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06/05/2020

POLIS DE BALCON





Hasta la coronilla estoy de Don perfecto. Ese sujeto que está en posesión siempre de la verdad. Se dejaría atropellar en un paso de cebra por estar cargado de razones; lesionado, sí, pero con su argumentación intacta. A veces es más importante la paz que la razón. Ahora han tomado la voz y la palabra esos personajes que increpan al vecino porque no lleva mascarilla, porque pasa demasiado cerca de ellos sin darse cuenta. Son los mismos que regañan a alguien que conduce por encima de la velocidad permitida, aunque ellos vayan en por otro carril. Los que abroncan al que se cuela en el súper, aunque ellos no estén haciendo la cola. Espían desde el portal si el vecino del quinto quita la correa al perro cuando dobla la esquina. Fiscalizan, juzgan sin saber quién es el otro y el porqué de su comportamiento. Que no está bien. NO. Hurgan en la vida de otros para encontrar satisfacción en el fallo ajeno. Envidiosos analfabetos de las emociones. Con carencia de amor en sus entrañas llevan la rigidez a la bobada. Tiñen de culpa inoculada la pelusa, los celos por la alegría del otro. Esa felicidad que desconocen por su hierática y férrea defensa de lo correcto. "No se puede" denuncian inquisidores. Ya sé que no se puede. Sí. ¿pero te has parado a ponerte en mi lugar? Estos policías de balcón, aburridos que ocupan su tiempo en mirar la vida de los otros, buscando el fallo, por si alguien se sale de la raya. A ver quién pisa la línea continua. Esa norma que a veces es imposible cumplir. “¡Por tu culpa muere gente!” Increpan. ¡No fastidies!



Si encima de ser absolutistas e inflexibles esos polis de pacotilla, son locutores de radio o presentadores de televisión, se convierten en un verdadero virus. Con perdón. Expanden la porquería a velocidad de vértigo. Exponencialmente, palabro manido en estos días. La gente se cree lo que ve en la tele o lo que oye en la radio. Hay cuatro gatos que contrastan la información y leen el periódico. Mal contados, uno o dos, que lee varios periódicos. Como decía Bertolt Brecht, esos son los imprescindibles. El pueblo llano repite lo que oye una y otra vez, lo hace suyo. Selecciona el canal que le es afín y sigue la linde. Cree. Lo han dicho en la tele. En el encierro, ese ha sido, además, el vínculo más fuerte que hemos tenido con la información del exterior.



Vamos a ver. Se han abierto las esclusas. Había mogollón de gente en la calle el primer día. Normal. Hubo quien no se atuvo estrictamente a los horarios, normal, hubo quien se saltó alguna norma. ¡Pues claro! Pero en la excepción no hay que cebarse, puñetas. El periodista anuncia que ¡Hubo 30 botellones en Madrid el día de la apertura de puertas! Pocos me parecen. Yo creo que, en Nava en verano, que es un gua comparado con Madrid, había más de 30 botellones en un fin de semana cuando yo tenía 18. ¿Qué no? Más que pandillas. Tantos como sitios estratégicos. En el pantano, a no ser que estuviera muy bajo, al menos tres por entrada. Total, unos diez, y me quedo corta, en el cementerio un par, en el río qué menos que cuatro o cinco, un par en el hospital abandonado, en La Barranca. ¡Y en Madrid se echan las manos a la cabeza porque hay 30! Hay que relativizar y darle importancia a lo que lo tiene. ¡Venga, no fastidies! Para eso no salgas. Está claro que todos no cabemos en la calle, ya sea por franjas horarias de edades o de apellidos.



Todos estos mentecatos que te increpan por la calle si no sientes su necesidad de repelerte. Cronometran los excesos. Fiscalizan tu libertad. Culpables de tener hueco su corazón y su agenda vacía. Te insultan si sales antes o después de la hora, por hablar con alguien. Increpan al despistado amparados por el anonimato de las cortinas echadas. Tras un geranio seco vapulean con insultos de cobarde al resto que roba un rato de felicidad al día, disfrutando del aire y el buen tiempo. Culpan de asesinos a padres que salen a por el pan o niños que explotan de alegría por ver a un amiguete. Poco contenido tienen los idiotas, que se preocupan tanto por lo que hacemos los demás. Vamos a mirar un poquito más lo que cada uno podemos hacer bien y vamos a dejar de chivarnos. Que no hay nada peor que un chivato o un soplón. Un espía que lo que tiene es envidia. Puñetas. Hasta la coronilla de tanto buenismo.

05/05/2020

DOS MINUTOS



Einstein tenía razón. En el asunto de la relatividad, digo. ¿Alguien sabe exactamente cuánto tardan en pasar dos minutos? Se trata de una medida universal para acotar un tiempo flexible. Se trata de un lapso que uno cree que va a ser breve pero que en realidad no tiene ni la más remota idea de cuánto va a durar. Se asigna tal etiqueta a tareas cotidianas en las que creemos emplear un tiempo finito que en realidad no hemos medido nunca. Expresiones que pretenden expresar lo mismo pueden ser: un momento, un segundo, no tardo nada. Suele ocurrir cuando se “entra en relación” con el otro, principalmente después de una temporada de vivir sin compañía, ahí, para evitar confusiones, y con un poco de autocrítica, surge la necesidad de poner límite a la extensión en el tiempo de determinadas actividades.

Así hay muchos ejemplos, sin duda el más importante de todos, el que no tiene parangón ocurre en la puerta del baño. Depende del lado en que se esté, no tiene nada que ver lo que suponen dos minutos. Esa puerta de acceso al baño es un muro de lamentaciones e improperios del lado exterior. Porque el tiempo pasa a otra velocidad cuando se traspasa. Lo que antes parecía eterno, la espera, se consume como un cigarro en el cenicero, sin darnos cuenta. Los cuanto “¿cuánto te queda?” y las respuestas asociadas “Dos minutos, un segundo” son diálogos fútiles. No significan nada. Porque la subjetividad divide esos espacios. Esa sencilla puerta, separa dos universos donde el tiempo transcurre a distinta velocidad.

Otro caso típico es ese momento límite para cenar, está todo a punto. Te falta un toque. Cuando entre él en casa, mientras os tomáis una cerveza, echas el bonito en el tomate frito casero, que huele de maravilla. Llamas al trabajo “¿Te queda mucho?”. No es por controlar, son ganas de agradar, quieres esperar a cortar el pan, que esté tierno. No cocinas tantas veces, te gustaría que todo estuviera genial. “Me quedan dos minutos”. Comiéndote las ganas de concretar, no haces más preguntas, lo mismo le has pillado en medio de una reunión, o algún marrón a punto de terminar. Pero te quedas como estabas “¿Serán dos minutos para salir?” “¿120 segundos para decidir que cierra?” será quizá el tiempo que le quede para apagar el ordenador. Todo depende. Bueno. La próxima vez no llamas. Te has quedado igual, y total, no era importante.

Al llegar a un restaurante. “En dos minutos tenemos su mesa preparada” Ten claro que te puedes fumar un par de pitillos, dar la vuelta a la manzana, o tomarte un vino.

Un caso que me desasosiega especialmente como espectadora o protagonista (cuando me he dado cuenta) es el de esa madre que intenta calmar la impaciencia con un “dos minutos” al hijo, ante su “¡mamaaaaa!”. Y esa cara del chaval, que mira a su madre como un pollito en el nido, esperando el alimento, el rostro mirando al cielo, con esa admiración incondicional, barrunta lo que ha querido decir. Porque él la necesita ya. Temas fisiológicos, de relación, quién sabe. En la vida de un niño dos minutos reales pueden ser una eternidad. Y los dos minutos de un adulto, son un misterio que intentará digerir durante lo que le queda de infancia y de vida. Eso sí, él hará lo mismo, primero con sus juguetes y en unos años con sus propios churumbeles. Nada como el ejemplo.

La verdad es que no sé si existe una alternativa a estas expresiones, que por un lado tienen la intención de meterse prisa a uno mismo y por otro de darle a entender al otro tu compromiso de que le tienes en cuenta, que sabes que está ahí. La alternativa es desasosegante. Ante un “¿cuánto te queda?” si contestas “¡no sé!”, hemos acabado. Pero esa es la verdad. El problema es que cuando no nos sabemos la respuesta a una pregunta tenemos una imperiosa e irracional necesidad de contestar, porque sí. ¿Para demostrar que lo tenemos controlado? Para no reconocer que se nos ha pasado el tiempo sin darnos cuenta y lo que deberíamos hacer es disculparnos por habernos entretenido. Por no asumir que estábamos abstraídos, en el baño, en el trabajo, o en el caso de un restaurante porque no depende del jefe lo que tarde en pagar la mesa siete, que lleva media hora con el café. Por otra parte, de dónde vendrá esa necesidad de recibir una respuesta que no existe. En fin, en tiempos de coronavirus dos minutos tardan lo mismo en pasar. Magnitud elástica de la excusa no pedida.

04/05/2020

¡ESOS CUERPOS SERRANOS!




Después de la crisis sanitaria del coronavirus que se preparen los traumatólogos, Ellos han estado desplazados o con el paso cambiado estos días, meses. No ha habido roturas de huesos ni esguinces, salvo el de uno que se agachó a sacar la ropa de la lavadora y se quedó doblado. Que se pongan las pilas rehabilitadores, masajistas, monitores de Pilates, que abran las puertas de los gimnasios. Parece la canción de Sabina… Que se enfaden las flores Que vuelven las cigüeñas al calendario Que sufran por amores los dictadores Y los notarios. Que se muera el olvido Que se escondan las llaves de los juzgados Ahora viene la crisis de los tirones, agujetas y luxaciones varias. Es la consecuencia del arrebato deportivo que ha supuesto la apertura de puertas de la fase anterior a la cero, que debe ser la menos uno. Que “es que me he caído”, que “es que llevaba mucho tiempo sin hacer deporte”. Ya te digo. Salvo los concienzudos que recorrían el pasillo de su casa con constancia 150 veces al día, o los perseverantes que le daban a la bici estática, cinta, abdominales, el resto nos hemos quedado flojos, por decir algo. Y tanto. Estas charletas llenarán en breve la comidilla de las salas de espera de los centros de salud. “¡pues anda que yo!”.

Un simple vistazo a la calle el sábado en Madrid fotografiaba una monotonía casi melancólica. Tonos apagados a excepción de alguna zapatilla fosforescente o camiseta encendida, contrastaban con la agradable traición de la escasa naturaleza de la ciudad. Florecida y lustrosa ha avanzado cual si abril no hubiera caducado. Jazmín en flor adornando el aire de olor en las aceras. Madreselva escondida en un jardín. Fragancias casi visuales que llenan las calzadas. Liquidámbar en plazas elegidas y mucho plátano. El color lo pone la primavera. Nadie se vistió para salir. La ropa de andar por casa se ha hecho fuerte en la costumbre, y hemos perdido las formas y la vergüenza de manera catastrófica. Espero que reversible. ¿De dónde ha sacado el personal tanto chándal y zapatillas de deporte? La gama de equipaciones es completa, de la perfección y el conjunto en color y armonía al que ha cogido lo que ha encontrado. A la mayoría nos queda pequeña la indumentaria. Lejos de la prudencia y el decoro, hemos lucido con orgullo e indiferencia los michelines que se han hecho fuertes en nuestra zona lumbar, donde antes se alojaba la cintura, exhibimos rollizas morcillas de carne blanda que trota al compás de la carrera. Pero después de 50 días sin que nos vea nadie se nos ha olvidado lo que es el recato.

La vestimenta deportiva desentona, en general, con la forma física de los corredores. Hay un enorme voluntarismo. Un deseo de hacerlo bien, un no saber por dónde empezar. Parece que como se puede salir a hacer deporte, es obligatorio. Nos hemos echado a la calle tal si de correr la mismísima maratón se tratara. Con nuestra mejor intención. Ha habido muchos primerizos. Aquiles debe estar revolviéndose en su tumba, aún por descubrir: Quizá se detecte un movimiento sísmico inesperado por alguna península mediterránea que no sea si no su corazón enorme, inquieto. Porque más de uno se ha acordado de él este fin de semana “sportivo”. Como el “grupo”. Tokio, I’m on my way.

A lo que vamos: Que, con el entusiasmo que nos caracteriza nos hemos echado a la calle, hemos ocupado corriendo o andando rápido, los carriles centrales de las calzadas, en las aceras no se cabía. Hemos tomado la calle con una disciplina desordenada, como debe ser. En alguna esquina se juntaban litros de cerveza sin compartir. Abrazos contenidos o no. Secretos mal guardados. Después de tanta tontería, como la recomendación de ir en coche ocupando asiento delantero y trasero, personas que conviven, algo teníamos que incumplir. Es como si nos hubieran pedido que lleváramos mascarillas y guantes en casa, o que no durmiéramos con nuestra pareja. Al final, todo cansa. Y el estallido discreto fue el sábado. Ojo a las consecuencias, nos advierten. Siempre hay un Don Perfecto, con su mascarilla impoluta y guantes recién estrenados que se aleja con un quejido si no se cumple la distancia estricta. Tenemos la policía secreta entre nosotros. Pero el espectáculo no se va a repetir, está la mitad de la población lesionada. Además, ya nos organizaremos para no coincidir tanto. A las seis de la mañana te digo yo que no hay aglomeraciones. Nos moriremos pulcros y musculosos, con las manos impolutas, eso sí.

03/05/2020

MANIOBRAS ORQUESTALES EN LA OXCURIDAD, con permiso



Mucho cuidado. Nos estamos atontando. Y no podemos cerrar los ojos. No me puedo creer que hayamos perdido la perspectiva. Han pasado dos meses, es un verano. No es para tanto. Debemos reconocernos. No nos hemos ido a ningún sitio. Solo nos hemos quedado quietos. He estado oyendo preguntas de sesudos periodistas en las últimas ruedas de prensa y me he quedado preocupadísima.



¿Será verdad que lo que le inquieta ahora al españolito de a pie es si puede pasear y correr en un mismo día, o si cuenta dos veces? Confirmar que, si con los niños puede pasear un kilómetro, pero el adulto puede hacerlo dentro del circulo formado por la circunferencia de radio el anterior numeral. ¿Y qué pasa con el perro? ¿se puede salir otra vez con el perro? ¿Y si tienes dos? ¿O tres? Para chascarrillos está bien. Pero no me creo que esa sea una duda digna de un cronista cualificado. La parida que han montado llenándonos de horarios incompatibles con la vida es tan solo una maniobra de distracción. Humo denso que no nos deja ver. Es que, si sales a correr por la mañana, una hora, por la tarde otra de paseo, luego sacas a los niños con la regla de los unos. A eso le sumas las desinfecciones correspondientes, que no son menos de 15 minutos cada vez, más la ducha de después del deporte; ya llevas casi cuatro horas. Te queda hacer la compra. A las 6:00 que has ido a correr, el Mercadona y el Día estaban cerrados. Otra salidita, hala. Con su preparación y descompresión correspondiente. Tienes que hacer la comida. Como te descuides no te da tiempo a cenar. Que a las ocho hay que aplaudir y a las nueve hay que quejarse. Para la cacerolada, descárgate la App, no hace falta que busques cazuelas viejas. Hay Apps para todo: aplausos, como hacer una tortilla, conciertos, felicitaciones varias; aún así, se te amontona la tarea. Te lo digo. Nos están entreteniendo.



Cuando una cosa se cuenta muchas veces, acaba teniendo forma de verdad. O rendición del contrario. Hay verdaderos expertos en ese tipo de estrategias. Son espabilados desde pequeños. Aprovechan la contundencia de la realidad para darle la vuelta y sacar rédito. Un presidente solemne, anunciando millones de mascarillas que luego no existen. Si no fuera tan serio sería un buen chiste. Las arengas de sus socios echándole la culpa a las residencias de ancianos privadas. No sé si es verdad que se han muerto más de nuestros mayores en residencias públicas o privadas. Sé que se han muerto lo mayores, nuestros referentes. Sé que este puto virus se ensaña con ellos, con nuestros padres, con los que están más débiles, con los más frágiles. Pero también sé que los hospitales privados de muchas compañías se han abierto a la sanidad pública y los médicos, enfermeras, auxiliares, celadores, todo el equipo sanitario ahí actuado como un todouno. Han sido una sola sanidad, dando igual el color de la bata, sin tarjetas ni burocracia. Y lo sé de cerca, no porque haya salido en el periódico. No vale mentir. Y aunque sea verdad, ni es noticia ni es oportuno.

Yo diría que no tenemos mucho tiempo para paseos, que no se trata de saltarse normas o entender la mente oblicua que maneja los hilos. Se trata de salir de este entuerto. Y de aquí no se sale con hojas de cálculo ni tablas, se sale currando. Tampoco saldremos con franjas horarias y condiciones. Así que, dejaros paseítos, que no estamos de vacaciones. El confinamiento no puede ser un paso atrás, eso, ni para tomar impulso. ¡Que no da tiempo a tanto andar y a tanto deporte! ¡que tenemos que currar! O buscar la manera de hacerlo, hay que ser creativos, inventar, ayudar. Abre los ojos, dejémonos de pamplinas. Pasemos el luto y al lío, que hay mucho que hacer. No podemos rendirnos.

Lo que hemos tenido es tiempo para pensar, en medio de avalanchas de series y libros gratis, suscripciones de oferta a periódicos que muchos no sabíamos ni que existían. Visitas a museos con expertos comentaristas. Hemos tenido tiempo para reflexionar. Para poner en una balanza lo que estábamos haciendo mal. Es hora de salir y darlo todo. Este es nuestro partido. Hay que jugar echando el resto.




02/05/2020

CORRER A NINGUNA PARTE


Yo es que no soy mucho de correr. Porque así, correr por correr, no me hace mucha gracia, la verdad. Lo veo como una huida, y eso de cobardes, o de gente con prisa. Ya no tengo prisa. 

Pasear sí. Pero a tu vera. Porque pasear sola, no me hace gracia. Ir por ir, no. Es tontería. Y andar en plan de deporte no me mola. Quiero ir a alguna parte. Por la playa. Voy hacia el final y vuelvo. Vamos. Caminamos. Para charlar, para estar callados. Para estar juntos. Especialmente al atardecer. La ida hacia el sol de la tarde, con el ceño fruncido y la vuelta con él dándote calor en la espalda, suave ya, que ha perdido fuerza. Se agradece la caricia, el agua se ha enfriado y empieza a soplar una brisa suave que anuncia la noche. Y así un día y otro. Vida. Eso me encanta. De la mano. O no. Cerca. Yo con los pies en el agua. Salpicando. La arena fina. Tú y yo.

También me gustaba verte llegar. Pero ya no.



01/05/2020

VOLVER A LA NUEVA NORMALIDAD

No me puedo aguantar. Yo quería hacer chascarrillos sobre las mascarillas, pero voy a tenerlo que dejar para otro día. Los periodistas se tienen que estar frotando las tibias, eso sí, tomando distancia con la tragedia. Pero, ¡hombre habrase visto tamaña insolencia, tamaña desvergüenza! Porque ahora tenemos que felicitarnos de que la cifra de decesos, “caídos”, en lenguaje bélico, sea menor de 300. ¿Alguien se acuerda de cuantos inocentes murieron el 11 de marzo de 2003? 193. ¿Alguien se acuerda de cuantos inocentes y no inocentes murieron el 11 de septiembre de 2001?  3016. El 26 de marzo de 2020 ya se había superado la suma de las dos cifras, solo en España, según los datos que yo conozco, que son los que publica la prensa de muertos por COVID19. ¿De qué estamos hablando entonces? Si en un día mueren el doble de los asesinados el día del peor atentado de la historia de España, ¿tenemos que alborozarnos y festejar que baja la cifra? No. Nos hemos vuelto insensibles o ajenos al dolor. Vemos los gigantes hospitales como exitosas construcciones. Y los muertos como estadísticas. Que no. Que hay mucho dolor en cada enfermo, solo ante el dolor, sin visitas de parientes y amigos, muriéndose solo rodeado de magníficos y desesperados profesionales que no pueden hacer más. Sin posibilidad de velar su cuerpo, de acompañarle en la despedida. Hay una brutal tragedia que parece que estamos convirtiendo en parodia 
Se nos está dirigiendo hacia un rincón oscuro del futuro al que tenemos el deber de negarnos a ir. No podemos escondernos. Debemos ser valientes. No nos pueden empujar al abismo. No somos culpables, no nos hemos portado mal, antes, todo lo contrario, llevamos dos meses encerrados sin rumbo. Hemos sido buenísimos, obedientes, sumisos. Y ahora, ante un pueblo confitado, como decía alguien que parece que nos están engordando para comernos, cual Hansel y Gretel, nos piden que volvamos a la nueva normalidad. La normalidad no sé como puede ser nueva. Pero es que no se puede volver a un sitio en el que no se ha estado. ¿Qué es la normalidad? Define. Y que nos preparemos para la desescalada. Busco en la RAE y no existe ni el verbo ni el sustantivo, "desescalar", ni desescalada. No me viene nada, Escalar sí: 

·        tú. Entrar en una plaza fuerte u otro lugar valiéndose de escalas. 

·        tr. Subir, trepar por una gran pendiente o a una gran altura.
·        tr. Subir, no siempre por buenas artes, a elevadas dignidades. 
·        tr. Entrar subrepticia o violentamente en alguna parte, o salir de ella rompiendo una pared, un tejado, etc. 
·        tr. Levantar la compuerta de la acequia para dar salida al agua. 
·        tr. Ar. Abrir escalones o surcos en el terreno.

Imagino que se trata de una palabreja inventada para que imaginemos cómo salir poco a poco. Osea que en una sola frase hay palabras que no entiendo y que no encuentro en el diccionario y contradicciones. Y
a ni nos apetece, Presidente. Mire, yo no tengo jardín ni terraza, pero ya me he acostumbrado a mis cuatro paredes y a mi habitación sin vistas, pero conocida, donde controlo los riesgos. Me está dando como miedo el qué habrá más allá del portal. Imagino esas bolas que parecen granadas, corriendo cual pelusas por las aceras. Buscando alimento. Y es que me da no sé qué. Casi que me quedo aquí. Me trae la compra el portero, como ya soy mayor, tengo mi pensión, que con un poquito más que me dure, ya me apaño. Nunca he sido muy gastona. Hago pasos por el pasillo, que mis nietos me han enseñado a medirlos. Veo a mi familia por teleconferencias, nunca había hablado tanto con ellos. Me llaman mis hijos a diario desde las partes del mundo donde viven, según la zona horaria. Como duermo poco, tengo el día ocupado entre los seis y mi costura y algún libro que releo. Es la única vez que ser viuda ha supuesto un descanso. Él hubiera sufrido con la situación, se hubiera revelado ante la tontería. Le echo de menos lo mismo, porque me hubiera encantado comentar, entender con él y seguir sintiendo su calor. Pero me alegro de haberle ahorrado el sufrimiento. Su exquisita sensibilidad le hubiera hecho empatizar hasta el dolor. Con lo que fumaba hubiera sido carne de cañón. Murió en una paz que ahora no tendría.

Yo no quiero tener un gobierno de mofa. Quiero sentirme orgullosa. Pero cuando oigo la explicación de las fases, es que me da vergüenza ajena, de verdad. Parece que estoy viendo a Tip y Col rellenando el vaso de agua. Si los Hermanos Marx levantaran la cabeza harían una película entera solo con esa retransmisión.  Y no es para reírse, señores, que llevamos dos meses encerrados y con la muerte en los talones. ¿Qué licenciado puede hablar de una fase central en un total de cuatro? ¿Quién escribe los discursos? Ya me duele oír hablar de la fase cero, pero es ésa es una victoria de los informáticos en una batalla que ya hemos perdido el resto de los mortales, con perdón. ¿A quién se le ocurre complicar algo de esa manera, hasta convertirlo en un absurdo? Reclamo la sencillez o dejar paso a quien lo sepa contar. No somos imbéciles, ni los niños, ni los mayores, ni el resto. No es que a la primera no se les haya entendido, los que no lo entienden son ellos y por eso nos marean de esta manera. Para hacernos borregos. Que no es tan complicado.

No hemos visto lo que pasa en los hospitales, y no digo yo que difundan el dolor y la muerte, que para eso es menester la privacidad, que bastante es el padecimiento como para divulgar imágenes de enfermos, con sus nombres y apellidos, con sus hijos y hermanos. Estoy de acuerdo en evitar el morbo. Pero si no enseñan el problema, o lo relatan, tampoco quiero ver a un montón de gente vestida de verde aplaudiendo porque hay un alta hospitalaria. ¿Son figurantes? Basta. Por favor. Los médicos bastante tienen con lo que les ha tocado. Están acojonados, como todos y agotados. ¿Pero quien está convirtiendo la situación en chusca? No tiene gracia.

Que no hay mascarillas, ahí te pone mi tía la de Vigo a hacerlas, o las amigas de mis hijas. Inditex hace los trajes porque no saben dónde comprarlos. Hay test en los laboratorios, pero cerramos los laboratorios, porque esos científicos…son malos, digo malos de maldad, no de inútiles. Es que no lo entiendo. Que ahora cierro la construcción porque es peligrosa. Peligrosa ¿para quién? Toda esa panda de sindicalistas liberados, que se venden por un plato de gambas con la patronal mientras azuzan a las masas para que se opongan a la injusticia. Pero ¿qué barbaridad es esta? En la construcción hay equipos de protección desde mucho antes de que llegara el bicho a China. Otra cosa es que no se los ponga la gente. ¿Pero ustedes han visto asfaltar?  ¿saben lo que es una soldadura? ¿han hormigonado una losa? Se usan guantes y máscaras para muchos oficios. Parar la construcción es castigar a los no culpables. Es lo mismo que dejar a los niños en casa. Como si las constructoras fueran el símbolo de la explotación, especulación. Señores, ese tiempo ya pasó. Ahora la construcción da trabajo a muchísima gente y si la construcción funciona, todo funciona. Porque a base de papeleo no se mueve un país. Por no hablar de los laboratorios. Ellos sabían lo que era un EPI antes que todos nosotros. Cerrados a cal y canto. No, las clínicas privadas no pueden comprar test.
¿Por?

Parezco la niña del exorcista. Me da vueltas la cabeza. Han dejado en nuestras manos y a nuestro coste nuestra supervivencia en todo. Tanto en el campo económico como el sanitario, el las medidas higiénicas y protectoras. Ahora no nos echen la culpa. El ciudadano ha cumplido. 




AMIGAS DE LA INFANCIA


Todos hemos tenido nuestros amigos de la infancia o adolescencia que resultaron ser coyunturales. Compartimos tiempo, siestas en la piscina, muchas confidencias. De un modo automático y casi involuntario se saltaba la espita de la confianza y como un chorro salían nuestras pasiones y miedos más inconfesables. Quizá por saber que no coincidiríamos en otros lugares más que aquellos que la circunstancia nos obligaba. Madres que eran amigas, familias afines, padres compañeros de trabajo, oficio, estudios. Después un estío intenso, no volvíamos a vernos hasta el verano siguiente. Y vuelta a empezar. Relaciones afables, nunca superficiales. Diferentes, casi anónimas. Propias de ese momento expansivo de la adolescencia, de búsqueda de contorno.

Una de esas amigas mías de siempre, ahora es un crack. Siempre lo fue. Pero en estos momentos es reconocida. La oí hablar hace poco en la radio y me di cuenta de que sus horas de estudio y trabajo sin descanso habían dado si fruto. Algún malpensado puede asignarle un tutor que haya modulado su voz, su modo nítido de expresarse. Se equivoca. Ella siempre fue así. Adulta desde niña. Se la entiende de lujo. No como a esos superdotados que se creen que, cuanto más difícil lo explican, es que más tonto es el contrario y más inteligentes son ellos. Me opongo. El que introduce vocablos imposibles, tecnicismos rebuscados, no tiene ni idea. A los listos de verdad se les comprende a las mil maravillas. Cuando uno se engancha en un tema y no sale de su ofuscación y aparece ese ser que enciende una luz en tu humilde cerebro, ése merece los honores. Al caso. Mi amiga, amiguilla, conocida, era más lista que el hambre. Necesitaba dormir, y cuando ella bajaba a la piscina nosotras ya nos habíamos quemado por los dos lados. Recuerdo algún pretendiente al que tuvimos que atender porque ella tardaba en llegar. Se hacían los que pasaban por ahí. Ella solo se preocupaba por los estudios. No fue nunca una alocada de llegar al alba. Si en casa decías que habías estado con ella era la mejor coartada. Pero el sumun eran las clases particulares. A los 18 años, 20, nos las apañábamos con las pagas y algún extra por las clases particulares. Ella hacía competencia desleal, no malintencionada. Pero es que no cobraba. Y era la mejor, los demás éramos entusiastas y voluntariosos, nada más. Ella fue siempre profesional. Y claro, hundía el negocio. No había quien no la quisiera a ella de profe. Además, como era polifacética, podía enseñar desde biología a física pasando por análisis sintáctico. Cuando nos atrevíamos acercarnos a tan espinoso tema, avergonzados de nuestra necesidad y su nobleza, le pedíamos que pusiera precio a su hora. Ella se defendía aludiendo que lo hacía por placer. Así era.

¡Felicidades! Me alegró oirla hablar el otro día. No sé cuántos premios te han dado, pero mereces todos. Me encanta que se reconozca, que el mundo sepa que eres fenómena en tu campo. Una discusión que recuerdo haber tenido contigo es por qué no fuiste médico, si en realidad lo eras. Mucha suerte.