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18/10/2026

EN EL PINAR DE MINGORRUBIO

El otro día nos vimos unos compañeros de la escuela. Compañeros todos, amigos muchos, algunos no nos reconocimos. Sí que hemos cambiado. Aunque somos los mismos. El cabrón del tiempo es implacable. Amable a veces pero incansable. No se inmuta en su tarea de alejarnos del principio. Y aquí estamos.

Los años de la Escuela fueron muy intensos y nos dejaron a todos nuestro ‘fierro’. Los estratos que se han ido formando con nuestra pequeña e individualista historia, cual capas sedimentarias en ocasiones alterados por intrusiones magmáticas, han conformado nuestro perfil y alterado la silueta, entre anticlinales y sinclinales. Fallas abiertas que un seísmo de poca energía podría poner en marcha en cualquier momento. Una vida de meandros y cataratas de variada índole, energía potencial que se transforma, sin destruirse. Hasta aquí hemos llegado. Entre nosotros estamos en paz porque aún oculto entre titulaciones, cargos y responsabilidades, si escarbas un poco, acaba saliendo el fierro.

Los años de la Escuela fue una época de pasarlo muy bien, de estudiar como locos. O no. Corriendo de academia en academia. Buscando sitio en clases magistrales y aburriéndonos sin entender nada en muchas otras. Años de música y cambios. Algunos se aficionaron al mus o a los futbolines, otros a los precios del bar, que no estaban nada mal. Fueron años de compartir retos y objetivos sin necesidad de ser competitivos. Fueron años de ayudarnos unos a otros, intercambiar apuntes y dudas. Prospecciones para descubrir quién tenía mejor letra, quién apuntaba todo y dónde conseguir exámenes de otros años. Toda una labor paralela al estudio. Los exámenes unen mucho, también.

Esos estudios que hicimos en modo factorial, con asignaturas de 6°, 5°, 4°… salvo excepciones, aquellos a los que la carrera no les gustó tanto y no disfrutaron del aula de exámenes como los auténticos sufridores. Esos seres etéreos que pasaron sin respirar por la escuela son de otro planeta, no sabían que había que hacer un trabajo en mecánica, que se podía hacer, para subir nota, porque ellos habían sacado un 10 en el primer parcial. Inteligentes que no pisaban las ascuas y volaron sin mácula. Pero al cabo de más de medio siglo todo se iguala bastante. Incluso hay quien olvida. Al cabo del tiempo los laureles y las miserias se disuelven y se amalgaman con éxitos y heridas de toda índole, con tropezones que nos hemos ido encontrando. Ahora solo quedan las sonrisas y la voz y la alegría de haber compartido aquellos pupitres metálicos helados en invierno y aquellos taburetes imposibles del aula en cuya entrada rezaba “abandonad toda esperanza”. De la Escuela cada uno recuerda lo que puede o lo que quiere. El esquiador que busca plaza en Georgia para un viaje especial sobre la nieve, (el que vive en Denver, que ya no viste camiseta Hawaiana, ofrece sitio con nieve para disfrutar del esquí), recuerda el giróscopo con el interés de un chaval, relacionándolo con su intriga acerca de la dificultad que una moto vuelque. Otros recuerdan preguntar en clase porqué faltaba la línea de dividir en “la” paréntesis a no sé que profe de mates que explicaba combinatoria. Es el binomio de Newton, caballero. A lo que el alumno contestó algo así como “yo es que no soy muy de nombres ni títulos”.

Las risas tapan las conversaciones de los comensales de otras mesas. Hay quienes se han visto mucho siempre, por amistad, afinidad o aficiones comunes y porque sí. Del mismo cole, mucho Pilarista, autentico y de la sucursal. Otros cuyos padres eran vecinos o amigos incluso compañeros también. Pero hay en la mesa, por encima de los asados y el vino, una nube de gratitud, de agradecimiento por el camino recorrido juntos o paralelos. Toda la gama de intersecciones aprendidas en descriptiva. Nos hemos cruzado, cortado y no nos hemos visto nunca. No hay más. Ni menos. Es fenomenal. Algunos viven más lejos que otros, pero todos están cerca. Desde San Sebastián a los Estados Unidos de América, Barcelona, Sevilla, Madrid. Hay quien ya se ha desvinculado del mundo laboral por circunstancias varias o variadas.

Los cambios reales son tan insignificantes como carentes de relevancia. Algún mote ha caducado, en especial a aquél cuyo apodo estaba relacionado quizá con el apetito, que ahora luce abdominales hace mucho que no es bajito para su peso. Tiene riesgo de pandeo. Otros apodados por su vehículo, bicicleta, vespa, vespino, el del corsa, Saab o Corrado. Uno que se parece mucho a Jack Nicholson, que envidia los motes ajenos, los que huelen a camisa de palmeras (un suponer), no oye a otro amigo que sigue siendo muy alto aunque su voz es de bajo o barítono. (Desconozco el origen de su mote). Le acusa de hablar en una frecuencia que él ha perdido. Gajes de la edad. Lleva la moto llena de túperes con cochinillo para el hijo, que le va a hacer ilusión. Casi todos recurren a quevedos para leer la carta. Versión moderna, adosados al teléfono móvil. Todos han o hemos pasado vicisitudes variadas, que medio siglo es un montón, enfermedades absurdas y horribles que han atravesado con honores y un fondo de agradecimiento. Es un guiso el que allí se cocinaba de mucho sabor y poca soberbia. Se ha cocido a fuego lento. Se nos ha quemado a todos en alguna ocasión. Pero hemos llegado con bastante dignidad y sin quejarnos. Que la queja es muy mala. Los recuerdos de hospitales o dolores se relatan con la misma naturalidad y distancia que sufríamos los avatares de los exámenes, los escollos de suspender una vez y otra vez, ¡menudas recaídas!. Sin drama. Buscando estrategias. Escuchando recomendaciones sobre el uso de bolígrafos bic, tan útiles que fueron para algunos, sumados al uso del compás, como ayuda y refuerzo a la hora del examen. Otras técnicas hoy obsoletas ya sustituidas por la vulgaridad del uso de la electrónica. ¡Aprendices! Aficionados.

Hay eruditos que es imposible pensar que entraran en el grupo de los factoriales, porque se lo saben todo. Pero es que los 18 años no vuelven, son para pasarlo bien. Cada uno a su manera. El que vendió la moto al acabar la carrera, cuando supo la última nota y todo lo invirtió en dos carros de la compra llenos de lo necesario para celebrarlo. El que todo lo recuerda. El que no se acuerda de nada. Los hubo que llegaron muy alto y luego no tanto. Los hubo siempre jefes y siempre soldados. Los que pedían por la derecha. De todos había entre los compañeros, el que quedó penúltimo en la lista de los que acabaron ese año, los amigos preocupados por su reacción. Cuando se vio dijo “he estudiado de más”. Éramos y fuimos un todouno.

Se hizo de noche, nos despedimos hasta pronto, hasta el año que viene. Gracias a los que lo organizasteis. Gracias a los que fuisteis. Echamos de menos a muchos. Estas cosas refrescan. Como decía alguien, es igual que volver un rato a hace 30 años...o más.


2 comentarios:

  1. Bravo, María. Mejor compilación de lo hablado en una comida, larga, imposible. Ojalá hubieras redactado tú las actas de Comités de Gerencia o de Juntas de Consejos por donde hemos pasado.

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