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16/07/2020

LAS LINTERNITAS DE LAS SERIES

¿Os habéis dado cuenta de que en las series policíacas, los polis, investigadores, los buenos al cabo, siempre llevan una linterna enana? Da mucha luz, tanto en intensidad como en alcance, sí, pero es diminuta. Parece de juguete. Cuando entran en los lugares sospechosos de ubicar delito, o donde están los malos, después de romper la puerta adecuadamente, avanzan hacia el interior siguiendo un protocolo. Pasa tu, se dicen uno al otro, adosados a los quicios laterales. Entran como un rayo, estiran y cruzan los brazos a la altura de las muñecas. Apoyando uno en otro. En una mano la linterna, en la otra, encima, el arma reglamentaria. Súper profesional. Es una imagen recurrente en las pelis de acción. Igual que cuando no pueden hablar y enguantados se señalan los ojos y luego abren los dedos indicando el número de adversarios a la vista. O algún otro tipo de señal que no me sé.

Por un lado, me preocupa seriamente el tamaño de la linterna que usan los policías. Se trata de un instrumento innecesariamente pequeño. Entiendo el problema del lastre, pero apuesto a que, comparado con el arma reglamentaria, se trata de peso pluma. Además, esos durísimos oficiales, que cargan con cinturones atiborrados de munición, granadas, gases lacrimógenos, pistolas y revólveres de  dimensiones y alcance vario, sin contar el chaleco antibalas, que ligero no será. Y esos chaquetones. Y a los antidisturbios añade el escudo, el casco, la porra. Seguro que pueden cargar con una linterna un poco más grande. Ahora hay materiales ligeros, aleaciones mágicas que hacen milagros con espesores diminutos y densidades mínimas. Las pilas ya no son esas de petaca que usábamos para hacer los trabajos de ciencias naturales sobre circuitos y que pesaban una tonelada. Ni son tamaño xxl, las hay livianas, o ni siquiera llevan pilas la linternas. Se alimentarán del sol o alguna otra energía. De verdad, no entiendo la necesidad de usar esas mini luminarias. Parecen hombres de la Edad Media entrando en una cueva con diminutos candiles. Les falta que se les apaguen en momentos críticos por un soplo de viento, como a Indiana. Indiana, Indiana.

Y por otra parte, me trastorna en particular que siempre esté oscuro el local, la casa a revisar. Sin ser un sótano necesariamente, ni un garaje. Ya sea de día o de noche. Allá donde hay un problema y entra el investigador al mando, se apaga la luz y se adentra el equipo en la boca del lobo. Si el argumento ocurre al amparo de la luna, bueno, excuso la linterna. Pero, una vez que estás dentro, enciende la luz alma de cántaro. ¡Que te van a dar un susto! Dirán ustedes que es por precaución, para evitar ser localizados. Me opongo. Es una pose. Está el interruptor ahí, a la vista de todos, y no encuentras motivo para que no lo den de una vez. Nada. Rayos de luz cruzados tejen el aire, mantienen el suspense y la agonía, van revelando la sorpresa que esconde el rincón. Lo peor es cuando la trama ocurre de día. Entran en una casa y de pronto todo está todo a oscuras. ¿Qué ha pasado? Es un perfecto hogar cordobés en verano, protegido del sol. ¡Abre las ventanas hombre! Pues no, dale con las linternitas. Claro, así se pegan unos sustos de miedo. Nunca mejor dicho. Normal.

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