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01/05/2020

AMIGAS DE LA INFANCIA


Todos hemos tenido nuestros amigos de la infancia o adolescencia que resultaron ser coyunturales. Compartimos tiempo, siestas en la piscina, muchas confidencias. De un modo automático y casi involuntario se saltaba la espita de la confianza y como un chorro salían nuestras pasiones y miedos más inconfesables. Quizá por saber que no coincidiríamos en otros lugares más que aquellos que la circunstancia nos obligaba. Madres que eran amigas, familias afines, padres compañeros de trabajo, oficio, estudios. Después un estío intenso, no volvíamos a vernos hasta el verano siguiente. Y vuelta a empezar. Relaciones afables, nunca superficiales. Diferentes, casi anónimas. Propias de ese momento expansivo de la adolescencia, de búsqueda de contorno.

Una de esas amigas mías de siempre, ahora es un crack. Siempre lo fue. Pero en estos momentos es reconocida. La oí hablar hace poco en la radio y me di cuenta de que sus horas de estudio y trabajo sin descanso habían dado si fruto. Algún malpensado puede asignarle un tutor que haya modulado su voz, su modo nítido de expresarse. Se equivoca. Ella siempre fue así. Adulta desde niña. Se la entiende de lujo. No como a esos superdotados que se creen que, cuanto más difícil lo explican, es que más tonto es el contrario y más inteligentes son ellos. Me opongo. El que introduce vocablos imposibles, tecnicismos rebuscados, no tiene ni idea. A los listos de verdad se les comprende a las mil maravillas. Cuando uno se engancha en un tema y no sale de su ofuscación y aparece ese ser que enciende una luz en tu humilde cerebro, ése merece los honores. Al caso. Mi amiga, amiguilla, conocida, era más lista que el hambre. Necesitaba dormir, y cuando ella bajaba a la piscina nosotras ya nos habíamos quemado por los dos lados. Recuerdo algún pretendiente al que tuvimos que atender porque ella tardaba en llegar. Se hacían los que pasaban por ahí. Ella solo se preocupaba por los estudios. No fue nunca una alocada de llegar al alba. Si en casa decías que habías estado con ella era la mejor coartada. Pero el sumun eran las clases particulares. A los 18 años, 20, nos las apañábamos con las pagas y algún extra por las clases particulares. Ella hacía competencia desleal, no malintencionada. Pero es que no cobraba. Y era la mejor, los demás éramos entusiastas y voluntariosos, nada más. Ella fue siempre profesional. Y claro, hundía el negocio. No había quien no la quisiera a ella de profe. Además, como era polifacética, podía enseñar desde biología a física pasando por análisis sintáctico. Cuando nos atrevíamos acercarnos a tan espinoso tema, avergonzados de nuestra necesidad y su nobleza, le pedíamos que pusiera precio a su hora. Ella se defendía aludiendo que lo hacía por placer. Así era.

¡Felicidades! Me alegró oirla hablar el otro día. No sé cuántos premios te han dado, pero mereces todos. Me encanta que se reconozca, que el mundo sepa que eres fenómena en tu campo. Una discusión que recuerdo haber tenido contigo es por qué no fuiste médico, si en realidad lo eras. Mucha suerte.

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