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06/01/2026

HEROES

¿Se le ocurre a alguien algo más sexi que Bowie cantando Héroes? Con sus ojos bicolores. Ya solo por eso es un ser único. Su rostro concentrado,  angular y agudo; una boca que baja las comisuras, y cerrada esconde sus enormes dientes, su flequillo libre y rubio platino cayendo en plancha sobre su frente. Con esa contundencia en su figura, en sus movimientos,  seguro por el escenario. Sopla el viento y vuela el pelo como si estuviera cerca del mar. We can be heroes. ¿Como no vas a ser héroe?. Lo que tú digas. Reverencias te haría de admiración. Manos el alto, palmas.

Esa voz que sale de atrás, profunda y seria. Abre la boca tras el micro y asoma la dentadura de su sonrisa. ¡Bendito él que eludió la ortodoncia! And I, I’ll drink al the time. Baila de un modo casi imperceptible, moviéndose en corto, con un ritmo implacable, en un elegante traje de chaqueta. ¿Cómo se puede ser tan sexi cantando Heroes vestido de oficinista, por favor? Dobla la rodilla, movimiento de cadera leve. Sonríe. Enseña los dientes como diciendo ¡grrrrr!. ¡Que te como!, casi infantil. Esos paletos enormes que luce, casi vampíricos. Cause we’re lovers. Domina con un ritmo sutil y bárbaro el escenario. Encandila con contundencia.

Se retira brusco el micrófono de la boca. Recupera: You can be mean. El público aplaude en estado hipnótico. Está solo Bowie en el escenario, rodeado de músicos. Casi no mueve los labios. ¿De dónde sale esa voz? Fluye sin aparente esfuerzo. Va de la calma a lo más alto, pasando por los registros que le da la gana. Como si estuviera inventado la letra o cómo interpretarla en ese momento. Está serio y de pronto empieza a hacerse enorme, a sonreír.  I’ll be king and you will be my queen. ¡Olé!

What'd you say? Pues que sí, que quiero ser mala, sólo por un día, que bebas tú toda la jornada. Que vamos sí, que vamos a ser héroes, solo un día. Que nademos como los delfines. El público aplaude entusiasmado. Solo se ven brazos arriba dando palmas al ritmo que imprime Bowie.

Gracias por esta canción, por esta fuerza, por ese chute de energía que siento cada vez que te oigo cantarla. Gracias corriente alterna que se vuelve continua, o al revés. Enciende estadios con su potencia. Cortocircuita la miseria de las letras banales. Llena de esencia y sentido cada acorde. ¡Viva!

Leo que está inspirada por una pareja que se besaba junto al Muro de Berlín mientras él observaba desde un estudio cercano. Dicen que habla de cómo dos amantes, desafiando el peligro y la separación, pueden sentirse héroes por un día. No sé. Es brutal.

Todos deberíamos ser héroes , aunque solo fuera por un día.

I, I will be king
And you, you will be queen
Though nothing will drive them away
We can beat them, just for one day
We can be heroes just for one day
And you, you can be mean
And I, I′ll drink all the time
'Cause we′re lovers, and that is a fact
Yes, we're lovers, and that is that
Though nothing will keep us together
We could steal time, just for one day
We can be heroes for ever and ever
What'd you say?
I, I wish you could swim
Like the dolphins, like dolphins can swim
Though nothing, nothing will keep us together
We can beat them for ever and ever
Oh, we can be heroes just for one day
I, I will be king
And you, you will be queen
Though nothing will drive them away
We can be heroes just for one day
We can be us just for one day
I, I can remember (I remember)
Standing by the wall (by the wall)
And the guns shot above our heads (over our heads)
And we kissed as though nothing could fall (nothing could fall)
And the shame was on the other side
Oh, we can beat them for ever and ever
Then we could be heroes
Just for one day

hook

We can be heroes
We can be heroes
We can be heroes
Just for one day
We can be heroes

outro

We′re nothing, and nothing will help us
Maybe we′re lying, then you better not stay
But we could be safer, just for one day
Oh-oh-oh, oh-oh-oh, just for one day

04/01/2026

LAS ESTUPENDAS DE R.D

No. No me refiero a la querida república. Más bien a Don Rubén, poeta, el de la princesa. La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?  Padre se sabía el poema entero, ventajas de la educación de la memoria, denostada en épocas de disipadas disciplinas. Aprendimos de la libertad y del olvido. Al grano: Rubén Darío no es solo el nombre de una estación, de una parada, de una boca de metro. ¡Acabáramos! Don Rubén sin saberlo escribió frases que nadie sabe que son suyas, 'juventud, divino tesoro" y sobre todo, "la princesa está triste, ¿Qué tendrá la princesa?', Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. La princesa está pálida en su silla de oro, está mudo el teclado de su clave de oro; y en un vaso olvidado se desmaya una flor."  El tono de la lectura ha de ser tal que invoque a una caída lánguida de la mirada y el ánimo al final del verso. Padre mencionaba a la princesa cuando las lágrimas amenazaban. Estoy aquí, para lo que necesites.

Pero no quería hablar de poesía, ni de mi padre. Aunque los padres están en todas partes. En la plaza que toma prestado su nombre al poeta hay un solemne edificio de forma de arco de circunferencia, que acompaña con elegancia la forma de la plaza; en el edificio un portal; para entrar, un portón que no desmerece el aspecto general; un vestíbulo generoso con sofás para la espera y el diálogo; a otras cotas: las viviendas, principal, segundo…. El ínclito edificio fue refugio en alguna guerra. 

En fin, dichosos los poetas, el caso es que el local del bajo de la conocida plaza, alberga en la actualidad un centro de Yoga.  Actividad de moda en la actualidad, saludable tanto para mente como para cuerpo. Se trata de un secreto a voces entre la alta sociedad madrileña, entre lo más selecto del barrio de Almagro y Salamanca. Solo se conoce por el boca a boca. La aristocracia de las mujeres en buena forma, las estupendas, solo comparte con las más íntimas la ubicación de tan preciado secreto. Que hoy desvelo sin pudor pero con miedo real a las represalias. Nadie puede desmerecer el poder de un grupo de mujeres concentradas en la respiración y posturas imposibles puede llegar a tener. Ríanse ustedes. El Centro, como Enrique Busián, no tiene puerta de calle, está en los intestinos del edificio. Escondido a la vista en su interior, Don Rubén se sorprendería de la algarabía de la planta baja si al salir a fumar a su balcón con vistas, compartiendo confidencias con Don Joaquín, a quien por cercanía cada tanto frecuentaba. (se trata este encuentro imaginario, nacido en mi cabeza. No sé Sorolla y Darío se conocieron, si fueron o no amigos. Solo me hace gracia imaginarlos en un balcón mirando a la plaza  y observar el trasiego a la entrada de la casa, muy de mañana) Se asombraría cual portugués (de que los niños en Francia hablasen tan bien francés). Se trata de una fauna de estupendas que cruzan el Paseo de la Castellana por el puente de Juan Bravo a la sazón puente de Enrique de la Mata Gorostizaga. Esa fauna de féminas consta de chavalas adultas y no tanto. Con el pelo perfecto en un recogido del que no se escapa nada; cuando de canas, de canas; si tornasolado, lo mismo y si es tinte o mechas, cada cosa en su lugar. Frecuentan las melenas. Coleta con la goma de los espárragos. Casual y perfecta. Embutidas en perfectas mallas, no adquiridas en tiendas populares si no en locales exclusivos, el ropaje recoge los eventuales defectos, que son pocos, y dan un aspecto elegante y conciso a las damas. Se completa el atuendo con un chalequito ceñido que cubre la camiseta o sudadera. Zapatillas sin mácula de polvo o suciedad, como si no tocaran el suelo al caminar, como no fueran susceptibles a la vorágine de las aceras salteadas de pecios previo a la limpieza soplada de los afanados porteros de la zona, o como las damas hubieran llegado volando.

El caso es que hay un centro de yoga que es lugar de reunión de esta élite, de estas mujeres que se conozcan o no, pertenecen a un selecto grupo, son la aristocracia oculta de la capital. En esas clases unas profesionales ad hoc organizan, entrenan, adiestran, a esas madres, mujeres de, jefas de servicio de la Princesa, o responsables de operaciones de grandes compañías, “bigfour”, directoras, ejecutivas agresivas o no, mujeres de éxito personal y profesional. Acuden discretamente a ese nudo gorgiano que solo las elegidas conocen. Entran con la cabeza alta y salen llenas de vida y con energía renovada, tras una sesión de posturas imposibles y paz, seguramente enfrentan al nuevo día con conexiones desconocidas para los mortales. Si no eres yogui, ni eres nadie. Que lo sepas.


Decathlon ha democratizado el deporte y ha hecho tabla rasa, nos ha hecho la ilusión de estar todos al mismo nivel. Falso. Siempre hay clases, siempre hay niveles, no existe la igualdad, ni en el deporte ni en la vida; para eso ha venido el yoga, para poner a cada uno en su lugar. Ha hecho su selección y ha elevado a la élite, a lo más exquisito de la sociedad, a la práctica de determinadas actividades deportivas que solo los elegidos son capaces de llegar a entender. Porque requiere el oro de nuestros días, que es el tiempo y la plata, la reflexión. Así la práctica del yoga es como llevar un diamante, algo presuntamente discreto e inabarcable a la vez.

Madre, mi madre, se hubiera apuntado a yoga, y seguramente habría acudido atravesando el puente de Juan Bravo, con zapatillas doradas y la estera en ristre a las clases que imparten chavalas estupendas llenas de paz y armonía, en un ambiente zen de serenidad, sosiego, tranquilidad espiritual, donde la respiración es el eje del ejercicio y el sudor fruto del esfuerzo mental de la concentración y el control de la posición. Apuraría mi madre un chester sin filtro antes de entrar a clase y a la salida acudiría en animada conversación, acompañada de nuevas amigas de su actividad reciente o no, a algún café cercano donde daría cuenta de un buen pincho de tortilla antes de enfrentarse a la jornada. Moderna ella pero sin renunciar a su esencia. Volvería en taxi a casa o al Hospital. O quedaría con padre.

Pero no se dejen engañar, es condición necesaria ser VIP para acudir a esas clases, es denominador común la indumentaria selecta, que no parece deportiva de lo elegante, que contiene las carnes alisando los  bultos celuliticos, agrupa tensiones y disimula errores. Llevan un pelo perfecto, que no se descoloca tras el ejercicio ni se atribula, no le afecta la humedad, ni al cabello ni al maquillaje. No se dejen engañar es condición beca pero no suficiente. Se puede usted embutir en tal ropaje y adquirir un aspecto inevitable de morcilla de Burgos que le va a delatar an cualquier ambiente, las puertas no se abrirán a su paso. Es un coto vedado. No admite intrusos.


31/12/2025

ALGO VERDE

Si se trata de salir a comer por ahí, pedir una ensalada me parece innecesario. La intersección entre comida en restaurante y pedir una ensalada para mí es el conjunto vacío. Pero resulta común denominador de muchas comidas familiares o de amigos; vamos, que es un clásico. 
Cuando sales a cenar, cuando vas a un restaurante, lo que mola es comer cosas que no comes en casa, digo yo. El plan no es voy a pedir un besugo a la espalda a ver si lo hacen mejor que yo, no. Lo pido porque es el plato de la casa. Mola probar especialidades, alguna cosa complicada, de elaborada preparación, un producto típico o algo que no comas habitualmente, que no consista en cortar un par de tomates y echarle un poco de sal, vinagre y aceite. Aunque estés a plan. En tal caso, comes menos y punto, o te quitas del compartir y pides ensalada para ti.
No me estoy refiriendo a las comidas de menú diario, esas de bajar al bar de la esquina a comer porque estás trabajando y no te da tiempo a ir a casa y luego volver a la oficina. Ahí comete un tomate o lo que te parezca. ¡Incluso unos guisantes con jamón!

Quiero hablar de esas cenas de amigos o familia, unas croquetas, vale, una ensaladilla, venga, unos calamares fritos, unas berenjenas, unas alcachofas, un arroz con bogavante. Todo eso y sobre todo un buen filete empanado con unas patatas fritas de verdad, sí. La escena es la siguiente, ¿compartimos? Vale. Para compartir hay que pedir platos que se puedan compartir, es decir, si van por unidad, deben ser múltiplos de los comensales; (esa es otra, a veces hay que explicar al camarero que si sois siete a la mesa y la raciones de croquetas son de seis, que pongan siete ¡puñetas! y luego prorratee que no es para tanto) Si es de servir o picar, de fácil reparto; en caso contrario es un desastre. Yo soy partidaria de platos divisibles, que se pueda picar sin necesidad de servirse. Es que a mí de las cenas con amigos y familia, lo que me alimenta es la conversación y las risas. Soy de paladar fácil, pobre, diría mi padre. No es que no sepa lo que me gusta, que lo sé, pero me importan más otras cosas. Por eso tampoco discuto mucho, en caso de elecciones individual, pregunto a alguien de confianza ‘¿qué me apetece?’ Como hacía el tío Felipe. 

Después del ‘¿compartimos?’ suele venir ‘cada uno elige un entrante’. Vale. Y siempre hay quien suelta ‘¿y no vamos a pedir algo de verde?’ a mí me dan ganas de decir ‘no’. Especialmente cuando en la carta no hay ensaladas. Si entre los platos recomendados no hay ensaladas, no la pidas, porque te van a traer una maldita lechuga iceberg con hojas tamaño gigante y cuatro tomates mal cortados y una ventresca más o menos rica, un espárrago blanco, que decora y unos pimientos de lata. Encima, viene sin aliñar, para más inri. Lo siguiente es ‘¿la aliñas tú?’ Porque el que la ha pedido nunca la quiere aliñar, nos ha jodido mayo con las amapolas. El que la ha pedido lo ha hecho por nuestro bien, pero él no se moja. Ya ha hecho bastante. ¿No querías ensalada? Pues apechuga. Desde el COVID el asunto de las vinagreras también llamadas combos, merece mención aparte; como ya no pueden traer la clásica pareja botellitas, una dorada (o verdosa y la otra más ocre, te llenan la mesa de bolsitas de aceite y vinagre de Módena y saquitos de sal. Con lo cual el tema del aliño se complica, hay zonas de la ensalada que quedan saladas, a otras no les llega nada y otras incomibles por exceso de sal o vinagre. ‘Toma sirve tu’ y tampoco quiere servir, porque es un petardo servir la ensalada, los trozos enormes hacen que no haya quien reparta equitativo. Si quieres ensalada, ábrete la lata de atún en casa, pela el tomates, lo salas un pelín, le pones su chorro de aceita de oliva virgen extra y lo que te apetezca. Pero no me pidas una ensalada para compartir en un restaurante. Primero porque, a no ser que se trate de la ensalada del siglo, hecha con pitimini y regada con gamusinos, va a ser un plato soso y sin gracia que cualquier televidente de master chef o similar podrían mejorar en un pis pas; segundo, por el tema del aliño, si con la sal cada uno vive en su patio particular, si le añades las variables de la cantidad y calidad del aceite y la elección entre vinagre y limón, para que vamos a hablar. Otra opción es ‘vamos picando de la fuente’, eso sirve para las croquetas, para la ensalada es una cochinada. Sin contar con los eventuales barcos de rebañe final. 

Todo se cierra a la hora de los postres, ante los apetecibles ofrecimientos de flanes caseros, tiramisú o capas de hojaldre en escarcha, siempre hay algún espontáneo que suelta ‘¿y que tienen de fruta?’. No hijo no, fruta no. Te has bebido el Guadiana, ahora estás con los chupitos de tequila y vodka, que por no elegir hay de ambos en la mesa, no te pidas una mandarina, alma de cántaro. No intentes disimular que se te ve el plumero. 

30/12/2025

LA CENA

Una reunión navideña. No sabíamos quién iba a venir. Se suma a este dato la incertidumbre de la hora a la que quien podía ese día, podía. Un abanico de opciones desde el desayuno a las copas, pasando por el aperitivo, comida, tardeo o cena. La cantidad de compromisos de unos sesentones es variada, desde la afición al esquí, a la ópera, los hijos ausentes durante el año que vuelven con el turrón, los nietos y las  necesarias carantoñas, los progenitores que resisten con lucidez y de los que no nos queremos perder ni un suspiro; y también algunas cuitas, como el cuidado de aquellos padres que aún nos acompañan, pero han perdido la luz en sus ojos y se nos escapa su vida. O solo que siguen trabajando. O que tienen un ensayo con su banda, como todos los viernes. Una banda con nombre presunto en cocción.

En pleno diciembre en Madrid, reservar una mesa parecía un imposible sin tener en cuenta la dificultad añadida de las condiciones de contorno del caso. Véase número de comensales y hora del encuentro. Dos variables a la sazón importantes, casi diría fundamentales. De un grupo de compañeros de clase del cole allá por 1975, uno contacta con otro. Que si nos vemos. Uno vive en el extranjero y propone la Cava Baja o la Alta o el ‘centro’ para tomar unos caldos navideños. Se nota que este uno abandonó Madrid cuando no existía la M30. Si ir al ‘centro’ es una locura, no sabe que en la actualidad hay aceras de circulación obligatoria en un solo sentido, para peatones, que se desaloja la Puerta del Sol en fin de año, previo a las uvas. Que ir al centro es una locura siempre, pero en Navidad ni soñando te acercas. A no ser que, junto con los votos matrimoniales, hayas jurado asistir a la plaza mayor en Nochebuena con una pandereta y un gorro de Papá Noel a comprar unas figuritas para el Belén. Una penitencia como cualquier otra, que en realidad tiene mucho de romanticismo.

Dentro del grupo de asistentes a la cena, que finamente tuvo éxito de crítica y público (se llenaron todas las asientos reservados) y que esperamos no sea última, si no la primera de muchas; entre los asistentes, digo, más o menos confirmados había varios escapistas. Sí, se trata de esos participantes entusiastas en la preparación de un encuentro que en el momento justo del mismo hacen ¡puf! y desparecen. Carrasparra cartapacio me disuelvo en el espacio. No cogen el teléfono, no llaman para cancelar, simplemente no aparecen. Eso, siendo yo misma quien reservó la mesa y una de las candidatas principales a rajarme en el último minuto, hacía del encuentro, cuando menos, impredecible.

Se trataba como digo, de una reunión de amigos del cole. Hemos llegado todos a la sexta planta según mis cálculos, algunos nos hemos visto un poco, otros son grandes amigos, pero algunos no nos veíamos desde hacía más de 40 años. Se dice pronto. Tanto es así, que los primeros que llegaron al restaurante tuvieron que ser presentados por el camarero. ¡Hombre! Dijeron ambos que, por descarte, se identificaron a duras penas; pero que, hasta que no empezaron a hablar, no volvieron al patio cubierto del cole a ver la lluvia, al momento de salir al recreo y elegir equipo para jugar al fútbol, al látigo, al balón prisionero o a churro va. A preparar las chapas o las canicas. A los pupitres y a las clases llenas de vaho. A correr a la cola de la puerta de atrás de la cocina para coger el bocata de pegote de nocilla o chorizo de Pamplona. Denostados bocatas ¡oh! ¡Qué recuerdos!. Y así fuimos llegando todos.

Entre los comensales había viajeros y dobles nacionalidades, pero por unanimidad ganaban las orejas atentas escuchando atentas y caras alegres, ojos llenos de alegría. Qué gusto de risas y anécdotas.  De profesiones variadas, más o menos técnicas, humanistas, contando historias, nos dimos cuenta de que, entre los ocho que éramos, cinco habíamos elegido como segunda opción para estudiar, la carrera de Matemáticas, la entonces (1983) Exactas. Ahora las matemáticas están de moda, porque ‘tienen muchas salidas’. En el 83, con una selectividad de pesadilla, solo hacían matemáticas los frikis o muy frikis. Pero, mira tú por donde, entre los hilos que forman el tapiz de nuestra infancia está un magnífico profesor de mates que nos hacía creer a muchos, que era una asignatura genial, que nos enseñaba trucos y apaños para resolver problemas que de otro modo resultaban verdaderos atolladeros.

Recordamos a cada uno de los ausentes, así que, dense por aludidos y acudan a la próxima, amigos; que, si les pitan los oídos sin parar, ya saben por qué es. ¡Qué bien me caen mis amigos del cole! ¡Qué fácil es hablar con ellos! Parece como si estos cuarenta y pico años hubieran sido un paréntesis, nada más. Tras un primer momento de duda, aparecen las palabras, las risas, esas miradas, una complicidad divertida. Todos tenemos nuestra mochila, y algunos de nuestros pequeños traumas tuvieron lugar cuando estábamos juntos, en esa época convulsa entre la niñez y la edad adulta. Fuimos testigos o culpables de los pequeños o grandes tropezones ajenos o propios. Responsables inconscientes de las heridas de otros. Incapaces entonces de mirar más allá de nuestra propio tribulación. Muchos salieron más o menos dañados. Pero es que la vida es así. Ni el control actual del bullying, del acoso escolar, las alarmas que hoy en día existen, impedirán jamás la realidad de las relaciones entre niños y adolescentes, llenas de rivalidad, de enfrentamientos, de amor, de amistad, de hormonas disparadas, de celos, admiración. En fin, un cóctel difícil de manejar para el chaval y a veces opaco para el docente, que no detecta el conflicto en la algarabía.

Quizá ya es hora de arrancar costras y postillas, a quien le quede alguna, jovenzuelo que aún recuerda; no deben quedar escaras ni dolores, quizá es horas de sanar. Hemos sobrevivido a mucho más. Hemos rebasado hace tiempo el Ecuador de la vida. Y que lo que nos toque, que nos pille bailando, riendo, cantando, esquiando. Brindo por eso. Brindo por dejar de ser rumiantes, que no es nuestra naturaleza. Pocas experiencias son tan sanadoras como un reencuentro desde la madurez, sin perjuicios, con alegría con los niños que fuimos. Con la mirada limpia de los que ya se han quitado hasta las cataratas. Con la distancia y la serenidad que dan los años. Somos los mismos, sin filtros.

19/12/2025

FRAN L. QUINTANILLA

 

Belen y Jeff tienen un precioso estudio de arquitectura donde cada tanto dedican un espacio a exponer pintura, escultura…Es además excusa para la conversación y el encuentro. El reencuentro. Los abrazos. Las sonrisas. Los abrazos.

Confieso que en esta ocasión tenía especial interés en asistir. El artista es Fran L. Quintanilla.  Fran era del cole. Como Belén, Teresa, Arantxa, Mariangeles, Mariana. Fuimos las amigas del cole a ver las obras del chico de clase.

Belen es la anfitriona, con Jeff y nos recibe además con buen vino y queso que sabe a beso. 

Hace más de 40 años que no compartimos pupitre, eso no tiene ninguna importancia. Nos reímos igual, hablando somos las mismas. Gesticulando. Solo que ahora nuestros hijos se han hecho mayores que nosotras.

Éramos del mismo cole. Un día, hace tanto, recorríamos las calles cuartas sin asfaltar, desde la parada o hacia la parada. Allí los padres de Fran, escultor él, pintora ella, tenían su estudio. Después de haberlo tenido en esa zona de Madrid cuyas calles lucen nombres de ríos, donde vivía Belén, que pasaba de su casa, por el jardín, a casa de Fran, sin avisar. Amigos los padres desde siempre. Tanto que yo pensé que eran primos, como Luis, también vecino de la ribera.

Nos sentábamos juntos o separados, sin pensar en el mañana, que ya es hoy, que ha llegado, junto con el futuro; teníamos la cabeza puesta en el recreo o en los amores imposibles. Con el miedo a los exámenes o a salir a la pizarra. A ese mítico profesor que para una vez que te ríes suelta “Cuenta eso que te hace tanta gracia para que nos riamos todos” Horas de colegio. Años de años de colegio. No sabíamos lo que nos esperaba, lo que deparaba la vida. Vivíamos sin prisa y con urgencia a la vez. Bastante felices, diría yo, visto desde la distancia.

Han pasado más  de cuatro décadas y unas cuantas amigas del cole, gracias a la constancia de Belén, tuvimos ayer la oportunidad de admirar la obra de Fran, que él mismo explica, si le insistes, si preguntas, si escuchas. ¿Son esculturas o estructuras? Un visitante pregunta si es arquitecto. Dan ganas de jugar con ellas, de tocarlas. Resulta que nacieron así, jugando, jugando con piezas de madera como las que muchos teníamos en casa guardadas en un bote de Colón. Sin que se entere Alaska. A nosotros nos bastaban los cubos de colores, los paralelepípedos y los arcos y los cilindros para nuestras modestas pretensiones creativas, para nuestras construcciones que inevitablemente caían derrumbadas por esa última pieza que las coronaba. Pero a Fran se le quedaron cortas las piezas en el juego. Y las empezó a hacerlas él mismo. Jugando. Y siguió y siguió, su hija se aburrió y él siguió. Normal que se aburriera, dice.

Diseñó una fábrica con todo el sentido. Pensando en la producción, con sus silos ubicados en orden y con coherencia, la chimenea, el recorrido del material  tan claro y el de los trabajadores. No me sorprendería ver salir humo un día porque por fin se ha puesto en marcha esa miniatura. Hay una torre circular que me recuerda a la de Babel, a como yo me imagino que pudo ser la torre de Babel, con pequeños recovecos, por donde nació la incomprensión. Compuesta por piezas separadas que podrían ser ventanas o las grietas que se abrieron entre los distintos parlantes. Esas lascas que parece que pueden salir en cualquier momento y nunca tendrán hueco para volver a su sitio. El orden frente al caos. El círculo que adolece de aristas. Sus esculturas, estructuras, están vivas, ese es un gesto máximo de generosidad. Porque el observador las puede cambiar a su antojo, Fran te anima a hacerlo. Toca aquí, quita esto, ponlo en otro sitio. Es magia. Y sigue siendo bella. Sus esculturas son estructuras, sus estructuras son esculturas. Alguna recuerda a las Torres de Colón, previas al enchufe. ¿Son pilares las espigas? ¿Acaso tirantes? Y las piezas donde engarzan, ¿se trata de losas o forjados? Es un trabajo hecho desde la sensatez y conocimiento del comportamiento de los materiales, desde lo más lúdico y lo más sensato, genera belleza y armonía.

Es precioso de la obra de Fran el que delante y detrás de sus esculturas está su familia en la historia y en la creación. 

Yo recuerdo la caligrafía de mis amigas del cole, pero de Fran solamente recuerdo sus dibujos. Unos bólidos que salían del papel gracias a un dominio imposible de la perspectiva y los efectos especiales, lograda con la intuición y la constancia. No necesitaba nada más que un boli y un trozo de papel o una carpeta. Así son sus dibujos, a rotulador, a veces se gasta y añado alcohol. Fran fue un artista siempre, fue un pintor siempre, un escultor siempre. Gracias.



02/11/2025

Y cada vez/ bis

 

Cada vez que te veo.

Cada vez que te veo, se corta el aire a mi alrededor y deja de latir por un instante mi atribulado corazón.

Cada vez que te veo, es lapsus en el conteo de las horas y el reloj echa el ancla en el momento, el minutero es cincel que talla en el recuerdo esa visión.

Cada vez que te veo se revuelve inquieto mi comprometido ánimo.

Cada vez que te veo, con esa sonrisa de regalo, que es sol de invierno, faro en la noche tenebrosa, esa sonrisa que solo tú me das, que te devuelvo sin querer, que no puedo retener en mí, porque es tuya; cada vez, me vuelvo a enamorar.

Cada vez que te veo, te reconozco como el príncipe que viene a rescatarme de mi voluntario cautiverio.

Cada vez que te veo, y tú me ves, y tú me miras, me ves por dentro, y un gesto casi imperceptible se configura en tu cara, sabiendo como sé que es un guiño sólo para mí; se me descompone el mecanismo en el que tengo sujeta mi cordura. Y todo es mar y todo es agua, y nado sin ataduras en el líquido de tu mirada. 

Cada vez que te veo sé que me estás esperando. Y es un secreto a voces porque el aire es aureola que nos envuelve. Y el mundo es testigo, y nadie lo ve, y todos lo saben y lo ignoran a la vez.

Cada vez que te veo me da un vuelco al corazón.

Cada vez que te veo pienso que solo eres para mí, que tu sonrisa me la dedicas como se dedica un poema.

Cada vez que te veo me gusta más verte. Más lo temo y más me presta, más me prenda.

Cada vez que te veo pierdo el equilibrio y olvido el rumbo; me descubro frágil, sin voluntad, pero con esperanza.

Cada vez que te veo, renuevo mis votos y me prometo ser digna de ti.

Cada vez que te veo, noto como me separo lentamente del suelo, me elevo y podría convertirme en alas para sobrevolarte. Y mirarte, y verte. Y acompañarte.

Cada vez que te veo.

 

Y es que cada vez que te veo me desconecto de mi voluntad, que se engancha en tus ojos y te pertenece. Porque yo te la entrego.

 

Cada vez que te veo sé que la espera se acorta. Un chico no puede poner esa sonrisa a todo el mundo. La sonrisa no se tiene, la sonrisa nace, se da, la provoca un estímulo ajeno.

Cada vez que te veo sé que a ti tu sonrisa te la saco yo. Tengo miedo porque sé que no tiene remedio. Y porque no sé cual va a ser el momento. Que temo y deseo en igual proporción .

Cada vez que te veo me escondo en mí misma porque vuelvo a pensar que no me lo merezco.

Cada vez que te veo me siento una impostora, y que en cuanto me acerque a ti, me descubrirás. Porque tú me ves.

Cada vez que te veo temo que te des cuenta de que soy un fraude y que no vuelvas a sonreír.

 

Por eso no quiero verte,

Por eso no quiero que me digas que te hago vibrar.

Por eso me escondo cuando veo tu pelo alborotado, entre cano y amarillo, con esos rizos rebeldes para tu edad. Imagino tu habitación desordenada y llena de aire fresco de la mañana. Testigo de tu sueño, libre y sin filtros.

Por eso cambio el rumbo cada mañana y cuando no lo puedo cambiar, altero mi itinerario y mis horarios.

Por eso no te quiero ver, quiero que esa sonrisa llena de dientes dure para siempre. Que ilumine mi vida y mi camino.

Por eso y porque sé quién eres. Eres mi futuro. Eres mi rayo verde.

Por eso no quiero estropearlo. Otra vez.

 

Cada vez que te veo sé que eres tú. Que estás ahí porque me has elegido.

Cada vez que te veo no puedo sentir orgullo porque siento vergüenza, pudor por mi cuerpo ajado, bochorno por mis canas, mis arrugas, mi rostro envejecido, mis gorduras, mis andares.

Cada vez que te veo a la vez me siento la reina en la alfombra de rosas, haces de mis harapos sedas que flotan entre nosotros y nos rozan como besos. De mis arrugas historias y de mis canas rayos de plata para iluminar la noche. 

Cada vez que te veo tu sonrisa me devuelve al presente. Tu sonrisa me enfrenta a verme tal cómo soy. Quién dejé de ser. Me desnudas. Me abrazas.

Cada vez que te veo me haces sentir bien, mejor, hermosa, valiente.

Cada vez que te veo sé que lo soy, hermosa, valiente, valiosa.

 

Cada vez que te veo estamos solos, aunque haya gente. Desaparece todo menos nosotros. Y me ves. Y te veo.

Cada vez que te veo sé que eres tú. Que estás ahí porque el destino ha elegido tu ubicación y la mía para que nos encontremos.

Cada vez que te veo sé que solo juntos existe el futuro.

Cada vez que te veo sé que tengo un objetivo, encontrarme de una vez y aceptar este premio que la vida me ha dado, que eres tú.

Porque cada vez que te veo sé que todo tiene sentido.

 

Cada vez que te veo encajan las piezas y el engranaje hace que avance. Y todo funciona de verdad. Y yo también encuentro mi sonrisa.

Cada vez que te veo entiendo por qué y siento tanto vértigo.

Cada vez que te veo tengo miedo porque sé que existe la opción de la felicidad.

Siento un temor que me dice que no me queda otra opción que ser  valiente. Y ante esa grieta que se abre justo donde acaba el dedo gordo de mi pie, entiendo por fin que vamos a caminar juntos.

 

Cada vez que te veo encuentro el sentido en tus rizos ocres, en tu larga sombra. Y, sobre todo, por encima de todo, en tu sonrisa. Y es la mecha que enciende mi ilusión.

Y es que cada vez que te veo, me encuentro sonriendo, dando yo mis sonrisas a la vida.

Cada vez que te veo quiero que hagamos una fotografía y nos inmortalicemos juntos. Es la primera del álbum del camino que vamos a hacer juntos.

 

Paquita Medialdea,

Madrid, octubre de 2025

 

04/10/2025

QUERIDAMARIGLORIA

Querida MariGloria:
Hoy te encantaría estar aquí, porque nos has vuelto a reunir. Faltan los que no han podido. Ya sabes. A lo mejor les puedes dar un achuchón de nuestra parte.

No te imaginas cómo te echamos de menos. Sé que has cumplido de sobra con la vida. Una vida de entrega, trascendencia, trabajo y de amor. Una vida en la que siempre han estado los demás por delante de ti, antes que tú. Los demás antes que tus intereses, que tus deseos. Porque convertiste tus prioridades en la entrega al otro. 
Con tu figura esbelta, nunca fuiste frágil, siempre esqueleto, siempre en la esencia, siempre atenta, siendo el pegamento que nos une. Gracias.

Querida MariGloria. Eres buena.  Alimentas de comprensión nuestros corazones. Con tu ejemplo, con tus palabras. Nos enseñas cada vez lo que es el agradecimiento. Gracias a ti siempre.

Querida MariGloria, conseguiste en tu despedida aglutinar esa piña Montoya, verla y tenerla cerca en estado puro, cantado, contando. Viendo tenis. Encontrando palabras en juegos imposibles. Juntos.

Querida Mari  Gloria, ha pasado el verano sin ti, te echamos de menos. Has dejado un hueco enorme, que no está vacío, si no lleno de anécdotas y mucho cariño. Gracias por tanto Mari Gloria, Gogo, Mariglo. Eres de todos. Eres por todos querida. Gracias por escuchar, gracias por las cosas pequeñas, gracias por lo que nadie sabe. Gracias por dejarnos estar a tu lado en este viaje. No has pedido nada a cambio. Siempre disponible, siempre dispuesta, siempre preparada. Siempre atenta.

Querida Mari Gloria siempre has tenido tiempo para ir a ver a una amiga, para acompañar. No has tenido pereza. Y nos has hecho un poco más buenos teniéndote cerca.

Querida MariGloria. Te vas y te llevas una sabiduría de la no has presumida nunca. Te vas con tu alegría. Te vas con la música, con tus ganas de bailar. Entusiasta del Madrid, del tenis, de Segovia, querida Segovia, los torteles y del bocata de jamón. Entusiasta de la familia y de la vida. De los libros de misterio que se pueden leer, con tu particular censura. Que no salgan cosas feas. ¿Qué necesidad hay? Y es cierto, poco aporta a la trama. Te vas sin haberte tomado un yogur y con la cabeza lúcida y la memoria intacta.

Querida MariGloria no me creo que no podamos quedar, charlar, hacer un plan . No poder escucharte decir lo buenos que son todos, los abuelos, los hermanos, tus sobrinos, la gente de tu casa. Y lo listos.

Querida Marigloria, gracias otra vez, gracias porque nos has hecho a todos favoritos. Tus hermanos favoritos, tus cuñadas favoritas, tus sobrinos favoritos, tus sobrinos nietos favoritos, tus amigas favoritas. Dicen ellas, que has ayudado a tanta gente. En tu casa, todas, de un extremo a otro del pasillo, de arriba a abajo y de abajo arriba, pasando por todos los rincones, dejas buenas palabras, consuelo, alegría, disposición. ¡Cuánto ocupas con tu escueta figura!.


Gracias. Este mes de julio ha sido un remate redondo de aprendizaje y agradecimiento. Es como si nos hubiéramos descubierto en los otros. Porque desde tu amor estabas trazando con hilo fino esa despedida que nos dejas como broche de vida. No te enaltece la ausencia. No te hace grande o mejor la muerte. Siempre te hemos querido igual. Dicen que estás en un sitio mejor, desde donde nos cuidas. Ya. Yo echaré mucho de menos cuando nos cuidabas aquí.