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20/04/2020
CALCETINES IMPARES

19/04/2020
SUMAS Y RESTAS
Sumaba las horas a tu lado. Y me parecían siempre pocas. Resto las que llevo sin ti. Estoy en números rojos. Cada minuto lejos de tu mirada es una muesca en la culata de mi corazón roto. Ya no sé si puede romperse más. Seguro que le queda sitio para otra heridita. Entre paños guardado lo tengo, protegido del viento y el sol.
¿QUÉ COMES?

No estábamos preparados. Ni para la pandemia ni para esta sobredosis de reuniones telemáticas.
Por un lado, las reuniones de trabajo. El sonido desfasado de la imagen. Ésta se congela cada tanto. Para trabajar no hace falta reunirse todo el rato. La paranoia del control que abanderan los inútiles es lo que más megas ocupa en la red. Son como niños. Ante el nivel de incompetencia alcanzado, tratan de paliar su estupidez atando en corto a sus subordinados. Que no colegas. La falta de inteligencia es tal, que no tratan de compañeros a los únicos que pueden salvar su puesto, porque saben hacer su trabajo. Si les dejan, claro. A este paso, una reunión más y han echado el día. El trabajo desde casa tiene la enorme ventaja de la eficacia. Tal se debe, entre otras cosas, a la ausencia de largas y tediosas reuniones. Eso era antes del coronavirus. Porque el absurdo si se aplica al teletrabajo se transforma en otra tontería.
En cuanto a la novedad de las reuniones familiares a distancia, siempre bienintencionadas por el convocante, concluyen en resultado a veces adverso. No es fácil. Conectar a tres generaciones, abuelos, padres y nietos requiere paciencia y tiene miga. Hasta que consigue dar con todos; aunque estén en casa, pasa un rato. Por fin se divide la pantalla y se ven, menos a Pepe, que no le funciona la cámara. O Ana, que se ha vestido rápidamente, sin ducharse y se le ve el camisón debajo del vestido. No quiere que la regañen sus hijos. La reunión es como las reuniones familiares pero condensada en un “ratín”. Muy intensa. En un cara a cara no pasa nada porque hable uno con el de al lado separándose de la conversación general. Pero aquí se suceden los monólogos y se van cortando las intervenciones por falta de moderador. Los “¿qué tal?” no se sabe a quién van dirigidos. Respuestas solapadas al unísono. Se arma un lío de miedo. Una jauría de participaciones que se acoplan hasta resumirse en ruido. Los niños saltan impacientes por contar sus logros a los abuelos, que son los que más caso les hacen. Legiones de rosquillas sustituyen a las caras, batallones de magdalenas, plumcakes rellenos, tartas de colores resumen lo que ha dado de sí la semana. Lo bueno es que ya tienen una salida profesional, una opción; serán reposteros. Eso sí, la competencia es feroz. Porque la harina no se ha acabado esta semana por el “pescaito” frito. Digo yo que en vez de tanta rosquilla les podemos enseñar a hacer unas patatas con bacalao. Tanto da. De esa forma se calma un poco las ganas de hacer cosas, y descargan a los padres que están en sus teleconferencias con el mandil, que se les queman las albóndigas.
Una amiga me dice que han hecho una cata de cervezas por zoom. La monda. No se ha conectado Mara, otro “buchito” de ésta. No sé si en las catas hay que escupir, como cuando te tomas una ostra mala. Ahí la educación me condiciona, yo antes me emborracho o me enveneno que escupir algo que me sale mal. Imagino que en casa no escupe nadie, a no ser que dispongan de escupideras. Igual que en los bares antes. “prohibido gritar y escupir” rezaba en un local en plena Calle Serrano, al lado de la Embajada Americana, el bar de los palillos. Un sitio genial, podías comerte los pinchos que quisieras, solo debías dejar los palillos en la barra. No contaban con la capacidad de algunos que masticar e ingerir madera. Al grano. Reuniones de amigos, de ex amigos, de amigos que no se ven desde el año de la polca. Primos reconciliados, aunque casi ningún primo se enfada. Achuchones virtuales. Lágrimas y risas a distancia. Recuerdos y noticias. Los más apañados, sin llegar a la cata, que ya es de internautas de élite, comparten aperitivo por videoconferencia. “¿Qué comes? dame un poco” dice la abuela a la nieta. A dos mil kilómetros. ¡Me parto! ¡Hasta mañana! Fin de la conexión. ¡Que risa! Es igual que cuando mi abuela hablaba por teléfono con su amiga de los ojos violeta. Le dice: “Se te está quemando la comida, hija” La otra corre rauda y prudente a la cocina. A mitad de camino vuelve al auricular “¡Será en tu casa, que estamos hablando por teléfono!” Mi abuela se ríe “Ay madre”.
17/04/2020
UNIDADES DE MEDIDA

El tiempo dura distinto según la edad. Yo vivo en el sistema métrico, incapaz de pasar a pulgadas o entender si una libra es más o menos que medio quilo. El tiempo, como sujeto, se cree que es homogéneo y que ha sido más fuerte que otras dimensiones. el peso o la distancia. Al menos nos hemos puesto de acuerdo en las unidades. En algunas. 1-60-60-24-31-28-31-30-31-30-31-31-30-31-30-31-12-365. Extraños números. Siempre hay alguien sin cumpleaños, solo en los múltiplos de cuatro, coincidiendo con las olimpiadas. Antes del confinamiento.
16/04/2020
TODO LO QUE ME HE AHORRADO EN BARES

15/04/2020
A MI ME ENVENENA CARLOS HERRERA ¿Y A TI?
Cada uno es cada uno y cada cual con su cada cuala. Así resumía mi padre la vida sin recurrir a la procesionaria. Si recurría a la conocida oruga, se enrollaba un poco más. Bastante más.
Igual que cada uno es cada uno, cada cual se envenena con lo que le da la gana. En mis intentos de objetividad procuro cambiar de dial. Oigo a Alsina, me voy con Pepa a Radio Nacional, ahí encuentro al bálsamo de Aberasturi. Vuelvo a la Cope, intento la Ser, Onda Cero, Onda Madrid. Excepto la neutralidad exasperante de Radio Nacional, echo de menos al ciudadano García, único locutor que en las entrevistas mantiene su papel, da importancia al “interrogado”, le deja sitio, se estudia el personaje y no presume de sabérselo, si no que le hace preguntas inteligentes, fluye la conversación ocupa el lugar que le corresponde el protagonista. No interrumpe. Aprovecha la oportunidad, imbuye al otro de importancia. Dirige la charla con habilidad, inteligencia y gracia. Los demás no son así, como me he propuesto no decir cosas malas, ahí lo dejo. ¡Que viva El Ciudadano García!
Trabajo desde casa, desde antes del "confitamiento". Y la radio pone hora a las tareas cuando uno está solo. Impone ritmo, compás. Evita que se te olvide quitar las lentejas del fuego o que si la lavadora no avisa de que ha acabado se pase el día la ropa mojada en el tambor. En medio de la oficina los tiempos están controlados por la costumbre. Porque el ser humano, vaya donde vaya, se lleva su rutina. Y gracias a ésta vive. La hora de llegada en una oficina de 50 personas, salvo excepciones, se repite día tras día. Hay cinco o seis que compiten por ser los primeros y encender las luces, media hora o más antes de la oficial de entrada. No es por presumir, es que les gusta llegar pronto, aprovechar ese rato de antes del mogollón. Esa intimidad imposible en las oficinas sin papeles, sin despachos y sin paredes es solo viable antes de que amanezca, cuando las luces de fuera aún están prendidas. A la hora teórica llega un mogollón, cinco minutos antes siempre los mismos y diez minutos después siempre los mismos. Los que llegan pronto lo hacen tranquilos, los que lo hacen tarde corren sulfurados, explicando el atasco, y las inconveniencias varias que han encontrado, como cada día, desde hace tantos. Luego están los que llegan cuando les da la gana, recién duchados, tan panchos, sin despeinarse. Entre los primeros y los últimos se reparten cafés y charlas breves. El trabajo en la oficina es mucho de compadreo y de amiguetes. Si no te caen bien tus compañeros, tú te lo pierdes. Porque hasta que se implante el teletrabajo ellos son la gente con la que más horas vas a pasar al día. A ver cómo te lo montas. Del trabajo presencial solo echo de menos las charlas con mis compañeros, mayores y jóvenes. He ganado tiempo para mi gente, pero tengo buenos amigos que antes tenía etiquetados de colegas. Importante ser colega, por cierto.
Al grano, oigo mucho la radio mientras trabajo. A veces no la escucho. Pero me envenena. Una cosa es informar y otra es la matraca, que si lo mal que lo han hecho, que si mascarillas por aquí, que si me alegro, una porra te alegras buenos días. Sois un grupo de privilegiados inconscientes de la que está cayendo. Os retroalimentáis de las mismas noticias que vosotros mismos elaboráis. Desde la grada. De una nota de prensa sacáis con habilidad tema para una semana. Pero estoy cansada del susto, señores comentaristas. No me vale que a las seis de la mañana deis la misma perorata que a las siete, a las ocho, las diez de la noche. No puede ser que Expósito diga lo mismo que Herrera, que Nieves y Julia tengan igual discursos que sus homólogos de por la mañana. Confieso mi fidelidad a Colmenarejo y al difunto David Gistau, genio rápido de la palabra, elocuente y erudito, bruto y directo, creo que dentro del espectro es uno y era el otro quien más equidistancia guarda y guardaba, hasta el paralelismo. A Victoria Prego la admiro más en la radio que en la tele. Le va mucho más ese medio, se desenvuelve tranquila y contundente, sin estar pendiente de la pose si no del poso. Me divierte Broncano, admiro a Cansado hasta desternillarme, ocurrentes siempre; ácido uno, más calmo el otro. No son las canas o la calvicie; siempre tuvo ese humor respetuoso y culto.
Me cansa la metralleta, que si el 8% del PIB, que si Sanchez invita a Casado a una reunión en una rueda de prensa, que el otro se va a dar un paseo, que Fulano se salta la cuarentena. Basta, me importa un bledo dónde vaya Rajoy y si se pone o no malo el presidente o el vice. Salvo en cuanto a esto último, por la preocupación normal como “personas humanas” que son. Puñetas, cuenten algo nuevo. Que si la u o la uve. Coloreen la mañana señores, inyecten energía. Están ustedes en una burbuja, con su pantalla dividida y el cuadro de mandos. Los muertos, los enfermos, los parados, son tragedias individuales todas. Viviendo como estamos en esta parte del mundo que se dice civilizada, los decesos se cuentan hasta la unidad, con nombre y apellido. No hay fosas comunes, pese a la tragedia coyuntural de Nueva York, hay entierros individuales a los que no hemos podido ir a echar nuestra tierra. No nos hemos abrazado a los damnificados, no les hemos calmado en su agonía. No podemos estar en los hospitales con nuestra gente, nuestros parientes. Hay mucho susto, mucho miedo, una soledad de hielo. Los sanitarios hacen su trabajo, y muy bien. Pero las lágrimas son nuestras. Ustedes tienen el altavoz y la palabra. No nos envenenen señores, alimenten la alegría, den una oportunidad a la esperanza.
13/04/2020
EL BUEN YERNO
Hay gente a la que todo le sale bien. Son los que han nacido de pie. No hay que tener envidia. La suerte que tienen, se la habrán ganado. Algo habrán hecho. Son redondos. Está lo obvio, que son súper felices y lo fueron en su infancia, en su matrimonio
todo
es armonía y amor; sus hijos son perfectos morenazos de ojos verdes, buenísimos
estudiantes todos y los amigos que tienen. ¡Qué te voy a decir de los amigos!
¡Bárbaros! Buenos chicos, sí, salen, están en la edad. Pero de toda confianza.
Hasta
ahí uno mira su vida y piensa, bueno, es lo que hay. Tampoco está tan mal lo
mío. Son mis cartas. Y me ha salido así. Pero en estos momentos difíciles, los
afortunados se ensalzan los tíos. ¿Que no se puede tener asistenta? Justo esa
semana había venido a verlos Eusebia, que le cuidó a él de bebé y no puede
volverse al pueblo, se acaba de quedar viuda y les pide quedarse, ella se ocupa
de la casa, que ellos están muy liados. ¡Gong! Aceptan encantados. Pasa a ser
uno más en la montaña de la felicidad.
¿Que no hay peluquerías? No hay dolor, a las
mujeres de la familia les sientan genial las canas, se les van yendo las mechas
y su pelo blanco hace que su felicidad mane con más calma y luz si cabe.
Los
abuelos viven en el chalet de al lado. Son amigos los consuegros, comparten las
tres familias el jardín, propiedad privada, por lo que no incumplen cuando cada
domingo se enciende la barbacoa y los tres hombres de la casa se lían la manta
a la cabeza y entre fino y cervecita despellejan la semana. Al sol las mujeres
se ponen al día, preparando la ensalada.
Por
supuesto todos hicimos propósitos al empezar la cuarentena, voy a ordenar la
librería, me voy a poner a pintar. Yo voy a escribir poesía, lo dejé para una
ocasión así. Pues yo empiezo a estudiar las oposiciones. Ellos lo hacen. Tienen
la casa como una patena, los libros de la a, a la zeta, por orden de autores,
separado teatro de literatura española, versiones en inglés, guías de viaje.
¿Perdona? Es que me relaja limpiar. ¿perdona? ¡Uy yo no puedo con tanta tele!, ¡no
me gustan las redes sociales!. Eres mi héroe. Todos sois mis ídolos. ¿Dónde
está el miedo que yo siento? ¿Dónde la angustia o el enfado? Dime donde te
apuntas que te voto. For presindent
el paquete completo. No elijo, me los quedo todos.
¿Qué
hay que hacer para ser tú? No quiero ser tu pareja, quiero ser tú. Tú y tu
familia. Los yernos perfectos, la familia
feliz. ¿Cómo hacéis para que todo fluya? Renuncio. Te lo cambio. ¿Dónde hay que
firmar?


