da pensando que vas a tener que recolocar el friegaplatos que han recogido tus hijos, la lavadora que no has puesto tú y han salido las servilletas antaño blanco polar, de un intenso color naranja tornasolado, la ropa que no has tendido y te va a costar planchar una eternidad, el suelo del baño que no has fregado tu, que se han dejado a la vista los estropajos y productos de limpieza…que todo lo hacen siempre lo mal y lo rehaces y dices que ya lo haces tú. Y ellos te ven. Y aprenden. “Venga yo hago la cena que tú tienes mucho que estudiar”. Y pones en tu mochila piedras que no quieres soltar. Y el hijo mira a la madre sin entender cuando boza y despotrica. Porque no entiende. A ninguna edad.
Las madres tienen superpoderes y así debería ser para siempre jamás.

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