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14/07/2020

COMMUTE

Este verbo, que yo sepa, no existe como tal en español. Y es que los españoles no lo necesitamos porque no se practica. ¿Qué viene antes? ¿El nombre o el objeto? ¿El verbo o la acción? Esto le encantaría a mi padre, y a mi tío Felipe también. Mi padre se sumergiría en la nueva investigación. Acabaría explicándolo a través de la procesionaria,  en un descanso de tinto de verano subiendo a la Maliciosa. Felipe levantaría el dedo avisador apuntando pegas a la tesis, con su aroma de universitario inglés. Pepe, como representante aquí de los hermanos mayores, algo tendrá que decir. Carlos sacará punta. Las hermanas, mayor y pequeña, atentas y orgullosas.
Commute: viajar diariamente al lugar de trabajo. Toma del frasco carrasco.
El intervalo de atención hoy día es ese, lo que dura el "commute". Lo que tarda el trayecto. El viaje de casa al trabajo y viceversa. Y ya un poco ensanchando los límites del término, otros desplazamientos obligados que la rutina impone. Del trabajo a recoger a los niños. De casa a ver a tu padre que está malito, si te dejan pasar.
Es ese gap en el que somos libres. 
Si conduces, estás perdido o atado a la radio. Y además es elástico tu tiempo, dependes del ataco y del sueño. En tu viaje, en tu sintonía, ya sean noticias o música, nada de lo que ocurra mientras conduces te da libertad; hablar y pensar, eso sí. No está de moda. Aunque no esté de moda, repite conmigo: quiero amor... Pero si commutas de verdad, yo creo que lo auténtico es el tren. Entonces,  eres el rey del glam nunca podrás cambiar, ajeno a las modas que vienen y van.  El tren es el top del commutador, te permite elegir. El abanico se abre desde el reposo del guerrero en el viaje de vuelta al cabeceo en el de ida, las sábanas recientes. Y en medio está la lectura: una novela marcadas las páginas, la música, el periódico, empezar o acabar la jornada laboral, mirar sin prisa el paisaje, cómo cambia de la mañana a la noche, jugar a las diferencias, un día tras otro, ver los árboles y las nuevas viviendas crecer. Las praderas pasar de un color a otro, los cultivos como tiñen el paisaje. Y el efecto de la meteorología en el paisaje. Pensar e incluso hablar ya sea con el viajero commutador quiere acompaña a diario i a través del invento de las ondas. Afortunado tú que commutas. Hay tiempos variables, sí.  Y capacidad para adaptarse.
Mis escritos, valen para el commutador, a pesar de repetirme a veces, me excuso, es escaso número de lectores de los que puedo presumir, todos queridos, laxos en su juicio a ésta siempre aficionada que se cuela en el mundo de letras, por eso espero se me tolere este alzhéimer literario de repetir o insistir en lo mismo. Según mi familia paterna, es en la repetición donde nace el humor. Pero no todo el mundo lo entiende así. Hay quien se ofende. Allá. El caso, que me gustan las palabras y las palabras sorpresa y las que significan cosas distintas en distintos idiomas. Y las que en alguno ni siquiera existen, porque no las necesitan. Porque el idioma al cabo lo crean y alimentan quienes lo hablan. Y más diferencias que en el color de la piel las hay debido al idioma que hablemos. Es a través del lenguaje y en sus límites donde nacen las fronteras. Ya hablaremos de los afortunados bilingües.

Así que, vamos a conjugar: yo comuto, tu comutas, él comuta. Y en ese rato, también me lees. O te leo.

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