Vivía sola, y tenía una preciosa terraza llena de flores.
Los zapatos en la entrada, por el placer de andar descalza. Un día, los encontró guardados. ¡Qué raro!. Tras sus largos baños mañaneros, disfrutaba del sol y un café cuidando sus flores. Los enseres recogidos, no olvidados en la encimera, según su costumbre. ¡Qué raro!.
Un día sonó su teléfono identificándose como repartidor. “¿Puede abrir?, traigo un paquete”. Un momentito, estoy llegando. “Si quiere se lo dejo a quien esté en su casa, llamo al timbre y nadie abre, pero he visto que miraba por la mirilla” Vivo sola, se recordó a sí misma sin llegar a verbalizarlo. Voló a casa y recogió el paquete antes de que el uniformado hubiera traspasado el umbral.
En una ocasión dejó un cazo lleno de agua en el fuego en un “mientras tanto”. Una bolsa de espagueti sin abrir, preparado para cuando hirviera. Al volver a la cocina, la pasta estaba colada en una ensaladera y el cazo limpio, secándose.
Una mañana de abril, el olor a tierra mojada la despertó. La terraza cubierta con una lámina de agua, las flores agradecidas parecían sonreír, mirándola cual girasoles. Pero aquella noche no llovió. Se asomó a la calle seca. Ni una gota de agua en las aceras, ni una lágrima en los cristales. Ni siquiera el rocío era responsable de haber regado su tesoro. Solo entonces supo que no estaba sola.

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