¿Tú
no conoces a nadie que te haga sentir torpe? ¿No tienes un amigo perfecto? Con
una vida estupenda, familia feliz. Pareja de amor. Hijos cojonudos. Padres y
madres y hermanos que te llevarías a casa. De esos que discuten y se arreglan. De
esos que tienen tiempo para todo, para su mitad, para estar guapos, arreglar la
casa, hacer deporte, tener éxito en el trabajo. En fin. Y luego van al cine,
cocinan platos que están tan ricos que son “para abrazarse al de al lado”. Y
están bien. Muy bien. Y le da tiempo a todo. Si van a Londres un día, ven lo
justo. No se dan una paliza. Comen en el sitio perfecto, estaba abierta la Tate
con una exposición única. Solo llovió mientras estaban dentro. Dan un paseo
maravilloso y recorren Candem en un día de diario, con lo cual vuelven con ropa
chollo. O pasan unas vacaciones de película y no se gastan una fortuna, porque
han ido un día en que los billetes estaban muy baratos. En la casa que consiguieron,
que les prestó un amigo que a su vez estuvo en la de ellos, tenían piscina y bicicletas.
Además, había un barcito maravilloso a cinco minutos andando, regido por
Marcela, que cocinaba lo que le apetecía, cada día. A un precio imbatible. Entre
las bicis y la piscina los chavales hicieron amigos y la pareja disfruta de un
nuevo noviazgo. Vuelven enamorados y felices del verano. ¡Qué gusto! ¡Qué
suerte! Marcela será una más para la familia de tu amigo en el futuro. Otra
admiradora de la perfección. Ella y su marido pelirrojo que educa a sus
mellizos para que sean malabaristas.
Una
amiga mía y yo, frente a tales seres sublimes tan cercanos a la perfección
solíamos escondernos abatidas en un melancólico “soy un desastre”. Ahora
que todos somos psicólogos de pacotilla esa expresión está prohibida. Por
prescripción facultativa no están permitidos malos pensamientos. No digas
esas cosas al niño que le marcas y le estigmatizas. Vamos, que si el niño salta
en el Chester que has heredado de tus abuelos y rompe los muelles, no le puedes
regañar. Porque está expresando algo. Vamos a ver, sí. Hay que escuchar a los
niños. Y cuidarles a lametazos. Pero de ahí a que el chaval se traume porque le
digas que se baje del sofá, que eso no se hace, hay un abismo. No digas nada
negativo de ti mismo que te condiciona. Y te marca. ¡Mucho tiempo! Eso es lo
que tenemos. Tiempo para bobadas. Donde haya un buen amigo a quien
contarle; donde este un vaso de vino y un queso fuerte, ahí se te va la tontería.
Todo tiene nombre. Y esta psicología de pacotilla es una porquería. Y es mala
porque esconde la realidad. Lo que no se ve no se puede arreglar.
Porque
es verdad, esos amigos tuyos son perfectos y tú eres un desastre. Yo siempre tardo
un montón en hacer cualquier cosa. No me decido en qué ponerme, no
acierto en la lámpara que compro. No me da tiempo a nada. Y envidio con amor a
ese personaje que es persona y le quiero de verdad, que tiene el don de alargar
sus días. Hace el doble de cosas que tú y encima se acuesta antes. Es
genio que se viste por los pies. Que es rápido y eficaz. Resolutivo. Alegre. Flipas.
Un domingo que tu bastante tienes con salir de la cama antes de las 10:00, él
ya se ha duchado, ha bajado a por el periódico, se ha dado un paseo estupendo.
Ha preparado el desayuno para su chica y sus churumbeles. Como van a comer en
casa, ha vaciado el friegaplatos y ha preparado una lasaña, que le permitirá
disfrutar de la velada con amigos sin levantarse a cada rato a trastear en la
cocina. Deja patatas fritas para la noche, que harán una tortilla. Lee un poco
porque aún no se ha levantado nadie. Cuando amanece la familia, comparte mesa
con ellos con un segundo café. Arreglados todos se lanzan al rastro, que hace
mucho que no van. A la tarde, cuando los amigos se han ido, van a ver a abuelos
paternos y maternos. Y luego una peli, cena y a dormir. ¿qué has hecho tu
mientras? Yo prefiero no pensarlo. Que me pongo triste, porque soy un desastre.
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