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17/02/2019

LA MALA MILK QUE TENEMOS EL GÉNERO FEMENINO



Llega tu amiga estupenda. Ha adelgazado 10kg. Está que parece otra. Los brazos, los antebrazos, no le cuelgan. Desaparecieron las "bingo wings". Se le ve la barbilla. La piel no brilla


Luce. Como si estuviera prendida. ¿Que no tendrá que haber hecho para lograr semejante resultado? A partir de los 50 o eres monitora de Pilates o las bingo wings no se enseñan. Ese colgajo al que la gravedad atrae con toda su fuerza, no perdona. Ataca a las guapas y a las feas. A las listas y a las tontas. No hay genética capaz de luchar contra eso. Y va tu amiga y se presenta con una camiseta Blanca de tirantes. Pantalón vaquero. Cinturón de cuero, grande. Es de su chico, sonríe (él la adora, se siente querida). Tiene chico. Faltaría más.  Como para dejarla escapar piensa el susodicho. Los zapatos de discreto tacón. El Omega de él en su minúscula muñeca no parece cadete. La melena al viento. Inmaculada. Pendientes pequeños a juego con sus dientes y su collar de perlas. Está perfecta.
Con una muestra de madurez.  Con una generosidad que has logrado a través de los años de análisis, de reflexión, de autocrítica, de confesión; sin envidia.  Con verdadera admiración. Y eso sí, sintiéndote pequeña, fea. Más fea. Llevándote la mano al pelo que has intentado domar con secador y plancha, pero se ha enroscado al notar la lluvia en el ambiente. Palpándote las lorzas que afloran bajo tu blusa. Juntando todos esos ingredientes en tu coctelera de inseguridad, sonríes y le dices: “Estás estupenda. Has adelgazado un montón”. Y la bandida suelta. (Zas, melenazo, golpe de pelo que le queda así cuando sale de la ducha, no se pone ni cremas, ni suavizantes. Usa el champú de Mercadona, que es fenomenal.) "¿Siiiii? Hija ,pues no he hecho nada, como de todo". Mentira.  Mentira. Del cocido te comes tres garbanzos y te quejas de estar llena. Cuando llegas a casa dices que has picado en la oficina y no tienes hambre. A mediodía algo te ha sentado mal. Has cerrado el pico y te has puesto ciega a abdominales. Y me parece fenómeno. Ole tú. Pero confiesa, puñetas.
Por eso las chicas no dicen cosas buenas a las chicas. Una mezcla de envidia y de rabia. Y porque no sabemos aceptar los piropos. Es mucho mejor hurgar en la herida, la miseria. Pues anda que lo que le ha pasado a Fulana, no me digas. Sí hija. Y zurra y dale. Me planto: yo quiero cosas buenas. Y decirlas. Estoy harta de los que alimentan al monstruo del “Pues anda que yo”.


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