Seguidores

20/06/2021

¡Mamá, me han vacunado!

¡Ay, que no estás! Es que no estás, que no estás y no me acostumbro. Mira que has sido independiente siempre; mira que nos has enseñado a serlo, más o menos. Me he curtido en no poderte contar o contarte y sorprenderme siempre con tus respuestas. Nunca dejas puntada sin hilo. Por mucho que mis expectativas estaban abiertas a la imaginación, siempre – siempre - siempre tuviste la capacidad de sorprender. Madre. Que no estás. ¡Cuánto nos hemos enfadado contigo! ¡Cuánto me he enfadado yo! Con lo que a mí me cuesta enfadarme. Contigo me sale natural. ¡Y qué orgullosa siempre de ti! Con todas mis contradicciones, con todo mi dolor, con mi sentimiento de Calimero. Siempre he estado orgullosa de ti, madre. Siempre. A veces me he puesto colorada; otras, hubiera horadado la tierra hasta llegar al magma a encontrarme con Julio Verne ante algún comentario agudo, pero a la postre orgullosa. No son anécdotas lo que se puede contar de ti, porque es un continuo. Como la de mi ex novio, que el ajo le hacía mal en el cuerpo. Le encanta cocinar a él y lo hace muy rebién. Pero como tu paella ninguna. Te pidió le enseñaras y como no sabes hacerlo más que con el ejemplo, porque de cantidades es un poco de tal y de tiempo un rato, se puso a tu lado un día. Y cuando fuiste a echar el ajo, que yo te pedía que eliminaras de todas tus recetas, le dijiste que no mirara. Así eres y eras tú, mamá, madre. Nadie es perfecto, ya se lo dijo Joe E. Brown a Jack Lemmon. Tengo tantos ejemplos de tu carácter indómito como segundos de mi vida como hija tuya que soy. Te debo una explicación. Son como eres, porque no puedes dejar de ser, allá donde estés. Espero que con padre. No discutáis por favor.

Ese día, en el borde del mar, entrando en un chiringo, cuando vino el chaval con el mandil para ofrecerse a llevarte a la sillita de la reina, que nunca se peina. No dábamos crédito cuando dijiste que sí. A punto estuvieron los surferos del chiringuito de llevarte en volandas hasta la mesa, al borde del mar, donde tomarte un aperitivo a gusto. Tu naciste sintiéndote protagonista y así te fuiste. Que nuestro último viaje juntas fuera en ambulancia es mala pata. Con lo buenos que fueron esas escapadas a Torrecaballeros. Tu pidiendo judías en agosto o torreznos con café con leche. Porque sí. Porque siempre has sido eje. Y padre te dio cancha y cobertura.

Vuelvo al tema de mi carta, cuando voy al médico siempre tiendo, sobre todo si me van a poner una inyección, que tanto miedo me dan, de caerle bien a la enfermera. Quiero no ser anónima, que me mire a la cara, que se acuerde de mí, para que no me haga daño, para no ser un número, sino una persona que recordará. Por eso en los hospitales siempre hemos recurrido a ti, tú sí que eres inolvidable. Padre y las hermanas igual. Él, médico consorte, nosotras las hijas de la Doctora, nietas nosotras también, antaño yo ¡hasta orgullosa nuera del un omnipresente ausente. La Doctora eras tú, eres tú, única. Si vas al médico desarrollas toda tu simpatía, pones en marcha tus mejores armas, de conquista, seducción, para que no te dé malas noticias, un diagnóstico terrible. Como si de la empatía que se genera en esa relación minutaria pudiera surgir una máquina mágica de afinidad que hiciera que tú patología se destruyera, Calasparra cartapacio me disuelvo en el espacio. No puedo evitar decir que soy hija y nieta de médicos que mi suegro también lo era, como el padre de mi suegro, tíos y lo serán sobrinos acaso. En fin, todo en un intento de atraer hacia mí la misericordia de ese doctor que va a emitir una sentencia que quiero sea a favor por favor.

Que no les he dicho, madre, que tú hiciste allí la residencia en el Clínico porque me han vacunado allí, ¡que orgullo! lo mejor de lo mejor.  En la Concha misma, que mi suegro, que nunca lo fue y siempre lo será se formó en La Concha a mucha honra. Ya decías tú que los de La Concha estaban en otro escalafón de la medicina. Un escalón por encima del resto de los médicos en la élite inteligencia curativa de este país. Y no lo digo con Rintintín sino con admiración porque mi suegro a que siempre querré y le echaré de menos, aunque que nunca lo fue y siempre lo será. Él se formó en La Concha y a mucha honra. Porque en la Concha no eran residentes, no, ¡se formaban! Y allá en el firmamento donde seguramente ha encontrado gloria, ojalá os conozcáis también vosotros y podáis arreglar con vuestras habilidades el desaguisado que tenemos aquí abajo. Os quiero montones. Dile a padre que echo de menos sus achuchones.


4 comentarios:

  1. Preciosa carta,siento pena una pena rabiosa, triste y alegre de ver vuestro amor besos

    ResponderEliminar
  2. Otro regalo matutino monti. Gracias.
    Otra punzadita en el corazón. Me voy a por mi primer café….

    ResponderEliminar