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11/10/2020

ESTAR DE ACUERDO CON UNO MISMO


Hoy quisiera lucir un diploma de abogado en mi despacho. Abogado, que no licenciado en derecho. Que no es lo mismo. Por lo visto. A lo mejor el diploma sí. No sé. Mi abuela estudió derecho allá por mil novecientos treinta tantos. La prehistoria. Hace casi 100 años. Todos decíamos que era abogado. No. Licenciada en derecho. Resida en donde resida la diferencia. Vale. Con tal de discutir algunos es que no te dejan hablar o te hacen perder el hilo de tu discurso. Yo hace tiempo que abandoné la necesidad de tener razón. Hoy me basta estar de acuerdo conmigo misma.

Tal cultura y estudios jurídicos se me antojan armas para argumentar mis tesis sobre lo que está ocurriendo. Siento que no tengo fundamento teórico suficiente. Me pregunto si lo necesito. Porque la única formación que me sobra en todo esto es gutural. En el centro de mi garganta se anuda la indignación y el desconcierto. El cansancio y el aburrimiento. Me ha salido un pareado sin haberlo deseado. Estoy llena de un cóctel de sensaciones que me petrifica. No entiendo nada. ¿Cómo puede ser que lo que está ocurriendo en el mundo sea aprovechado como una oportunidad política? ¿Cómo puede ser que de la desgracia y la enfermedad se pretenda obtener rédito? ¿Quién quiere ganar ahora? No se trata de eso. Se trata de vencer a un enemigo común. Es apolítico, es diminuto y muy cabrón. Muta. Sus efectos son devastadores, nos han sobrepasado. No se conoce la cura.

Llevamos casi un año que si mascarilla que si guantes, gel hidro alcohólico, retrovirales. Somos burbujas andantes cuando osamos a pisar el exterior. Acojonaos cuando alguien tose, entramos en pánico si nuestra pituitaria no detecta el olor del guiso del día y lo identifica sin ningún género de dudas. “He perdido el olfato” le dijo mi mini sobrina a su madre con autoridad aplastante. Nos estamos volviendo locos de soledad. Abandonamos a nuestros padres para no contagiarles. Hemos dejado de besarnos cuando nos encontramos. No sabemos cómo actuar cuando nos vemos. La gesticulación escondida no acompaña. Hubo quién comparó la situación con la de la guerra. Se han parado los países como si la hubiera.

Los políticos, todos, deberían estar ahora a la altura de las circunstancias. Por nombrar ejemplos que nos pillan un poco más lejos y con las que podemos pensar con perspectiva, no nos merecemos a un Trump que hasta que no se ha contagiado no se ha puesto la puñetera mascarilla. Y como a él, a unos cuantos. Necesitamos un gobernante con mayúsculas, alguien a quien respetar. Gente a la que recordar, no una panda de estúpidos dándose codazos para salir en la foto. No nos merecemos que nos traten como imbéciles. Si hay que quedarse en casa nos quedamos. Miren en marzo. Nos quedamos. No había un alma en las calles. La ciudad resultó invadida por la naturaleza. Un poco más y salen los adoquines bajo el asfalto; un poco más y las aceras se tupen de hierba. ¡Qué primavera señores! Lo que han hecho el puente del Pilar en Madrid da cabida a la picaresca. A escaparse de puente. Con ataúdes en lista de espera, muertos sin despedir en el cementerio, enfermos aislados y drogados cuya recuperación total no se atreven los médicos a asegurar porque no saben De esa forma, nadie en su sano juicio se pira. Sea un estado de alarma decretado o no. Pero si nada es claro, si la norma va a golpes, se llenan los telediarios de medias verdades, se deja de escuchar. Si el gobernante divaga, si se le pierde el respeto porque se a él se le ve perdido y cagado de soberbia no se deja ayudar. Entonces, se entiende la desobediencia. Aunque sea una insensatez, pero esto es como un castigo injusto. Ante eso, lo sano es rebelarse. ¿Que se prohíbe salir el puente del Pilar, por precaución? Vale, pues háganlo bien.

No me vengan con bobadas. Que si uno va a ver al otro, que si no va, que no le llama, que no le coge el teléfono o le manda un mensaje. ¿Pero de qué están hablando? ¿De una pareja de adolescentes que ha regañado? No me interesa. No nos interesa. Que si uno no hace cosas, que el otro sí. No nos interesa. No abusen de su situación de poder. Hagan sus deberes y déjense de bobadas. Enciérrense, pepés y pesoes, podemitas y voxes y naranjas, canarios y turolenses, todos. Y hasta que no haya fumata blanca, no salgan. Queremos una solución consensuada. Tómense su tiempo, si se equivocan habiendo trabajado, lo entenderemos. Pero así no. No es esto, no es esto. No se trata de una ley que se va a cambiar pasado mañana. Se trata de las personas gente que mueren cada día, gente que enferma y nadie sabe cómo puñetas se han contagiado. Ancianos solos y acongojados que ya no quieren salir. Muertos por enfermedades de las que se domina la curación porque los consultorios están vacíos esperando las horribles patologías que es coronavirus provoca. Y hay un miedo incrustado en las entrañas que nos hace no acudir a hospitales.

Nos controlamos la temperatura. Se ofrece higienización allá donde vayas. Hay oficinas en las que al visitante y al trabajador se le da un baño de desinfectante a la entrada. ¡con lo que se me riza a mí el pelo con la humedad! Estamos locos haciéndonos test en cuanto alguien sube de 37. ¿y si tengo mocos? ¿anginas? ¿Y si me acatarro? ¿Si me hago un esguince? ¿Si tengo cataratas? Nadie conoce realmente el protocolo. No puede ser. Hay que restablecer la calma. Hay un estado de alarma no decretado y es la alarma que todos sentimos. Es peligrosísimo el fregado en el que nos están metiendo los incompetentes. Y sí no saben, dejen paso a otros.


10/10/2020

EL UNIVERSO NO TIENE CENTRO

 

El universo no tiene centro. Por muy temprano que te levantes. Aunque estés jorobado y pensando que eso que te pasa es lo más, lo peor, que eres el primero en sentirlo del mundo mundial, que no hay desgracia como la tuya. Pincha el globo, echa el freno, Magdaleno. No es verdad.

Yo entendí muy bien lo del “gran teatro del mundo”. Sin leerlo, confieso. Los demás son actores. Tú eres el protagonista y el resto está haciendo su papel, ellos lo saben. Tú eres el único que está en la inopia. Tiene toda la lógica. Y quien diga que no lo ha pensado nunca, miente. A lo mejor no se lo ha planteado porque es un zote. Una recreación moderna de esta idea es esa película horrible donde le toman el pelo a un personaje que es el único que desconoce que es un juego. El show de Truman. Me parece horrible porque me da escalofríos

Formas parte de un conjunto, del conjunto en que naciste, tu familia. Ese es el núcleo del amor, donde aprendiste a querer. Donde te cuidaron, de dónde vienes. Eras un punto y te vas haciendo grande, cada vez. Ahí engordarás tu subconjunto con tus amigos, que vas cogiendo de fuera de la línea, con tus amores. Ese minipunto va tomando volumen y se va haciendo poderoso dentro de ese simulacro de universo que es tu mundo. Con tus actores, protagonistas y secundarios. Cuídalo mucho, construye despacio. Mira las flores, consume olores. Disfruta de cada rato, brinda cada rincón. Todas las piedras úsalas para construir, tira las barreras, no tanto muro. Diseña uniones, levanta pasiones. Aunque te duela. Aunque estés solo. Cada minuto es uno más y vale. Al final del camino podrás mirar atrás. Sólo vale la gente a la que has querido. No destruyas, intenta construir siempre. Hazte entender. Habla mucho, pero sobretodo escucha. Abre todos tus sentidos para oír. Los demás siempre te aportan más de lo que eres capaz de hacer tú solo. A veces te pasan cosas, sucesos, que caen sobre ti, algunos prósperos, otros adversos, o los que parecen envilecernos con su contacto. Eso decía mi padre que lo había dicho algún sabio. Yo en realidad creo que era suyo. Que Don Ramón y sus súper - poderes habían manipulado los libros de historia. Algo tan actual. ¿cómo iba a decirlo alguien que vivió hace más de 2000 años? Para mí es mi padre.

Pues cuando ocurre uno de esos sucesos, que parecen envilecernos con su contacto; cuando se cierra una puerta que no sabías que estaba, el camino de pronto se llena de tierra. Es una presa que acumula en su intradós penas y miserias. El muro de Berlín de las lamentaciones. Es cierto que se cierra. Que te falta el aire en ese proceso. Pero, aunque te parezca mentira, puede haber salida. Tendrás amigos, tendrás amor, o no, pero la vida sigue sin darte cuenta. Aunque tú estés en shock, reseteando, al universo no le afecta.

Y es que el universo no tiene centro. Por muy temprano que te levantes. Aunque se sientas feliz, y pensando que eso que te pasa es lo más, lo mejor, que eres el primero en sentirlo del mundo mundial, que no hay felicidad como la tuya. Pincha el globo, echa el freno, Magdaleno. Comparte esa alegría con los que están en el hoyo, dale sentido a los días.

03/10/2020

PAN SOLO


El viernes quedamos unos amigos para ir a ver una peli. Hasta ahí, es un viernes cualquiera. Lo diferente es que nos conocíamos entre nosotros, al que menos, desde hace casi 50 años, compañeros de pupitre de la infancia. Ahí es nada. Y la película estaba dirigida por una niña de clase. Porque es aún ella, una niña de ojos vivos y cabello liso, corto y oscuro. La siguiente en la lista, que pasaban a diario, de una de nosotras. Presente.

La peli, fantástica, terminó y nos fuimos a cenar. A la cantina del Matadero. Podríamos haber cenado en el Palace o con una litrona en el Parque del Oeste, nos hubiéramos reído lo mismo. Todo el rato.

Recordábamos anécdotas de ese colegio donde entramos con chupete y salimos fumadores empedernidos. De ese colegio que cambiaba de sitio según te ibas haciendo mayor. Curiosa solución para los Peter Panes, ahora que lo pienso. Porque cada edificio estaba diseñado a escala. Al dejar de verlo, no se hacía patente que los baños o las sillas "te quedaban pequeñas ".

Las clases en Paseo de la Habana, en un edificio que ya no existe, destinadas para párvulos y hasta cuarto de E. G. B. No entiendo como podíamos caber allí. Vino Querejeta un día y encontró los ojos de Ana mientras hablaba en el arenero con su amiga del alma. Eligió Elías a dos niñas más, pero la mirada oscura y enorme de los Torrent, resumidos en Ana, lo cautivaron. Estábamos en clase de Literatura con Jesús. Nos dijeron que saliéramos al patio. De las barbas de Jesús salía el flujo incomprensible de Rayuela. ¿O era La Hojarasca? No sé. Cualquiera de los dos, me parecen indescifrables para un niño de ocho o nueve años. Pero el colegio era así. Pegábamos garbanzos en un cartón y leíamos poemas de Alberti. Sin solución de continuidad. Mientras Ana llevaba al padre de Gracia al fondo de sus ojos, los demás, distraídos, jugábamos a las canicas, las chapas o a balón prisionero.

Al hacernos mayores fuimos a Fernán Núñez, que tenía patio cubierto y un árbol en el centro del descubierto. Alrededor de él giraban algunos juegos. Una portería entre los pilares del patio cubierto. La otra, de ancho variable, se hacía con montañas de jerséis en la tapia de la esquina, semicircular. Los mellizos tan distintos, el primero fino estilista de centro de campo, el segundo portero, un fenómeno, menos cuando se lo pedía Sastre. Sastre no se quitaba la parca para jugar. Valdés tronaba “partidoooo” en cuanto sonaba el timbre. Y salía corriendo de clase con el balón debajo del brazo, jersey de rombos marrón, pantalón de pana, suyo (el balón). El mismo jersey que los hermanos del Pozo. Sonrisa gigante en su enrome boca. Tropezaba con todo, a trompicones. A su lado, más tranquilo, Mario con sus rizos amarillos detrás del balón. Samba, que por lo visto tenía un regate corto que no supimos las chicas apreciar. Luis con los mayores, de Linos y Bustelos. Jugaba siempre Juanis, que no ha crecido. No se ha hecho mayor, o no fue pequeño. Creo que ahora es quizá un poco más pequeño que cuando era pequeño y apolítico. Más joven. Vicente Laso, que según Fernando Pardo, que se lo sabía todo en cuanto a música, patines y los mods; marcaba el ritmo en el juego. Fernando y Julio eran amigos de música. Julio más serio, médico con Alex. Miguel y Santiago Alonso que no eran hermanos ni entre ellos ni de María, neuróloga anticipada. Nuria escribiendo el futuro en papeles arrugados y haciendo reír a las paredes. Jorge Herrero había sido boy scout. Anulfo y sus ocurrencias tras sus ojos miopes: pasa la bola. Mariana y Mariangeles dibujaban, la primera caballos de su lejana Argentina. Belén y Julio hablando en el patio. Alejandro siempre corriendo. Francisquillo era mayor y dibujaba coches que derrapaban en las carpetas. Los nuevos de la Moraleja. Juliana sensata escuchadora, usaba camperas y era amiga de Teresa. Teresa, que enamoró a todos. Hasta que Roberto la cautivó. Su primo Gregory. Juanjo y los comics, ¡qué bien dibujaba el tío!. Nacho pasándolas amargas, amigo. Mariajo que de pronto se marchó. Mariajo estaba en otra frecuencia, sintonizada con la magia. Álvaro, incomprendido hizo pergaminos y fue confundido con un pirómano. Angel, sentimental. Jorge Torrens y Natalia debían ser de la clase de los mayores, iban un paso por delante, cada uno en su estilo. Marta dibujaba lo que veía, el alma.

Había niños que daban la vuelta al cole sin tocar el suelo. Guerras de agua. Fernando Pardo llegaba el patinete, resbalando por las aceras. Suerte de los "medios propios" frente a las rutas que daban la vuelta al mundo antes de llegar al cole. En la ruta oíamos radio intercontinental y aprendimos que Enrique Busián no tenía puerta de calle. El reto de la ruta era recorrer los bajos de los asientos desde el conductor a la ansiada última fila sin que te pillaran. Coe, con su tilde. Hilario. Silvia, Alicia. May. Cristina.

Venía un churrero, ahora me pregunto qué llevaría en la cesta además de kikos y pipas, palolú y pastillas de leche de burra. Todo colocado en una superficie enorme que le hacía perder el equilibrio. Apoyado en la valla. Corríamos a verle con el hambre rugiendo después de los bocatas de Águeda. Tocaba Nocilla, formato croqueta en medio de un trozo de pan sin abrir del todo para ir más deprisa. Bocadillo horrible. Si salchichón o chorizo de Pamplona, volaban rodajas por el recreo. Me recordaron la opción de “pan solo”. Es buenísimo. Después de la cola que hacíamos para coger el bocata, pegados a las basuras, que olían que apestaban, ahí estaba Águeda, contundente, vestida con uniforme de lo que hoy se conoce como "cuidadora", la "chica", la "muchacha". Vestido por la rodilla y delantal con pespuntes a juego con los de las mangas. O Piedad, la india con su pelo negro en coleta brillante ofreciéndonos el desayuno sacado de un cubo negro enorme cuyo uso posterior o anterior siempre fue sospechoso.

Pero no se muere uno de eso, ni de las comidas de colegio. Incluso Jorge recordaba con nostalgia, como Juliana, ese puré de patata coronado con mayonesa de un dudoso amarillo verdáceo y un huevo demasiado cocido en la cumbre. Yo solo me acuerdo de que era una plasta imposible de tragar. Jorge incluso se lo ha reinventado con Maggy para alimentar a sus retoños. Reconoce que nunca encontró la mayonesa igual. Que cada uno colorea a su antojo, del verde al amarillo sólido pasando por un blanquito líquido. Es lo que tiene la memoria, que es libre. Peor y común eran los filetes de hígado con ensalada, lechuga nadando en un líquido acuoso como guarnición. Casi todos los filetes acababan en las jarras. Menos mal que eran opacas. Yo tuve la suerte en esa época oscura de ser amiga de Nuria que tenía tantas energías como hambre. Y que era tan generosa como alegre. Nunca me hizo bola la comida, como a la pobre Teresa, que empezaba a comer con los pequeños y se perdía todo el recreo porque lo ocupaba intentado tragar delante de la enorme Marinela, o José, o el temido Manuel. A Marinela la recuerdo vestida como Demis Roussos, con chilabas enormes, y el pelo legro larguísimo. La sonrisa ancha, como la chica de Víctor Jara.

La clase de 7º se inundó un día de lluvia. Estaba en un garaje. Al subir las escaleras, a la izquierda, estaba el despacho de Arsenio, que aguantó estoico una huelga única en el mundo escolar. No entramos en clase ni a comer durante días en protesta de la expulsión de un profesor. No me acuerdo si fue por el Molécula, o por Juan Ramón o por Julio López, que hasta tenía canción.

Recuerdo cuando vinieron los Tequila, ¿fue al morir Allende? con ese “más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor” huyeron de la Argentina los liberales, y se refugiaron aquí, con Franco vivito y coleando. Mayor, sí. Vino Ariel, con piernas de niña, pantalones pitillo, flaco y melenudo, che. Y muchos más, otro Victoriano Crémer, bufanda negra hasta las rodillas, del mayo francés. Su padre había estado en la cárcel. Remolino en las escaleras antes de entrar a "comedor". Cuenta, cuenta. Ojos redondos, orejas picudas en antena de serie del futuro.

En el patio jugábamos a churro, media manga mangotera (manga entera), práctica prohibida en la actualidad, con mucha sensatez. Porque no sé qué era más peligroso, eso o Chorizooo, que era como un látigo, pero a lo bestia. Y luego, si no nos gustaba la Nocilla, Piedad, digna portadora de su nombre, nos ofrecía un bocata de pan solo. ¡Pan solo! ¿El tuyo de qué es? El mío de pan solo.

22/09/2020

CADA UNO TIENE SU VASO PARA AHOGARSE

  

Cada uno tiene su vaso de agua en el que ahogarse. No es que se pueda decir de nadie que se ahoga en un vaso de agua. Como si fuera pequeño. Tú tienes tu vaso de agua en el que te ahogas si te da la gana. Y nadie tiene derecho a criticarte por tener tu vaso de agua. Grande o pequeño. No hay dimensión para la asfixia. Eso de la gota que colma el vaso, será. O no. Cada uno vive como puede. Todo depende, de cómo se lo monta, decía un sabio que ya no está. Dicen que está con otro sabio ahora, cuya teoría era que cada uno es cada uno y cada cual con su cada cuala, o con sus cadaunadas. Pues eso.

De las tragedias no hay medida. Y parece que la felicidad no cuenta. Es elástica, se encoje cuando viene la pena. Agazapada y asustada en un rincón no se atreve a reivindicar su espacio. No vaya a ser que le caiga alguna reprimenda. Son subjetivas las emociones que desencadenan los sucesos.

Pero cuando uno no puede con su vida, no puede con lo que le toca; cuando no llega, porque el mundo se le viene encima. Cuando llega ese momento, cada uno tiene su medida, que cambia en el tiempo, con la corteza que nos hacemos.

No hay pipeta ni matraz. El vaso no tiene marcas en el sistema internacional ni en pulgadas. Cada uno con su capacidad para ahogarse y su derecho, bien en un charco o en el océano. No hay más peligro en uno que en otro mar. Líbreme de las aguas mansas, que de las turbulentas ya me libro yo. Uno se agobia con lo que se agobia y ya está. No te excuses, “¡Ay, con todo lo que tú llevas, quejarme yode esto!” No se puede juzgar a nadie por ahogarse en un problema que desde su punto de vista es pequeño porque no lo es y no hay más que hablar. Caso cerrado. La única objetividad es que todo es subjetivo. Además, las dimensiones cambian.

Estar con alguien que está contento le gusta a todo el mundo. Es un imán. Así que, sonríe siempre que puedas; siempre que encuentres un motivo, por pequeño que sea.


21/09/2020

EL QUE PREGUNTA LO QUE YA SABE

No se entiende muy bien porqué lo hace. Si es para reafirmarse, para sufrir o para llamarte imbécil. O pensártelo a la cara. O porque sí, angelito que no sabe vivir de otra manera. 

El sujeto en cuestión te puede soltar, así, sin venir a cuento "¿qué tal está Pepito? " . Esta pregunta inocente te la lanza por teléfono, en medio de la calle, sin solución de continuidad. Te asalta y zas. No necesita introducción ni un como estás. Él sabe que  a Pepe le ha dejado su mujer, se le ha muerto el padre y le han echado del curro. Sin anestesia. 50 años, sin estudios y con un hijo malito. Lo mismo tú a Pepe llevas sin verle tres meses, o le has visto un momento, de saludo rápido. En ese lapso se han producido tales eventos. Contestas inocente con un: “No sé”. O “ni idea” El de la Gestapo se revuelve ante tu desinformación. Pero o desembucha o tiene que cambiar de tema porque no le das chance, no quiere soltarte un “ya que me preguntas” porque no le has dicho ni mu. Se le hace bola el cotilleo, no puede pasar un minuto más sin soltarlo. Le han dicho sé discreto y necesita tu alternativa para meterlo, como si le hubieras sonsacado.

Segunda opción es que sí lo sepas. Lo que le ha pasado a Pepe. Ojo. Que puede ser bueno. No suele. Los chismes del cotilla son más jugosos si de tragedias o dramas se trata. Puede empezar con un “yo no quiero decir nada, pero. ¿Sabes algo de Pepe?”. Raro sería que no te hubieras enterado, porque le han hecho lo ministro del interior, para enfado de propios y extraños que no es del partido, que es un base del baloncesto del Estudiantes, capitán del equipo español. De ahí a ministro. Ministro. Del interior. Buena gente es. ¡Coño, que es Pepe! Seguro que lo hace bien. Es un fenómeno. Ha nacido de pie. En coma con Disney tenías que haber Estado para no enterarte. O le he tocado el Gordo de Navidad. Le una entrevistado en la 1 y ha hablado de los agujeros que va a tapar. Y tú: “siii. Qué alegría”. Y el espía claro, tenía un as en la manga. Como no podía ser de otra manera. Porque abusa de la amargura, se ha tragado un limón y le sale ácido por los poros. “No tanta alegría, le han pillado que tomaba copas en Bocaccio cuando era estudiante y está pensando renunciar” Tú piensas ¿Quién no tiene un pasado? Si no es ahí, será en Green, en la Casita, en el Jardín, el Mono de Cercedilla, el Pajar, en Navacerrada. Menos mal que hay sitios que no existen y los pecados caducan o están enterrados. Porque si los delitos prescriben no entiendo cómo puede ser tan larga la memoria para la estupidez y las miserias. Quizá tomaba hamburguesas en el Night o conducía una Frontera Azul y contaminaba. A lo mejor le acusan de carnívoro, anti-ecologista. Cualquier bobada. Te callas. Resulta que el billete de lotería era compartido y se lo ha quedado Pepe. Tú sospechas que la denuncia viene de este pirado del chisme. Del espía sin uniforme. Que no pudo ser ministro, que no ganó. Que no puede con la carretilla de envidia que transporta.

También se da el caso de que tú tienes una información de primera mano, tanto que pongamos que se trata de tu vida. Que tu hijo ha sacado tal nota o tal otra o que te vas de viaje. Y te lo rebate. Porque él es así. Él ha preguntado y tiene que salir victorioso. Si le dices “me voy a Grecia”. Te contesta seguro de ´si, “no, a gracia no, dirás a Croacia”. Y no, es que te vas a Grecia, es que has sacado tú los billetes, tienes un amigo allí al que vas a visitar. Pues todavía quiere tener razón. “Me extraña”. Lo mejor es no tomárselo en serio. Se trata de cotillas ilustrados, chupópteros profesionales. Como amateur no tienes nada que hacer. Así es que desconfía de tu amigo nena.

20/09/2020

EL PEINADO DE SOLTERA

El asunto de peinarse es de suma importancia. No es baladí. Mientras no lo es. No sé si se me entiende. Parece que el resultado viene de fábrica, que salimos a la calle estupendos, pero no. Cuando no se convive, él admira la melena de ella, su pelo liso, o sus magníficos rizos, sus ondas, rubias o morenas. Él adora la nuca desnuda que asoma porque lleva el pelo cortado a lo garzón. No sabe lo que hay detrás. Que si las mechas, que si el tinte, que si me pongo rulos, o me lo plancho. Porque hay una época de no aceptación y rebeldía en la que una quiere ser de otra manera, y no se ocupa de encontrar quién es de verdad y sacar lo mejor de sí misma. Envidia el pelo liso de su hermana y ella sus rizos. La duración de esta etapa, de autoestima baldía, es variable, de cero a para siempre.

Mi abuela, una belleza castellana con alta consideración de sí misma; tenía el cabello negro cual modelo del mismísimo Julio Romero de Torres. Lucía lozana moño bajo cordobés al otro lado de la Sierra de Guadarrama, donde el campo huele a cerdo, decía. El día que se casó se cortó la ilustre cabellera. Sin más. Tenía muchas cosas que hacer, además, ella no sabía hacerse el peinado con el que paseaba enhebrada a mi abuelo, calle Real arriba, calle Real abajo. Él era su mejor mitad, como decía Delibes de su mujer. Me pregunto lo que pensaría ese enamorado esposo al ver a la bella y joven Sofía despojada de su mata negra y brillante. Yo, como nieta, puedo asegurar que murió cerca de los 90 años, con un cabello que entreveraba canas, grisáceo, sin tintes, duro como ella lo fue.

Otra abuela que no fue mía, pero la quería como si lo hubiera sido, cada semana, hasta el final de su vida, iba a la peluquería. Los últimos tiempos la peluquera iba a peinarla a casa. Jamás se peinó sola. Ni falta que le hizo. Genio y figura. Solo la pandemia hizo enarbolar el secador a una amiga que escribió entre las capitulaciones matrimoniales acudir semanalmente a la peluquería, pues ella no era capaz de domar su melena. El recurso de ahorrar para que te peinen es bueno una vez asumida la propia incapacidad. Porque lo que a los 18 años es un gracioso despeinado, a los 50 se convierte en que parece que vas camino a pedir limosna en la Milagrosa. La pinta de chiflada se hace enorme con los años, cada vez más. Como dicen ahora, la curva no se dobla, al revés, es asintótica.

Recuerdo a mi padre diciendo que me peinara. Él que sólo nos recitaba lo de Maria Manuela: ¿me escuchas? Yo de vestidos no entiendo, pero ¿de veras te gusta ese que te estás poniendo? tan corta tan transparente que como salgas a la calle te vas a morir de frío. Sabíamos que nos insinuaba una falda más larga, un pantalón con menos rotos, o que no dejáramos asomar el ombligo. Era exquisito y delicado en sus críticas con el vestir, con mi madre también; siempre sabía cómo conseguir que nos cambiáramos de ropa. Con el pelo era insistente e inflexible. ¿Te has peinado? Cada vez que me decía eso, me venía a la imaginación la casa de mi otra abuela, que frotaba su cabello de Hada Fatina con un cepillo de plata y suaves púas, cien veces antes de acostarse. Frente al tocador. Cuando te peinaba, lo hacía con colonia, después de haberte colocado un peinador rosa con cenefas blancas atado al cuello con una lazada perfecta. Salías del baño oliendo a Álvarez Gómez, la raya perfecta, el cabello ligeramente mojado y los surcos de las marcas del peine. Yo, que un día decidí por unanimidad que tenía el pelo rizado, cuando en realidad era fosco, me resistía al consejo paterno. Le contestaba “pues claro que me he peinado”. “No se nota”. “Es que es así, papá”. No era así. Así era la pereza, la confusión, esa edad extraña, esa idea absurda de querer parecer que no nos cuidábamos. Como si las guapas no pudieran ser listas, o las feas necesariamente fueran inteligentes. Cuando el descuido, en realidad, requiere la misma dedicación que el cuidado. Es una rebeldía absurda, una autolesión. “Me he puesto la goma de los espárragos” dice la estupenda, para hacerse la coleta. Te la habrás puesto, pero antes te lo has currado, maja. Y no pasa nada. ¡Cuánta razón tenía mi padre! El pelo peinado es cómo ir limpio y bien vestido. Es un must, que dirían ahora los dos tallas menos. Lo contrario indica pereza y dejadez, falta de consideración con los demás. Si no sabes peinarte, haz como Doña Sofía, córtate la melena. Y no te avergüences de cuidarte. ¡Ole tú! Se es guapo por dentro, pero por fuera es una cuestión de respeto al otro y a ti mismo. Porque lo de ser feo por dentro, eso sí que no tiene arreglo.


03/09/2020

NO SIN MIS CASCOS

 


Nos ha dado un ataque de individualismo que es tan dañino como el coronavirus. O más, porque se junta con éste y es una bomba que nos va a matar de soledad. Multiplica el aislamiento. Tan acostumbrados que estamos en esta época convulsa a las curvas, la del individualismo se asocia al egoísmo y es asintótica, con tendencia rápida e indiscutible al infinito. Al infinito temprano.

 

La familia y los amigos dan esa tercera pata al hombre que es imprescindible para garantizar la necesaria estabilidad. ¡Hala! He dicho. El hombre debe vivir en comunidad, en sociedad, en pareja. El matrimonio no es un invento ni un artificio. Es un nombre que se ha dado a lo que es natural. No es fácil. Pero es lo mejor. Dos puntos son una recta y la vida en ella es funambulista. Sin embargo, tres puntos hacen el plano. Eso es otra cosa. Mariposa. En un plano se puede vivir. En un plano se puede sembrar. Un plano para sentarse, para comer, para dormir, un plano donde empezar. Un plano donde dibujar un croquis y arrancar la vida. Un plano para el futuro, para un plan.

 

Dos puntos no sirven. Dos puntos son los auriculares que nos acoplamos para salir de casa. Ir por la calle sin saludar, sin pararse a hablar con el portero, vecino. No oír los coches ni el jaleo. Ser burbujas en este baño de soledad. Para estar en casa y oír tu propia música, ver tu sólo una peli. Sin necesidad de negociar. Pero es que hay que negociar, hay que hablar, estrujar los desacuerdos, arreglarlos. El silencio es la tumba de la vida. El padre con sus auriculares y el fútbol, la madre con sus auriculares y una serie turca muy sentimental. Un hijo con una película de miedo, otro jugando a caballeros a distancia con sus vecinos, en vez de ir a verlos. La hija con su amiga que ha venido a casa para verse. Cada una con sus cascos absortas en sus respectivos móviles, enviándose mensajes por Instagram y riéndose de videos diferentes de TIK TOK. A las 21:00 se da el toque de queda. A cenar, cada mochuelo a su olivo. La invitada se despide liberando sus orejas y sonríe. “Hasta mañana. Gracias”. Cenan sin hablar o hablando. Y cuando acaban, cada uno a su nido. Se excusan por el sueño. En realidad, busca cada uno su soledad de nuevo. La vuelta a su vacío.