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08/09/2018

LAS DEPORTIVAS O UNOS TENIS. CUESTIÓN DE CLASE





Las deportivas, o los tenis. 

Decir “Los tenis” es mucho más fino. Porque yo me imagino a mí misma vestida de blanco. Un polo impoluto y una falda de tablas por debajo de la rodilla; ensayando mi revés en una pista de tierra batida. En Inglaterra. Por supuesto.  Mi profesor me ofrece un refrigerio al terminar el partido y mis cuatro hijos rubios vienen corriendo a verme junto a su padre, mi ex novio. Exultantes los cinco. Felices y acalorados todos nos vamos a comer juntos una barbacoa que feliz prepara él. Mientras yo le miro arrobada. Un domingo de sol tibio de otoño. Eso evoca en mí el dúo "los tenis". Por otro lado, llamar tenis a las deportivas indica que eres de toda confianza, o que tienes tierras. Que alguna vez te has asomado a la ventana y no dejabas de ver olivos. Donde se esconde el horizonte, esos también eran tuyos.

Ahora hay zapatillas de deporte para dar y tomar. Las hay doradas y de colores vivos.  Con cordones y sin ellos.  Dentro de la gama de cordones se pueden atar o ser elásticos. La necesidad de saber atarse los cordones como primer síntoma de autonomía después del control de esfínteres, es cosa del pasado. Las hay de todos los precios y materiales.

Últimamente las mujeres mezclan zapatillas de deporte y ropa de vestir. Hace años era un signo “identitario” de ser americana, del norte. Igual que llevar sandalias de cuero con calcetín blanco era denominación de origen alemana. Si por la calle veías a una señora con un traje de chaqueta y zapatillas de deporte es que era guiri. Punto.

Pero todo cambia. Los españoles, tan propensos como somos a que nos guste tanto lo de fuera y tan poco lo nuestro; enseguida adoptamos costumbres ajenas. Esto no quiere decir que cuando estemos por ahí no nos pasemos el día diciendo “como en casa en ningún sitio”. pero también es parte del no estar bien en ninguna parte. Adoptamos las modas con intensidad. Ahora Madrid está llena de mujeres con vestidos de flores y deportivas. No se sabe si es que han ido andando o en bici al trabajo y llevan los tacones en el bolso. O los guardan en la taquilla. O simplemente van así porque quieren y les gusta.



MOLINOS. ANA


Hay una chica que tiene un blog. Por ahí podíamos empezar. No hago nunca comentarios de sus post. Leo muchos. Y son estupendos. Aunque últimamente lo he dejado porque en ocasiones podía reescribir sin darme cuenta uno de sus artículos.  A mi aire, eso sí. Estoy tan de acuerdo con ella que pienso que podría copiarla sin querer. “Cheeting in exams”. Sin tener que echar mano de mis dotes investigadoras frustradas he descubierto que tenemos amigos comunes.  No podía ser de otra manera. Pero la conocí por casualidad, oí en la radio la presentación de su libro "COSAS QUE LE PASAN A UNA MADRE SIN SUPERPODERES ".  



Con este libro me lo pasé en grande. Lo devoré. Lloraba de risa, les leía párrafos y páginas enteras a los parientes. Por un lado, me sentía identificada, por otro simplemente admiraba el humor con el que se desenvolvía en un mundo adverso o cuando menos, complicado. En la vida, al cabo. No comulgo con ella. Simplemente me parece tronchante, genial, estupenda. Da gusto leerla porque siempre hace asomar una sonrisa. Aunque sea en la comisura. La escena de los vómitos de sus hijas desde la litera la tengo pegada a la retina. Y esa salida al campo un domingo en la que acaba recriminada por el ingeniero con un todavía estás así. Después de un madrugón y una mañana de trajín haciendo bocatas, preparando bolsas, desayunos.  Discusiones mañaneras por la ropa. Un por si llueve, por si hace calor. Tan pancho, con el periódico leído; él, tintinea las llaves; sonríe, resplandece y huele a “Gotas de oro”. Como para besarle o montarle un escándalo. En su blog: El post más brutal para mí fue el de hacerse pequeña.  Lloré a cántaros. Su teoría sobre el adolescentismo me hizo llorar de risa. Últimamente he pensado en un derivado que sería la adolescentitis. Es el paso de lo inocuo a lo patológico. Tela.

Tengo también su libro sobre la depresión. “LOS DÍAS IGUALES”. Pendiente. Creo que hace lo que puede contra ese monstruo. Lucha contra ella contándolo. Para que no vuelva a ocurrir, para conocerla tan bien que no pueda volver a entrar

Recomiendo mucho mucho la lectura de Molinos.  A años luz más divertida que todo lo que ella recomienda una vez al mes. Que a veces son verdaderos truños. Con perdón.

06/09/2018

HE VISTO A PATXi


Me he encontrado a Francisco López en el súper. Dicho así es un comentario de café. Tú conoces a Paco, yo conozco a Paco y te lo cuento. Da origen a una charleta. ¿Qué tal está? como siempre. Tiene un aspecto estupendo, ha hecho un pacto con el diablo. ¿Hablaste con él? Un momento nada más. ¡Cuánto tiempo! Sí, ¡qué pena! con los amigos que erais. Eso si los integrantes de la conversación son hombres. Si hay una mujer seguro que hay una mijita de mala leche escondida en cualquier esquina. Como un: Siempre fue mayor, desde chiquitito. No sé cómo aguanta a su mujer. ¿Te has enterado que han mandado a su hija pequeña a un internado? Ya sabes. En fin, comentarios en apariencia inocuos, con carga de profundidad.

Pero si te digo he visto a Patxi López en Mercadona, la cosa cambia. Es lo que tiene ser famoso. Uno se hace una idea de cómo son los personajes públicos. Al conocerlos solo por la tele o los periódicos, realmente tienes de ellos una imagen muy estrecha. Y lo que no conoces simplemente lo ignoras. no fabulas con su altura ni complexión. Tienes en la cabeza su imagen en el periódico o saliendo de un portal, rodeado de micrófonos. A veces te los imaginas en blanco y negro, en una foto caducada. Miran a la cámara, con una sonrisa de gabinete, que nunca reproducen en su vida real.

Lo que más me sorprendió de Patxi es que es bajito. Vamos, no muy bajito, pero no es alto. También me descolocó verlo en un supermercado, claro. Yo a un vasco muy vasco lo veo en el Mercado, discutiendo la frescura de la pescadilla o tocando los tomates y eligiendo un buen melón. En el Mercadona…No lo veo. Un vasco en Mercadona, y menos a Patxi. Además, compraba cosas muy convencionales. Tipo chorizo de pamplona y zumo de marca blanca (un suponer). Yo a un vasco muy vasco como él lo veo solo comiendo changurro y haciendo un guiso para que se le salten las lágrimas hasta a Ferrán, con perdón. No lo veo comprando embutido ya envasado y precortado ni zumo de bote. ¿Necesita una bolsa? Sí, por favor. Tan campante. Como si no fuera famoso.

Lo mejor fue el cajero del Mercadona, que le despide con un "agur". Es verdad. Esto no me lo podría inventar. Es que los cajeros de este supermercado son la monda. Además de saber inglés, que lo saben; al lado de casa hay una academia famosa llena de guiris que no tienen ni tiempo ni ganas de estudiar y mucho menos de aprender español; el personal de Mercadona les reconoce (no tiene mérito) y les habla directamente en inglés, sin titubeos. Con ese precedente, ¿Cómo no le van a decir agur a Patxi?

02/09/2018

ESE NIÑO QUE SE PASA EL DIA LLORANDO


En el hospital, recién nacido un bebé oí algo que me dejó marcada cual res. “Si al mes no sonreíste, mala madre tuviste”. Es verdad. Por deducción concluyo que el niño del 4º derecha tiene una madre canalla. Desde que nació no ha parado de llorar. Por favor, ¿no pueden consolarle? ¿no tendrá hambre? ¿Sueño? ¿Caca, pis, el pañal sucio? ¿Calor? ¡Frío! ¿Estará enfermo? Le dolerá algo. No puede llorar siempre un niño. Siempre hay una razón. Lo dramático, es que ya no es un bebé, que el chaval va al cole con una cartera más grande que su espalda. Viste un uniforme precioso, de camisa blanca, corbata y pantalones cortos de cuadros verdes. Jersey de pico color azul marino. Zapatos castellanos y calcetín corto, a juego con el jersey. La ruta le recoge en la esquina de casa. Y él vuela sonriente y feliz hacia las puertas que se abren automáticas a las risas o al sueño de la mañana. Es ajeno a la llantina que le espera cuando vuelve a casa.

He llegado a la conclusión de que su madre es mala. No puede ser otra cosa. O su padre. O los dos. No se oye otra cosa más que su llanto en cuanto cae el sol. Llora, llora y llora sin consuelo y de pronto una voz masculina suelta “a dormir” y él enmudece para coger fuerzas y volver a berrear. Visualizo que ocurre en cuanto sale por la puerta el de la voz grave. Aunque estoy empezando a imaginar, después de noche tras noche sin consuelo, que la instrucción la puede dar desde otro cuarto, sin levantarse, el padre, mientras afila los cuchillos para la próxima maldad que maquina. Mientras escucha las fechorías de las que se enorgullece la madre al atardecer. Mientras se quita el disfraz de persona con el que tapa su traje de bruja. “A dormir”. Y ya está.

Los niños cuando lloran, lo hacen para comunicarse. Porque no saben hacerlo de otra manera. Pero a este pobre chaval, que ya vuelve con deberes del cole, no le calmaron en su día. No le cambiaron el pañal ni le arrullaron y ahora llora porque lo ha hecho siempre. Llora por todo, no porque sea un mimado o esté malito, llora para dormirse, como hacía de bebé cuando tenía motivos. Cuando no le calmaron, cuando lloraba por sed, hambre, por lo que fuera. Ahora lo hace por costumbre. Es su forma de encontrarse con el niño que fue, de conciliar el sueño. Y de tanto llorar me va a hacer llorar a mí también. El que no quiera tener niños que no los tenga. Y el que se crea que hay que dejar que los niños lloren hasta que se hagan mayores, pues que tampoco tenga hijos. O que vivan muy lejos. Que no quiero verlos.






PLUSCUAMPERFECTO MUCHI TAREAS


¿Tú no conoces a nadie que te haga sentir torpe? ¿No tienes un amigo perfecto? Con una vida estupenda, familia feliz. Pareja de amor. Hijos cojonudos. Padres y madres y hermanos que te llevarías a casa. De esos que discuten y se arreglan. De esos que tienen tiempo para todo, para su mitad, para estar guapos, arreglar la casa, hacer deporte, tener éxito en el trabajo. En fin. Y luego van al cine, cocinan platos que están tan ricos que son “para abrazarse al de al lado”. Y están bien. Muy bien. Y le da tiempo a todo. Si van a Londres un día, ven lo justo. No se dan una paliza. Comen en el sitio perfecto, estaba abierta la Tate con una exposición única. Solo llovió mientras estaban dentro. Dan un paseo maravilloso y recorren Candem en un día de diario, con lo cual vuelven con ropa chollo. O pasan unas vacaciones de película y no se gastan una fortuna, porque han ido un día en que los billetes estaban muy baratos. En la casa que consiguieron, que les prestó un amigo que a su vez estuvo en la de ellos, tenían piscina y bicicletas. Además, había un barcito maravilloso a cinco minutos andando, regido por Marcela, que cocinaba lo que le apetecía, cada día. A un precio imbatible. Entre las bicis y la piscina los chavales hicieron amigos y la pareja disfruta de un nuevo noviazgo. Vuelven enamorados y felices del verano. ¡Qué gusto! ¡Qué suerte! Marcela será una más para la familia de tu amigo en el futuro. Otra admiradora de la perfección. Ella y su marido pelirrojo que educa a sus mellizos para que sean malabaristas.



Una amiga mía y yo, frente a tales seres sublimes tan cercanos a la perfección solíamos escondernos abatidas en un melancólico “soy un desastre”.  Ahora que todos somos psicólogos de pacotilla esa expresión está prohibida.  Por prescripción facultativa no están permitidos malos pensamientos.  No digas esas cosas al niño que le marcas y le estigmatizas. Vamos, que si el niño salta en el Chester que has heredado de tus abuelos y rompe los muelles, no le puedes regañar. Porque está expresando algo. Vamos a ver, sí. Hay que escuchar a los niños. Y cuidarles a lametazos. Pero de ahí a que el chaval se traume porque le digas que se baje del sofá, que eso no se hace, hay un abismo. No digas nada negativo de ti mismo que te condiciona. Y te marca. ¡Mucho tiempo! Eso es lo que tenemos.  Tiempo para bobadas. Donde haya un buen amigo a quien contarle; donde este un vaso de vino y un queso fuerte, ahí se te va la tontería. Todo tiene nombre. Y esta psicología de pacotilla es una porquería. Y es mala porque esconde la realidad. Lo que no se ve no se puede arreglar.

Porque es verdad, esos amigos tuyos son perfectos y tú eres un desastre. Yo siempre tardo un montón en hacer cualquier cosa.  No me decido en qué ponerme, no acierto en la lámpara que compro. No me da tiempo a nada. Y envidio con amor a ese personaje que es persona y le quiero de verdad, que tiene el don de alargar sus días.  Hace el doble de cosas que tú y encima se acuesta antes. Es genio que se viste por los pies. Que es rápido y eficaz. Resolutivo. Alegre. Flipas. Un domingo que tu bastante tienes con salir de la cama antes de las 10:00, él ya se ha duchado, ha bajado a por el periódico, se ha dado un paseo estupendo. Ha preparado el desayuno para su chica y sus churumbeles. Como van a comer en casa, ha vaciado el friegaplatos y ha preparado una lasaña, que le permitirá disfrutar de la velada con amigos sin levantarse a cada rato a trastear en la cocina. Deja patatas fritas para la noche, que harán una tortilla. Lee un poco porque aún no se ha levantado nadie. Cuando amanece la familia, comparte mesa con ellos con un segundo café. Arreglados todos se lanzan al rastro, que hace mucho que no van. A la tarde, cuando los amigos se han ido, van a ver a abuelos paternos y maternos. Y luego una peli, cena y a dormir. ¿qué has hecho tu mientras? Yo prefiero no pensarlo. Que me pongo triste, porque soy un desastre.

YO TODO SE LO DEBO A SALINGER



Hay una generación que se lo debemos todo, o casi todo; que no es lo mismo, pero es igual, a Salinger. A Salinger y a su guardián. O a Salinger y su guardián. O al Guardián de Salinger. No lo sé.

Da igual casi lo que contara el libro. Aunque es lo más importante, lo que cuenta. Da lo mismo la historia. Aunque la historia es la esencia. Pero cómo lo cuenta. El camino que descubre, a través del lenguaje para filmar el trozo de vida que narra. Es fascinante. Limpio, fresco y tan directo que da susto. Quita todos los filtros de los que el lenguaje convencional dispone, para edulcorar y hacer bello el relato. Desnuda el cuento. Le quita la piel.

Le debemos a Salinger. Porque nos enseñó que lo que se siente se puede decir tal cual; que existen palabras, expresiones, para todo aquello que bulle en tu alma. Que es mucho más sencillo. Y doloroso. Que basta una sola voz. Una interjección resume el dolor y la alegría. Nacieron vocablos viejos que en nuestra boca eran una seña identificativa de comprensión. Porque sólo quien se había leído “El Guardián” podía utilizar la palabra cretino con propiedad. Se estableció una red de comunicación secreta por la que todo aquél que había leído el Guardián, pertenecía, sin saberlo a una sociedad que nació a la sombra. Teníamos algo en común de lo que no era necesario hablar. Y era mágico.

He leído a mucha gente que a su vez ha leído a Salinger. No hace falta que confiesen. Sé que están agradecidos, y en su literatura rinden honores cada día al maestro. Por eso quiero expresar yo también mi agradecimiento. Porque me conectó en su día los extremos de los cables que me permitieron descubrir que mis emociones tenían forma y letras. Me ayudó a simplificar. Gracias
He leído a mucha gente que a su vez ha leído a Salinger. No hace falta que confiesen. Sé que están agradecidos, y en su literatura rinden honores cada día al maestro. Por eso quiero expresar yo también mi agradecimiento. Porque me conectó en su día los extremos de los cables que me permitieron descubrir un día que mis emociones tenían forma y letras. Me ayudó a simplificar. Gracias

01/09/2018

CINCO MINUTOS MÁS


El que inventó el despertador con la opción de "posponer" era un fenómeno. ¿Qué no? A ver, que levante la mano el que no la ha usado.

Cuando uno se acuesta, elige entre despertador y encomendarse a las ánimas benditas para abrir el ojo a tiempo. No porque sea más seguro, pero lo convencional es fijar la alarma. Y ahí viene lo jugoso. ¿A qué hora lo pongo? Si te encomiendas, las siete son las siete. Pero si usas el despertador (hoy es sinónimo del móvil) surgen las dudas. Si te tienes que levantar a las siete para que te dé tiempo a desayunar y a tus abluciones matinales, a recoger un poco y a preparar lo que sea menester... Si te tienes que levantar a las siete según tus cálculos, hay quien fija la alama a las siete. Otros a menos cuarto. Y los más osados a las siete y media.

¿Qué pasa al día siguiente? Suena el ring o el pío pío. Hay dos tipos de personas: las que saltan y se ponen en marcha y las que gruñen apacibles y optan por posponer. El magnífico y conocido placer conocido como remoloneo. Los primeros cinco minutos son de coeficiente de seguridad. Es decir, no pasa nada por levantarte cinco minutos más tarde. Algo menos de lectura en el primer momento del baño. Que se te adelante alguien, eso puede revestir gravedad dependiendo del número cuartos de baño por miembro de la familia o habitante del hogar. Poco más. Pero después de esos cinco vienen otros cinco, y van diez. Y otros cinco. Un cuarto de hora. Llegar a las siete y media, sin un sueño reparador, en la bruma del deseo de recuperar los sueños, ocurre sin darte cuenta. La cabeza bulle en un me ducho en vez de bañarme, mañana me lavo el pelo. No desayuno, total, tengo todo preparado. Cojo el coche, mañana voy en metro. De verdad. Y te dan las ocho menos cuarto. Entonces, a volar. Y ese placer que has soñado el que salta de la cama no lo entiende nunca. Ése, pone el despertador a las 7:45, menos cuarto. Para el del remoloneo es inviable esa opción. Disfruta postergando. O no. Es una mezcla entre el deber y el placer. Que no lo puede resistir. No tiene que ver con la pereza. No es pecado ni venial, ni falta es. Simplemente le gusta postergar. Empezar un poco más tarde.

Esas dos mentes son distintas. No hay porqué preocuparse. Uno no es bueno y el otro malo. Uno no es tonto y el otro listo. Son teorías de la vida diferentes. Y uno no puede convencer nunca al otro de que lo suyo es lo mejor. Es frecuente que las parejas estén compuestas por un miembro de cada grupo. Polos opuestos se atraen. Pero no es motivo de preocupación. Solo de tolerancia a la diferencia. Además, a veces las fronteras se diluyen y se cambia de bando.