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08/12/2022

TRISTEZA PREVENTIVA

¿Qué es la melancolía? "Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada."

¿Acaso no tiene mucho, patológico o no, de tristeza preventiva? Casi parece estar en otra escala, en un mundo paralelo al de la melancolía. ¿Pero que es la melancolía si no tristeza preventiva?

Cuando oigo la palabra melancolía, inmediatamente me traslado a un jardín romántico, como podría ser el capricho, o el escenario del amor entre Sabrina y el golfo señorito. La melancolía me lleva a un cenador, donde una mujer vestida de blanco y puntillas, espera y desespera, sentada en el quicio del murete que cierra el espacio, espera y desespera. No sabe si ha llegado el amor o quizá haya equivocado señales. La inquietud le devora por dentro y casi se olvida de respirar. La melancolía me lleva a sauces llorones que lamen la orilla. La melancolía me lleva a pies desnudos que aplastan el rocío. La melancolía me lleva al otoño. El campo tupido de curry, de castaño. La melancolía me lleva a lecturas de chimenea. La melancolía me lleva al olor del fuego y una manta de lana que cubre los pies descalzos. La melancolía me lleva al mar, observar las olas castigadas a no descansar nunca. La melancolía me lleva al cielo, donde las estrellas envían mensajes de esperanza. La melancolía me lleva a noches al raso,  pidiendo deseos al espacio.

Y es que lo malo de la melancolía no es solo el ser melancólico que la padece, lánguido en su cheslón. Que bastante tiene con lo suyo. Pero ¿y quien aguanta al melancólico? Porque, poco se habla de él, cuidador, amigo, amante, padre, hermano. Poco se habla de ese que tiene cara de oreja y no hace si no ver como el melancólico se zambulle en esos periodos suyos de inmensa pena. Esas épocas de lágrimas y olvido, de tristeza preventiva hacia el futuro incierto. Del por si acaso, me tapo, aunque no haga frío. Ya vendrá, y es que el frío, como la muerte, viene, solo es cuestión de esperar lo suficiente.  Devora el melancólico al amante y al amado, devora su alegría, su apoyo, devora su energía. Y lo sabe, y se acurruca un poco más entonces en ese espacio que conoce también, su escondite de lágrimas y oscuridad. Rechaza todo ofrecimiento de ayuda. Nada quiere, nada le vale. Si le animan a salir, se niega a hacerlo por miedo a qué habrá más allá de su refugio. Si no le llaman, hartos de negativas, son señales que corroboran su hipótesis. Si le hablan, no se siente capaz y si no le hablan, reafirma su soledad. Y esas razones que eran un escudo se vuelven motivo cierto de su estado de irremediable tristeza. Y el mundo ratifica su pena. 

Está triste el alma de la reina del Misisipi. ¿Y el alma del rey? Sedimentos salados en la historia de una vida cargada de tristeza preventiva, que si se espera lo bastante, en vez de desaparecer, se queda sin adjetivo. 


05/12/2022

HAY VIDA DESPUÉS DE TI

Es una vida distinta, pero hay vida después de ti. 

Hay un vacío que asusta, pero hay vida después de ti. Ni quiero llenar el vacio. Es una traición en sí, hacerlo desparecer. Mantengo esa fidelidad al hueco que dejaste.  Sin capacidad alguna para alterar ese espacio donde sólo quedan ecos del recuerdo.

Hay mucha, muchísima pena, pero hay vida desde ti.  Hace frío, sí, pero hay vida después de ti. 

Poco a poco se llenan los rincones, que fueron tuyos y ya no lo son. Se llenan de nada Poco a poco los recovecos de la memoria que estaban poblados por tu olor, por tu presencia, por tus palabras, se han ido vaciando. Hace mucho que no estás. Pese a mi persistencia, al cabo prevalece el olvido. Y esos huecos se llenan de vacío. Como no podía ser de otra manera. Pese a mi pertinaz deseo de mantener el recuerdo, los días han pasado y aplastan poco a poco esos tesoros que yo guardaba. Esas palabras bellas, esos ojos,  tu voz, tus atropellos. Todo lo he echado tanto de menos. 

Poco a poco el tiempo acumula sedimento sobre el recuerdo. Y me da susto el olvido.  A la vez que lo deseo, para que el dolor sea menos. Para que no sea tanto. 

04/12/2022

LA LECHE QUE SE HA "DAO"

Solo hay dos tipos de personas, las que se caen y las que son espectadores de caídas. Afecta la propiedad conmutativa. Hay quien abusa de la primera condición. Igual que quien lo hace del error como método para el aprendizaje, no se debe abusar. Será por torpeza, las prisas; su carácter, coyuntural o estructural, despistado. Las razones son muchas: "iba pensando en mis cosas". "Perdía el autobús". "No llegaba al cine". "Entraba tarde en la reunión". “Me llamaron por teléfono”. “No llevaba las gafas puestas”. “Estaba mirando a la luna”. Todos válidos y tan absurdos los unos como los otros. En muchas de esas circunstancias la pretensión era pasar desapercibido, disfrazada de lagarterana, mimetizado con la pared, el asfalto; escondido en pleno escaparate y ocupar tu sitio sin ser visto. Nada más lejos del resultado, que es convertirse en el centro de atención. "¿Estás bien?" ¡Cómo voy a estar bien! Quiero desaparecer, carrasparra cartapacio, me disuelvo en el espacio. ¡Papáaaaaaaaaaaaaa! ¡Mamáaaaaaaaaaaaaa! ¿Dónde estáis ahora? Por lo menos para poder contaros. Mientras, el amable desconocido, el compañero de viaje, sostiene la risa, aguanta la carcajada, lo ha visto todo en cámara lenta. Le podía haber pasado a él. Es una putada, pero no puede evitar que le haga gracia. Por eso se agacha tapando su vergüenza por su absurda reacción que le provoca hasta temblores.

La situación siempre es la misma. De pronto alguien se pega un porrazo. De los buenos. Y otro es testigo. El que se cae, quisiera estar solo en el mundo y llorar a gusto, que le teletransporten a un hospital porque además del orgullo y la vergüenza, le duele hasta el alma. Lo ha visto entero: él mismo se ha liberado de su torpe corpulencia y desde un ángulo perfecto ha diseccionado en fotogramas el trompazo. En esa milésima de segundo que separa la situación de equilibrio del trastazo, se ha dado cuenta de todo; se caía: un adoquín roto, ese escalón que ha olvidado, el desnivel; la esquina arrugada de la alfombra; una hoja que el otoño ha desvinculado del árbol y tapiza, mojada por el rocío, la acera. El que se cae visualiza el trompazo antes casi de que empiece. Ese cordón suelto del zapato, la suela lisa que ha favorecido el patinaje, ese zapato inadecuado para el día. ¡Y zas! Tan largo como eres, tendido acabas, de bruces, manos en aspa. Nariz rota, mano escacharrada, codos espachurrados, húmero en trocitos. ¡Estoy bien, estoy bien!

Una vez en el suelo pasan las imágenes del sucesos, las viñetas animadas, que accionas con el dedo en la esquina del librito y reproducen el suceso. Del antes, del por qué, del durante. Es una actuación, dijo mi madre. El cuerpo mismo te dice que ya está bien, que como tú no eres capaz de ver y nombrar lo que es evidente, te lo tiene que decir él. Te frena, te zarandea; para que mires de una vez de cara a lo que te rodea, lo que te pasa. Tuya es la decisión de hacer caso o no a la advertencia. Si no, volverás a caerte, hasta que te pares. 

Enseguida se acercan los espectadores, conteniendo la risa. Porque las caídas fortuitas siempre provocan hilaridad. Tú te has recompuesto, como si nada. No sabes dónde están tus gafas, la falda estiradita, que no se te vea nada. Una carrera en la media, es lo único que te preocupa. Eran nuevas. Un roto en el jersey que me habías regalado, tan suave, tan bonito. Sí, sí, estoy bien. En caliente solo te duele el orgullo. Pero el amable y dispuesto caballero que tiende su mano hacia ti, una vez calmado su instinto inicial que hace comedia del absurdo, insiste en ayudar. Tu sonríes, “estoy bien” y quizá te sangra la nariz, la rodilla derecha te late. Pero solo quieres salir de ahí, que nadie te haya visto, saltarte el último minuto.

Puede que no sea en la calle, sino llegando al cine, a una cita, una reunión. La cena, a la que en realidad no has llegado tarde, y además ya da lo mismo, la puntualidad se ha interrumpido con tu planchazo y los relojes se han parado. La sopa no se enfría. Has lanzado todos los papeles, se te ha abierto el bolso y tus secretos esparcidos sin pudor, están siendo cortésmente recogidos por los invitados. Si tienes tablas, quizá te retires un segundo y te atuses en el baño, y pasas el trago como puedes, ya te dolerá luego. 


02/12/2022

EL SOL NACIENTE


La selección de fútbol japonesa. Ese gran desconocido. Entre risas cantan los animados comentaristas deportivos los nombres de la alineación. Que, si todos se llaman igual, señala un experto en el balón. Un futbolero, ex futbolista quizá; que ni conoce si dice
antes el apellido o el nombre. Muchos Itos. Que si será un apodo, que si un diminutivo, nombre común, tal se llamara Paco. Me parece que vamos a tener que estudiar un "poquín" de japonés. Visto lo visto. Son unas máquinas. ¡Cómo corren los tíos! Se lo toman muy en serio.

¿Y esa alegría ante el golazo contra España en la eliminatoria? Eso que fue un gol casi a traición. Un trallazo sin piedad. Si no fuera porque de un mundial se trata,  alguien hubiera tachado de abusón al matarife. Eso se avisa. ¡Que me habéis pillado distraído! No vale.  Poco se habla de la estrategia japonesa. Esa capacidad para hacerse invisibles, camuflados de césped y con la tensión justa en cada músculo, agazapados en un córner, en una línea. Corre por sus venas la disciplina. Cinco minutos después, ¡zas! otro. Entre la algarabía y el desconcierto por la duda de la validez no se puede sino admirar esa espera templada, mientras los expertos decidían desde todos los ángulos que las cámaras permiten, si de tongo se trataba (fuera de juego lo llaman). El retraso en el diagnóstico fue llevado con la calma de quien está preparado para movimientos sísmicos que rozan los máximos previstos por Mercalli y Ritcher. Esa compostura impecable del que anticipa el desastre cual león acecha en la sabana. Sin mover un musculo, sin que el aire mismo que le rodea, note su sólida presencia. Ese orden interior requiere una disciplina mental muy trabajada. Ante el resultado de los súper tacañones, la explosión de pirotecnia del equipo. Esos brazos de fibra pura que parecen a punto de reventar camisetas se juntan en un bloque de júbilo y celebración. Y en las gradas, más de lo mismo. Tras el derroche en la vestimenta,  las caras pintadas, las banderas, dejaron el estadio como una patena. Organizados y con exquisita disciplina recogieron su alegría y se marcharon. Con respeto y pulcritud,  la misma de la gheisa, de la ceremonia del té,  del jardín impoluto que parece sacado de un cuento.

Poco se habla del color del pelo de los futbolistas de la selección nipona. ¿Será para distinguirse entre ellos? Oigo a una señora que le comenta a otra mientras hacemos cola en la pescadería. Un amigo mío de manos grandes y dedos de jugador de baloncesto, esto es, formando curiosos ángulos las falanges entre sí, me dice, para marcarles, vas listo, a ver cómo sabes quién es sin ver el número de la camiseta.

Fiesta en Japón, pequeño país, ojito con él. Que ya nos han conquistado el estómago, han desplazado la pasta y la pista de la comida rápida y se han colado en todos los menús de los restaurantes de lujo. Quien no sabe comer con palillos no tiene nada que hacer. Veremos cuál es la próxima conquista.



01/12/2022

CLAUDIA, SOY RODRIGO

El asunto de los colores y los estereotipos en cuanto al sexo es, valga la redundancia, asunto no baladí. Creo que no tanto se trata de imponer sino de observar lo que hay y reflejarlo en el relato. Y no al revés. Porque lo es, es.

Recuerdo un día de septiembre, tras el largo verano infantil, los niños fueron apareciendo por el parque. Hacía calor y Madrid estaba casi vacío.

El parque era su lugar de reunión, el de los niños. Se había dado la circunstancia de que un grupo de padres llevaban a diario a sus hijos a  rebozarse en arena, tirarse por los columpios, jugar al escondite, aburrirse muertos de risa. La consecuencia es que no querían marcharse de su lugar de encuentro. ¿Hoy no vamos al parque? Como si del mismo Hyde Park se tratara. Cuatro acacias medio peladas aguantaban en el recinto vallado, con cuatro bancos de madera, papeleras rebosantes de restos de merienda y unos columpios muy básicos. Los mayores podían salir del recinto con el balón, Frisby, o motivo de paseo y conversación. La constancia y la complicidad entre los adultos hizo su magia y los niños se hicieron amigos, establecieron sus normas, ayudados por los padres con exquisita o bruta discreción, según. Y construyeron su pequeño mundo. Solo había chuches los fines de semana, salvo excepciones, que ellos tomaban como tales. Discutían la injusticia, pero aceptaban las diferencias. Ellos se organizaban los turnos, evitando abusos en los columpios. Ellos protegían a los pequeños y les defendían de los más brutos. Había padres  excesivamente protectores que eran, poco a poco educados y aceptaban no inmiscuirse más allá de lo estrictamente necesario. Había padres en el chiringuito, dando berridos a distancia, borrachos de coca cola y pretendida autoridad. Abundaban las cuidadoras, nuevas niñeras o "chicas", unas pasotas y cotillas, otras funcionaban como un niño más, revolcándose y jugando como y con los niños de los que eran responsables. Al llegar la hora de retirada, a pesar del cansancio, los niños disimulaban regateando minutos de amistad, miraban por si sus padres estaban entretenidos, para seguir jugando. El cambio de actividad nunca es grato.

En el parque un día apareció un niño chino tan gordo que no se sabía si tenía los ojos abiertos o no. Fue motivo de pesadilla para más de uno. En el parque a Claudia le enseñó su amiga, tan larga como ella, a atarse los zapatos. También le reveló misterios de los que no tenía sospechas, relacionados con la Navidad y los dientes caídos. En el parque no había consolas ni móviles. Una niña de rizos dorados recogidos con lazos de raso. Uniformes con coderas cuando se fueron haciendo mayores, faldas remangadas. Niños de pelo largo, más que el de muchas niñas. Afinidades elegidas en libertad, en un mundo ajeno a estereotipos. 

En el parque había familias numerosas, hijos únicos. Muchos iban merendados de casa. Botellas de agua compartidas, retando contagios, fortaleciendo inmunidades. Los juguetes se prestaban si se llegaba a un acuerdo entre dueño y peticionario con la condición de reembolso al día siguiente sin excusa. Ese era el trato. Sin clasificaciones de egoísmo para el que, por la circunstancia que fuera, ese día se llevaba su tesoro a casa. En el parque quedaban niños escondidos detrás de los bancos, esperando a que les encontraran. En el parque había marujeo y amistad. Yo, que tan poco frecuenté en mi niñez al parque, teniendo a mi vera uno que ahora es quinta; fui muy de parque, dejando de lado el desorden y la cena, que se apuraban mezcladas con los baños tareas. ¿Qué diría padre si supiera que la Fuente del Berro es ahora una Quinta? El parque de abajo, prohibido en mi infancia, es lugar de visita obligada, con los pavos reales, que cuando no les hacíamos caso, los había a montones y ahora están contados, machos y hembras. Las escaleras de huella de tamaño absurdo, en las que nos dejamos las rodillas, los patos de collar, la media luna, que debió ser en su día un cenador que albergó declaraciones y susurros; la cascada, mucho más elegante que ninguna del Retiro. Sí, la Fuente del Berro es Quinta. No así el parque de Chamberí, que no es ni parque. Pero lo importante son las personas. Como siempre. 

Un día de septiembre, con cierta cautela, se adentró Claudia en el territorio casi vacío del parque. Conocía cada esquina, cada rincón, los muelles rotos y las maderas con astillas. El seto donde esconder los más preciados tesoros y la casita conde Laura se hizo novia de Juan, tenían ya tres años. Eran mayores. Los niños del parque se conocieron cuando aun llevaban pañales, y alargaron su infancia de escondites con sus lazos.

Un día de septiembre entró Claudia en el parque. Vio a Rodrigo en la casita, sentado, esperando a que llegara algún amigo, a que se acordaran de él. Tres meses son mucho a los cinco años, a los seis. Entró claudia en la casita, y sin saludar, le dijo “¿jugamos a papás y a mamás?” Rodrigo contesto “Claudia, soy Rodrigo” Y Claudia se llevó la manita a la frente, en un “es verdad” y se pusieron a hacer agujeros en la arena y a perseguirse, hasta que llegaron los hermanos de la casa azul, uno fue con Claudia, el mayor, se tumbó en un banco ella y él era el médico, el pequeño traía unos coches que Rodrigo y él estrellaron tirándolos por el tobogán. Llegó Juan, que será notario de mayor, con las rodillas al aire, como en invierno y todos se reunieron en torno a él, traía montones de historias. Apareció Felipe, le habían regalado una sillita para muñecos cuando nació su hermana pequeña, él la usaba para llevar el balón de fútbol. Cada uno es cada uno y cada cual con su cadacuala. Forzar la vida no tiene sentido. La vida tiene su propio guion.  Deberíamos aprender de los niños. Ellos ven, miran dentro de los demás. Ni un jersey rosa hace femenino a un hombre ni un pantalón masculina a una mujer.  Pendientes y juguetes, coches y muñecas, son mismo.


25/11/2022

A MI NO ME HAN DETENIDO NUNCA, POR AHORA

 

"Alto o disparo. Queda usted detenido"  y después, una retahíla hablada en la que se mezclan los derechos y el abogado y el silencio. Hay que ser malo para tener un abogado al que llamar si te detienen. O no. A lo mejor eso de tener un abogado, que no sólo licenciado en derecho, dirían los puristas, es lo cotidiano. ¿Quién no tiene uno en su vida? Que no digo amigos, que eso sí, y hasta familia, que también. ¿Pero uno al que llamar cuando te detienen? No me veo en tal situación. aunque todo puede pasar.

Por ejemplo: El otro día fui al Zendal, a que me vacunaran, como soy trabajadora sanitaria, ya me toca la cuarta dosis. Y última. Que se vacune Rita a partir de ahora. Llovían sin tregua. De esos días de Madrid que el tiempo está para hacer vida sedimentaria. De esos días que al abrir los paraguas, éstos se dan la vuelta,  sin llegar a volar, o sí. Da igual lo que te pongas que acabas empapado. Uno de esos días. Uno de esos días que el que hay que alejarse de los charcos canallas que crecen junto a las aceras. Siempre puede aparecer un conductor con prisas en pasar el semáforo que no ve a los peatones que esperan. No solo llueve en la calzada. Las baldosas "mina" hacen las delicias de las tiendas de medias y calcetines. Uno de esos días. Llegar al Zendal tiene su mérito, y con la cortina de agua que te cubre lo visión, más. Tras dar varias vueltas sin saber dónde aparcar, decido dejarlo en un sitio. Busco la entrada peatonal, sin éxito. Salgo un par de veces al frío invierno. Al volver a cubierto veo una flecha que dice "vacunación". La sigo. Pero de pronto las indicaciones se acaban. Al lado de una puerta en la que reza: "prohibido el paso". Sé que no está bien, pero decido entrar. De la oscuridad del garaje sale una señora enfurecida, vestida de uniforme de guardia de seguridad. "¡No se puede entrar!" Me doy la vuelta y explico la situación, con relativa calma. Estoy hasta la coronilla. "Tiene que salir, y entrar por la puerta de al lado de urgencias". Le dogo que no voy a salir a la calle, que no pienso salir de ninguna de las maneras. Y que voy a atravesar esa puerta en la cuelga un cartel de prohibido el paso. "¡Señora, la voy a detener, está usted cometiendo un delito!" No sé si será o no delito, pero sigo, acciono el pulsador, es una puerta de barra y abro. Le digo, "no tiene usted humanidad". Me siento desamparada y sola. La guardia de seguridad se me acerca a la carrera, trotando, yo sigo. Hoy me vacuno, caiga quien caiga. Al ver que soy más rápida que ella, que no se la ve muy deportista y además lleva encima el peso de la ley, que es mucho, recurre a su transmisor, que le cuelga del cinturón. Da aviso a todas las unidades de la presencia de un intruso. Al llegar a la sala de vacunación, me están esperando tres guardias de seguridad que visten el mismo uniforme que la señora del garaje. Con un poco menos de mala idea, me repiten que he cometido un acto ilegal, accediendo por un prohibido al interior del hospital. No saben si llamar a la Policía. Que espere un momento, tienen consultar con el personal médico. No quiero decir que yo también lo soy, me muero de vergüenza. Sale una enfermera muy dispuesta de la zona de boxes y le ponen al día de la situación. Me mira compasiva y se retira a deliberar. Me dejan sola con los armarios que van disfrazados de guardias. "¿Señora, quiere una silla?" Me pregunta solícito uno de ellos. "¿Para qué quiero una silla si me van a detener?" Es lo único que me viene a la cabeza. Finalmente la enfermera aparece, me coge del brazo, hace un gesto a las autoridades y me vacuna sin mediar palabra. No vuelvo.

Otra vez me pasó, también cerca de un hospital. Iba a recoger a mi madre, le daban el alta. Esperaba en un semáforo cuando por el espejo retrovisor vi que detrás de mí había un coche de policía. Será mi mala conciencia, pero yo cuando veo a la policía siempre pienso: ¿Qué estaré haciendo mal?. Siempre creo que soy yo. Al ver el coche, estar cerca del Hospital, pensé que algo pasaba, incluso creí ver que encendían las luces. Era un sábado a la hora de la siesta, no había nadie en la calle. Como muy buena ciudadana que soy, me salté el semáforo, para dejarles pasar, puse el intermitente y me dirigí hacia una calle donde hay un parking público. El coche me siguió, las sirenas sonaban más fuerte; como buena ciudadana, me volvía a saltar el segundo semáforo, para dejarles pasar. Así hasta llegar a la entrada del aparcamiento, donde me detuve. Para mi sorpresa el coche de policía seguía detrás de mí. Cuando estaba cogiendo el ticket salieron dos maromos, pistola en ristre. Alto o disparo. El encargado del aparcamiento, viendo que había tomate, salió a mi encuentro. "Es mejor que haga caso señora, no entre" Cada agente se me acercó por un lado. "¿Dónde va?" A aparcar, dije, voy a recoger a mi madre del Hospital, que le dan hoy el alta. "¿Pero no se da cuenta de que ha cometido usted tres infracciones muy graves en 200m?" yo me excusé con el tema de las luces y la sirena. "¡Se las estábamos poniendo para que se detuviera!" Me dejaron ir, la cara que debí poner sería un poema. Mi madre esperando.

Y la tercera, que no será la última me pasó el otro día. Me fui a pasar cinco días a Praga. Ciudad maravillosa, como Segovia. Como Segovia pero con música.  Uno de esos violinistas se sentó en nuestra mesa en un café. Le alabamos el arte, y nos propuso ir a escucharle a Kłodzko donde daría un concierto al día siguiente. Es una ciudad polaca muy cercana a la frontera, conocida por su belleza como la pequeña Praga. Estábamos los viajeros en ese humor de sí. Así es que sacamos los billetes y allá que los fuimos, en autobús. El problema fue en el viaje de vuelta, que se equivocaron al escribir mi nombre. No me di cuenta hasta que me pidió el conductor mi DNI, me dijo "¿María Luisa?" Yo le mostré el documento tapando mi nombre, atemorizada. no coindice más que una a. Pasé la prueba, ni se fijó. Pero al llegar a la frontera se me congeló el aire, no podía respirar cuando entró el ejército en el autobús y nos obligó a bajar. Ya estaba visualizando mis próximos años, del calabozo a la cárcel, y de una a otra prisión, me mandarían a la guerra, creerían que era una espía. Son entender ni una palabra en todo ese viaje. Ningún consulado ni embajada contestaría a mis llamadas y acabaría en Siberia, deportada, al menos, delgada. Volvimos a subir  a sentarnos en nuestros asientos y el "capitán" dijo "¿Felipe?". Felipe me sacó de mi pesadilla. No había ningún Felipe y seguimos rumbo hacia la bella Praga. ¡Qué momento!.



21/11/2022

EL VIAJE

El viaje en solitario en avión tiene un punto crítico, que es la asignación de asiento. No tanto importa el asiento propio, como el del vecino. Uno debe decidir a veces entre pasillo y ventanilla.  Nunca en medio. Eso te toca. La decisión, desde mi punto de vista, depende de la duración del vuelo. Si corto, ventanilla.  Si largo, pasillo. Por necesidades fisiológicas. Prefiero no molestar.
Una vez en tu asiento, por muy buen libro que lleve uno, por mucho que deba aprovechar el viaje sea para el descanso, sea para el trabajo; es importante el vecino y a la vez compañero de viaje. La proximidad, que afecta a todos los sentidos, provoca, a veces, el rechazo por preservar la intimidad. Por eso, hasta que no llega el compañero hay una suerte de tensión disimulada. De reojo se observa la fisionomía, el tamaño es importante, los flacos son siempre bienvenidos. El colmo es viajar en clases preferentes, donde por muy bien equipado que sea el vuelo, si no hay contacto, lo que seguro que se comparten son sonidos, y en 12 o 14 horas de viaje por mucho que uno se haga el muerto, los ruidos son parte de la intimidad más íntima. 

La suerte o desgracia puede colocar a una divina, que viaja con mallas y zapatillas de deporte, calcetines calentadores; embutida en sudadera a juego y chaleco michelín de lorza estrecha. Se sienta, infla una "u" que le sirve de almohada y sujeta su cuello. Gafas de sol que se retira para colocarse un antifaz opaco, gorra de béisbol sobre coleta prieta, visera caída sobre el rostro. Antes del cierre de puertas ya está disfrazada.

Te puede tocar la parejita que no para de toser. Y tú, sin ser paranoico de la mascarilla, te revuelves en tu asiento. Porque la parejita no para de pedir cosas desde antes que se cierren las puertas. Que si agua, un caramelo, que no me pasa la carraspera. Y llevan, además, un surtido de galletas, bocatas, picos ¡Hasta aceitunas!, en una bolsita. Son muy ecológicos.  Todo lo guardan, todo lo envuelven. Se ofrecen cariñosos uno al otro viandas. Comparten auriculares entre tanto para ver una peli. Y la mascarilla, él por debajo de la barbilla, ella colgando de una oreja. Entre los sorbitos a la botella,  ahora me como un caramelo, ahora un bocata de jamón, no les da tiempo a ponérsela. Tanta tos llama la atención de la fila de delante, de la de atrás y de medio avión. Que no se les pasa. Y no se tapan. Eso sí, los azafatos llevan puestos los ojos de no ver. Han pasado 50 veces a su lado y no han dicho esta boca es mía. 

Te puede tocar un viaje de mayores, muy mayores. Ya apuntarse un viaje al inserso es vivir la senectud sin complejos y aceptar y aprovechar lo que la edad supone de ventaja. Ellos vuelan con la energía y puntualidad de la primera vez. Muchos han empezado a volar en esa etapa de canas y calvicie. Ligeros de equipaje y cargados de historias que no llegan a destino porque en la espera ya las han compartido con conocidos y extraños.  Poco les importa el dónde van. Es la aventura.  Es el alojamiento. Son los paseos. Si tendrán la fuerza y los zapatos adecuados. Las escaleras y las medicinas que llevan preparadas. El idioma tanto les da. No tienen edad de preocuparse, ya se harán entender.  Les inquieta cómo quedan los hijos y los nietos.  ¿Se apañarán sin ellos? Da gusto un viaje con un equipo veterano. Son la mejor compañía. Los que se quejan no viajan, lo hacen los entusiastas. Que les da todo lo mismo. Con igual atención visitan Berlín que Amman. Van en primavera a las playas de levante y en otoño a Canarias. Cambio de maleta.

Lo que casi nunca toca, como compañero,  es el amor de tu vida. A veces sí. Antes, que en los mostradores se controlaba la situación,  ya lo imaginó David Lodge en el "Mundo es un pañuelo", hacer parejitas en los vuelos transoceánicos y a ver qué pasaba. El mundo que imaginaba D. L. era siempre divertido, ya fuera manta o pañuelo, terapia o confesión.  Pero eso es harina de otro costal, el humor inglés que hacía saltar los puntos de las heridas de mi padre, convaleciente y pasándolo bomba con la lectura.