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09/08/2020

PAPIROFLEXIA DE SOBREMESA


La pandemia ha instalado ya como definitivas, costumbres que antes eran solo coyunturales. Es decir, los manteles y servilletas de papel. El usar y tirar. La caducidad. La vida útil de los elementos que nos rodean es cada vez más parca, cada vez más exigua. En casa y fuera de casa. Ese tipo de menaje, como la cubertería de plástico, o de un solo uso, ha estado restringida a los restaurantes despectivamente llamados de comida rápida. Nótese que ahora está de moda el slow food. A quién no le ha dicho su padre, “come despacio, que te vas a atragantar”, "come despacio, sin ansia, es de mala educación abalanzarse sobre la comida"; "espera a que empiecen los mayores" Pues eso, en fino, es el slow food, en inglés mola más.  Casi parece una novedad. Pero no, es lo que se conoce como educación.  La buena educación.

Un buen restaurante antes se distinguía, entre otros muchos detalles, por el arte de poner la mesa. Una hermosa mesa en casa, para recibir, indica el aprecio por el invitado, la dedicación empleada en que todo quede agradable, bonito y rico. Aunque uno sea un zoquete, lo agradece, porque da paz y armonía. Invita a la conversación y al disfrute. Invita a quedarse, a estar a gusto. Los cubiertos bien colocados, paralelos, a distancias iguales, tenedores ordenados, cuchillo, cuchara, pala de pescado si es el caso. Cucharita de postre, sin dejar sitio a la improvisación. Si son de plata, ya hasta sabe mejor todo, vasos de cristal, copas ad hoc. De los que hacen música al pasar el dedo. Variable la calidad del cristal y la vajilla, de la Cartuja roja o verde, o la que corresponda. Completan la ecuación las servilletas de tela y el mantel lo mismo. Ya si son de hilo te vas a encadenar a esa mesa. 

Pues bien, la pandemia nos ha impuesto el no reutilizar. Tan pendientes que estábamos de reciclaje, se acabó lo que se daba. Hay que acabar con el puñetero virus. Mantel eliminado. Individuales de papel con la carta impresa en restaurantes es denominador común, servilletas de papel que a la vez protegen cubiertos de usar y tirar. Los platos que protegen del viento los mantelillos han de ser transparentes por razones obvias.

Empieza la comida. Levantando el plato un poco para leer bien la oferta culinaria pues la transparencia no es completa y se pierden los detalles, por fin los comensales deciden la comanda. En la espera, hasta que con la bebida llega el aperitivo de la casa, se buscan los límites del mantel, se escudriña algún detalle mientras la charla. Se estira y alisa, como si se pudiera. Llegan las bebidas. Entre los comensales siempre hay uno que, por nervios, tics o porque quiere fumar y no puede, o porque es así; juega a quitar el papel con la marca impresa, pegado a las botellas. Cuando de botella de plástico se trata, una Fontvella digamos, la tarea es fácil, Solán de Cabras han optado por el color del plástico y una diminuta etiqueta en el morro de la botella. Inteligente decisión. La marca perdura, aunque falte la etiqueta. El caso es que empieza la comida. El vaso se apoya en el mantelito dejando un cerco, porque rezuma humedad.  El impaciente desmigaja el pan, no se puede aguantar, empieza a sembrar migas a su izquierda, o a su derecha si se le acaba el suyo y ataca al del de al lado. Total. Son diez minutos de espera y las botellas ya no tienen etiquetas sino un rastro de pegamento, el papel se ha convertido en bolitas que siembran el borde de los bajo platos mezcladas con las migas y el propio salva mantel que empieza a descomponerse. Los nervios retocando los bordes en la espera.  Pliegues perfectos al principio, después las esquinas cortadas. Llega la comida y pasa el rato sin que nadie altere más la mesa. Pero ese momento en que toca pedir el postre, queda al descubierto el desastre individual. Las servilletas hechas un burruño, antes ocultas bajo los platos, mojadas o sucias, que ya no sirven para nada, todo queda al descubierto. Para disimular el estropicio, algún avispado empieza a hacer barcos o aviones con trozos salvados del mantel. El más listillo hace pajaritas. Eso sí, existe el comensal perfecto al que nada de esto le ocurre. Estupefacto y sin una brizna de crítica observa el desastre. Así es como queda una mesa de pecios en tiempo de pandemia.

 

08/08/2020

COLOMBO. IMPRESCINDIBLE

https://youtu.be/8VI9mUyG_f0

Si hay un personaje responsable de mi afición al misterio, ése es el Teniente Colombo. Un tipo sin contornos, con tan pocas ganas de destacar que no refleja nada en su aspecto, que incluso lo cubre. Con su inseparable gabardina. Prenda que arrastra para disgusto de madres que se imaginan intentando eliminar lo negro de los bajos de tanta porquería que debe acumular. Arrugado entero, la camisa Blanca que asoma necesita una plancha urgente. No perdona la corbata. Para colmo, fuma, esa ceniza pegada al cigarrillo a punto de mancharlo todo exaspera tanto como su tranquilidad. Lleva el pelo como si se acabara de levantar de la cama. Y los ojillos dicen lo mismo, que muy espabilado no está. Incluso parece intentar que no se note que bizquea. Le hace falta un aclarado, teniente, una buena ducha no estaría de más.




Pues bien, todo es un attrezzo. El conjunto forma parte del arte del disimulo. De poder recorrer la escena del crimen sin ser visto. En medio del follón de voces y gente. Sin necesidad de recopilar pistas ni meter en bolsas estériles pelos furtivos o dientes perdidos en un mordisco. Es el arte de la observación lo que pone al Teniente un escalón por encima del resto y lo acerca a la solución a velocidad de vértigo.  Aunque viendo todo desde fuera dan ganas de empujarle a que hable de una vez. Porque Colombo es parco en palabras. Le acompaña el gesto encorvado, con el que aún pasa más desapercibido. Hace un comentario. Lo borra en el aire con la mano ante el estupor del asesino que no entiende como ese personaje anodino ha visto lo que los demás han sido incapaces de intuir. Encaja las piezas y resuelve el crucigrama en tres dimensiones con la paciencia del vengador.

Pero es que Colombo es el tesón, la repetición, la insistencia, las visitas a deshora, los detalles que aparentemente le inquietan. Se rasca la cabellera desordenada y hace una supuestamente inocua referencia a su propia esposa, que por supuesto nunca aparece. Se da la vuelta como dándose por vencido y entonces ¡zas!, suelta el estoque final. Sin que le tiemble el pulso ni la tartamudez traicione su discurso, cierra el círculo. Impasible el ademán, cual falangista. Tampoco celebra los éxitos. Como vino se va. Gracias Rafa por estar atento. Soy fan incondicional de este personaje sagaz y discreto, perseverante y audaz.

07/08/2020

YO VEÍA CRISTAL



Quien no se atreva a confesar sus miserias no merece mi confianza. Yo veía Cristal, soltó el bueno de Marcos cuando estábamos en medio de una conversación a punto de reflejar nuestra profunda crisis existencial. Debatiendo entre los valores y lo valioso. Como se dice del tirón: Entre lo divino y no humano. Más divinos nos creíamos. Más cerca de la miseria que otra cosa. ¡Qué pueriles! ¡Cuánto infantilismo! ¡Panda de presuntuosos! Allí estaba el bueno de Marcos para acercarnos a la realidad: La telenovela. Sin complejos. Pie en tierra por fin. ¡Con lo sano que es eso!

Al final de la velada resultó que unos veían Cristal y los más, “Amor en tiempos revueltos”. Lo veo cuando voy a ver a mi madre. Ya te veo. ¿O vas a decirme que te dejas caer por la casa familiar a esa hora del cabeceo porque el café le salé riquísimo a tu madre? Es el momento de la verdad, te vas a quedar más a gusto cuando lo sueltes. Esa burbuja intelectualoide en la que te escondes no es óbice, obstáculo ni valladar. Te acabarán pillando. La verdad siempre gana sitio.



También hay series turcas, telenovelas, que arrasan. La de la tarde, según todas las madres de iba a acabar ya. Porque Fulano se moría y Mengano le decía a Zutana quién era su padre y ya. Cinco minutos. La realidad es que no se acababa. Tere murió sin ver el final, aunque quizá ya no lo recordara. Los ricos también lloran tuvo su público. Inconfesable, pero como otras adicciones, imposible deshacerse de ellas. Ver "Canción triste..."molaba, de eso se podía hablar en el café, patio del colegio. Más que confesión era atributo, punto en común. Guiño cómplice.  "Luz de luna", ahí, ahí. El malote de Bruce no se quitará ese papel de la espalda por muchas jaulas de cristal en las que se ensangrente. Su éxito se basaba en la peor mentira, crearon una ilusión imposible.  Esa platónica fantasía, esa irrealidad de que la chica buena y trabajadora acabara casada con el guapo gamberro reformado ha hecho mucho daño. Eso no ocurre. Además, no pegaban ni con cola. "Se ha escrito un crimen", bueno. A mí me recordaba a mi abuela y me encantaba la señorita Fletcher que tenía la habilidad de liarla allá donde fuera. Atraía los líos. Era genial, metomentodo, impasible a la crítica. El personaje tiene jugo, ahora que lo pienso. Me río yo de las feministas si llega Jessica con su argumentario. Buena era ella. Como mi abuela.



Pero ver esas series de australianos enormes e iguales entre sí, que bien podían tratarse de australopitecos con grandes mandíbulas y dentaduras de porcelana que brillaban a la luz del sol como los dientes de oro de los gitanos; esos membrillos de vida absurda a los que les pasaba de todo y de nada y lo recordaban cada día con nubes de algodón por si te habías perdido un capítulo; ver eso era peor que ver Dallas o Dinastía.  Inconfesable. Al menos estos ricachones eran malos. Además, cuando algún actor se ponía pesado lo mataban en un accidente y si hacía falta para el argumento de algún capítulo, le hacían una cirugía estética y tan campantes.

Pipi Calzaslargas tenía su tirón; o Heidi, a mí el abuelo me encantaba. Sospeché desde el principio que Clara no tenía nada en las piernas. La excusa de los hermanos pequeños o la tele monocolor era ideal para no reconocer el deseo de seguirlas. Igual ocurría con los petardos de " La casa de la pradera". Poco se habla de ese padre buenísimo padre, con su camisa blanca y sus tirantes. Y el sombrero. Entregado y trabajador. ¿Y esos vestidos de flores tapados con un delantal de volantes?  Poco se habla de esos gorros a juego, con viseras, que apenas dejaban ver los rizos.  Ese disfraz ansiado de todas las niñas de los 70. Por cierto, a mi hermana pequeña se lo hizo mi abuela. Está claro que soy fan. Sí. Los abuelos son fenómenos. ¿Quién no quiso tener esas tres pecas en cada moflete? Se dibujaban cajas con la vestimenta de Laura Ingalls. Había muñecas de trapo que las imitaban a esas hermanas idílicas que recogían huevos y ayudaban a sus padres en la granja. Sustituyeron a Nancy y a Barbie. En un deseo de poseer algo de ese oasis imposible ubicado en algún rincón del oeste americano que engullía las tardes de domingo a base de supino aburrimiento. O el "Coche fantástico", hoy superado por la tecnología.  Triste evolución de la fantasía. Indiscutible el maravilloso equipo A, con su locura y los collares. Personajes disparatados. "Las chicas de oro" tenían la ternura de recordarte a tus abuelas, una vez más.  Esas señoras divertidas que lucían coronas de pelo azul. Donde esté Cheers que se quiten los demás. Es la razón de querer ir a Boston. Es el Penta americano.


04/08/2020

ACTORES COMODONES




En los equipos siempre hay algún “vaguete”, que no paquete. Viene de largo, desde el patio del colegio. Yo me pido madre, en churro media manga. El que se pedía madre tenía mucho que aguantar luego, unos empujones en la barriga que ni te cuento. Pero se pasaba apoyado en la pared el recreo entero, mientras el resto arriesgaba la vida saltando a los lomos de amigos y enemigos, compañeros de clase. Volando, espachurrándose. Y a la siguiente dejando que el equipo contrario le rompiera la espalda, rezando porque no le cayera encima el más bruto. Ahora que lo pienso, con el “Corona” seguro que ya no se puede jugar. Eso era contacto total. Otro clásico era pedirse portero del equipo de fútbol. Que temple y carácter no le deben faltar, pero entregarse no se entrega, Y problemas de sudores ni uno. No sé cómo entrenarán, correr no les hace falta. Con tener fisonomía de armario, y un poco de agilidad, y capacidad de reacción, les vale. Sí, cuando llega el balón a la portería tienen lo suyo. Pero se puede pasar el partido mirando, con mucha tensión, pero mirando. Aburrido como una mona entre los palos. A punto de dormírsele las piernas. Mi padre siempre contaba lo de “me parece que tu hijo la cagó”, que le decía un hombre a su mujer cuando, después de un partido tedioso, el chaval, que era portero, la primera vez que el balón se acercó a la portería fue en un penalti. Y se tiró para el lado contrario del chupinazo que soltó el delantero. En su gran y único momento, lo mandó todo al garete, dos veces 45 minutos de tensión, de invisibilidad para que la imagen que se repita en todos los telediarios sea ese chute a la esquina izquierda mientras el cancerbero se esnafra en la derecha, brazos al cielo. Hay que tener mucho temple para esa posición en el 11.

Pues el actor que hace de enfermo, lo mismo. Y ya si se pasa media película en coma, como Joey Tribbiani en su trabajo como actor dentro de la serie Friends, es el papel del siglo. No tiene nada que decir ni que hacer. No se puede equivocar. ¡El disgusto que se lleva cuando su personaje se muere! Se había pasado un montón de temporadas en coma, normal. El asunto tenía mala pinta. Esos grandes papeles de secundario de lujo. En plan serio “El paciente inglés”, que encima iba vendado, con perdón. Mucho mérito no tiene. Podía haber sido cualquiera. Tumbado y sufriente. Sin emitir palabra alguna.  Tan solo gemidos esporádicos de dolor. Basta un suplente. ¿Que no.? Siempre me pregunto, en las series policiacas americanas tipo NCIS, CSI en Miami, Nueva York ¿Quién hace de muerto en la mesa de autopsias? Ese muerto que aparece a los cinco minutos de acabar el capítulo. ¡Papelón! Mi duda es si hacen una foto y la introducen en la cinta, porque en caso contrario tiene que aguantar la respiración y el parpadeo para resultar convincente. Al final tiene miga el papel de difunto.

En la vida, lo mismo. Hay quien la pasa de miranda. De portero suplente, que ya es el colmo. Reina. O como se llamara el que lo fue. Que se quiten los Corbaranes y los primeras espadas. Se quedan los de la barrera. Los que nunca saltan al ruedo. Los del paseíllo. Los que cuentan la historia sin heridas. Que se queden los suplentes, los secundarios. Los que pasean vírgenes de dolor y alegría. Y se entierran como vivieron, impolutos. Inmaculados y huérfanos de alegría y dolor. Tuvieron miedo a las arenas movedizas. Y se quedaron al margen viendo como otros salían airosos y triunfantes, o como se ahogaban. Se alegraron de no arriesgar. ¿Sintieron no haberlo hecho? A la postre vivieron anónimos. No consiguieron ningún papel. No hay muescas en su culata.


22/07/2020

DENTRO DE POCO NOS COGE CUÉNTAME

“Cuéntame cómo pasó”, para quien no lo sepa, es una serie española que empezó a emitirse hace mil años, en 2001. Está durando más que el pimentón. El argumento arranca allá por el 68. En 1968 tú eras un bebé. Yo cuando oigo “Cuéntame” siempre me sale con música. Cuéntame cómo te ha ido, en tu viajar por ese mundo de amor, volverás dije aquel día, nada tenía y te fuiste de mí. Háblame de lo que has encontrado, en tu largo caminar. Cuéntame cómo te ha ido, si has conocido la felicidad, cuéntame…La letra no tiene desperdicio. ¡Qué rimas! ¡Qué cadencia! ¡Esa manera de encajar un verso con el otro! No me extraña que le hayan quitado parte del título a la serie, ahora es “Cuéntame”, a secas. Se identifica más con Formula V. Pelo largo y flequillo a finales de los 60 en España. Unos mini Beatles a la española. Ellos sí que fueron una revolución, y no la movida madrileña. ¡Qué letras!

Al final de los 60 empieza la serie, cuando nace la canción. Sin hacer spoiler, porque confieso que no soy adicta, podemos recorrerla. En serio, no soy adicta. No. No es que vea sesudos documentales. Me encantaría, pero tienen en mí un efecto somnífero que ninguna medicación consigue. Ya, ahora resulta que nadie ve "Cuéntame", por eso sigue en antena. Por si las moscas. Que no. O sea, Imanol y Ana Duato ya forman parte de la rutina de muchos hogares. "Hoy tengo que terminar pronto de estudiar que hay Cuéntame". Televisión en familia. Son vidas más o menos como otras, padres y madres, abuelos, amigos, ruinas, negocios que prosperan, infidelidades, amor. Han pasado de Duralex al metacrilato, del pisito en Moratalaz al chalet en Boadilla. Un suponer. De la clandestinidad al éxito. Del blanco y negro al mando a distancia. Del 600 abarrotado, la baca petada de maletas y un par de bicicletas atadas con pulpos, al coche automático y viajar en AVE.

El caso, los personajes han crecido con la serie, acelerando un poco la cinta. A uno le ha salido barba, otra se ha embarazado, clarea las cocorotas y las canas abundan. Han pasado la adolescencia, la edad del pavo, crisis de los 40 y los 50, en vivo y en directo. Quizá su éxito se deba a la normalidad, que hace más fácil al espectador identificarse.

Se están quedando sin argumentos. La última temporada se centró en los 90. Dentro de nada nos pasan. En 20 años han hecho 50 y ya no les queda nada para llegar al presente. ¿Y si se convierte en un Gran Hermano? Sería un giro espectacular. Es la única solución. Eso o la cámara lenta. En cuatro capítulos abdica el rey y viene el coronavirus. A este paso van a tener que inventarse la historia. Sacan la vacuna, cualquier cosa. ¡Vete a saber si aciertan!  

19/07/2020

LA VERDAD OS HARÁ LIBRES o NO VALE MENTIR

Mi padre me dijo un día: más vale una vez rojo que ciento amarillo. La mentira es como el limón. Los hay de tipos y tamaños distintos, pero todos provocan el mismo efecto. Anulan el sabor, ocultan la podredumbre. Esconden el mal olor de lo corrupto,  de lo envenenado. La verdad es única. Y además es necesaria. Además, la verdad, aunque no caduca, cuando llega tarde ya no es lo mismo. No sirve. No es un alivio que sobre el entendimiento. Es la puerta en realidad de la traición. Las propiedades curativas de la verdad se disuelven cuando arriba con retardo. Porque la verdad es necesaria en continuo. En directo. A posteriori es una tirita usada, un vendaje sucio. Es reconocer que al acuerdo que no había perdido el juicio. Las mentiras piadosas no son más que cobardes eufemismos para etiquetar el egoísmo y la cobardía. Hay estratos en lo falso, escalafones el termómetro de la gravedad del bulo. No hablo de culpa.  Hablo de la verdad objetiva.
El ejemplo peor del embuste es aquel que se produce por omisión, en cuanto a lo público me refiero. En lo personal cada uno lleva su yugo. Porque si mientes y te curras la excusa, es malo, pero al menos le has dado una pensada. Le has dado a la cabeza. Tienes un motivo y anulas incluso tu integridad por inventar algo que te protege o crees que protege al otro. O para cubrirte. Pero al cabo has hecho un esfuerzo, por pequeño que sea. Aunque sea para cubrirte. Que está mal. Fatal. Es que las bolas son horribles. Horrible. En lo público fue el 11 de septiembre. Esa imagen fija de las torres ardiendo durante horas en todas las pantallas fue el enésimo atentado a la libertad que se produjo ese día. Y el video de los aviones chocando, primero uno, después el otro. Y el derrumbe. Vimos también el avión que se estrelló contra el pentágono. Debió filtrarse sin querer esa comunicación. Después se censuró.
La verdad es única. Y únicos son los muertos. Únicos en Madrid, en Navacerrada, en La Antilla y en Segovia, en Valladolid y en Vigo, en Cigales y en Granada, en Córdoba, en Zújar son únicos. No es que no se sepa, se tiene que saber. Porque cada uno tiene un nombre y una familia. Cada muerto es nuestro, es de quien lo ha perdido. No están sepultados bajo la lava ni calcinados en un incendio. Enfermaron, su situación se agravó y murieron. Hubo un montón de médicos cuidándoles y dando su vida y su pasión por salvarles. Esos médicos de vocación, no de 14 necesariamente. A quien se le ocurrió convertir la medicina en una carrera de obstáculos. Si es importante la pasión en la vida, en la medicina es indispensable. Esos brillantísimos expedientes que estudiaron medicina porque les daba la nota, habrán reflexionado estos meses. Y debemos pensar también en los que no tuvieron nota bastante pero sí vocación y se quedaron en el camino. Quizá sea momento de hacerles hueco.

Igualmente tenemos que saber qué ha pasado en los hospitales, no quiero ver más miedo sin compartir en los ojos de mi hermana por lo que ha visto y no se atreve a contar. No quiero que mi amiga, que ha buceado en el dolor del diagnóstico y pulmones encharcados, se debata sin poder dormir. Hay que hacer público lo que ha ocurrido. Hay que contarlo todo. Solo así podremos superarlo. Sin ser morbosos, solo contando la verdad. Las medias verdades son falacias a la postre. Se hace bola. Y ya nada vuelve a ser lo mismo. 

17/07/2020

YO ME CREO LAS PELIS

Será que tengo poca vida interior. Será. Pero yo las pelis, me las creo. Las vivo como la vida misma. Tengo miedo cuando toca, lloro como si fueran hechos que pertenecen a mi realidad. Y me río con ganas. "Que es una película cari", "mamá no llores", o "¿estás llorando?", me adivinan los caros antes de que alcance a secarme las lágrimas que no puedo contener. "Hija, que es una peli". Todas frases que he oído agradecida de mano de los que más me han querido o aún me quieren. A veces con un poquito de tomadura de pelo, que agradezco con retardo. Pero yo lloré cuando se murió Chanquete y en "Los Intocables" cuando mataron a Jim Malone, a la sazón el bueno del escocés, Sean Connery. No es que llorara, es que sentí su muerte, me dolió la traición. Pero de verdad, la caja de cerillas. La maldad resumida. La vuelvo a ver y confío en que esta vez no muera. Me creo los personajes. No confundo con el actor. Porque luego veo a súper Sean en otra peli y no es que piense “¡que hace este aquí, si se había muerto en los intocables! No es eso. Son independiente los personajes del actor, las personas que deben ser fuera de la pantalla. Para mí son a quiénes interpretan. No me interesa su vida privada. Que no me cuenten que no son valientes mis héroes del celuloide. No me interesa su bondad o sensiblería, no quiero saber de su alcoholismo o sus debilidades. Es que no me interesa. Esa manía de hurgar en la vida privada para denostar a los demás, no la entiendo. No aporta nada. ¿A que si son unos fenómenos no se habla tanto de ellos? Pues si no tienes nada bueno que decir de los demás, no digas nada.

Será que no tengo vida propia. Pero cuando veo una película de miedo, paso miedo. Miedo de verdad. Miedo mío. Recuerdo “El silencio de los corderos”, especialmente retengo la cara de los que estaban en la fila de detrás. Yo no podía mirar la pantalla. Me aterrorizaba el malísimo Hannibal Caníbal. Lo veía como un hombre malo real. Ahora los chavales (y no tanto) le dan para adelante y para atrás a la maquinilla y el cine dura lo que se les antoje. Que no te gusta una escena, te la saltas. Que no la has entendido, para atrás. Pero antes, no hace tanto, pantalla grande, cola para entrar. Emoción intriga, dolor de barriga. Palomitas. Oscuridad y susurros. Y de pronto, te has metido en la peli que no, que no querías ver, mal asesorado. “No da miedo”. "Ni di miidi, ni di miidi". ¡Tu tía la del pueblo! De esas recomendaciones se aprende en quién no confiar para ir al cine. No es que no duerma después, es que no lo puedo ver. La verdad es que gracias a que me creo los personajes, he podido ver otras películas del enorme Anthony Hopkins, que de caníbal pasó a ser mayordomo sin solución de continuidad.
Por creerme las pelis me llegué a marear en una, “A través de los olivos”. Sesudísima película iraní que no conseguí entender. La acción se desarrollaba en la devastación provocada por un terremoto. Me perdí en los primeros minutos, donde se mostraba en pantalla cómo bajaba un coche por un camino imposible, lleno de baches e incomodidades, dando tumbos. Tanto me metí en la acción que me mareé, como me pasaba de pequeña en el coche cuando viajábamos al sur con la baca llena de bicicletas y maletas. A Tere no le gustaba que muriera el padre en "La vida es bella". No tan bella. Decía que ella había visto una versión en que no moría.  La entiendo. Eso sentí con "El niño del pijama de rayas". Mi hermana pequeña decía que en Único Testigo, si te quedas hasta el final, Harrison Ford se da la vuelta y vuelve con ella. Me quedo siempre. por si acaso.
Y ahora que está de moda que les pasen atrocidades a los niños y adolescentes. Imposible. No puedo. Imagino niños desangrados y violentados por la calle, raptados, en furgonetas oscuras, con las manos atadas a la espalda. De camino a un país en el que usarán sus órganos para venderlos en el mercado negro o les obligarán a drogarse, prostituirse. Les veo en harapos, enormes ojeras bajo la mirada perdida. Veo a nuestros hijos, a los niños que conozco, a la que fui un día. Me parece que es real. No imagino el maquillaje ni el atrezo, veo y siento el dolor. Es superior a mí. No soporto ver esas películas.
Y otra cosa que me ocurre es que cada vez que vuelvo a ver la película la siento igual. Como si me hubiera olvidado. Espero que cambie incluso alguna de las escenas. Que haya sido un error subsanable. Y así, en la famosa película de la cita en el Empire State, primero deseo ella llegue, me desespero cuando me doy cuenta de que el argumento no ha cambiado. Me angustio cuando por fin Nickie Ferrante encuentra a Terry McKay en ese apartamento en que yace y se va. Y no se da cuenta de que está paralitica, yo lo revivo. No puedo aguantar la impaciencia, hasta que entra en el otro cuarto y ve su propio cuadro. Es como si lo viera o viviera, más bien, por primera vez. Lloro porque ella no llega a la cita. Lloro porque él se enfada. Me olvido de la siguiente imagen. Lo paso fatal. Como la primera vez. Y así vivo, sintiéndolo todo mucho.