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16/04/2020

TODO LO QUE ME HE AHORRADO EN BARES


No sé qué pasará en otros países, pero en España: que se preparen los bares, porque todo lo que nos hemos ahorrado en cañas durante el confinamiento, lo tenemos guardado en el cerdito. El día que nos dejen salir, ya no vamos a entrar. “¡Ea!” Que se preparen los garitos, que entrenen los de Cruzcampo, Mahou, El Águila, que vamos a probarlas todas. La IPA y la de manzana. La Virgen, Alhambra, toro, como los hombres, Budweiser sin vaso, menos Coronita, vamos a brindar con todas. Copas heladas o no.

Tengo pensado engancharme a la barra y entonar el “no nos moverán”. Mi psicólogo favorito es un señor con mandil blanco y camiseta negra, que cuando me ve, siempre me sonríe, se seca las manos porque estaba fregando dentro. Me estrecha afectuoso la mía entre las suyas, coloradas, blandas y a la vez curtidas de trabajar. Mirándome me dice: ¿qué va a ser? Nunca anticipa mi consumición, respetando mi elección. Aunque cada día, a las ocho de la tarde, desde hace 40 años, a la vuelta de misa, me acerco a su taberna y le pido una caña bien fría. Me escucha con paciencia y siento que me está entendiendo. Es un rato que me gusta. Pero hoy no va a ser una, me voy a tomar todas las que me he dejado, una detrás de otra. Y así hasta que se me acabe la pasta que tengo guardada después de rota la hucha. Es posible que no me de tiempo. Volveré mañana. Pensándolo bien, estoy por dejar los ahorros a su cargo y que él me diga cuándo se me acaba el fondo.

Yo soy de Mahou, mi padre era de cinco estrellas, mi exnovio de la verde. Ahora, lo mismo me da, que esté fría, como la sirven en el Abeto, de las del rincón, heladas. Me estoy poniendo en situación, una copa de las de vino, que sude un poco, de lo fría que está, que gotee, moje la barra y mi vestido al beber. Ese primer trago no es de borracho. Es que quiero brindar de una vez por todas. No quiero una pinta, no quiero medio litro del tirón, como los alemanes, no quiero que se caliente, quiero degustar cada sorbo como si fuera el primero. Que no me esperen en casa. Angel, lo siento, tú eres más de gin tonic, ya sabes dónde estoy, pero no tengo tu paciencia, yo me lanzo sin chaleco. Nerviosita me pongo. Te espero. Cuando me desatornillen de la barra volveré a casa en paz. No quiero emborracharme. Quiero gastármelo todo.

El que no es de cerveza será de vino. El que no de “bebercio” lo será de “comercio”. Y los habrá que prefieren el cafelito con Jose Miguel, que se lo pone como a les gusta, con su chorrito de anís. O corto de café, descafeinado de máquina, largo de agua, con sacarina, sin mascarilla.

Que no se preocupen los dueños de los bares, que aguanten, campeones, que vamos para allá. La línea de salida solo falta pintarla, estamos apelotonados detrás, ¿que no hay sitio en el 14?, me voy al de la esquina, sino es Fran será David el que me pone el pinchito de tortilla. Mucho cuidado con el pistoletazo de salida. Rascando el polvo en la espera. Con paciencia, pero impacientes, como decía alguien “que me muero por volver”.


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