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12/04/2020
HAY QUE VER, LAS DESPENSAS QUE TIENEN ALGUNOS
No así le ocurre a la levadura, que es verdad que hay poca y escondida en los lineales, ¡pero que se acabe! ¡Que no haya huevos a mediodía! Sí, es un alimento básico ¿Pero cuántos huevos se puede comer una familia normal en un par de días? ¿Cuántas tartas y tortillas de patata se pueden preparar? ¡Que no viene nadie a comer! ¡Que no se puede salir de casa! ¡Que abren el pasado mañana! El colmo fue que el miércoles previo a Semana Santa se había acabado la fruta y la verdura. Toda la fruta y toda la verdura, incluido brócoli, acelgas, espinacas, coles de Bruselas. ¡Vaya par de días más sanos! Solo quedaban seis o siete nabos, un par de repollos y una caja de manzanas Reineta. No me preguntes por qué. Vamos a ver, no se pueden comprar seis manojos de puerros, tres kilos de calabacines, 20 de patatas. A éstas le salen raíces, huelen que apestan cuando se pochan, se ponen negras y blandurrias, sueltan un liquidillo asqueroso, negruzco. Doce kilos de naranjas, siete de mandarinas. Aunque sea buena la vitamina C, si te pasas se te tiñen las palmas de las manos de marrón, cuidadito. No te da el día para comerte 40 plátanos sin que se pongan negros. ¡No da tiempo! Diez paquetes de lentejas, caducan, que llega el verano y no vas a comer potajes, ¿qué vas a hacer con todas esas alubias? Y, sobre todo, ¿dónde vas a meterlo?
Por un lado, están los productos perecederos, tipo tomates de pera, cebollas; que, si te llevas ocho kilos, ya puedes hacer y congelar pisto y tomate frito, porque se te van a poner malos. Y a ver como tienes el congelador, entre el vodka y los hielos para los gin tonics de después de los aplausos, está petado. Las reservas de helados para antojos, ocupan un cajón. Y por otro lado, están las latas de conserva, los por si acaso. Con eso puedes arramplar, igual que con la lejía, detergente, y el mistol. Pero, como decía el reponedor ¿qué despensas tiene la gente? He empezado a ver torres de detergente en el umbral de la puerta de algún vecino, se apilan latas de sardinas, de atún, botes de garbanzos, camuflados detrás de una planta de plástico convenientemente colocada. No perecederos varios ocupan huecos de escalera y recovecos de portales, detrás del sofá, de la mesa del portero, en el descansillo. En el garaje del mercado he visto colocar la compra a una familia y entre susurros: "esto déjalo aquí que no lo vamos a sacar del coche. Que no nos cabe en casa". Trasteros improvisados.
Además de la histeria colectiva que se ha apoderado de nosotros, hay algo más. En parte el avituallamiento excesivo tiene su lógica; porque, por mucho personal que contrate el Corte Inglés para servicio a domicilio o guardias de seguridad que coloque Mercadona a la entrada de sus supermercados: por mucho que Alcampo o Unide se esfuercen; si los agricultores no recogen los aguacates, a ver con qué hacen los del Carrefour el guacamole o los del Lidl: a ver qué salmón envasan, sin recoger garbanzos no habrá humus que valga en AhorraMás. Si no se recogen las aceitunas, ¿cómo podemos comprar aceite virgen en el Día? Porque los Nachos, como decía algún graciosillo, no sabemos donde crecen.
Pero yo entiendo que se acabe el vino y la cerveza, el güisqui, el ron y la Coca-Cola. Las patatas fritas y las palomitas. El chocolate. Porque somos ya críticos de cine. Mi sobrina de nueve años ha visto más películas en este mes que en toda su vida. Entiendo que no haya harina porque ya todos sabemos hacer rosquillas, brownies y tortitas. Pero que se acabe el repollo, no lo entiendo. ¿Cuántos cocidos van a hacer señores?
He encontrado la respuesta. Han cambiado los roles. Igual que nos hemos convertido todos en nuevos “amos” de casa, el que friega el baño lo hace por primera vez y no sabe si hay que usar Don Limpio o lejía o Cristasol, ni dónde; la que limpia el polvo encuentra motas de la prehistoria porque es incapaz de relajarse y pasar un plumero sin más, se buscan las migas bajo las alfombras. Y así las tareas del día a día las hemos ido asumiendo entre miedo, prudencia, respeto a la pandemia. Intentamos evitar la paranoia, pero racionalizando en lo posible, llenando huecos con la higiene. Optimizamos el número de lavadoras vistiendo a la familia entera monocromáticas, ahorramos haciendo comidas convertibles. Tipo acelgas que por la noche es tortilla de acelgas. También han aparecido las comidas del confinamiento, encontradas por internet y no siempre exitosas porque consten en un hoy no salgo y a ver qué hago con lo que tengo. Una coliflor con pipas de calabaza y una lata de atún. Eso tiene que estar rico. Anda, si tenemos mayonesa, ponle un poquito con mostaza de Dijon. A veces sale y otras no. El que se encarga de hacer la compra es el que no puede más de estar en casa. El que quiere elegir, carne o pescado, que no sabe si las patatas son de cocer o de freír. Si para una ensalada basta una lechuga y un tomate o son tres de cada. Casi sale por salir, para darse una vuelta. No sabe ni de cantidades ni de prioridades. Si se le olvida algo está encantado de volver. Le ha cogido el truco al atuendo y disfruta de la soledad del paseo, mezclando el miedo y el valor, ocultando el susto en su disfraz.
11/04/2020
NO ME CABE EL CHANDAL

Se está agotando la ropa deportiva, y eso que sigue
todo cerrado. Pero al personal le ha dado por calzarse el chándal y las Adidas.
Unos porque dicen que hacen deporte. En casa. ¿perdona? ¡si no te has movido en
tu vida! Sí, sí, ahora monto en la estática 30 minutos al día. Pues te va a dar
un chungo. Otros porque están más cómodos, y las lorzas caben en la ropa
deportiva, por ahora. Y se ven estupendos. La costumbre hace que los parientes
que nos acompañan no aprecien el cambio que estamos sufriendo, es más, ellos
van mutando también. Nuestra metamorfosis es uno más de los efectos secundarios
del puñetero virus. Si se trata de una secuela general no habrá referentes ni
testigos. Las fotos del pasado nos parecerán una ilusión, una farsa. Con
nuestros cuerpos botijo ya no servimos ni para musas de Botticelli. Eso sí,
bien comidos. Quizá Botero nos inmortalice en alguna plaza.
Mi contador de pasos a
la doce de la mañana me anuncia que he hecho 55, me anima a que siga así, para
llegar a los 10.000 que hacía hace un mes. Recorro tres veces el pasillo. Cojo
el móvil y lo meto en el bolsillo. Es por eso. Lo estaba cargando y no ha
contado que he recogido el salón y para moverme un poco más, he llevado las
cosas de una en una a la cocina. Así, he hecho 18 viajes de la mesa al
friegaplatos. Como tenemos cocina americana, mucho no me he movido, tres pasos
mal contados por desplazamiento. Pero es que vivimos en un apartamento de 40 m2.
No es fácil viajar aquí. Decido bajar la basura, andando. Ya sé que resido en
el primero, algo es algo. Todo suma, no me quites mérito. Para subir cojo el
ascensor, es que estaba aquí, jolines. El arrepentimiento me concome y me pongo
a hacer flexiones en el cuarto de baño. Cuando llego a la 10 sin conseguir
tocar el suelo, me derrumbo. No pasa nada, falta de costumbre. Lo intento con
las abdominales. Una prueba inútil, no sé ni cómo se hacen. Temo que me dé un
calambre o un tirón y me quede tieso. O algo más grave y no me cojan el
teléfono en urgencias, por imbécil. Bastante tienen con lo que tienen. Como
última opción agarro la cuerda de tender y me pongo a dar saltos. Me divierte, vienen
los niños y se apuntan encantados; a mi mujer, que estaba enfurruñada esta
mañana, le amanece una sonrisa. Le recuerda otros tiempos. Los cuatro en el
salón saltando a la comba. Al pasar la
barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero, yo no soy bonita
ni lo quiero ser, yo pago dinero como otra mujer. ¡Uy! ¿qué dirían las
moradas y feministas de esta canción hoy? De tiempos de Franco la susodicha,
ahí lo dejo. Cambiamos. Soy la reina de
los mares y ustedes lo van a ver. Tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a
recoger. Pañuelito, pañuelito, ¿quién te pudiera tener guardadito en el
bolsillo como un pliego de papel?, Cuando llegamos al cocherito leré, suena
el timbre; corremos juntos sudorosos y sonrientes a la puerta. ¿Quién será?
¡Qué emoción! Hace un mes que no viene nadie. Sin mascarillas ni protección
alguna, abrimos apelotonados y olvidados de toda prudencia o recomendación.
Juntos en el umbral. Son las diez de la noche, es el vecino del bajo que
acababa de dormir al bebé. Ha salido de su confinamiento, con el chaval en
brazos llorando como un poseso. Colorado de rabia. Se calla de pronto al ver
caras nuevas. Extiende las manos el padre. “Os lo quedáis, o me ajuntáis para
jugar a la comba”
10/04/2020
NO ES NOTICIA O LAS GUIAS DE VIAJE CADUCAN
Contención
señores, contención. Para dramas e historias truculentas habrá tiempo. Sensatez y prudencia
son lemas que nos tenemos que grabar a fuego. En estos momentos hay noticias que no lo son. La
radio, los periódicos, la televisión tienen la importantísima misión de
informar. Y no es que por no contar algo, deje de ser cierto. Es su deber, pero
no insistan señores, no ahonden, “señor
cura, que en el fondo está lo más güeno”. Hay dos extremos: lo que no es
noticia y las "nuevas" que caducan (como las agendas, o las guías de viaje). Estamos pendientes del pico, de los infectados, de
los muertos, de los mapas, de los bulos, de los chistes, de los dramas. Es un
momento de súper información, de actualización instantánea. Los datos se vuelven obsoletos, como los coches, que pierden su valor nada más comprarlos. Los números del lunes no son noticia el martes, son un dato. Y no abunden
en lo innecesario. El drama de cada uno de los que se han ido, eso sí. Es único
cada uno. No podemos echarlos a una fosa común de recuerdos. Esa es la herida abierta. Eso es importante.NO HEMOS PERDIDO LA PRIMAVERA

06/04/2020
CORZOS EN EL ACUEDUCTO
¿Qué hubieran dicho ellos de todo esto? Llevo días
pensándolo. Ellos, hombres todos con una llama de humor que encendía el espacio
a su alrededor. Les recuerdo mucho, me siguen acompañando, me encantaba
escucharles, “ojiplática”, expectante, historias nuevas o repetidas. Me daba lo
mismo. Encantada si en algo les sorprendía y aplaudían mi idea. Siempre una
niña a su lado. Ellos, a unos centímetros del suelo, sin envidia, con
respuestas y silencios, alabando lo bueno, rindiendo honores al vino y el
brindis. “Disfrutones” unos, más serios otros. Queridos amigos y compañeros.
Añoro verme envuelta en su abrazo paternal. Ellos se fueron antes de tiempo.
Siempre es demasiado pronto. Saben cuánto les echo de menos. Si hay cielo, allí
estarán, con una mueca de dolor por el padecimiento de su gente, pero brindando
por la vida que ya no tienen. En paz.
El humor buscado en la repetición, ellos, que
sobretodo tenían en común lo muy queridos que son. Se fueron antes de que esta
criba se llevara esa generación impecable que es nuestro referente. Hubieran
fabulado con el entusiasmo de un niño ante la imagen insólita, grabada sin
querer. Se hubieran alborozado con la idea. Hubieran brindado. ¡Es fenómeno! O
le hubieran dado vueltas y vueltas, raciocinio y lógica hasta llegar al
disparate.
No son un par de corzos, sino una pareja que se
había acomodado entre los gamos y ciervos de Riofrío. Las ventajas de la
libertad controlada y el alimento asegurado habían hecho del recinto amurallado
un hogar. La pareja dejó a las crías a salvo y se lanzó a investigar el
silencio. Desde hace unos días nadie se acerca a Palacio, no les asustan los
humanos, ni les ofrecen mendrugos para que se acerquen. Pasean a su antojo por
el encinar, anchas y suaves lomas para correr a su antojo y criar en paz. Llevan
sin visitantes una buena temporada. Ni siquiera al final de la semana, cuando
los ruidos de los motores asustan a los pájaros, que avisan de la llegada de
los intrusos. Merendolas en el suelo, mantas de cuadros y sillas de playa
redecoraban periódicamente el paisaje. Coquetos los ciervos paseaban como si
nada, atontados. Hasta que el susto de las presencias invasoras les hacía salir
corriendo, para regocijo del niño y el fotógrafo preparado para la instantánea.
Esa mirada que es siempre de sorpresa, un ligero giro del “cuello”, atentas las
alarmas, tensa la musculatura. preparados para la carrera. Son miedosos o
prudentes. Leo que la mayoría de los ciervos son polígamos, aunque hay sus
excepciones como el Corzo Europeo, que prefiere la monogamia. ¡Lo sabía! La
pareja del acueducto son unos enamorados. Recupero la fe. El amor existe.
ME DIJISTE QUE TE GUSTABA LA POESIA
Me
dijiste que te gustaba la poesía y pensé en la síntesis y su complejidad. Pero
no tuve la sensibilidad de entender que era la contundencia de la imagen lo que
te sublevaba de la poesía. La brevedad, si está llena, no es siempre sencilla.Me dijiste que te gustaba la poesía como venerabas la escultura. La poesía y la escultura como extremos del arte. El esqueleto y el volumen. En los pliegues del poema se encuentra lo más profundo del corazón. Lo que sale hinchado en las tres dimensiones.
Me dijiste que te gustaba la poesía y no comprendí. Y en esta reclusión, intromisión obligada, entiendo por fin. Recuerdo quién soy, porque observo todo, lo de fuera y lo de dentro, y me estoy mirando y te veo. Sin horizonte ni futuro, sin ver el mar, se cuelan las palabras cortas, las más pequeñas y solo caben poemas en las frases que hoy resumen lo que siento.
04/04/2020
ESCALA DE VALORES
Resulta que ahora nos damos cuenta de quién es imprescindible, Bertolt Bretch:
Hay
hombres que luchan un día y son buenos.
Hay
otros que luchan un año y son mejores.
Hay
quienes luchan muchos años, y son muy buenos.
Pero
los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.
Sí que hay imprescindibles, en lo privado, en lo
íntimo, y en lo público. En lo privado son gente que no tiene sustituto.
Aquellos cuya huella queda para siempre en nuestro corazón. A veces en forma de
cicatriz dolorosa, las más, en forma de sonrisa. Ellos no tienen sustituto. Ya
sea porque que se los haya llevado el tiempo, la edad, la fatalidad, o algún
bicho. Ya sea por las barreras que la vida levanta. Y se van. Sin más. Son
insustituibles. Pero la vida sigue y llevamos su amor y su enseñanza en
nuestros corazones. Nos ayudan a ser mejores.
En lo público, en el ahora, es menester reordenar el
armario de la educación. Para corregir la pirámide de las prioridades, de las
cosas importantes. En este momento se levantan voces aplaudiendo a los médicos.
¿En qué sociedad de mierda nos hemos convertido si ha hecho falta que murieran
en cuatro meses, miles de personas por un virus para darnos cuenta de que son
imprescindibles los médicos? ¡Que les den una paga extra, sugieren algunos! ¿Pero
qué es esto? Un médico siempre ha sido un referente en una comunidad, desde las
más primitivas, asignaban su valor a su trabajo, a su sabiduría, a su buen
hacer, sus conocimientos. El respeto a su figura, por su formación, su saber,
jamás se ha cuestionado. ¿En qué momento se perdió el Norte en esta vida llena
de nada? En esta vida de éxitos y fracasos, de metas absurdas, superaciones,
competencia. ¿En qué momento pasó a ser más importante un tío que le da patadas
a un balón, conduce por encima de los límites permitidos, un cantante de moda, una
“influencer” que enseña cómo ponerse unas pestañas postizas o presume de
tacones, que uno que suelda huesos heridos, repara pulmones o cose corazones? La
comparación fácil es con las excepciones, en el deporte, la música, la pintura.
Eso no es lo importante. Lo que es crucial es que hay mucha miseria bien
pagada. Se valora más a un YouTuber que a un ingeniero, que a un militar, que al
colega de Valladolid que ha inventado el respirador. Hemos desvirtuado todo. ¿Y
la importancia del profesor? Desde los tres a los veintitantos años tienen una
labor crucial. Eso tenemos. Los que
saben hacer cosas son friquies escondidos. Extraterrestres, gente que no se
entera, que vive de espaldas al éxito. Porque eso es lo importante, el éxito,
los me gusta, las veces que se
comparte su artículo. Estamos huecos.
Cuando hablo de médicos incluyo todo lo que les
rodea, no hace falta enumerar cada oficio. Y hablo también de muchas otras
profesiones, que por algo se llaman así. Implica dedicación, estudios, una
tarea, una labor, un cometido.
La cuestión es que cuando el saber se supedita a la
gestión, se desvirtúa. Cuando a los profesionales pasan a controlarlos los
gestores se pierde la esencia. Se olvida la chicha. En todas las profesiones
eso es claro, pero en la sanidad es una verdad de fogonazo. Cuando un gestor
decide si es preciso o no realizar una radiografía para confirmar un
diagnóstico, algo tiembla. Si un gestor limita el tiempo máximo que debe permanecer
en un hospital un enfermo; o lo que debe durar una consulta; si se organizan
los hospitales como una empresa, es el fin. Un hospital no puede cotizar en
bolsa. Es otra cosa. Pretender la organización de los recursos sin el correcto
y prudente asesoramiento de los expertos es de una soberbia y una estupidez
supina. Y quita valor al profesional. Por eso a esta sociedad no le parece
importante un médico. Bueno sí, ha hecho un trasplante de corazón. Entonces la
sanidad española es la caña. Es que no hace falta hacer trasplantes ni poner
rodillas nuevas para ser imprescindibles. Eso está muy bien, pero es
“además”.
Vi un chiste un día que decía “como cierren los supermercados yo no sé qué voy a hacer, porque no sé dónde
se cultivan los Nachos”. No existen los agricultores ni los ganaderos. Estamos
desenfocando. No tenemos ni idea de lo que en importante y lo que no.
Es la cultura del absurdo. Niños que buscan
satisfacción en la aberración porque lo tienen todo. Que no saben qué estudiar
porque quieren carreras que tengan salidas. ¿Salidas a dónde? Entiendo la
practicidad, pero tiene que haber emoción, sentidos, deseo de servir, de hacer
algo en la vida. Proyectarse hacia el futuro y pensar ¿qué quiero hacer?
Decía Antonio Machado que “Todo necio confunde
valor y precio”. Nos hemos transformado de la noche a la mañana en una sociedad
de necios.

