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21/10/2018
SIEMPRE HAY OTRO DÍA. HASTA QUE SE ACABAN
Nos queda mañana. Eso es una bomba de esperanza. Porque es que yo no sólo es que te quiera. Porque te quiero. Es que no quiero dejar de quererte .
18/10/2018
YO TENÍA UN CINE
Si Meryl Streep tenía una granja en África yo no voy a ser menos. Yo tenía un cine en Segovia. Buenos, yo no, mis abuelos. Que no es lo mismo, pero es igual. Como Silvio, que amaba a una mujer clara que no le pedía nada o casi nada. Don Claudio, mi bisabuelo, compró un cine en Segovia. El cine Cervantes. Teatro Cervantes, rezaba en la fachada. En unas letras en relieve sobre la piedra. En esa pared con su esgrafiado. Compró Don Claudio de un golpe La Casa de los Picos y el Teatro Cervantes. La casa de los Picos para hacer una casa familiar. No le dejaron hacerlo, hace casi 100 años. Dudo mucho que hubiera tocado Don Claudio los Picos o algo de valor cultural dentro del magno edificio. Dado el uso del Teatro desde que se "expropió" a la familia considero que lo mejor para ambos habría sido que se los quedara mi bisabuelo. Muerto por cierto por culpa del tabaco. A los 97 años, sano como un chaval, dio una calada a un Chester sin filtro antes de quedarse dormido para siempre. Se vendió el teatro por lo que le costaba a Segovia un camión de basura. Menos mal que no lo vivió Don Claudio.
Los domingos en Segovia con los abuelos eran comida ceremoniosa en el comedor de delante. El que daba a la Calle Real. Atendidos por María Luisa. Su ayuda se solicitaba con un timbre que se activaba en la tripa de un caballo colgado de una lámpara de lágrimas. Mi abuela era Sita Paquita. Y mi padre y mis tíos también eran señoritos. No recuerdo nunca a Mª Luisa dirigiéndose a mi abuelo. Mi abuelo, que era el más bueno y noble de los abuelos que pueda haber. Allí aprendí a apañármelas con los cubiertos y los vasos. Alucinaba del mogollón. Copas azules con superficie de picos. Vasos naranjas de la Granja. Otras copas que mi abuela hacía sonar al tocar su borde con esos dedos de pianista que tenía. La vajilla roja de la Cartuja. Las sobremesas eran fascinantes.i Los niños escuchando a los adultos departir sobre los temas posibles o los imposibles. La familia, las anécdotas, las notas de los nietos. Los logros de unos y las dificultades de otros.
Si comíamos solo los nietos con los abuelos lo hacíamos en el cuarto de la tele. Un ventanal desde el que se veía el cuarto de los chicos. En el centro, una mesa camilla redonda, con faldones y brasero. Dos sillones orejeros, uno ocupado por mi abuelo, el otro por el nieto más rápido. Porque mi abuela se sentaba siempre en una silla. Su espalda de pianista hacía innecesario el respaldo como referencia de la vertical. Mi abuelo nos partía el filete perfecto, que parecía que no estaba partido. Eso nos hacía siempre mucha gracia. Siempre había primero y segundo plato y postre. Después de esas comidas o nos quedábamos jugando con los abuelos a las cartas, o al bingo, o haciendo crucigramas, o nos íbamos al cine. Entonces mi abuela llamaba al Cervantes para saber que ponían. "¿Es de las que me gustan a mí?" "Sí, Doña Paquita". Enfilábamos la calle real repitiéndonos las palabras mágicas, "Somos los nietos de Ramon M, vamos a la platea nueve o 11". Al entrar en el cine, el acomodador nos guiaba diligente a la platea, que abría con una enorme llave. Detrás de las cortinas de terciopelo rojo estaban las butacas igualmente forradas. Un tío mío que era un poco gamberro nos animaba a comer pipas, cosa que mi abuela, junto a masticar chicle, nos tenía terminantemente prohibido. Podíamos ver la peli varias veces. Sesión continua. Salíamos al jardín en el intermedio. Siempre pasaba algo, se cortaba la película. Encendían las luces. Entonces abucheábamos hacía arriba, sin saber muy bien a quién. Gritábamos "que empiece ya, que el público se va, la gente se marea..." Yo y mi sentimiento de culpa ocupábamos una de las butacas temiendo ir directa al infierno o a comisaría por haber mentido, porque mis primos no eran nietos de ese abuelo mío. Y yo había dicho que sí.
Mis recuerdos, aunque intensos, son pocos. Porque el cine se cerró. Pero mi padre y mis tíos, y sus primos, iban a diario al cine, se sabían los diálogos, recorrían en teatro con los ojos cerrados. Después mi padre no ha disfrutado igual de los cines, minicines. No le gustaba. Especialmente Cinema Paradiso. Me lo voy a inventar: fue la última película que vio, porque era de él, con Alfredo, de quien hablaba el italiano. Y ya no quiso volver.
Un día, mayor ya, mi abuelo me dijo que fuera al teatro. Me dio una llave, porque ya estaba cerrado. Recuerdo recorrer el cine entero, ver los proyectores, entrar en el patio de butacas, el gallinero vacío, la platea 9, desvencijada la cortina. Frescos en el techo. Los adornos dorados de los balcones que sobresalían. El escenario, con un hueco para el apuntador. Y los afiches, "mañana estreno Botón de Ancla". Recuerdo los olores a papel y a cerrado. El jardín arborescente descuidado. Y la pena del abandono. Imaginé entonces estrenos, luces y vestidos largos. Aplausos.
Sí, yo tenía un cine en Segovia, que ahora no es cine ni es nada. Ni es nuestro, Era un espacio maravilloso. El cielo decorado casi invisible. El patio rojo de butacas y el gallinero. No entiendo qué ha impedido a los sucesivos gobiernos hacer algo en ese lugar. Su ubicación es única, privilegiada, a medio camino entre la catedral y el acueducto. La casi plaza, que se abre en ese recodo que permite ver un paisaje segoviano abierto. El viento da la vuelta en ese córner. Se ve desde alli la Mujer Muerta, embarazada y sola, y a la vez, San Millán. Puedes bajar si quieres, está expuesto el Santísimo. Los valientes se sientan en el pollete a charlar o a fumar. Segovia es una ciudad única desde la que se ve el campo y el paisaje castellano cuando se pasea por ella, cuando se recorre.
Si comíamos solo los nietos con los abuelos lo hacíamos en el cuarto de la tele. Un ventanal desde el que se veía el cuarto de los chicos. En el centro, una mesa camilla redonda, con faldones y brasero. Dos sillones orejeros, uno ocupado por mi abuelo, el otro por el nieto más rápido. Porque mi abuela se sentaba siempre en una silla. Su espalda de pianista hacía innecesario el respaldo como referencia de la vertical. Mi abuelo nos partía el filete perfecto, que parecía que no estaba partido. Eso nos hacía siempre mucha gracia. Siempre había primero y segundo plato y postre. Después de esas comidas o nos quedábamos jugando con los abuelos a las cartas, o al bingo, o haciendo crucigramas, o nos íbamos al cine. Entonces mi abuela llamaba al Cervantes para saber que ponían. "¿Es de las que me gustan a mí?" "Sí, Doña Paquita". Enfilábamos la calle real repitiéndonos las palabras mágicas, "Somos los nietos de Ramon M, vamos a la platea nueve o 11". Al entrar en el cine, el acomodador nos guiaba diligente a la platea, que abría con una enorme llave. Detrás de las cortinas de terciopelo rojo estaban las butacas igualmente forradas. Un tío mío que era un poco gamberro nos animaba a comer pipas, cosa que mi abuela, junto a masticar chicle, nos tenía terminantemente prohibido. Podíamos ver la peli varias veces. Sesión continua. Salíamos al jardín en el intermedio. Siempre pasaba algo, se cortaba la película. Encendían las luces. Entonces abucheábamos hacía arriba, sin saber muy bien a quién. Gritábamos "que empiece ya, que el público se va, la gente se marea..." Yo y mi sentimiento de culpa ocupábamos una de las butacas temiendo ir directa al infierno o a comisaría por haber mentido, porque mis primos no eran nietos de ese abuelo mío. Y yo había dicho que sí. Mis recuerdos, aunque intensos, son pocos. Porque el cine se cerró. Pero mi padre y mis tíos, y sus primos, iban a diario al cine, se sabían los diálogos, recorrían en teatro con los ojos cerrados. Después mi padre no ha disfrutado igual de los cines, minicines. No le gustaba. Especialmente Cinema Paradiso. Me lo voy a inventar: fue la última película que vio, porque era de él, con Alfredo, de quien hablaba el italiano. Y ya no quiso volver.
Un día, mayor ya, mi abuelo me dijo que fuera al teatro. Me dio una llave, porque ya estaba cerrado. Recuerdo recorrer el cine entero, ver los proyectores, entrar en el patio de butacas, el gallinero vacío, la platea 9, desvencijada la cortina. Frescos en el techo. Los adornos dorados de los balcones que sobresalían. El escenario, con un hueco para el apuntador. Y los afiches, "mañana estreno Botón de Ancla". Recuerdo los olores a papel y a cerrado. El jardín arborescente descuidado. Y la pena del abandono. Imaginé entonces estrenos, luces y vestidos largos. Aplausos.
Sí, yo tenía un cine en Segovia, que ahora no es cine ni es nada. Ni es nuestro, Era un espacio maravilloso. El cielo decorado casi invisible. El patio rojo de butacas y el gallinero. No entiendo qué ha impedido a los sucesivos gobiernos hacer algo en ese lugar. Su ubicación es única, privilegiada, a medio camino entre la catedral y el acueducto. La casi plaza, que se abre en ese recodo que permite ver un paisaje segoviano abierto. El viento da la vuelta en ese córner. Se ve desde alli la Mujer Muerta, embarazada y sola, y a la vez, San Millán. Puedes bajar si quieres, está expuesto el Santísimo. Los valientes se sientan en el pollete a charlar o a fumar. Segovia es una ciudad única desde la que se ve el campo y el paisaje castellano cuando se pasea por ella, cuando se recorre.
¿CÓMO QUE SE HA MUERTO UN AMIGO TUYO?
Me
escribe un amigo de la infancia. Tan cerca, tan lejos. Y me dice que se ha
muerto un amigo suyo. No busca mi compasión, es solo para excusarse por no haber llamado. Y encima en tan elegante que lo que me cuenta de su amigo es
que era un fuera de serie hasta para morirse.
Él sí que es un fenómeno.
La
verdad es que mi primer pensamiento fue: ¿Cómo va a morirse un amigo tuyo? Somos
“cincuentañeros”. Unos chavales. Pero sobre todo es que somos, como dijo Javier
Marías, niños disfrazados de mayores.
Cuando te conoces desde pequeño hay una conexión que impide el
envejecimiento. Hay un vínculo que activa no sé qué neuronas que hacen que te veas y te sigas sintiendo niño. Es así. Vamos, así lo siento yo. Me parece que no
puede morirse nadie de mi edad. Se han muerto unos cuantos. No estoy ciega. No tapo la realidad, ni vivo en una burbuja. Tampoco estoy majareta. Es que me parece
fatal. Se me han muerto unos cuantos. Hay gente que lo dice así, como si
fueran suyos los muertos, como si le pertenecieran. Hay quien a su vez se toma a mal tal forma de hablar. Como si el que hablara así estuviera en cierto modo siendo más protagonista de la muerte que el propio muerto. Como si su dolor fuera mayor que el de los otros. Como si fuera el único hombre de luto ante la pérdida. En realidad, cuando alguien
se muere hay un trozo tuyo que también muere. Para mí, se muere la gente. No
fallece. Fallecer lo siento tan cerca de desfallecer que temo usarlo de excusa para no asumirlo
completamente si uso ese verbo para nombrarlo, para decirlo. Fallecer me resulta más lejano, en el sentido afectivo, que morir.
Es
inevitable pensar en uno mismo, en nuestra propia muerte, cuando se muere alguien de tu quinta. ¿Qué
legado dejas tu? Emocional. No lo sabemos. No lo sabremos nunca. Cuando ocurra no
seremos testigos.
PEDRO II DE ESPAÑA Y V DE ¿?
Es
que Pedro quiere ser rey. Ni errores ni "erroras" de protocolo. El "psocialista" al
que echaron tus compañeros y volvió por la puerta de atras. El candidato no electo que se colocó de
presidente mediante argucias. El
chanchullero de donde dijo digo dice Diego quiere ser rey. Porque a la otra se le perdona mucho por la
edad. Que quiere elegir su equipo sin contar con nadie, pues lo hace. Que quiere cortar las calles y luego las cose, pues también. Que mete la pata hasta la rodilla y decide rectificar, pues lo hace. No tiene complejos. Además, sale al balcón en plan
abuelita de cuento con unas magdalenas "me he equivocado" y aquí paz y después gloria. Ablanda
corazones con esa imagen vulnerable que evoca ternura en el votante. El día que se presente con un suflé la hacen presidenta sin pasar
por las urnas. Y a Pedro, rey, por la
gracia de Dios.¿DÓNDE HAS PUESTO EL TROMBOCID?
El
orden es una propiedad que no es inherente a todo ser humano, ni mucho menos.
Hay quien nace con el don y otros sin él. Pero entre estos dos salvajes
extremos la gama de colores es infinita. Yo diría además que el concepto de
orden es subjetivo, y en una casa cada habitante tiene su criterio de lo que es
el orden.
También
hay personas ordenadas. Alabadas sean. Pero son más los que no soportan que las
cosas estén en medio. No es que sean muy ordenados, no. Pero no pueden con el
caos. Aquí algún experto hablaría de que no pueden ver desorden por fuera
porque les recuerda al que tienen dentro. No se puede generalizar. Pero son
arrasadores. Todo lo que encuentran lo guardan, sin ton ni son, lo esconden
donde pillan: cajones, armarios, puertecitas varias, debajo de la cama. Van
despejando a su paso. Atrévete a preguntar que si alguien ha visto tu jersey
rojo. Por supuesto lo habías dejado en una silla de tu cuarto, para ponértelo a
la tardecita, que hace fresco. Cuando vas a echar mano, carrasparra cartapacio, me disuelvo en el espacio. Te contestan que
en el armario. ¡Ay de ti! ¡Esa puerta tiene acceso directo a un ejemplo de entropía,
esa capacidad sin límites de seguir desordenándose hasta el infinito y más
allá! Mucho ojo al abrir, que puedes caer sepultado por mantas, sudaderas, camisetas,
polainas, todo lo que se haya encontrado el arrasador a su paso y ha escondido.
Y
es que las cosas no tienen un sitio. O para cada uno es diferente. Así, para mí
la mesa de mi despacho está ordenada si tengo despejada la zona entre mi cuerpo
y el teclado. El resto, todo a mano, en montones distribuidos por mi espacio, a
mano, perfectamente ordenado. Para mí. Con carpetas de las que no sale ningún
papel y cada una de ellas tiene el título del proyecto escrito a mano, a mi
mano, con mi mano y un rotulador gordo. Cada proyecto es un montoncito, no
necesariamente paralelos entre sí. A veces hay varios proyectos apilados.
Depende. Las revistas técnicas que tengo pendientes de leer, en otra torre. La
agenda al lado del teléfono, abierta por el día de hoy. Algunos post-its en la
pantalla del ordenador y uno fundamental, rosa, pegado al auricular. Mañana a
primera hora tengo que llamar. Es mi orden. Dejo el ordenador encendido porque
está calculando ¿Qué todo eso ocupa la extensión entera de mi mesa que mide más
de cuatro metros de largo? Sí. ¿Y? Pues
que así no se puede limpiar. ¡Ah! También he extendido un plano en DIN A1
para ver unos detalles del proyecto que me tiene entretenida últimamente. Para
eso he dejado en el suelo una columna de papeles algo antiguos pero que no
puedo tirar sin revisar. Me han acusado de antigua, todo puede estar dentro del ordenador, planos, proyectos, revistas.
Y la mesa impoluta. Alguno debería estar también dentro del ordenador, en la
papelera de reciclaje, pendiente de eliminación definitiva. En fin, que el
orden es propio. Porque yo entiendo a Maribel, cuando viene a limpiar dice: ¡Pero esta chiquilla qué hace! ¿cómo le paso
la mesa? Pues con mucho cuidado, levanto, limpio, levanto y limpio y todo
se queda tal cual estaba, pero como el jaspe. Una amiga mía evitaba la
tentación de las limpiadoras colocando varios DIN A1 tapando todo lo que para
alguien podía ser un desastre; pero era la única manera de no perder un segundo
al día siguiente, al incorporarse al trabajo. Un mensaje encima “NO TOCAR”
Que no tienen su sitio las cosas, por mucho que te empeñes. Las medicinas en esta caja. Y llega el chaval, con la pata chula, recién operado y pregunta: “mamá, ¿Dónde has puesto el Trombocid?” A la madre se le hincha la vena, esa que sale de al ladito de la clavícula y recorre el lateral del cuello y avanza por debajo de la mandíbula. El chaval estará convaleciente, pero ya no cumple los 25 y no llega a los 50. Vamos, que no es un niño ni muy mayor. Es cierto que lleva muletas y el botiquín está en la segunda planta. El niño pasa el día en el salón, dolorido y aturdido por tanto calmante. Harto ya de estar harto. La madre lleva una mañanita de esas de “es la primera vez que me siento”. Ha recogido los abrigos de todos, que estaban ordenadamente tirados encima del sillón, que no sofá, de la entrada. Las mantitas gustosas de ver la tele están hechas burruños en los respectivos rincones que cada cual ocupa en los sofás del salón. Su sitio. Los zapatos a la entrada, al lado de la puerta. Porque me los voy a poner mañana. Ha quitado vasos de agua de todas las mesillas de noche. Y por supuesto, ha subido el Trombocid a la caja de las medicinas. Y antes de que la vena se permute en tendón, contesta “en su sitio”. La bronca no emerge porque es un domingo de paz. Pero a mediodía, ella, que sigue queriendo ejercer de madre, que sigue educando, saca el tema medio en broma. Ahí sí que estalla la tercera guerra mundial. Porque claro, el hijo reivindica su inmovilidad para poder dejar el Trombocid en el cenicero de plata de la bisabuela que está en la mesa del salón, al lado de los mandos a distancia. Sin percatarse de que la gotita del tubo mal cerrado pueda caer en el preciado y querido objeto. Y la madre, por su parte enfila con la pereza del chaval de no echarse el ungüento al salir de la ducha y no tener así que dejar en medio todo, ni necesitar ayuda de cámara. Se empieza por el Trombocid y nunca se sabe dónde puedes acabar.
Que no tienen su sitio las cosas, por mucho que te empeñes. Las medicinas en esta caja. Y llega el chaval, con la pata chula, recién operado y pregunta: “mamá, ¿Dónde has puesto el Trombocid?” A la madre se le hincha la vena, esa que sale de al ladito de la clavícula y recorre el lateral del cuello y avanza por debajo de la mandíbula. El chaval estará convaleciente, pero ya no cumple los 25 y no llega a los 50. Vamos, que no es un niño ni muy mayor. Es cierto que lleva muletas y el botiquín está en la segunda planta. El niño pasa el día en el salón, dolorido y aturdido por tanto calmante. Harto ya de estar harto. La madre lleva una mañanita de esas de “es la primera vez que me siento”. Ha recogido los abrigos de todos, que estaban ordenadamente tirados encima del sillón, que no sofá, de la entrada. Las mantitas gustosas de ver la tele están hechas burruños en los respectivos rincones que cada cual ocupa en los sofás del salón. Su sitio. Los zapatos a la entrada, al lado de la puerta. Porque me los voy a poner mañana. Ha quitado vasos de agua de todas las mesillas de noche. Y por supuesto, ha subido el Trombocid a la caja de las medicinas. Y antes de que la vena se permute en tendón, contesta “en su sitio”. La bronca no emerge porque es un domingo de paz. Pero a mediodía, ella, que sigue queriendo ejercer de madre, que sigue educando, saca el tema medio en broma. Ahí sí que estalla la tercera guerra mundial. Porque claro, el hijo reivindica su inmovilidad para poder dejar el Trombocid en el cenicero de plata de la bisabuela que está en la mesa del salón, al lado de los mandos a distancia. Sin percatarse de que la gotita del tubo mal cerrado pueda caer en el preciado y querido objeto. Y la madre, por su parte enfila con la pereza del chaval de no echarse el ungüento al salir de la ducha y no tener así que dejar en medio todo, ni necesitar ayuda de cámara. Se empieza por el Trombocid y nunca se sabe dónde puedes acabar.
En
fin. Si no tiene sitio el Trombocid, no quiero hablar del termómetro, que lo
ves todos los días menos ese en el que tu santo pasa la noche sin dormir,
sudando a la gota gorda, malo, malísimo. Pero como es así, se empeña en ir a
trabajar. “Ya estoy mejor”, consigues entender del hilo de voz que le sale después
de la ducha, que, sonríe, le ha sentado fenomenal. Tú sabes que tiene fiebre y
que, a no ser que lo demuestres, se va a meter una Couldina al cuerpo,
y va a recorrer los 200km que se echa a la espalda cada día, de ida, y a la
noche otros tantos, de vuelta; para llegar a un trabajo que le apasiona,
regentar su campo, entre olivos y bichos. Pero no le gusta tanto como para
salir con sus 40º. Pero ¿Dónde has puesto el termómetro? ¿Dónde lo habré
puesto? Piensas mientras le besas al marcharse. A veces el orden o su falta
puede ser motivo de desgracias.
17/10/2018
TE PERDISTE LO MEJOR
Las
noches de farándula están llenas de testigos falsos. Esa oscura gente que te
susurrará sibilina mañana si te vas, que te perdiste lo mejor. Mienten. Son
agentes del maligno. Enviados del infierno que cobran a comisión. Cuanto mayor
es la conquista más se embolsan. Cuanto más difícil el reto, más alta su
recompensan. Ávidos de sabngre fresca intentan engatusar almas inocentes para
fines maquiavélicos. Resiste. No cedas a la absurda tentación de quedarte, a las tantas ya del alba, en un sitio lleno
de humo y borrachos, donde no te lo estás pasando bien. Si se te ha hecho tarde
y tienes sueño y te quieres ir; cuando quieres marcharte, vete. Porque siempre
habrá alguna serpiente que al día siguiente te quiera llevar a su terreno. Quiere
que a la próxima te quedes, estés hasta el final, como él, como ella. Son
vampiros.
Lo
mejor no existe. Lo mejor son esos ratos que disfrutas. Coge con fuerza esos
minutos que son el ahora. Ya no los vas a recuperar. Disfruta este momento, no
hay otro mejor. Come, prueba sabores, ríete. No vivas las cosas por imitación. No
pasa nada por no beber. No. No es necesario fumar si todos fuman. No hay porque
liarse un canuto si el más guapo del grupo se lo lía. Coge tu camino. Sé libre.
Márchate a las doce porque mañana quieres caminar, ¿a ti que te importa lo que
piense la gente? Coma en dorada vajilla el
príncipe mil cuidados. No te vas a perder lo mejor. Porque lo mejor está
contigo. Tú eres el protagonista de tu vida. Eres dueño de tus decisiones. Pierde
ese miedo a no ser popular. Estás cogiendo forma, hijo. No te quedes en una
mancha difuminada. No aceptes ser sombra.
Lo que ocurre de verdad esas noches en las que te perdiste lo mejor, es que el grupo entero de tus amigos está muerto de sueño desde medianoche. Están esperando que pase algo, tienen miedo a que en ese momento en que cedan a su instinto y a la naturaleza sabia, sea justo cuando pasa algo. La realidad fueron un par de canciones y una larga ruta de ir acompañando a unos y a otros a casa. No hubo estrellas fugaces. Ni siquiera conocieron a alguien interesante. Estuvieron bostezando y aguantando el paso del tiempo a base de copas o lo que hiciera falta. Hoy no se pueden levantar. Toda la noche sin dormir. Pero no es que no pararan de reír. Eran boyas en la tempestad de la noche. Juran para sus adentros que no lo volverán a hacer. Aun así no se atreven a confesarlo, no vaya a ser que los otros no piensen igual.
En
realidad, esos agentes del lado oscuro tienen celos de tu entereza. Envidian
esa capacidad tuya de no reverenciar a los líderes. Anhelan tu personalidad y
tu fuerza. Siempre estarán entre el público, nunca protagonistas. No hay plató. Han dejado
que otros decidan por ellos. Son esclavos, imitadores, farsantes de noche y de
día. Porque mimetizan su historia con la de sus ídolos. Piensan que si
son como éstos, les querrán más, serán ellos mismos admirados. En realidad, no
pasarán nunca de copistas. Esa vida camaleónica que nunca es propia porque está
vacía. Hasta el más inútil de los líderes valora lo auténtico. No pasa nada por
ser diferente. Mantén firmes tus valores y tu esencia.
DEL AMOR Y LA MUERTE. GRANADOS. ARANTXA
Arantxa Aguirre lo ha vuelto a
hacer. Un documental maravilloso. Dura alrededor de hora y media que se pasa en
un segundo. Literal. La fortuna que supone ver algo así antes que tus amigos,
te permite el privilegio de recomendarlo sin contaminarte. Se estrena en la
famosa semana del cine de Valladolid. Al que no le guste no tiene corazón;
hala, ya lo he dicho. Arantxa Aguirre lo ha vuelto a hacer. Y lo impresionante
es que ella no está. “No sale en la peli”.
Con esa modestia que ya no se estila.
Hoy en día que el periodista hace de la historia su propia versión, sin
contar apenas con las respuestas del interlocutor, que se queda en un figurín
apenas necesario. Acude a la cita con su
libro y sale de ella con él, decorado, eso sí, por haber mantenido con el
personaje protagonista una suerte de monologo, con preguntas más largas que las
respuestas. Sin réplica. Alguna foto y palabras sueltas entrecomilladas es lo
que concederá al entrevistado. Sin embargo, Arantxa es un punto y aparte. Ni
siquiera cede a la tentación “hitchcockniana” de cubrir un personaje,
ocupar una esquina. Pero lo llena todo.
Un documental de un músico. Enrique Granados. Eso lo cuentas por ahí y no
te acompaña nadie. Si quieres conquistar a tu pareja, lo tienes chungo. A no
ser que tengas un amigo friki o un entendido de música, que también es un
friki.
Desde el principio hay imágenes
en movimiento que atraviesan la pantalla quieta. Los pájaros sobre el mar en
calma. Dibujos de las ciudades donde la vida late por las luces que se
encienden y apagan en secuencias anárquicas. Esa postal de la madre embarazada
que viaja y su pañuelo ondea en la quietud de la noche. O el cuadro del fumador
en el que el humo ayuda a entender que pasa el tiempo; el ascua encendida cuya
intensidad evoluciona a medida que se consume el pitillo. Se huele, de real que
es.
Si no sabes de música, no tengas
miedo. Ve. Es una manera inteligente de acercarte. Es la música desde dentro,
desde las dificultades, los ensayos, desde el otro lado. El no me sale, otra
vez, las manos al piano. La fuerza de la mirada, del silencio, del contacto.
Sale de la pantalla con una energía que es una suerte disfrutar.
Te acerca con destreza a la
esencia, cuenta la Historia como una suma de anécdotas, incluso chismes o
chascarrillos. Todo eso te mantiene prendido a la pantalla, con los ojos
pegados a ella. Es un descubrimiento. Te convertirás en uno de esos personajes
de piedra que están en el gran teatro escuchando las composiciones de granados.
De piedra.
No mires en Wikipedia para saber
quién es Enrique Granados. Se aprende más en ese rato que con toda la conexión a
internet del mundo. Si no sabes quién es Enrique Granados, vete a ver el
documental de Arantxa. Conseguirás lo que parece un imposible, aprender
disfrutando. Es más, no te darás cuenta de que has aprendido, con esa visión tan
española nuestra de que la letra con sangre entra, ese sentimiento profundo que
implica la necesidad del dolor y el sufrimiento para alcanzar la meta del aprendizaje.
Saldrás lleno de música, de historias, de vida, de amor, de amistad. Y lo que
es más importante, con muchas ganas de saber más. Pero no busques en Wikipedia.
PS. Durante la proyección tomaba
apuntes en móvil. Para no olvidar detalles, emociones. Pero no me ha hecho
falta recurrir a las chuletas para contar mi historia. Pido disculpas a mi
vecina de butaca por los inconvenientes. No me estaba mensajeando con nadie.
Resultó además que me senté casi al lado de la madre de la artista. Gracias
Arantxa.
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