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10/06/2021

LOS PIES

 


Cuando nació mi hija, lo hizo preciosa, por supuesto, y sus pies... Sus pies eran únicos. No voy a decir más. Serían especiales, que una de mis hermanas de ley decía que los reconocería entre un millón. Entonces, momentos felices, nos imaginábamos entre risas un concurso de pies. De esos en los que solo se ve de espinilla para abajo, si es que existieran. Ella, con nombre de Catedral, apostaba que los identificaría. Mi hija ha crecido, ahora es linda por fuera y bella por dentro, y sus pies ya calzan tacones, no solo para disfrazarse de princesa o ensayar en clases de flamenco y taconeo. Que tiemble la calle a su paso. Ojito a los adoquines. Ahora tiene un andar elegante y tranquilo, seguro y decidido, valiente como su carácter, pero sus pies son lo menos adolescente de su cuerpo. Conservan un poquito de molla en el empeine, esa redondez que solo dan las lorzas y el olor a talco. No son coherentes con su esbeltez. Así que, por muy mayor que sea, es a través de sus piececitos que yo veo que aún queda mucho camino. Siempre queda camino, los padres no se jubilan nunca de ser padres. Son pies de bebé aún. Regordetes y gustosos. De mordisco y pedorreta para hacerla reír. Incompatibles con las uñas pintadas o unas plataformas. Pero es lo que hay. No se crece por igual. A veces el alma es de niño por mucha barba que luzca. Unas piernas peludas no biunivocan con sensatez. Otras, no madura la inteligencia y choca a cada rato con las inevitables decisiones adultas. Otras patalea ese yo infantil al que no quisieron de pequeño como él quería y se retuerce bajando al fondo del abismo de la incomprensión, mientras ejerce de Presidente de una multinacional. 

Pero lo que está claro es que los pies no son, en general la parte más bonita del cuerpo, de ningún cuerpo. Por muy bonitos que sean. Por mucho que los cuides. Será por lo sufridos que son, siempre en el suelo, en el barro, será que aguantan nuestra carga, que sufren los zapatos nuevos y los calcetines con tomates. Será. Un amigo mío decía que no se enjabonaba nunca los pies, que bastaba para limpiarlos la espumilla que caía en la ducha al limpiar el resto del cuerpo. Y no tenía mal los pies. Nosotros cuando lo contaba, nos tapábamos la nariz en pinza, muertos de risa, para tomarle el pelo. Supe de un tipo que se enamoraba por los pies. No es que se vistiera por los pies, cual caballero andante. Que elegía a sus amores por los pies. Recuerdo a una amiga que había ligado así. Se enamoró de la peculiaridad de esa manera atrevida de acercarse a ella un tío estupendo. ¿Calzas un 37? Me encantan tus pies. Te invito a cenar. Me he enamorado. Dos años de novios. ¡Claro que las alarmas sonaban a cada tanto!, se debían a rarezas diversas del amante, difuminadas por los fastos de la pasión, pero se dispararon cuando la chica lo contó a las amigas y entre ellas había otra víctima de tan peculiar manera de seducir. Y era el mismo tío. Salió por patas. Pies, para qué os quiero. Se pusieron en polvorosa. 

Después de mucho dar vueltas sobre tan importante extremidad, tengo que denunciar esa moda de compartir una foto  con tus piececitos y un fondo marino. O colgarla en una red social. Ejem. Ese juanete, ese dedo torcido, tus intimidades se concentran en los pies. Ahí están todas tus terminaciones nerviosas. Por ahí se te ve el plumero. Además  ¿Para qué? ¿Que quieres decir que estas en la playa? Dilo. Ponte tú en la foto. A lo mejor no sales con tu mejor sonrisa, cara de perro, papada, ojeras, calvicie o ganas, cualquier cosa mejor que los pies. Aplica filtros, tunea. Pero los pies. ¿Para qué? Ni con las uñas rojas, que ganan mucho, los pies son para presumir ni enseñarlos. Pon una mano. Un dedo, el de la palabrota, si enfado quieres mostrar, la uve si victoria, pulgar arriba si estás de acuerdo. Junta las manos y haz un corazón si bozas amor, o lo ansías. Crúzalos para pedir suerte. ¿Pero los pies? No entiendo la moda. Creo que es como todo en los tiempos de estulticia, esta suerte de absurdez en la que estamos inmersos. De la mano de la corriente va la gente. Allá donde los lleve. Que quiero cumplir mis sueños. Esa falsa autoestima que es solo vanidad. Porque yo lo valgo.  Ese egoísmo que ombliguea la sociedad. ¿Donde está la empatía? Es una manera de permanecer en el anonimato siendo protagonista, presumir a medias. Paridas. 

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