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09/07/2020

LOS QUE LLEVAN LA CONTRARIA


De mano me opongo. Hay gente a la que le gusta llevar la contraria. Porque sí. No hablo de los que lo hacen por deportividad, según ellos, porque les encanta discutir, rebatir. Y toman las posturas enfrentadas como un juego de espadachines y raciocinio. No, hablo de los listos, esos que se lo saben todo, y, además. se enfadan. Parece que además uno está hablando de una manera categórica. Que les ofendes. Porque actúan como oposición. Tal cual les fuera en ello el sueldo. Y en realidad tu solo has hecho un comentario. Te crees tú que inocuo. De eso nada. La daga te espera, agacha la cabeza, que viene el opositor. Un " hay que ver qué calor hace Madrid” y entonces ellos desenfundan, te contestan calor no hace. Este tema es especialmente desconcertante cuando atañe a cosas que o son subjetivas o sufren de la perspectiva de la experiencia. A veces no hay una verdad y una mentira. Al menos no verdad absoluta.  Los matices caleidoscópicos de la emoción dar color a la realidad. Es cierto que hay otras cosas que sí que tienen que ser blancas o negras. Sin ir más lejos, los muertos en la pandemia. Las matemáticas, los datos, son irrebatibles. Lo que es comprobable no es discutible. Para mi esa es la paz que aportan las ecuaciones.

Pero hay otras, por ejemplo, que sucia está mi calle. "No, no es verdad, durante el confinamiento limpiaban y desinfectaban todos los días" Jolines, pues mi calle estaba sucia, es que yo no me lo estoy inventando y no, yo no quiero polemizar, yo digo simplemente que mi calle estaba sucia y ya está. Pues siempre hay alguien que te tiene que llevar la contraria, que su calle estaba limpia porque ellos veían limpiar todo el rato. Son ganas de ganitas. Porque la verdad absoluta ni se puede comprobar ni tiene importancia alguna, ni todas las calles están sucias ni todas limpias; tú lo único que has dicho es que estaba muy sucia la tuya, y ya está.

Lo malo es que te ponen en una situación de adrenalina subida. Te sacan de la pista de su armonía. Eso es lo que nunca jamás se debe permitir. Porque cuando te tomas como un ataque su respuesta, te pones a su nivel. Y ahí te están esperando. Y son mucho más expertos que tú. Te dan cien vueltas. No tienes ninguna posibilidad. Así que, disimula. Aprieta el botón y hazte transparente. Porque además hay veces que uno cuenta una anécdota, sin ánimo de lucro. Es decir, comenta, sin más. Y el polemizador empieza a sacarse pañuelos de colores de la manga, Dispone de estadísticas y datos irrefutables. No es eso. No es eso. Que no estás en un plató, ni en un debate a la presidencia. Vamos, es una reunión de amigos o parientes, has salido a tomar un vino.

En mi entorno pasó, que crecieron las plantas en pandemia. En mi casa y allá donde iba lo veía. Quizá era lo que quería ver, algo bueno en medio de la desolación. Las calles vacías, persianas echadas. Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie. Y nadie es la muerte. Ya lo decía Alberti. ¡Hasta enterrarlos en el mar!

Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
que es nadie la muerte si va en tu montura.
Galopa, caballo cuatralbo,
jinete del pueblo,
que la tierra es tuya.


Como contraste al vacío, cuyo sonido se incrusta en el recuerdo con más intensidad que el alboroto mismo, las adelfas de la plaza de Manuel Becerra estaban imponentes. Orondas, gordas, petadas de color. Llenas de veneno y colmadas de flores. Efervescentes de color. Los setos de mi calle, sin podar, invadían la calzada, a falta de transeúntes. Libres de tijeretazos que modulan su forma, crecieron libres esta primavera, lucían su envés y su brillo sin vergüenza, con el orgullo de la forma propia y libre. Eso lo vi yo. La vegetación descontrolada, esperando que fueran los jabalís quienes se acercaran a las encinas a dejarlas rasas y paralelas a la pradera, segada por las vacas. Naturaleza sin filtros, en estado puro, incluso en medio del negro de Madrid. Y lo cuento aquí, que no discuto con nadie. Y si me lo inventado es cosa mía. Hala.

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