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11/08/2021

AURICULARES Y ACROBACIAS

 

Estás concentrado, Pim, Pam, toma Lacasitos, con el trabajo o tarea que te ocupe, Sentadito en tu rincón. Tu silla ergonómica o no, un cojín para la espalda. Que tienes los riñones hartos de pandemia. Te has puesto los cascos. Hay más gente en casa. O no. Él con música clásica, se concentra mejor; a la niña le ha dado por el tecno ahora que estudia medicina, ¡pobres pacientes!; el chaval, reguetón, promete que solo lo escucha mientras estudia. Bueno. Ambientazo. Puri plancha las camisas del señor, como ella dice. Todos vestidos como si fueséis a tener una reunión en diez minutos, como si el mismísimo presidente fuera a recibirnos, ministro del bien y del mal, para ir a misa. Tal cual. En pleno estado de revista, desde las 8:00, no hay quien os chiste. La camisa por dentro. Te has puesto los cascos porque se acoplan las melodías. Y por pose. Tu también tienes tus asuntos favoritos. 

¿No te ha pasado nunca que estás súper concretado, con tus cascos, y de pronto necesitas ir al baño, t apetece un café o estirar las piernas?. Y te levantas tal cual. Olvidando que tienes los auriculares puestos y conectados, claro, la móvil o al ordenador. Olvidas que son un extra, los sientes apéndice natural, extremidad, como si fueran parte de ti, un Sonotone, o unos AirPods, y no es el caso. Son unos cascos que te dieron en el AVE, que enchufas al teléfono o al ordenador, con los que escuchas la radio o el telediario, estar informado, musiquilla si procede, Olimpiadas o fútbol si es domingo por la tarde. Te olvidas del cordón umbilical que te ata a la mesa y te levantas como si tal cosa. ¡Mierda! Ese tirón que te devuelve al escritorio y a la realidad; te hace volver a sentarte como puedes, de malas maneras, has perdido el equilibrio y un poco de dignidad. ¡Porras! Te olvidaste de los cascos. ¡Canastos! ¡Recórcholis molinetes! Intentas deshacer lo andado. Dar marcha atrás. Retroceder hasta el momento justo en que decidiste levantarte. No podía esperar ese te. ¡Vaya!. Si en realidad no me apetecía tanto. Ahora se te han pasado las ganas y la necesidad. Ni de ir al baño tienes idea. Consigues sentarte en el borde de la silla, has salvado el móvil en el aire. De milagro no ha acabado en el suelo. Gracias a que estaba enchufado al portátil, bueno, gracias, por los pelos no te has llevado móvil y portátil por delante. Encima te has descuajeringado el cuello cual si fueras un perro con correa des acostumbrado. Y se apodera de ti la rabia y la vergüenza. 

Cuando asumes que es imposible rebobinar y volver al momento justo anterior a levantarte tan pancha, intentas disimular como si tuvieras espectadores, mesas tu desordenada cabellera, escribes alguna nota, miras el teléfono con interés, tratas de calmarte; estás con un mosqueo ciego y sin nadie a quien echar la culpa, porque tú solito has decidido aislarte de tu melodía familiar, para oír una tertulia de la que no has escuchado nada. Tonterías. Te has perdido las charletas entre clase y clase de tus hijos, un beso huidizo de él, un guiño ante un comentario. Todo por los puñeteros auriculares. Estás con un cabreo sordo. Te duele el cuello y el orgullo; el cuerpo entero, de la contorsión que has hecho para no esnafrarte. Total pa'na. No te han visto tus hijos, que siguen a o suyo, él sonríe a sus tablas e inventos, algo se le habrá ocurrido. Tampoco se ha dado cuenta, habría saltado el sofá con la pierna doblada modo vallas para salvarte. Te alegras y disgustas a partes iguales. No existo, menos mal. Lo mismo si hubieras sabido lo que era el diamante y su elevación, si tu espalda hubiera conservado las tangencias necesarias entre tramos de lumbares, con sus inflexiones, para poder caminar erguida... como una reina habrías salido de tan vergonzosa situación. Pero no has ido nunca a pilates, de milagro sabes lo que es el coxis, y por supuesto ni idea de que para sentarte correctamente debes seguir un proceso que acaba en bajar los omóplatos, balancearte ligeramente, y entonces notar unos huesos que en inglés se llaman los de sentarse. Siempre simplificando los británicos. No es el caso. 

En fin, vuelves a colocarte en tu puesto de trabajo, en tu rincón. No quieres saber nada de música ni noticias. Agradeces que la pandemia te haya permitido disfrutar de tu familia. Oírlos todo el rato adquiere una importancia enorme, tu rutina no tiene semáforos ni calles atascadas. Las reuniones con tus jefes y compañeros forman parte de una costumbre compartida. Sabes que echarás de menos estos momentos algún día, aunque ahora te parezca extraño. Quieres hacer una foto mental, grabarlo todo. Para estar llena después, cuando no haya nadie. Prometes no volver a enfadarte nunca por tonterías. El caso es que ya no te apetece ni ir al baño, ni un café. Nada. Te has despistado completamente. Has perdido la concentración y la necesidad. Aspiras. Hueles a casa, a plancha. A limpio. A hogar. No te vuelves a poner los auriculares. Mañana otra vez meterás la pata, cuando hagas las cosas mecánicamente. Hoy no. Te sentarás mañana en tu butaca de IKEA, encenderás el portátil, colocarás el móvil a un lado, la libreta al otro. Te conectarás  a una vídeo a las 8:00, con Singapur, allí se están acostando, y sin darte cuenta te encajarás en los oídos los auriculares. Ya te ocuparás de ese tren cuando pase. Bueno, hablando de trenes, ¿quién no se ha levantado un día en cuanto acaba la película, en el tren o el avión y se ha dado un susto de muerte al ver que un cable le llevaba de cabeza al reposabrazos? 

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