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03/06/2020

¡¿EH?!¡¿HOLA?!




Si no sabes lo que significa ¡¿Hola?!, estás perdido, fuera del mundo. Out. No puntúas. ¡¿Hola?!, forma parte del montón que contiene ¡¿perdona?!, palabras acentuadas en todas sus sílabas, poliacentuadas. Es también la sorpresa en el conjunto vacío que intersecta la exclamación y la interrogación. Esa mezcla mayonésica, ese alioli que se corta, aunque te pongas de perfil y uses la batidora.

¡¿Hola?! significa lo que tú quieras, ¡¿Hola?! no quiere decir nada en concreto. ¡¿Hola?! es asombro, sorpresa, pasmo, ¡¿hola?! es duda, ¡¿Hola?! es indignación, extrañeza o estupor. De nuevo volvemos al plop sonoro de nuestro cavilante cerebro al hacerse el vacío. Ese amasijo perfecto desaprovechado y obligado a buscar atajos para sintetizar la respuesta. Vago, confuso, indeciso y perezoso, elige sin reflexión el vocabulario a emplear clamando prórroga e intentando evitar los penaltis. Deja minúsculo espacio a la reflexión, se aloja en una tierra de nadie ocupada por una sorpresa incierta que implique desacuerdo, admiración, sorpresa, muestra de lo que es evidente. Necesita un comodín para elegir mejor una contestación que desconoce, más por absurdo y obediente miembro de una masa uniforme y monocromática que por ignorante. Porque no está de moda pensar, porque no está de moda sentir. Busca respuesta en el disco duro de sus recuerdos y analogías, en la información partida entre su corazón y sus asuntos. Busca dar respuesta que encaje con el grupo. Trata de maridar seguir formando parte del grupo con sus propias convicciones. Evalúa el impacto, apunta, se prepara y no encuentra manera de seguir manteniendo su esencia y la aceptación en un mismo bocado. Se ancla en la flojera y abusa de la pretendida contundencia de la expresión aprendida y multiusos. Se sorprende de ser incorrectamente interpretado. Nuestras conversaciones vagabundean entre la holgazanería y el desinterés. 

29/05/2020

NO SÉ DEJAR DE QUERERTE


Te he querido siempre. Incluso cuando no te quería, ya te quería.  Por eso no quiero dejar de quererte. No es que no pueda, que tampoco. Es que no quiero. Mi voluntad es esa.

¿Cómo estás? ¿Cómo estoy? Si me preguntaras, si alguna vez lo hubieras hecho, te diría, te habría dicho que estoy triste, muy triste. Más triste de lo que nunca lo he estado. Muchísimo más. No me llega el aire a los pulmones. No puedo respirar. Así estoy. Desde que no estás. Desde que faltas todos los días. Desde que tú sí, has dejado de quererme. No soy capaz de superarlo. No sé si quiero. Lo he asumido, lo he aceptado, he cogido las riendas. Me he hecho cargo. Pero te quiero lo mismo. "Vida es así " que decía mi amigo venido del norte. Es lo que hay. No puedo hacer más. Siempre pienso que pude. Y no lo hice bien. De ahí mi lamento.

Sí, te sigo queriendo. Como el primer día. Más, mucho más que entonces.

25/05/2020

ESTO ES PARA UN POST


En el Mercadona puede pasar cualquier cosa. Hasta encontrarte con alguien sin ir preparado. Parece mentira que no me conozca a mí misma. Había un chiste sobre un señor que conocía a todo el mundo. Hasta que salía en la tele el Papa y él se había hecho un hueco a su lado. El televidente preguntaba a su vecino ¿Quién es ese de banco que va al lado de…? Esa broma me la gastan a mí con frecuencia. ¿Quién es ese señor de banco que va a tu lado?

Pues mira que últimamente me he puesto una cinta, me peino, me peino y quiero ser reina. Soy la mona Jacinta, aunque no tengo corona. Ya nunca voy con esos pelos que hacían a mi padre llamarme la atención ¿te has peinado? Y yo “sí”, porque yo había decidido, azuzada por alguna amiga, que mi pelo fosco era rizado. En fin. Salvo en condiciones de humedad relativa próxima a 100, no lo es. Una vez cometí la tropelía propia de la adolescencia, de hacerme una permanente. Doy gracias a Dios que mi personalidad camaleónica, insegura y temerosa han impedido que cometiera tal disparate más veces.

He elegido camisa femenina y falda de verano. El pelo larguísimo que ha olvidado los efectos de un tinte vegetal, vuelve a su naturaleza de mechas blancas. recogido con una pinza. Buscando cambiar el aire he bajado a comprar un cuaderno y el pan. Y a dar una vuelta y disipar fantasmas. Andar disuelve coágulos que se enquistan en el alma. Pero no estaba yo como para encontrarme con nadie. A veces se me olvida mi propia habilidad. En estos día de encierro, cuando abrieron toriles, salí un día con mi hija cumpliendo todas las reglas. Con ella es difícil hacer otra cosa. De pequeña ibas más seguro a su lado. No había quien cruzara con el semáforo en rojo, antes te dislocaba el hombro del tirón para que no te movieras. En 20 minutos de paseo nos encontramos con su primera amiga, las presentaron con cuatro meses, en el parque; con una de las mejores amigas de mi hermana pequeña; disimulé un par de veces al ver a conocidos porque estábamos en medio de una conversación que no quería de ninguna manera interrumpir y aquéllos con los que nos cruzábamos tenían mascarillas. En caso de que me pararan, podría usar la excusa de no haberles reconocido. Cosa que en mí es extraña. Nos saludó cariñosa la dueña de una tienda que vende mis collares; un vecino amigo, en fin, que en una vuelta a la manzana nos paramos seis veces. Mamá, yo cuando salgo sin ti nunca me encuentro a nadie. Por supuesto hoy nos hemos encontrado, con la cara lavada, de camino a comprar el pan. ¡Vida es así!

En tiempos de pandemia ocurren esas cosas. Pero me he quedado tranquila cuando nos ha pasado al lado un señor con unos "leguins" decorados con todo tipo de colores, simulando la cola de un pavo real. Le llegaban por encima de los tobillos. Apretaban unas canillas ridículamente flacas, no delgadas. Zapatos de gamuza azul con borlas. Prohibido pisarlos. Cerraba el atuendo una chaqueta de traje llena de purpurina que dejaba asomar esas piernas imposibles. ¿Se habría olvidado de vestirse? ¿Era un presentador acaso de algún programa de cotilleo? He dudado si sería un efecto secundario del coronavirus o iba desnudo con las piernas tatuadas. Nunca se puede bajar la guardia. A partir de ahora, echaré mano del pintalabios aunque sea para tirar la basura.

SON MUCHOS AÑOS


Dibujo de MdC
No. No es que sean muchos años, es mucho más que eso. Me fastidia la gente que dice, “sí, hija, es que son muchos años”. Intersectan conjuntos disjuntos, juntan paralelas, fusionan dimensiones lejanas, confunden el tiempo con el amor. Es mucho más que eso. El tiempo no es un valor añadido si no está lleno de amor, de pasión, sentimiento. Lo profundo de la emoción marca el ritmo al segundero. ¿Qué es el tiempo sino una medida relativa del transcurso de nuestra vida por aquí? Una forma de acotar nuestras etapas, de nombrar el envejecimiento. De encontrar referencias a las que recurrir.
Puedes pasar la vida entera al lado de alguien y morir indiferente a su presencia. Invulnerable a su estupidez. Es una opción, resultar invisible o, transparente para el otro. Por muchos años que pases a su lado. Hay quien confunde el tiempo con el amor, con el aprendizaje, con el camino. No estoy de acuerdo con que sea el tiempo acumulado lo que hace fuerte la unión. En un segundo, a veces, se rompe una vida. Por décadas que hubiera de amistad, de amor, de lazos familiares, se marchitan con una gota de lluvia en el océano. Un mal día, un paso equivocado, ese último malentendido deshace con la misma eficacia algo breve que lo que duró cien años. Hay quien que valora el amor en tiempo compartido. Una rosa pierden todos sus pétalos sin solución de continuidad. Para mí, lo importante no son tanto los años, lo que vale es la historia, las emociones, la implicación, la complicidad. El haberse dedicado uno al otro, haber estado atento a la alegría y al cansancio. A la pena. A las circunstancias, en fin.
Para que los años cuenten, deben estar llenos. Y ese es nuestro trabajo. Colmar los días de amor, de alegría. No dejar espacio a la queja. Evitar la ponzoña y la envidia. Alegrarnos por las flores en las ventanas de los otros. Cultivar la alegría y crecer con ella. Solo así puntúa el tiempo.

24/05/2020

¿PERDONA?


Los tacos son muy socorridos para engordar los argumentos. No es lo mismo un "¿Qué ha pasado?" ante una noticia inesperada que un "¿Qué cojones ha pasado?" o "¿Qué coño ha pasado?". La locución suave sería "¿Que puñetas ha pasado?". La versión limpia indica sorpresa neutra. La que alude a las glándulas sexuales masculinas lleva implícita la fuerza del varón, le da un toque de enfado lleno de implicación, de apoyo incondicional, con intervención temprana. La sección femenina transmite asombro, contundencia e indignación. Sin embargo, aquella que menciona la parte externa y decorada de la manga, encaje o vuelito de algunos puños (o manera de hacer un huevo frito); es azúcar glas sobre unas rosquillas de la Simone Ortega. En ambas se podría eliminar el predicado. Lo que da entidad y fuerza al discurso es el taco, al que se puede añadir un adjetivo interrogativo, pronombre o adverbio como complemento de la oración.

Una expresión que está muy de moda (súper de moda), es "¿perdona!" Su objeto es análogo al de la palabrota; es decir, transmitir al interlocutor un estado de ánimo, pasión, enfado, indignación o alegría. Con solo hablar cara a cara o al menos, por teléfono, no sería necesario su uso, pues el contexto y los gestos acompañarían a la conversación. Pero dada la exclusividad que está tomando la comunicación a través de mensajes breves, es necesario resumir, dar pistas, ir derecho al grano, para hacerse entender. 

La expresión “¡Perdón?” o “¿Perdona!”. Perdona en este caso va interrogada en todas sus sílabas, es una palabra esdrújullanaguda. Mezcla entre la interrogación y la exclamación. Se parece mucho a "¿Es serio!", igualmente mezcla pregunta con sorpresa, duda con admiración en ese caso. No podría decantarme por ninguno de los dos símbolos. Sinónimo de WTF, acrónimo del inglés, una vez más. Como es mundialmente conocido su significado y por no ensuciar más las orejas, o los ojos de mis seres queridos que aún no se han contaminado con tan ignominioso lenguaje, ni falta que les hace, me ahorro la explicación. El “perdón o perdona” es una vez más no saber qué decir. Lo que se conoce mundialmente como muletilla. No significa nada, es como un taco. Se busca sonoridad, ritmo, decorar la conversación, interrumpirla, meter baza de un modo baladí. Porque no aporta nada. Bien puede significar sorpresa, alegría, enfado, indignación quizá. Pero está vacía. Bueno, miento, aporta y busca apoyo del otro. Hacer un nos, un acuerdo. “En plan”, si tu amiga del alma te cuenta una “súper” historia, que “en plan”, es que “wtf”, “lol”, pues “¡perdona?” ¿O no? Está clarísimo. ¿perdón? Se puede alargar el final tanto como quieras para aderezar tu complicidad.

Se me iluminaron las arruguillas de la frente el otro día con mis amigas de la infancia. Es curioso el lazo invisible que existe tras haber crecido juntos. Aporta una complicidad sorprendente. Una espontaneidad sin parangón. Al cabo de años sin habernos visto, siendo diferentes, sueltas un “¿perdona?” en una conversación y nos da un ataque de risa general. Así. Sin más. Ahora mismo hay tantas noticias que merecen mi sorpresa e indignación que estoy por tirar de muletilla e insertar un ¡perdón? de vez en cuando. Una vez asumido su vacío de contenido y sin encontrar la esencia de la presunta necesidad de la expresión, quizá debería darle una oportunidad. Para llenar el hueco de los tacos y las palabrotas. A ver si así tengo ocasión de entender, llegar a un acuerdo al mostrar solo sorpresa.

23/05/2020

YO YA NO SALGO


Yo ya no salgo. A mí me da lo mismo haber cambiado de fase. Ya me he acostumbrado. Oye. No está tan mal. En casa lo tengo todo controlado. No gasto mucho. Me muevo lo justo, sí, del salón al dormitorio, al baño, la cocina. Procuro controlar la ingesta. O no
 Según me dé. Estoy logrando la armonía. No discuto, soy mucho más simpática. Tampoco necesito charlar tanto. Entre el trabajo y las llamadas a los imprescindibles me basta y me sobra. Ya no echo de menos a los que telefonean a horas intempestivas para ofrecerte un cambio de compañía. En un momento dado agradecía que sonara el teléfono en medio del silencio, saludaba afable, “hola Enric, si cuéntame. No, no me interesa la oferta”. Echaba un rato. Ya no. Ni eso. Ahora estoy en un equilibrio que no quiero alterar. Mi música, la radio, el piano.del vecino y las obras de la comunidad. Había soñado con la venganza haciendo fiestas. Pero no. Así está bien. Mi rutina me da paz. No hay sorpresas en el día a día. Ademas de la luz, intuyo la hora por los olores que vienen del patio, y sonidos varios que decoran el aire. Desconocía las ventajas que aporta el control. Si tuviera terraza, echaba el ancla. Es lo que echo de menos. Quizá por ahí va a estar mi punto débil. La fuga.



En ocasiones cruzo el espejo, con mi salvoconducto. Pero se me han quitado las ganas de hacerlo voluntariamente. Observo los cambios del paisaje urbano y concluyo que tampoco me he perdido tanto. Había idealizado la apertura. Imaginaba un manto de lavanda que al pisarlo inundara las aceras de olor a primavera. Imaginaba el jazmín y la madreselva en las esquinas. Un aire fresco en el rostro que secara mis lágrimas. A cambio, la calle está sucia, cada día hay más coches. No es como al principio, que podías cruzar cualquier calle sin parar en el semáforo. Sin exagerar. La M 30 no, aunque la llamen calle, porque seguro que te cae una multa, pero la Castellana, o Serrano, sin mirar.

¿Que si quiero ir a tomar las sólitas cañas o cafés pendientes? Sí, pero como que se me hace grande. ¿Qué me pongo? ¿A qué hora voy? Tampoco sé muy bien a donde ir, ni con quien. En fin, me noto desubicada fuera. Que yo ya no salgo. Además, es que no me gusta que me manden. ¿Ahora sí? Pues no me da la gana. Hace tres semanas, mira que tenía ganas, pero ya no. Son dos meses ya. He pasado confinada nuestro aniversario. Mayoría de edad. Mi cumpleaños, el de mis sobrinos, de mis tíos, con regalos a distancia y sin tirones de orejas. No he ido al funeral de Pepito ni al del padre de las Riaño. Para eso sí que hubiera salido y dado unos achuchones a amigos y parientes. Pero ya no. Se me han quitado las ganas y he perdido la ilusión.



Se añade a esta suerte de agorafobia el montón de dudas de cómo organizar las reuniones. Si podemos juntarnos 10 a una distancia de dos metros cuadrados entre nosotros, el cálculo del área de la casa es fácil. Porque para que haya dos metros tienes que estar en el centro de un circulo de ese radio, total más de 12 m2 por persona. Para reunirnos diez hace falta un salón de 120 m2. Que levante la mano los que viven en una casa, no ya con una estancia de ese tamaño, sino “en total”, incluido tabiquería y parte proporcional de zonas comunes. Contando con que unos pueden estar en la cocina, otros en el comedor, mandamos a alguien al baño, podemos arreglar algo. Si hay jardín o terraza la cosa mejora. ¿lo ves?, vuelvo a lo mismo. Y eso que no fumo, que cuando vuelva ya no va a haber más remedio. Aunque siempre está ese pariente que se quema con el sol, ese se queda dentro. O el que padece esa hípersensibilidad a la meteorología, que sienten frío y calor extremos e insoportables sea cual sea la temperatura real, humedad relativa, etc. A esos no se les puede contentar nunca, son insaciables en la demanda. Había pensado en mi próximo chispún, distribuir “walky talkies” entre los invitados o parientes. Si dos están en la cocina, otros dos en la biblioteca, dos en el cuarto de la tele, contando con que siempre haya alguien en el baño, pre y post desinfección, claro; así la conversación se va a complicar. Para que podamos hablar o seguimos con el zoom o tiramos de vasos de plástico con un hilito, en plan hacer una diferencia, por variar. Total, que me parece complicado. Un lío. Como diría alguno. Yo si eso me quedo. Así tenéis más sitio para vosotros.

22/05/2020

LECTURAS DE RETRETE


Hay textos que tienen la extensión apropiada para ser lectura de cuarto de baño o de retrete. Para ser más exactos. Suelen ser los artículos de contraportada de El País, por ejemplo. Ni mucho ni poco, ni para comerse el coco. En una sesión te lo liquidas. Sin poner nervioso a nadie, es decir, no hace falta excusar la tardanza. 

Estoy pensando que el número de palabras de los articulistas de contraportada está acotado con ese objeto. Claro que ellos no conocen Zújar. Porque allí los cuartos de baño son otra cosa. A Zújar llegó en agua corriente con calma, imagino. Casas grandes en ese pueblo de interior de Andalucía. Cerca de Baza, donde íbamos a comprar pasteles iguales de formas distintas. Si te parece difícil decir Pamplona con un polvorón, es que no has probado esos pasteles - bollos o como se llamaran. Al adaptar esas viviendas a la modernidad del grifo y la higiene, muy manido el tema hoy (apuesto que no ha habido un caso allí, en el pueblo de los melocotones, ahora del pantano), el caso es que construyeron cuartos de baño faraónicos, dando cambio de uso a una de las habitaciones, dormitorio, cuarto de ja plancha, por ejemplo. De esta forma, el cuarto de baño de mis abuelos debía tener unos 20m2 y me quedo corta. Era la mejor habitación de la casa. Y el resto era magnífico. Era la más fresca, la más moderna. Había revistero, butaca. Butacas. Para charlar. Dentro se podía celebrar una reunión. Estantería, no para artículos de baño, que también, para libros. Esas lecturas de verano.  El padre Brown y Agatha Cristy. Wodehouse y algún Tbo. Una bañera gigante. Por supuesto el retrete estaba forrado, eso le encantaba a mi abuela, segoviana ella, acostumbrada al frío del invierno castellano llevaba sus costumbres al Sur, donde el contacto de la loza casi se agradece en contraste con el calor que se cuela por la luz. Allí no llegó el papel higiénico el Elefante, en su forro de ganchillo, ese se quedó en Corpus. Las cortinas echadas, contraventanas a cal y canto. Solo se abre de madrugada. Pero cualquier rendija es un camino para que es sofoco invada una habitación. Esas casas de Zújar, con jardín al sur donde crecen higueras y acerolos. Ahí las lecturas de retrete tenían una duración mayor. El confort de la habitación te llamaba a independizarte del paso de las horas.


Pero en las casa normales, la lectura de retrete es esa, a la que da tiempo. Un articulo de un blog, un Manuel Vicent, un Rosa Montero, Almudena Grandes. Almudena, querida. Dos líneas más y se te duermen las piernas.