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19/07/2020

LA VERDAD OS HARÁ LIBRES o NO VALE MENTIR

Mi padre me dijo un día: más vale una vez rojo que ciento amarillo. La mentira es como el limón. Los hay de tipos y tamaños distintos, pero todos provocan el mismo efecto. Anulan el sabor, ocultan la podredumbre. Esconden el mal olor de lo corrupto,  de lo envenenado. La verdad es única. Y además es necesaria. Además, la verdad, aunque no caduca, cuando llega tarde ya no es lo mismo. No sirve. No es un alivio que sobre el entendimiento. Es la puerta en realidad de la traición. Las propiedades curativas de la verdad se disuelven cuando arriba con retardo. Porque la verdad es necesaria en continuo. En directo. A posteriori es una tirita usada, un vendaje sucio. Es reconocer que al acuerdo que no había perdido el juicio. Las mentiras piadosas no son más que cobardes eufemismos para etiquetar el egoísmo y la cobardía. Hay estratos en lo falso, escalafones el termómetro de la gravedad del bulo. No hablo de culpa.  Hablo de la verdad objetiva.
El ejemplo peor del embuste es aquel que se produce por omisión, en cuanto a lo público me refiero. En lo personal cada uno lleva su yugo. Porque si mientes y te curras la excusa, es malo, pero al menos le has dado una pensada. Le has dado a la cabeza. Tienes un motivo y anulas incluso tu integridad por inventar algo que te protege o crees que protege al otro. O para cubrirte. Pero al cabo has hecho un esfuerzo, por pequeño que sea. Aunque sea para cubrirte. Que está mal. Fatal. Es que las bolas son horribles. Horrible. En lo público fue el 11 de septiembre. Esa imagen fija de las torres ardiendo durante horas en todas las pantallas fue el enésimo atentado a la libertad que se produjo ese día. Y el video de los aviones chocando, primero uno, después el otro. Y el derrumbe. Vimos también el avión que se estrelló contra el pentágono. Debió filtrarse sin querer esa comunicación. Después se censuró.
La verdad es única. Y únicos son los muertos. Únicos en Madrid, en Navacerrada, en La Antilla y en Segovia, en Valladolid y en Vigo, en Cigales y en Granada, en Córdoba, en Zújar son únicos. No es que no se sepa, se tiene que saber. Porque cada uno tiene un nombre y una familia. Cada muerto es nuestro, es de quien lo ha perdido. No están sepultados bajo la lava ni calcinados en un incendio. Enfermaron, su situación se agravó y murieron. Hubo un montón de médicos cuidándoles y dando su vida y su pasión por salvarles. Esos médicos de vocación, no de 14 necesariamente. A quien se le ocurrió convertir la medicina en una carrera de obstáculos. Si es importante la pasión en la vida, en la medicina es indispensable. Esos brillantísimos expedientes que estudiaron medicina porque les daba la nota, habrán reflexionado estos meses. Y debemos pensar también en los que no tuvieron nota bastante pero sí vocación y se quedaron en el camino. Quizá sea momento de hacerles hueco.

Igualmente tenemos que saber qué ha pasado en los hospitales, no quiero ver más miedo sin compartir en los ojos de mi hermana por lo que ha visto y no se atreve a contar. No quiero que mi amiga, que ha buceado en el dolor del diagnóstico y pulmones encharcados, se debata sin poder dormir. Hay que hacer público lo que ha ocurrido. Hay que contarlo todo. Solo así podremos superarlo. Sin ser morbosos, solo contando la verdad. Las medias verdades son falacias a la postre. Se hace bola. Y ya nada vuelve a ser lo mismo. 

2 comentarios:

  1. La mentira nos transforma: al que miente y a quienes se saben engañados. Saca lo peor de nosotros. Muy acertado, María.

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