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12/04/2020

HAY QUE VER, LAS DESPENSAS QUE TIENEN ALGUNOS

“Hay que ver las despensas que tienen algunos" Comentario de un reponedor del súper, perplejo ante el pasillo vacío de latas de conserva. Es flipante las cosas que se acaban. Yo entiendo lo del papel higiénico, la verdad. El que no hace acopio, sin excusa, no conoce la frase “¡¡¡¡mamá no hay papel!!!!” Sin él no somos nadie. Además, el volumen de tan demandado artículo es objeto de burla injusta para los previsores. Si total, solo he cogido dos paquetes de 18 rollos cada uno. Pero es que estaban de oferta. La segunda unidad al 70%.  En cualquier caso, se le ha atribuido un éxito inmerecido de número uno.


No así le ocurre a la levadura, que es verdad que hay poca y escondida en los lineales, ¡pero que se acabe! ¡Que no haya huevos a mediodía! Sí, es un alimento básico ¿Pero cuántos huevos se puede comer una familia normal en un par de días? ¿Cuántas tartas y tortillas de patata se pueden preparar? ¡Que no viene nadie a comer! ¡Que no se puede salir de casa! ¡Que abren el pasado mañana! El colmo fue que el miércoles previo a Semana Santa se había acabado la fruta y la verdura. Toda la fruta y toda la verdura, incluido brócoli, acelgas, espinacas, coles de Bruselas. ¡Vaya par de días más sanos! Solo quedaban seis o siete nabos, un par de repollos y una caja de manzanas Reineta. No me preguntes por qué. Vamos a ver, no se pueden comprar seis manojos de puerros, tres kilos de calabacines, 20 de patatas. A éstas le salen raíces, huelen que apestan cuando se pochan, se ponen negras y blandurrias, sueltan un liquidillo asqueroso, negruzco. Doce kilos de naranjas, siete de mandarinas. Aunque sea buena la vitamina C, si te pasas se te tiñen las palmas de las manos de marrón, cuidadito. No te da el día para comerte 40 plátanos sin que se pongan negros. ¡No da tiempo! Diez paquetes de lentejas, caducan, que llega el verano y no vas a comer potajes, ¿qué vas a hacer con todas esas alubias? Y, sobre todo, ¿dónde vas a meterlo?

Por un lado, están los productos perecederos, tipo tomates de pera, cebollas; que, si te llevas ocho kilos, ya puedes hacer y congelar pisto y tomate frito, porque se te van a poner malos. Y a ver como tienes el congelador, entre el vodka y los hielos para los gin tonics de después de los aplausos, está petado. Las reservas de helados para antojos, ocupan un cajón. Y por otro lado, están las latas de conserva, los por si acaso. Con eso puedes arramplar, igual que con la lejía, detergente, y el mistol. Pero, como decía el reponedor ¿qué despensas tiene la gente? He empezado a ver torres de detergente en el umbral de la puerta de algún vecino, se apilan latas de sardinas, de atún, botes de garbanzos, camuflados detrás de una planta de plástico convenientemente colocada.  No perecederos varios ocupan huecos de escalera y recovecos de portales, detrás del sofá, de la mesa del portero, en el descansillo. En el garaje del mercado he visto colocar la compra a una familia y entre susurros: "esto déjalo aquí que no lo vamos a sacar del coche. Que no nos cabe en casa". Trasteros improvisados.


Además de la histeria colectiva que se ha apoderado de nosotros, hay algo más. En parte el avituallamiento excesivo tiene su lógica; porque, por mucho personal que contrate el Corte Inglés para servicio a domicilio o guardias de seguridad que coloque Mercadona a la entrada de sus supermercados: por mucho que Alcampo o Unide se esfuercen; si los agricultores no recogen los aguacates, a ver con qué hacen los del Carrefour el guacamole o los del Lidl: a ver qué salmón envasan, sin recoger garbanzos no habrá humus que valga en AhorraMás. Si no se recogen las aceitunas, ¿cómo podemos comprar aceite virgen en el Día? Porque los Nachos, como decía algún graciosillo, no sabemos donde crecen.



Pero yo entiendo que se acabe el vino y la cerveza, el güisqui, el ron y la Coca-Cola. Las patatas fritas y las palomitas. El chocolate. Porque somos ya críticos de cine. Mi sobrina de nueve años ha visto más películas en este mes que en toda su vida. Entiendo que no haya harina porque ya todos sabemos hacer rosquillas, brownies y tortitas. Pero que se acabe el repollo, no lo entiendo. ¿Cuántos cocidos van a hacer señores?



He encontrado la respuesta. Han cambiado los roles. Igual que nos hemos convertido todos en nuevos “amos” de casa, el que friega el baño lo hace por primera vez y no sabe si hay que usar Don Limpio o lejía o Cristasol, ni dónde; la que limpia el polvo encuentra motas de la prehistoria porque es incapaz de relajarse y pasar un plumero sin más, se buscan las migas bajo las alfombras. Y así las tareas del día a día las hemos ido asumiendo entre miedo, prudencia, respeto a la pandemia. Intentamos evitar la paranoia, pero racionalizando en lo posible, llenando huecos con la higiene. Optimizamos el número de lavadoras vistiendo a la familia entera monocromáticas, ahorramos haciendo comidas convertibles. Tipo acelgas que por la noche es tortilla de acelgas. También han aparecido las comidas del confinamiento, encontradas por internet y no siempre exitosas porque consten en un hoy no salgo y a ver qué hago con lo que tengo. Una coliflor con pipas de calabaza y una lata de atún. Eso tiene que estar rico. Anda, si tenemos mayonesa, ponle un poquito con mostaza de Dijon. A veces sale y otras no. El que se encarga de hacer la compra es el que no puede más de estar en casa. El que quiere elegir, carne o pescado, que no sabe si las patatas son de cocer o de freír. Si para una ensalada basta una lechuga y un tomate o son tres de cada. Casi sale por salir, para darse una vuelta. No sabe ni de cantidades ni de prioridades. Si se le olvida algo está encantado de volver. Le ha cogido el truco al atuendo y disfruta de la soledad del paseo, mezclando el miedo y el valor, ocultando el susto en su disfraz.

11/04/2020

NO ME CABE EL CHANDAL



https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEgDi33UWZ8jwPMuXFGgHxGhULGIG2FT1QqK3V93x4cwQ7J_NbTphpvfNQFTXgZlS7C_bhB5kdMZLwgZLVoH5VQV3-tbBgj5uOCwP7VaZkXviQH-E0k2Cz1sLd2ExjXxgKSCdZr6aAMFswzL/s320/las+tres+gracias.jpgSe está agotando la ropa deportiva, y eso que sigue todo cerrado. Pero al personal le ha dado por calzarse el chándal y las Adidas. Unos porque dicen que hacen deporte. En casa. ¿perdona? ¡si no te has movido en tu vida! Sí, sí, ahora monto en la estática 30 minutos al día. Pues te va a dar un chungo. Otros porque están más cómodos, y las lorzas caben en la ropa deportiva, por ahora. Y se ven estupendos. La costumbre hace que los parientes que nos acompañan no aprecien el cambio que estamos sufriendo, es más, ellos van mutando también. Nuestra metamorfosis es uno más de los efectos secundarios del puñetero virus. Si se trata de una secuela general no habrá referentes ni testigos. Las fotos del pasado nos parecerán una ilusión, una farsa. Con nuestros cuerpos botijo ya no servimos ni para musas de Botticelli. Eso sí, bien comidos. Quizá Botero nos inmortalice en alguna plaza.

Mi contador de pasos a la doce de la mañana me anuncia que he hecho 55, me anima a que siga así, para llegar a los 10.000 que hacía hace un mes. Recorro tres veces el pasillo. Cojo el móvil y lo meto en el bolsillo. Es por eso. Lo estaba cargando y no ha contado que he recogido el salón y para moverme un poco más, he llevado las cosas de una en una a la cocina. Así, he hecho 18 viajes de la mesa al friegaplatos. Como tenemos cocina americana, mucho no me he movido, tres pasos mal contados por desplazamiento. Pero es que vivimos en un apartamento de 40 m2. No es fácil viajar aquí. Decido bajar la basura, andando. Ya sé que resido en el primero, algo es algo. Todo suma, no me quites mérito. Para subir cojo el ascensor, es que estaba aquí, jolines. El arrepentimiento me concome y me pongo a hacer flexiones en el cuarto de baño. Cuando llego a la 10 sin conseguir tocar el suelo, me derrumbo. No pasa nada, falta de costumbre. Lo intento con las abdominales. Una prueba inútil, no sé ni cómo se hacen. Temo que me dé un calambre o un tirón y me quede tieso. O algo más grave y no me cojan el teléfono en urgencias, por imbécil. Bastante tienen con lo que tienen. Como última opción agarro la cuerda de tender y me pongo a dar saltos. Me divierte, vienen los niños y se apuntan encantados; a mi mujer, que estaba enfurruñada esta mañana, le amanece una sonrisa. Le recuerda otros tiempos. Los cuatro en el salón saltando a la comba. Al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero, yo no soy bonita ni lo quiero ser, yo pago dinero como otra mujer. ¡Uy! ¿qué dirían las moradas y feministas de esta canción hoy? De tiempos de Franco la susodicha, ahí lo dejo. Cambiamos. Soy la reina de los mares y ustedes lo van a ver. Tiro mi pañuelo al suelo y lo vuelvo a recoger. Pañuelito, pañuelito, ¿quién te pudiera tener guardadito en el bolsillo como un pliego de papel?, Cuando llegamos al cocherito leré, suena el timbre; corremos juntos sudorosos y sonrientes a la puerta. ¿Quién será? ¡Qué emoción! Hace un mes que no viene nadie. Sin mascarillas ni protección alguna, abrimos apelotonados y olvidados de toda prudencia o recomendación. Juntos en el umbral. Son las diez de la noche, es el vecino del bajo que acababa de dormir al bebé. Ha salido de su confinamiento, con el chaval en brazos llorando como un poseso. Colorado de rabia. Se calla de pronto al ver caras nuevas. Extiende las manos el padre. “Os lo quedáis, o me ajuntáis para jugar a la comba”

Decido comprarme un kit por internet y apuntarme a una clase de Pilates “on line”. Hecho. La semana que viene empiezo, en cuanto llegue el pedido. Con suerte se ha levantado la veda y lo devuelvo. Yo nunca he sido de gimnasio



10/04/2020

NO ES NOTICIA O LAS GUIAS DE VIAJE CADUCAN


Contención señores, contención. Para dramas e historias truculentas habrá tiempo. Sensatez y  prudencia son lemas que nos tenemos que grabar a fuego. En estos momentos hay noticias que no lo son. La radio, los periódicos, la televisión tienen la importantísima misión de informar. Y no es que por no contar algo, deje de ser cierto. Es su deber, pero no insistan señores, no ahonden, “señor cura, que en el fondo está lo más güeno”. Hay dos extremos: lo que no es noticia y las "nuevas" que caducan (como las agendas, o las guías de viaje). Estamos pendientes del pico, de los infectados, de los muertos, de los mapas, de los bulos, de los chistes, de los dramas. Es un momento de súper información, de actualización instantánea. Los datos se vuelven obsoletos, como los coches, que pierden su valor nada más comprarlos. Los números del lunes no son noticia el martes, son un dato. Y no abunden en lo innecesario. El drama de cada uno de los que se han ido, eso sí. Es único cada uno. No podemos echarlos a una fosa común de recuerdos. Esa es la herida abierta. Eso es importante.

Los medios de comunicación tienen su deber y responsabilidad. Ahora son fundamentales. No eleven a noticia todo lo que les llega. Calibren el impacto que causan. Estamos en medio de una tragedia, que ya contaremos, ya contarán. No es un peliculón, es la realidad. Fuera el morbo. No metan el dedo en la llaga, las imágenes espantosas no lo son más por la repetición y la insistencia. Ya están para siempre en la retina y en la memoria. Cuéntenlas, pero cuidado: no vale incidir con la misma monserga. No vale repetir. Sin llegar al silencio del 11 S, de imágenes fijas que resultaban más inquietantes que saber. No vale hablar para captar oyentes. Ya nos tienen. No busquen la culpa. Saquen al reportero, al Tintín que llevan dentro; y no se regocijen en la anécdota. Investiguen, cuenten las historias y callen si lo consideran oportuno, ya habrá tiempo. Estamos todos atentos.

El reportero que ve a una doctora llorar no puede ponerle un micro en la boca. Debe contenerse él también. Abrácela. Ni usted ni la doctora son la noticia. Debe decidir quién vive. Ella tiene que elegir entre dos pacientes, dos enfermos, dos vidas, dos desconocidos que dependen de ella. Lo sabemos. No nos lo cuentes. Ahora no. Jurasteis por Hipócrates. No podemos digerir esa información. No tenemos espacio para hacerlo. No nos cabe. No se puede siquiera insinuar que los médicos tengan miedo a consecuencias jurídicas por su toma de decisiones. No es noticia, reportero. Eso no es noticia. Ella está horrorizada porque tiene en sus manos nuestras vidas. Y no puede salvar a todos. Lo que es imprescindible es que estos doctores estén seguros y tranquilos, que estén apoyados por la sociedad entera. ¡No me fastidies! ¡Temen un juicio a su juicio! Deben ser ensalzados. ¡Solo faltaba! La tensión y la angustia que han tenido y tienen en los hospitales no es nueva. Pero ahora estamos en guerra. Cuentan con las armas que hay. Porque es una situación de excepcionalidad. Por eso los aplausos cada tarde. Pocos me parecen. En un quirófano, en una habitación de hospital, el aura que tiene el médico es indiscutible. Y así debe seguir siendo. Nuestra confianza es absoluta. Está en tu ADN desde que te pusiste la bata y nadie puede discutir que es un horror. La ética y la moral son exquisitas en tus manos. Lo sabemos y confiamos en ti, doctor. Sin fisuras. Pero en medicina no puede haber transferencia entre el paciente y el sanitario. Eso lo saben muy bien los psiquiatras. El peligro que corren es inmenso. La cara de póquer que pone el médico para decirte que tu padre se muere, que no hay nada que hacer, la elección de sus palabras, el tono monocorde, casi automático, no significa que sea un monstruo y no sienta nada. Significa que ése es su trabajo y tiene que contener sus emociones porque quien pierdes eres tú. Y su labor no es empatizar contigo hasta compartir tu desesperanza, sino enfrentarse a tu dolor con distancia. Si se implica en cada muerte se convierte en un paciente más. 

Todos debemos estar a la altura, cada uno en lo que nos toca. Y a muchos les toca callar o filtrar. El comentarista que empieza la retransmisión con la palabra horror. NO. El locutor no teme. El locutor cuenta y no puede tener miedo, y si lo siente, chitón. Todos tenemos para con los demás, responsabilidad de padres en este momento. Sin llegar a "La vida es bella"; la verdad, imprescindible siempre, aquí hay que dosificarla. Y hay noticias que no lo son.

NO HEMOS PERDIDO LA PRIMAVERA



Está siendo un abril precioso, una primavera de verdad, suave y fresca. Este cielo sólido madrileño se vuelve plomo al cabo. Días de lluvia y sol se alternan. Hoy, por ejemplo, 10 de abril, llueve sin descansar. Esa lluvia que antaño incomodaba quehaceres, hoy es bálsamo de baño e higiene. Limpio el aire. Esa constancia del desahogo del cielo, con su calma, su insistencia. Oímos llover. Y nosotros dentro. Otros días el sol contundente que anuncia el verano, se apodera del cielo. Y nosotros dentro. Por cierto, que no me digan ya más quédate en casa. ¡Que salto!

En la línea del tiempo, en la dimensión de los segundos y las horas y los días, esta etapa es comparable al verano, que no parece acotado, y sí muy largo, pero se acaba. Y cuando termine tenemos que estar orgullosos de lo que hemos hecho. No vale el tedio. Hay que estar atentos. No vamos a poder arrepentirnos. Como en el estío, que creemos que nos va a dar de sí para ponernos al día, este encierro parece eterno. Tenemos el deber de aprovecharlo. De ponernos al día al menos.

Que se callen de una vez los que repiten que todo es un desastre, que es horrible, que se pare la queja, que se dejen de rollos, que remen. Pa’lante. Que sí, que es un horror, eso no es nuevo ¿Y? ¿Algo que aportar? ¿nada? ¡Chitón! A empujar. Vamos a dejar de lamentarnos, por favor. Estamos en casa, tenemos suerte de tener casa, elegimos. ¿cómo que es un rollo? Jolines, piensa en Ana Frank, que se pasó en un cuarto del tamaño de un armario media guerra. Y encima murió. Para tragedias, lo que son tragedias, “haylas”. Piensa en nuestros abuelos, mira hacia atrás, mira al lado, a los países en guerra, a los que no tienen estadísticas de infectaos porque no hacen pruebas, porque no se pueden permitir estar enfermos ni parar. Y morirán de causas desconocidas. A nosotros solo nos piden portarnos bien. Jolines, vamos a hacer algo más. Estudia inglés, aprende chino, limpia la casa, llama a tu madre, dile a tu chico cuánto le quieres. Achucha a los que tienes la suerte de tener cerca. ¡Basta de críticas! Por favor. Sobre todo, cuida a tu gente, cuida a los tuyos. Quiéreles mucho. El amor es un bálsamo.

Todos han hecho cosas mal, seguro. Gobierno y oposición, individuos al fin que se equivocan. No es el momento de la crítica ni el reproche, Yo soy de las que creía que esto era una gripe. Sí, me colé, hasta que una amiga médico me dijo “no es una gripe”. Yo me reía de los “bata blanca”, preocupados por cómo saludarnos. ¡Qué risa! Una propuesta: saludo a la romana, agarrándose por el codo, Ave César. ¡NO! Si ahora donde se estornuda es en la parte interior del codo.

Vamos a aplazar la miseria, a reflexionar en lo que nos hemos equivocado y pa’lante. A hacerlo mejor.

06/04/2020

CORZOS EN EL ACUEDUCTO

¿Qué hubieran dicho ellos de todo esto? Llevo días pensándolo. Ellos, hombres todos con una llama de humor que encendía el espacio a su alrededor. Les recuerdo mucho, me siguen acompañando, me encantaba escucharles, “ojiplática”, expectante, historias nuevas o repetidas. Me daba lo mismo. Encantada si en algo les sorprendía y aplaudían mi idea. Siempre una niña a su lado. Ellos, a unos centímetros del suelo, sin envidia, con respuestas y silencios, alabando lo bueno, rindiendo honores al vino y el brindis. “Disfrutones” unos, más serios otros. Queridos amigos y compañeros. Añoro verme envuelta en su abrazo paternal. Ellos se fueron antes de tiempo. Siempre es demasiado pronto. Saben cuánto les echo de menos. Si hay cielo, allí estarán, con una mueca de dolor por el padecimiento de su gente, pero brindando por la vida que ya no tienen. En paz.

El humor buscado en la repetición, ellos, que sobretodo tenían en común lo muy queridos que son. Se fueron antes de que esta criba se llevara esa generación impecable que es nuestro referente. Hubieran fabulado con el entusiasmo de un niño ante la imagen insólita, grabada sin querer. Se hubieran alborozado con la idea. Hubieran brindado. ¡Es fenómeno! O le hubieran dado vueltas y vueltas, raciocinio y lógica hasta llegar al disparate.

No son un par de corzos, sino una pareja que se había acomodado entre los gamos y ciervos de Riofrío. Las ventajas de la libertad controlada y el alimento asegurado habían hecho del recinto amurallado un hogar. La pareja dejó a las crías a salvo y se lanzó a investigar el silencio. Desde hace unos días nadie se acerca a Palacio, no les asustan los humanos, ni les ofrecen mendrugos para que se acerquen. Pasean a su antojo por el encinar, anchas y suaves lomas para correr a su antojo y criar en paz. Llevan sin visitantes una buena temporada. Ni siquiera al final de la semana, cuando los ruidos de los motores asustan a los pájaros, que avisan de la llegada de los intrusos. Merendolas en el suelo, mantas de cuadros y sillas de playa redecoraban periódicamente el paisaje. Coquetos los ciervos paseaban como si nada, atontados. Hasta que el susto de las presencias invasoras les hacía salir corriendo, para regocijo del niño y el fotógrafo preparado para la instantánea. Esa mirada que es siempre de sorpresa, un ligero giro del “cuello”, atentas las alarmas, tensa la musculatura. preparados para la carrera. Son miedosos o prudentes. Leo que la mayoría de los ciervos son polígamos, aunque hay sus excepciones como el Corzo Europeo, que prefiere la monogamia. ¡Lo sabía! La pareja del acueducto son unos enamorados. Recupero la fe. El amor existe.





ME DIJISTE QUE TE GUSTABA LA POESIA


Me dijiste que te gustaba la poesía y pensé en la síntesis y su complejidad. Pero no tuve la sensibilidad de entender que era la contundencia de la imagen lo que te sublevaba de la poesía. La brevedad, si está llena, no es siempre sencilla.

Me dijiste que te gustaba la poesía como venerabas la escultura. La poesía y la escultura como extremos del arte. El esqueleto y el volumen. En los pliegues del poema se encuentra lo más profundo del corazón. Lo que sale hinchado en las tres dimensiones.

Me dijiste que te gustaba la poesía y no comprendí. Y en esta reclusión, intromisión obligada, entiendo por fin. Recuerdo quién soy, porque observo todo, lo de fuera y lo de dentro, y me estoy mirando y te veo. Sin horizonte ni futuro, sin ver el mar, se cuelan las palabras cortas, las más pequeñas y solo caben poemas en las frases que hoy resumen lo que siento.

04/04/2020

ESCALA DE VALORES



Resulta que ahora nos damos cuenta de quién es imprescindible, Bertolt Bretch:

Hay hombres que luchan un día y son buenos.

Hay otros que luchan un año y son mejores.

Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.

Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los imprescindibles.

Sí que hay imprescindibles, en lo privado, en lo íntimo, y en lo público. En lo privado son gente que no tiene sustituto. Aquellos cuya huella queda para siempre en nuestro corazón. A veces en forma de cicatriz dolorosa, las más, en forma de sonrisa. Ellos no tienen sustituto. Ya sea porque que se los haya llevado el tiempo, la edad, la fatalidad, o algún bicho. Ya sea por las barreras que la vida levanta. Y se van. Sin más. Son insustituibles. Pero la vida sigue y llevamos su amor y su enseñanza en nuestros corazones. Nos ayudan a ser mejores.

En lo público, en el ahora, es menester reordenar el armario de la educación. Para corregir la pirámide de las prioridades, de las cosas importantes. En este momento se levantan voces aplaudiendo a los médicos. ¿En qué sociedad de mierda nos hemos convertido si ha hecho falta que murieran en cuatro meses, miles de personas por un virus para darnos cuenta de que son imprescindibles los médicos? ¡Que les den una paga extra, sugieren algunos! ¿Pero qué es esto? Un médico siempre ha sido un referente en una comunidad, desde las más primitivas, asignaban su valor a su trabajo, a su sabiduría, a su buen hacer, sus conocimientos. El respeto a su figura, por su formación, su saber, jamás se ha cuestionado. ¿En qué momento se perdió el Norte en esta vida llena de nada? En esta vida de éxitos y fracasos, de metas absurdas, superaciones, competencia. ¿En qué momento pasó a ser más importante un tío que le da patadas a un balón, conduce por encima de los límites permitidos, un cantante de moda, una “influencer” que enseña cómo ponerse unas pestañas postizas o presume de tacones, que uno que suelda huesos heridos, repara pulmones o cose corazones? La comparación fácil es con las excepciones, en el deporte, la música, la pintura. Eso no es lo importante. Lo que es crucial es que hay mucha miseria bien pagada. Se valora más a un YouTuber que a un ingeniero, que a un militar, que al colega de Valladolid que ha inventado el respirador. Hemos desvirtuado todo. ¿Y la importancia del profesor? Desde los tres a los veintitantos años tienen una labor crucial.  Eso tenemos. Los que saben hacer cosas son friquies escondidos. Extraterrestres, gente que no se entera, que vive de espaldas al éxito. Porque eso es lo importante, el éxito, los me gusta, las veces que se comparte su artículo. Estamos huecos.

Cuando hablo de médicos incluyo todo lo que les rodea, no hace falta enumerar cada oficio. Y hablo también de muchas otras profesiones, que por algo se llaman así. Implica dedicación, estudios, una tarea, una labor, un cometido.

La cuestión es que cuando el saber se supedita a la gestión, se desvirtúa. Cuando a los profesionales pasan a controlarlos los gestores se pierde la esencia. Se olvida la chicha. En todas las profesiones eso es claro, pero en la sanidad es una verdad de fogonazo. Cuando un gestor decide si es preciso o no realizar una radiografía para confirmar un diagnóstico, algo tiembla. Si un gestor limita el tiempo máximo que debe permanecer en un hospital un enfermo; o lo que debe durar una consulta; si se organizan los hospitales como una empresa, es el fin. Un hospital no puede cotizar en bolsa. Es otra cosa. Pretender la organización de los recursos sin el correcto y prudente asesoramiento de los expertos es de una soberbia y una estupidez supina. Y quita valor al profesional. Por eso a esta sociedad no le parece importante un médico. Bueno sí, ha hecho un trasplante de corazón. Entonces la sanidad española es la caña. Es que no hace falta hacer trasplantes ni poner rodillas nuevas para ser imprescindibles. Eso está muy bien, pero es “además”. 

Vi un chiste un día que decía “como cierren los supermercados yo no sé qué voy a hacer, porque no sé dónde se cultivan los Nachos”. No existen los agricultores ni los ganaderos. Estamos desenfocando. No tenemos ni idea de lo que en importante y lo que no.

Es la cultura del absurdo. Niños que buscan satisfacción en la aberración porque lo tienen todo. Que no saben qué estudiar porque quieren carreras que tengan salidas. ¿Salidas a dónde? Entiendo la practicidad, pero tiene que haber emoción, sentidos, deseo de servir, de hacer algo en la vida. Proyectarse hacia el futuro y pensar ¿qué quiero hacer?

Decía Antonio Machado que “Todo necio confunde valor y precio”. Nos hemos transformado de la noche a la mañana en una sociedad de necios.