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03/12/2021

COMIDAS TRANSPARENTES

Siete comensales de edades variadas y apariencia heterogénea se juntan alrededor de una mesa en un restaurante cualquiera. Pinta y vestimentas dispares, del clásico al contemporáneo, particulares todos, personales cada uno, auténticos, sin disfraz. La primera impresión es que se trata de compañeros de trabajo, ¿pero de qué trabajo? ¿A qué se dedican? Nada en su aspecto llevaría a una conclusión clara. Solo tienen en común la sonrisa. Y el andar ligero. Ninguno arrastra los pies.

La camarera del restaurante es resistente. Se trata de la clásica "estoy sola", que se pasa la comida excusando un mal servicio previsible desde el principio. Su actitud es de quien aparenta necesitar ayuda, pero en realidad se trata de una sufridora. Cuanto más favor se le ofrece, más se queja. El grupo en cuestión es irreductible. Hay algo contagioso en la paz que transmiten, establecen un cordón de buenas energías infranqueable. Algo que recuerda a la bondad, a la alegría, flota cual nube sobre ellos. Ignoran la queja, y salen al encuentro. Sonríen. Que tienes lío, te ayudo, te ayudamos. De la comanda se encarga el que parece líder de la manada. Se cambian de sitio en el local por unanimidad. Uno dice que hace frío y es que hace frío. Punto. Se llevan los cubiertos para no molestar, se ocupan de juntar y separar sillas y mesas, lámparas y bolis, por no molestar, dejan pasillos libres, por no molestar. Tu siéntate ahí, tú allí, en realidad da lo mismo porque son los caballeros de la mesa redonda, todos hablan con todos y a la vez, sin perderse nada. Una vez escrita la comanda, la camarera protesta, no es así como se hace. El líder la vuelve a escribir, imperturbable. Son un grupo de galos liderados por un Abraracúrcix que ni siquiera teme que el cielo le caiga sobre sus cabezas, y que irradia un nítido buen humor, un halo de orgullo y alegría, en vez del mal genio necesario para luchar contra los romanos. Entre ellos hay una chavala insultantemente joven, a cuya boda han ido otros dos del grupo, impactados porque les sentaron en una mesa de amigos de los padres. También hay una castellana de Castilla la Vieja, que dice de sí misma que es una señora mayor. Otro se ha apuntado con un grupo de jubilados a escalar entre semana. Otro nos va a regalar una moto por Navidad. Otro aprendió castellano por whatsapp y es el favorito.  En realidad, el secreto es que todos somos los favoritos de todos.

De comida piden montones de patatas fritas muy ricas y unas hamburguesas de las que cada uno se alegra de haber pedido la suya, todos han acertado. Tan contentos. Como niños mojan las patatas en kétchup y una salsa rosa preparada por ellos mimos. Solo con las patatas habrían comido. Se levantan a por servilletas y platos que faltan, quitan platos sucios y recogen, como en casa. Eso sí, el que quiere vino, lo quiere tinto, el que cerveza, una especial, el que coca-cola normal, la quiere normal, no cero y la que la quiere light, light. A pesar de la súplica oculta tras la mascarilla de la quejosa camarera cuando se confunde, nadie cede. ¡Eso no! ¡Anuncia con lástima que no hay pollo! ¿Cómo puede no haber pollo? Alitas, la especialidad de la casa. El pollo no viene desde hace semanas, lamenta la quejosa, pobrecita. Imagino a pollos volando presurosos, o correteando, que no han llegado al restaurante, porque había mucho tráfico. Estoy viendo las alitas que no saben volar, atascadas por culpa del Brexit o el coronavirus, que seguro que algo tienen que ver. Si no hay pollo, más patatas, no hay leche para el café ni mascarpone para hacer el tiramisú. Café solo para todos y nos ahorramos el postre ¿Será el fin del mundo?. Da igual. La charla no baja de tono, no cambia el humor en la mesa del fondo.

Entre anécdotas y encárgate tú de eso, vete mañana a Murcia o a Sebastopol. Vale, me pongo. No sé hacer eso, te enseño. Siempre aparece un voluntario. Nos ponemos, me voy a Salamanca, e escalar a los Pirineos, a buscar suisekis entre las rocas sedimentarias, vuelo a Évora, te llevo; a Croacia. Alguien sabe un montón de Croacia, dónde hay que ir, qué no se puede perder.  Todo es sumar, todo es ir hacia delante, todo es sí, sí, sí, seguimos. No han compartido sesiones de autoestima obligatoria ni de entrenamiento colectivo en la aceptación, simplemente se han encontrado, les unen vínculos potentes, que muchos ni conocen. Forman un grupo compacto, que lleva todo el rato la carretilla hacia arriba. No se les cae nada, ni anillos ni pedruscos. Son en suma, un maravilloso grupo humano. Tanto es así que la pesarosa camarera, cuando se dirige a cobrar la minuta, enfoca al líder y le espeta: "usted viene mucho por aquí, ¿qué son ustedes? ¿amigos?, siempre es usted el que paga ¿es el jefe?. Se ofrece a hacerle descuento. La buena energía es contagiosa. Somos muchos más y los hilos con los que tejemos nuestra historia forman un maravilloso tapiz que es nuestro soporte.

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