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15/07/2020

¿TU DONDE TE PONES LA MASCARILLA? CON PERDON

Desde que el doctor Simón y nuestro querido ministro astronauta la y se liaron para enseñar a unos niños a ponerse la hoy famosa mascarilla, han pasado muchos meses. Cuando veo a nuestro ministro aeronáutico le imagino en su salsa interviniendo en un capítulo de los maravillosos friquis de BIG BANG THEORY. Mucho más cómodo con Sheldom resolviendo sistemas de ecuaciones diferenciales imposibles, que en un plató contestando preguntas triviales.

El caso es que ahora la mascarilla es el pan nuestro. Para salir de casa mi padre nos recordaba las llaves varias veces. Una de las pocas rémoras de su infancia, o una historia transmitida por algún pariente, de alguien que recorría las ventanas y las puertas, comprobando cerrojos y contraventanas, retrasando hasta la exasperación cada salida. Todos sus recuerdos eran de alegría, para él: familia, infancia, padres, abuelos, primos, hermanos, eran sinónimo de felicidad. Su único lastre era el tema de las llaves, aunque él siempre estaba en casa al volver. Las llaves, el tabaco, el dinero, la cartera, los donuts y ahora la mascarilla. Encajada en nuestra agenda de rutina de rellenar bolsos y bolsillos de útiles variados. Ya no voy a hablar de tipos porque daría para escribir un libro. Es posible ir perfectamente conjuntado con esta prenda, que se ha convertido en un elemento más de nuestro atuendo y como tal lo consideramos. El uso del pintalabios va a caer en picado. Señores, no inviertan en gloss.

Otra cosa es ¿dónde te pones la mascarilla? Si sigues las instrucciones y tapas nariz y boca eres legal. Eso sí, te asfixias en este Madrid de julio, sumergido en los 45ºC. Hay mucho ortodoxo por ahí, con las orejas vencidas. ¡lo que me faltaba a mí! La casuística es variada sobre dónde y cómo ponerse la mascarilla. No lo achaques a ignorancia. Mascarilla reloj de pulsera es la opción más elemental. El modo “enganchada” al codo, no cuela como protección, pero es operativo; porque si la echas al bolso no hay quién la encuentre cuando la necesitas. O en el momento en que aparece la autoridad si eres de los paralegales. En el bolsillo de la chaqueta, caballero, cual pañuelo para ofrecer a una dama por si una lagrima se escapa de sus ojos de miel, está bien pensado y es elegante. Lo divertido es los que la llevan en la barbilla, no puedo más, me la quito un poco o así no se me ve la papada. O no puedo respirar y solo te tapas la boca. Quiero hablar o beber y solo te tapas la nariz. Pero lo que mola es la mascarilla visera, la mascarilla boina, la que tapa la calva para que no se queme si el sol aprieta. El recurso siempre hábil de sacar provecho. La mascarilla que se sube a modo de diadema, sujetando la melena, como se suben las gafas: Los glamurosos las de sol, a partir de cierta edad, las de ver de cerca. Ahora, la mascarilla. Dependiendo si se trata de la quirúrgica blanquiazul o las de diseño, de flores, tipo militar, con o sin bandera bordada, el efecto en las distintas e imaginativas posiciones es bien diferente.

Deberíamos preguntarnos cómo sobreviven los practicantes de algunas religiones que este tema de cubrirse lo practican como nosotros ir a misa. Por cierto, ¿No se ha parado a pensar nadie en los musulmanes? y especialmente en esas mujeres musulmanas cubiertas, cuyo rostro desconocemos, que para identificarlas visualmente hay que proceder con autorizaciones especiales si no lo hacen voluntariamente, ya que ellas tienen derecho a cubrirse porque se lo da a su religión y sus creencias. Parece coña, pero yo imagino en el patio de colegio, cuando ya se cubren, ¿cómo las niñas, ya cubiertas saben quiénes son sus amiguillas? O en el súper, ¿cómo distinguen a las clientas? Si una hace un “sinpa”, ¿qué? ¿Cómo la describe el tendero a la policía? No, la cosa tiene miga. En los exámenes, ¿cómo saben que no se presentan unas por otras? ¿Nadie se ha parado a pensar en el tema de por qué se cubren las mujeres? No me refiero al consabido machismo de algunas culturas, humillación o sumisión del sexo femenino; que coloca a la mujer un escalón o varios por debajo del hombre, que se obliga a tapar la belleza por evitar la lujuria y esa perorata. Ni tan siquiera a la lectura de las escrituras, donde se recomienda el decoro. Eso es común a muchas religiones y culturas. Miremos nuestras mantillas, no hace tanto. Yo digo antes, mucho antes. Busco el origen de verdad. Seguro que hay tertulianos dándole al tarro. O no, porque hay temas intocables, y este es uno de ellos. Te acusan de fascista por menos de nada. No es mi caso. Que se tapen, pero que cumplan como los demás. Cada uno es cada uno. A mi “plin, yo duermo en pikolin”.

¿No habrá una razón anterior a la religiosa incluso, por la que esas mujeres empezaron a cubrirse? Una razón que implique una protección a la vida de alguna manera, a la supervivencia. Una manera de evitar daños mayores, al núcleo familiar, a la madre, que protege a los cachorros mientras el padre busca el sustento. Antes de asociar la belleza a una suerte de pecado. Estoy segura de que la naturaleza primera de esa directriz de que una mujer se debiera cubrir, es de alguna manera sanitaria, higiénica, protectora de la especie, del grupo. Igual que el motivo último de no comer cerdo lo es. O que las vacas sean sagradas en la India (en India, según la dicen hoy).

¿Cómo ha sido la transmisión en Irán, en Arabia, en la Turquía central? En el epicentro de la cubrición. Deberíamos mirar a todas partes, eliminar la soberbia de nuestra ecuación de occidentales estupendos.



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