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12/11/2018

PASOS DE CEBRA

Dibujo de Eduardo Mazariegos 
La ordenación del tráfico de los vehículos a motor tiene su lógica.  Por la velocidad de circulación y la intensidad y por muchas más razones sesudas; es imprescindible sembrar la ciudad de elementos que eviten conflictos en los cruces: semáforos, cedas al paso, glorietas, stop, puentes. Pero es la convivencia del peatón y el coche la que genera un conflicto más complejo. Por la cantidad de movimiento, producto de masa y velocidad, que hace de los impactos catástrofes para una de las partes. La diferencia de esqueleto es también un factor diferenciador fundamental en el resultado.
El peatón es un ser autónomo. Solo depende de sus propias ganas, energía y movilidad para deambular. Como libre que es, tiene capacidad para realizar todos los movimientos, rotación, traslación y, si se pone, nutación. Se puede parar o variar el ritmo de repente, cambiar de trayectoria en todos los ángulos, andar en sentido contrario, agacharse. En fin. Las paradas no son obligadas en general, ni se deben a necesidad de gasolina ni recargar; salvo que quiera hacer un alto en el camino para un símil con aperitivo o café; voluntario es pararse a charlar con otro de su misma condición. Sin olvidar el motivo más importante del cambio de rumbo sorpresivo, que es entrar en un comercio. El conductor también tiene comportamiento sorpresa a su paso por un escaparate. Su reacción depende de tantas variables que la hacen imposible de predecir, por eso es sorpresa. Influye la edad y el sexo, sobretodo el sexo. Pero también la prisa, la hora del día, la meteorología, el número de niños que lleven de la mano, en carrito o a hombros, la compañía, el humor, el bolsillo, la cuenta corriente.
Volviendo al peatón, éste ve condicionada su vida y su camino por el paso de cebra. Este elemento que en general acompaña al semáforo obliga a cambios indeseados de itinerario y ritmo.  Coarta su libertad. Le corta las alas.
Hay ciudades con manzanas enormes en las que el peatón, para cruzar la calle, debe recorrer el triple de distancia que si lo hace atravesando en perpendicular la calle. Es frecuente cruzar sin hacerlo por el paso de cebra. Para peligro de él y del conductor desatento. Igual que hay pasos de cebra peligrosísimos, situados por ejemplo muy cerca de la salida de una boca de metro, o de un centro comercial o un museo. El flujo de personas andando es tal que el conductor que no cree en la frecuencia de suburbanos cada dos minutos, torna creyente. No da tiempo a veces a colarse entre las hordas; se forma una fila de coches que pitan sin ver al primero que no ve hueco para rebasar la barrera humana. Incrédulos ante la tardanza desesperan los atados al volante. Se bloquean cruces. Y el flujo de gente sigue, lento pero seguro. Si hay una excursión de japoneses, el uso del freno de mano es menester. La cara de los andadores es de revancha. Ahora esperas tú. Incluso algún rezagado que iba a permitir al impaciente conductor desatascar el paso por fin, acelera y echa una zancada de galgo para reivindicar su derecho.
El caso es que, el manido talante es muy distinto en la nutrida fauna de peatones. Desde el punto de vista del conductor. Éste último puede ir circulando despacito por una calle de un solo carril (y sentido, que no es obvio). A lo lejos hay un paso de cebra, y una mujer con su carro de la compra y el bolso en bandolera para que no le roben, espera paciente en la acera. Cuando el conductor está a punto de pisar las rayas blancas, ella le mira desafiante y echa la pierna, o el carrito si es prudente. Espera a que llegue el coche a su vera para empezar a cruzar, cargada de razones. Y de imprudencia. Porque al vehículo se puede deducir, que el “cruzante” en cuestión no lo es, sino que está esperando algo. También los hay que cuando el coche frena en seco al llegar al paso de cebra, se disfrazan de guardias de tráfico y empiezan a gesticular para que no se detenga la circulación. Tales personajes suelen se varones, que no les gusta, coquetos, que les vean pasar despacito o que su galantería es tal que dejan pasar a chicas conductoras. Un modo de recuperar el mando. También entran en el estudio los niños, que se saben con derecho a cruzar. Una cosa es que tengas preferencia y otra que tomes precauciones, aunque sea mirar solamente. Ya si se quitan los cascos el riesgo cae en picado. Falta hablar del origen del peatón. Mucho cuidado con los periféricos. Mucho más atrevidos  que los de provincias que vienen a pasar el día a la capital.  Éstos son prudentes, casi miedosos. Los de las urbanizaciones son temerarios como ancianos.  
En ocasiones se llega a las manos, o al juzgado, por el tema de las preferencias. En mi pueblo, donde también tenemos pasos de cebra, claro; un día tuvimos lío. Un motero atropelló al dueño de un bar. El primero denunció al segundo, o al revés, da igual. En las alegaciones el abogado defendió la inocencia del conductor porque el orondo caballero estaba saliendo de un bar (el suyo, donde trabaja de sol a sol), segundos antes del incidente, ¡vete tú a saber cómo iría!, y no estaba cruzando por el paso de cebra, sino por la calzada. Temerario. Poca gente de mi pueblo sabe dónde está el paso de cebra más cercano a ese bar, si es que no se ha despintado el último invierno. Ganó el motero. La estupidez de aplicar la normativa sin sentido común tiene sombra alargada, como la del ciprés. 

Conocemos por experiencia carnal o virtual la existencia de pasos de cebra con indicaciones: “mire a su derecha” “mire a su izquierda” en esas ciudades cuya circulación zurda inquieta a los mayoritarios habitantes de ciudades diestras cuando las visitan y salen de su zona de confort. O esos puntos calientes de concentración peatonal donde se juntan tantas calles que hay pasos de cebras solapados entre ellos, en diagonal, los llaman. Para hacer un estudio. Un detalle peculiar el de nuestra alcaldesa de escribir frases y poemas paralelos a la acera, para entretener la espera por si los veh
ículos pasan haciendo caso omiso de las rayas blancas.  El caso es que el conflicto es compartir calzadas siendo tan distintos. Las diferencias provocan conflictos, a veces mucho aprendizaje. Ahora con bicicletas, patinetes y lo que se invente habrá que estar atento. No imaginaban Asimov y su panda el lío que íbamos a tener tan pronto sin salir a otro planeta a vivir. Normal, que antes del paso de cebra se coloque siempre una señal de peligro. Porque lo tiene.

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