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25/11/2022

A MI NO ME HAN DETENIDO NUNCA, POR AHORA

 

"Alto o disparo. Queda usted detenido"  y después, una retahíla hablada en la que se mezclan los derechos y el abogado y el silencio. Hay que ser malo para tener un abogado al que llamar si te detienen. O no. A lo mejor eso de tener un abogado, que no sólo licenciado en derecho, dirían los puristas, es lo cotidiano. ¿Quién no tiene uno en su vida? Que no digo amigos, que eso sí, y hasta familia, que también. ¿Pero uno al que llamar cuando te detienen? No me veo en tal situación. aunque todo puede pasar.

Por ejemplo: El otro día fui al Zendal, a que me vacunaran, como soy trabajadora sanitaria, ya me toca la cuarta dosis. Y última. Que se vacune Rita a partir de ahora. Llovían sin tregua. De esos días de Madrid que el tiempo está para hacer vida sedimentaria. De esos días que al abrir los paraguas, éstos se dan la vuelta,  sin llegar a volar, o sí. Da igual lo que te pongas que acabas empapado. Uno de esos días. Uno de esos días que el que hay que alejarse de los charcos canallas que crecen junto a las aceras. Siempre puede aparecer un conductor con prisas en pasar el semáforo que no ve a los peatones que esperan. No solo llueve en la calzada. Las baldosas "mina" hacen las delicias de las tiendas de medias y calcetines. Uno de esos días. Llegar al Zendal tiene su mérito, y con la cortina de agua que te cubre lo visión, más. Tras dar varias vueltas sin saber dónde aparcar, decido dejarlo en un sitio. Busco la entrada peatonal, sin éxito. Salgo un par de veces al frío invierno. Al volver a cubierto veo una flecha que dice "vacunación". La sigo. Pero de pronto las indicaciones se acaban. Al lado de una puerta en la que reza: "prohibido el paso". Sé que no está bien, pero decido entrar. De la oscuridad del garaje sale una señora enfurecida, vestida de uniforme de guardia de seguridad. "¡No se puede entrar!" Me doy la vuelta y explico la situación, con relativa calma. Estoy hasta la coronilla. "Tiene que salir, y entrar por la puerta de al lado de urgencias". Le dogo que no voy a salir a la calle, que no pienso salir de ninguna de las maneras. Y que voy a atravesar esa puerta en la cuelga un cartel de prohibido el paso. "¡Señora, la voy a detener, está usted cometiendo un delito!" No sé si será o no delito, pero sigo, acciono el pulsador, es una puerta de barra y abro. Le digo, "no tiene usted humanidad". Me siento desamparada y sola. La guardia de seguridad se me acerca a la carrera, trotando, yo sigo. Hoy me vacuno, caiga quien caiga. Al ver que soy más rápida que ella, que no se la ve muy deportista y además lleva encima el peso de la ley, que es mucho, recurre a su transmisor, que le cuelga del cinturón. Da aviso a todas las unidades de la presencia de un intruso. Al llegar a la sala de vacunación, me están esperando tres guardias de seguridad que visten el mismo uniforme que la señora del garaje. Con un poco menos de mala idea, me repiten que he cometido un acto ilegal, accediendo por un prohibido al interior del hospital. No saben si llamar a la Policía. Que espere un momento, tienen consultar con el personal médico. No quiero decir que yo también lo soy, me muero de vergüenza. Sale una enfermera muy dispuesta de la zona de boxes y le ponen al día de la situación. Me mira compasiva y se retira a deliberar. Me dejan sola con los armarios que van disfrazados de guardias. "¿Señora, quiere una silla?" Me pregunta solícito uno de ellos. "¿Para qué quiero una silla si me van a detener?" Es lo único que me viene a la cabeza. Finalmente la enfermera aparece, me coge del brazo, hace un gesto a las autoridades y me vacuna sin mediar palabra. No vuelvo.

Otra vez me pasó, también cerca de un hospital. Iba a recoger a mi madre, le daban el alta. Esperaba en un semáforo cuando por el espejo retrovisor vi que detrás de mí había un coche de policía. Será mi mala conciencia, pero yo cuando veo a la policía siempre pienso: ¿Qué estaré haciendo mal?. Siempre creo que soy yo. Al ver el coche, estar cerca del Hospital, pensé que algo pasaba, incluso creí ver que encendían las luces. Era un sábado a la hora de la siesta, no había nadie en la calle. Como muy buena ciudadana que soy, me salté el semáforo, para dejarles pasar, puse el intermitente y me dirigí hacia una calle donde hay un parking público. El coche me siguió, las sirenas sonaban más fuerte; como buena ciudadana, me volvía a saltar el segundo semáforo, para dejarles pasar. Así hasta llegar a la entrada del aparcamiento, donde me detuve. Para mi sorpresa el coche de policía seguía detrás de mí. Cuando estaba cogiendo el ticket salieron dos maromos, pistola en ristre. Alto o disparo. El encargado del aparcamiento, viendo que había tomate, salió a mi encuentro. "Es mejor que haga caso señora, no entre" Cada agente se me acercó por un lado. "¿Dónde va?" A aparcar, dije, voy a recoger a mi madre del Hospital, que le dan hoy el alta. "¿Pero no se da cuenta de que ha cometido usted tres infracciones muy graves en 200m?" yo me excusé con el tema de las luces y la sirena. "¡Se las estábamos poniendo para que se detuviera!" Me dejaron ir, la cara que debí poner sería un poema. Mi madre esperando.

Y la tercera, que no será la última me pasó el otro día. Me fui a pasar cinco días a Praga. Ciudad maravillosa, como Segovia. Como Segovia pero con música.  Uno de esos violinistas se sentó en nuestra mesa en un café. Le alabamos el arte, y nos propuso ir a escucharle a Kłodzko donde daría un concierto al día siguiente. Es una ciudad polaca muy cercana a la frontera, conocida por su belleza como la pequeña Praga. Estábamos los viajeros en ese humor de sí. Así es que sacamos los billetes y allá que los fuimos, en autobús. El problema fue en el viaje de vuelta, que se equivocaron al escribir mi nombre. No me di cuenta hasta que me pidió el conductor mi DNI, me dijo "¿María Luisa?" Yo le mostré el documento tapando mi nombre, atemorizada. no coindice más que una a. Pasé la prueba, ni se fijó. Pero al llegar a la frontera se me congeló el aire, no podía respirar cuando entró el ejército en el autobús y nos obligó a bajar. Ya estaba visualizando mis próximos años, del calabozo a la cárcel, y de una a otra prisión, me mandarían a la guerra, creerían que era una espía. Son entender ni una palabra en todo ese viaje. Ningún consulado ni embajada contestaría a mis llamadas y acabaría en Siberia, deportada, al menos, delgada. Volvimos a subir  a sentarnos en nuestros asientos y el "capitán" dijo "¿Felipe?". Felipe me sacó de mi pesadilla. No había ningún Felipe y seguimos rumbo hacia la bella Praga. ¡Qué momento!.



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