Seguidores

31/05/2015

FUMAR ES LO SEGUNDO QUE MÁS ME GUSTA

Los fumadores son mucho más simpáticos que los no fumadores. Y mucho más listos, interesantes... ¿que no?. Es malo dejarse convencer por esta campaña de la salud. Bien, lo acepto, fumar es malo para la salud, malísimo. También es malo beber mucho, ir rápido en el coche, llevar los cascos puestos cuando vas andando por la calle. Bueno, esto malo no es, simplemente es bastante peligroso.
Voy a poner un ejemplo: Dos mujeres hablando en un parque. Van bien vestidas, una es mayor que la otra, más dejada también, más grande, más gorda. La otra tiene un aspecto hippy cuidado. Si se sientan y encienden un pitillo, ante la pregunta: '¿de qué están hablando?', la respuesta sería unánime: están dando una vuelta a su vida, reflexionan sobre las dificultades que tienen sus hijos a la hora de relacionarse, para estudiar; comparten preocupaciones que afectan a su pareja; discuten de las próximas elecciones, una de ellas ya fue parlamentaria hace años. Pero, ¿y si no fuman?. Si no fuman está claro, una le toca a la otra la manga de la camisa y le dice 'que suave' y la otra contesta ufana 'lavado con Ariel'. Un par de marujas.
 
Es que el tabaco hace mucho. Fumarse un pitillo es una unidad de medida de tiempo. Un fumador no le dice a un amigo 'tengo que hablar contigo', le llama y le invita a fumarse un cigarro. Un descanso en el trabajo dura lo que un cigarrillo.
 
Fumar era de getne interesante. Era bonito ver cómo se consumía un pitillo en un cenicero porque tu grado de concentración era tal que lo habías olvidado. El tabaco unía mucho. Se han empezado muchas relaciones con un pitillo. Y se han firmado muchos finales de litigios fumando.
 
También fumar tiene mucho que ver con el amor. Es sexi llevarse un cigarrillo a los labios y que él te ofrezca fuego sin preguntar, atento. Y si ya te toca la mano al acercar el mechero... en fin, pueden saltar chispas incontroladas. Y si hace viento y cubre la lumbre con su mano, haciendo pantalla para ti. Al levantar la mirada atenta a la llama prendida por fin, vuestras miradas se encuentran... Beso seguro. No sé cómo sobreviven los directores de cine sin el recurso del tabaco.
 
Hay quien fuma fatal. Hay quien fuma entre plato y plato, hay quien fuma comiendo... eso es horrible. Hay quien fuma en clase, hay quien te echa el humo a la cara... Había. Los fumadores son una especie en extinción. 
 
No todo lo relacionado con el fin del tabaco es malo. El olor... ese olor cuando salíamos de los bares... (bares... ¡qué lugares!)... el del tabaco ha desaparecido. Ahora se han descubierto nuevos olores desagradables que es mejor no nombrar. Pero lo que sigue siendo cierto es que los que fuman comparten un secreto sin ser maleducados. A mitad de comida, tomando una copa, anuncia alguien 'salgo a fumar un pitillo', y cada vez se levantan más mesas enteras que no quieren perderse lo que se cuece alrededor de un pitillo, haga frío o calor.
 
 
 

NO HAY EDAD PARA SER HUERFANO

No hay edad para la orfandad.

Quien se quedó sin padres de joven siente que son afortunados quienes llegan a la edad adulta con padres. No es envidia lo que pasa por sus corazones. Echan de menos a sus propios padres, y los de otros les recuerdan a ellos. No pueden sustituirlos por nadie.

Pero es que los padres son referentes, son un recoveco que tienen niños y adultos para refugiarse, para pedir consejo, para escuchar sus propios recuerdos. Un padre nunca deja de serlo, por muy mayor o malito que esté. Uno quiere que vengan a arroparlo de tanto en tanto, que escuchen el aluvión de emociones tras una alegría o que cojan el tarro de las lágrimas para devolverlas al mar.

Por eso no hay edad para perderlo. En algún sitio les darán la bienvenida. Aquí siempre serán añorados. 

Esta es una imagen del cielo como yo imagino que sería una Anunciación.


27/05/2015

LOS NOMBRES

Hay nombres que valen su peso en oro. La lista es enorme, pero se me ocurren algunos ejemplos:
Una peluquería que se llama M. Elena
La frutería La RePera o Espera (ese es un poco peor)
A cuadros, una galería de arte...
Una agencia de publicidad que se llama 'Puraenvidia'
 
Son estupendos los nombres de los bares. Por ejemplo el 'Pentagrama' tuvo que cambiar de nombre y pasar a ser 'el Penta' como todo el mundo lo conocía; incluso Nacha lo citaba en su 'Chica de ayer'. 
 
También me encantan los que no se entienden, pero están clarísimos, por ejemplo: Vinoteca La mercería. Doña Dolores, del tercero, le pregunta a Rafael, el portero: "¿Pero donde han puesto la tienda esa de vinos tan buena que me ha dicho mi hijo?" "Donde la Mercería, Doña Dolores". Y ya está.
 
También están los nombres tipo inglés, muy comunes en los pueblos, para darse un poquito de importancia. En la sierra, Gerardo pasó unos días en Londres después del verano. A la vuelta montó un Pub: después de haber visto el asunto de los apóstrofes, le llamó Gerar'd, ¡toma ya!. Y su primo, que no podía ser menos y adora a su hermano Andrés, se da cuenta de que ese es el camino... pero trata de subsanar el evidente error de la ese, le llamó A'ndis, a su hamburguesería. no tiene precio. Me encanta. Lo mejor es que la gente empezó a llamarle Andrés y él no lo entendía. Son muy interesantes algunos nombres que parecen extranjeros 'KONTIKI', de dónde vendrá ese nombre, con tantas 'kas' que podía ser japonés, y sin embargo se trata de una cafetería convencional cuyos camareros se dejan una mano en la espalda mientras sirven la manzanilla en catavinos.

Rumor, Rumor era la librería donde yo aprendí a leer. Hoy ha desaparecido y creo que es una notica triste (y antigua ya, por desgracia). Es bonito Rumor como nombre de una librería. ¿Y qué me dices del Rompeolas?, un bar que hay debajo del Viaducto, en Madrid, regentando por un querido amigo y compañero. ¿A quién se le ocurrió el nombre? ¿Es que acaso desde el Viaducto se ve el mar cuando es de noche...? En Segovia a la terraza que está al lado de la Catedral, en los soportales, 'la Concepción'...algunos le llaman la Concha, pero los autenticos la han conocido mucho tiempo por 'EL JAI'... solo algunos saben el oscuro secreto que guarda ese nombre.

Pero lo más bonito de todo lo hizo mi hija. Con tres o cuatro años en el colegio les preguntaron sobre su padre. ¿Por qué es importante tu padre? ¿Qué hace? Cuéntanos algo de él. Todos los niños hablaron de lo mucho que trabajaba el padre, de si jugaba con ellos, de lo listo o poderoso... mi hija le dijo a la maestra: 'mi padre me dio el nombre'. La profe se quedó estupefacta.
Y es que los nombres son muy importantes.

23/05/2015

LOS ROSTROS INVISIBES

Hay rostros que no existen. Porque son gente invisible. Me he propuesto mirar a todos a la cara. Porque ellos si te miran a ti. Y te recuerdan. Conocen tus costumbres, saben tu nombre, algunos saben donde vives, a lo que te dedicas, quién es tu familia...lo saben todo.
No es mi intención hacer un análisis exhaustivo de los rostros invisibles, pero todo empieza por el guarda jurado que está en la puerta del garaje edificio donde trabajas. Él sabe tu nombre, la planta a la que subes, con quién desayunas, tu horario. Y tú no serías capaz de reconocerle por la calle sin uniforme. A pesar de que tu eres de los que le saludan a diario.
El dueño del kiosco donde compras el periódico a diario, el conductor del 43, que coge tu mujer cada mañana. El portero de tu casa...que es nuevo (desde hace dos meses)...Es importante que las personas tengan nombre, para poder referirte a ellas, identificarlas, diferenciarlas. Pero todos estos elementos que componen tu día a día constituyen un mapa sin letras. Con un esfuerzo no muy grande puedes recordar su nombre. Y eso ya es un hecho que te diferenciará siempre. Ahondando en los rostros invisibles aparece Vladimir, que duerme en el cajero del Banco de Santander, el que está en la esquina, desde hace años. No sabes ni el color de su pelo, ni su nacionalidad...nada. Pasas a su lado sin mirar. No sólo no le miras a él, por no ofenderle o por pudor, no miras si está dormido o despierto, de refilón distingues un cartón de vino y unas latas de cerveza. No miras ese rincón que ha convertido en su hogar temporal. Ronca a veces. Podría darse la circunstancia de que Vladimir fuera un espía ruso, que está vigilando al vecino del 22, famoso terrorista internacional, que tiene dos niños rubios angelicales y una esposa deportista y encantadora. Tampoco sabes cómo se llama éste, por cierto. Coincides con él cuando sacas al perro por la tarde. Habéis hablado incluso, pero ni siquiera apostarías por si lleva o no gafas, ¿barba? ni idea. Y... hablando de todo un poco, el día que Vladimir enhebre su brazo alrededor del terrorista 'Giancarlo' y llegue una cámara de Telemadrid a tu portal, seguro que hay un vecino que asegura que Giancarlo era un hombre muy familiar, que nunca daba un problema, y tu pensarás 'me suena esa cara'. Pero no sabes quién es. Y cuando veas a Vladimir enarbolando un revolver y sujetando por las muñecas a Giancarlo: Vladimir erguido es apuesto, mide 1.90, la cabellera revuelta amarillenta leda un aire salvaje. Acaba de cumplir 40. Es corpulento...y sí, es el mismo que dormía y roncaba bajo los cartones. Como no mirabas nunca viste los micros, los periódicos acumulados no eran antiguos, eran del día, internacionales. El cartón de vino colocado estratégicamente ocultaba una cámara, las latas de cerveza, amplificadores...
Los más invisibles son aquéllos que nos remueven y están expuestos, no se esconden, burlan tu atención poniéndose justo delante de ti. El malabarista que lanza bolos al aire en el semáforo, la gitana que cojea (cada día de una pierna) y quiere limpiarte el parabrisas, el encantador gordito que te ofrece kleenex y si no compras te dice 'vale, otro día'. Podrían ser hijos del hombre más rico del mundo, que están haciendo una prueba para medir a dónde llega la maldad humana. Podrían ser policías camuflados, científicos haciendo pruebas extrañas... Y qué me dices del hombre que pasea por el bulevar rodeado de perros. Los animales están impecables. Ahora que lo pienso, eso le delataba. Podía tener el peor aspecto del mundo, pero no soportaba maltratar a sus perros.
En fin... lo mejor de todo es la habilidad de los periodistas de Telemadrid para encontrar a ese testigo que nunca sospechó del nazi del tercero

16/05/2015

COSAS QUE ME GUSTAN Y OTRAS QUE NO ME GUSTAN NADA

ME GUSTA

Me gusta la luz del amanecer invadiendo la casa. Mirar la carita de mi hija mientras duerme, oír su respiración, tan queda que casi no se siente. Me gusta cuando empieza a moverse y habla en sueños. Y lo que más me gusta es cuando se ríe, cuando se ríe en sueños, con esa risa que tiene, igualita cuando está despierta, esa risa de gorda, de niña feliz y contenta. Me gusta cuando se despierta y empieza a rascarse por todas partes y aún dormida casi, con el sueño calado en los ojos, en los movimientos.
Me gusta dormir al lado de mi ex-novio, que ahora es mi marido. Me encanta oir su respiración tranquila y profunda y verle sonreir en sueños, como ella. Me gusta su sonrisa, sus palabras y cómo me escucha. Me gusta verle concentrado haciendo cualquier cosa, jugar, leer, cocinar. Me gusta su pasión.
Me gusta oir a mi padre contar otra vez una historia.
Me gusta el sonido de los adoquines cuando llueve, igual que oír el mar... aunque me dé un poquito de miedo cuando ya es de noche. Me gusta cenar al aire libre y sentir el fresco de la noche. Me gusta fumar, me gusta muchísimo fumar. Me gusta el cielo de Madrid a todas horas, sobre todo en otoño a partir de mediodía.
Me encantan los dibujos de Ibáñez, Lorenzo Silva, Asterix, Tintín, el pequeño Nicolás, “La elegancia del Erizo”, “La importancia de llamarse Ernesto”. Me lo paso bomba con Harry Potter. Me apasiona Camus y a veces García Márquez y, claro, soy una fan incondicional de “El guardián entre el centeno”.
Me gusta Nacha Pop, El Zurdo y la música de los 80 de la movida madrileña. Me gusta la gente que sabe contar las cosas, que se entretiene en los detalles aunque no sean relevantes, que disfruta contando, que se lo sabe y no presume.
 

NO ME GUSTA

No me gusta nada discutir. No me gustan los fundamentalistas, no me gustan los que se creen que tienen razón todo el rato y mucho menos los que dicen un día una cosa y al día siguiente la contraria, siempre con tal de discutir. No me gustan los desfiles ni los uniformes.
No me gusta la gente que no se lava, que no se cambia de ropa.
No me gusta nada el cine iraní, no me gusta Bob Esponja, ni los dibujos animados en los que todos los personajes parecen tontos. No me gusta la gente que habla a los niños como si fueran idiotas, diciendo mal todas las palabras. No me gusta casi ningún político. No me gusta Yoko Ono, porque por su culpa se enfadaron los Beatles. No me gusta no entender una conversación o no estar informada.
No me gusta nada que se metan en mi vida, que me intenten organizar, que quieran manipularme. No me gustan los suaves, no me gustan nada. No me gusta el que espera a que pague otro. No me gusta la gente con morro. Ni el que nunca compra tabaco aludiendo que es fumador social.
No me gustan nada los que gritan cuando cantan. No me gustan nada los pantalones caídos ni los piercing, ni los tatuajes ni la ropa siniestra, ni la música siniestra, ni llevar crucifijos si no eres creyente.
No me gustan las mentiras. No me gusta la gente que hace daño a otros, ya sea daño emocional o físico.

GRU, TU VILLANO FAVORITO


 

Es un peliculón. Si eres padre y llevas al cine a tus hijos con ese secreto y obscuro deseo de echarte una siesta, si vas pensando -”¡bien, se apagan las luces y a disfrutar!”- Si sueñas con ese momento de semioscuridad y ruidos de todo tipo que te van a mecer (y amortiguar tus ronquidos)… no vayas a ver  “GRU, TU VILLANO FAVORITO”
En “GRÚ…” todo funciona bien. El esquema es genial porque el malo –el protagonista- en realidad es bueno y se va haciendo cada vez más guapo a medida que avanza la película, igual que ocurre en la vida real. Los malos, insisto, son unos tíos cojonudos: valientes, amigos incondicionales, se cuidan los unos a los otros, son solidarios, se gastan su pasta en los demás, son generosos con su tiempo, sensibles… En general fallan todos los estereotipos. La señora que es muy mona, va bien vestida, peinada de peluquería y no fuma y lleva collar de perlas... es mala de verdad. Los supuestos buenos son unos “cabrones”. Se critica en la película la “blandenguería”, la estupidez. Hasta sale la crisis económica… porque a quien de verdad se machaca y ridiculiza es al banquero, que encima de ladrón, tiene un hijo que es un enchufado, niñato, celoso, que no sabe hacer nada por sí mismo, que saca provecho de los demás… un prodigio de virtudes. Y el banquero lo protege, anula la competencia, la creatividad de otros a costa del triunfo del lelo de su hijo. No quiero olvidarme de La Madre –y no me refiero aquí al admirado Bertolt Brecht ni, por supuesto, a su Madre Coraje-, es esa clásica “castradora” que no se puede ser más antipática y bruja que ella, que no premia jamás a su hijo, en el que no hace otra cosa que ver defectos… pues tiene su punto. Los niños son buenos, y los muñecajos son feos, pero majos.
Y el argumento es genial, porque el malo lo que quiere es robar la luna haciéndola chiquitita... ¿Qué puede ser más real y más bello? Y se hace bueno porque empieza a querer a alguien, a unas niñas huérfanas ¿He dicho ya que está llena de estereotipos? ¡Hasta las niñas hacen galletitas que venden por las casas! De las escenas que son para recordar es cómo va cambiando el cuarto de éstas a medida que Gru las va queriendo más y que se deja a sí mismo sentir afecto. Se convierte en el mejor padre del mundo.
La película está llena de guiños, de humor, se escenifica la amistad, el amor, la solidaridad de verdad, la generosidad. Hay que ir a verla.
 

EL TOQUE NORUEGO


Son las siete y cuarto. El avión sale a las 9:30. Me pone mala llegar tarde al aeropuerto. Ya tengo mis manías. No han abierto la facturación, ni hay azafatas aún. Sé que se trata de un vuelo doméstico y que con una hora de antelación hubiera sido suficiente. Me apuesto algo a que Juan ha facturado por Internet, que llega en el último momento tan tranquilo. Fijo que le llaman por megafonía. Le encanta que digan su nombre por los altavoces. Le pone. Por fin yo facturo y me voy al embarque. Paso de esperar. Sé que es un gesto feo. Somos compañeros, somos amigos, vamos de viaje los dos solos, deberíamos también sentarnos juntos. Me da igual. O no.
Tengo 55 años y él, otros tantos. Un par más en realidad. Es tan coqueto que se aplica un coeficiente reductor. Y a mí un coeficiente de mayoración. El muy canalla. Nos conocemos bien. Tiene gracia. Además es un hombre bueno de verdad, con un corazón enorme y un estupendo sentido del humor... Ahora que lo penso… siempre me ha gustado. Y... ¿yo a él.? ¡Caramba! No sé por qué se me ocurren estas cosas en este momento. Es cierto que es la primera vez en 30 años que vamos a estar a solas más de un cuarto de hora. Nunca antes se había dado esta circunstancia, ni en la facultad, ni en el coche, ni en el ascensor, ni en el despacho...
Los dos estamos (o somos) solteros. En este momento no tenemos pareja, en realidad, desde hace tiempo ya. No es que seamos unos solitarios empedernidos. No hemos sido ni él un cura ni yo una monja... Sobretodo él. ¡Menudos ligues se ha echado! Las he conocido a todas. Las de una noche, las que querían casarse, las frívolas. Todas acababan claudicando. No sé por qué. ¿O sí? Él conoció a mi pareja (Andrés), claro. Yo he sido algo más constante, sí. Pero Andrés pasó de largo: igual que vino, se fue. ¡Ay! Estoy nerviosita. Recorro las tiendas intentando distraerme.
Me pregunto ahora cómo surgió este viaje. ¿Por qué nosotros? ¿Por qué teníamos que venir los dos? Y le imagino recogiendo en su casa, haciendo la maleta, volviendo a entrar porque ha olvidado algo. Le veo charlando, explicando alguna de sus peculiares teorías. ¡Qué risa! Es que es genial. Tengo ganas de que llegue ya, me apetece verle. Con su aspecto de caballero andante. Esa pinta de galán antiguo, siempre cortés. De su boca no salen más que palabras afables o divertidas. Sus gestos atentos. Una mano extendida para ayudar a cualquier dama a ponerse el abrigo. Pasa tú por favor y me da un toque ligero y contundente en el centro justo de mi espalda. ¡Qué respingo! Me electrocuta cuando me toca. ¿Sentirá él lo mismo? Un día estuve fijándome en cómo se para cuando pasa cerca de mí. Cómo abre los brazos cuando me siento a su lado. Cómo dirige su cuerpo hacia mí incondicionalmente, haya quién haya en la habitación. Trataba de ver si su comportamiento era igual con todas las mujeres. No. En realidad siempre he sabido que le gustaba. ¿Y cómo puede ser que hayamos estado así? ¿Cómo hemos podido pasar más de 30 años estudiando codo con codo, trabajando juntos, siendo vecinos? ¡Sin vernos! No lo entiendo. Ahora recuerdo su risa, sus manos, imagino sus labios y solo se me ocurre callar esa verborrea a base de besos. No sé cómo es el tacto de sus manos. Frío, sospecho. Y seco. ¿Cómo surgió este viaje? Ni idea. Creo que nuestro jefe ha decidido intervenir y darnos un empujón.
Siento sus dedos al final de mi espalda. No puede ser otro. Noto su firmeza, su contundencia y a la vez la infinita delicadeza de su contacto, a través de mis múltiples capas de ropa. ¡Ay madre! Mal empieza. Me giro muy, pero que muy, despacio, a cámara lenta, no quiero que quite la mano. La deja quieta mientras me doy la vuelta, sin dejar de tocarme, presiona sobre mis “carnes” -sí, estoy gordita ¿qué pasa? Gordita y prieta- y la apoya finalmente en mi cadera. Si la hubiera quitado... me habría caído al suelo seguro. Sonrío toda entera, con la mirada, con la boca... Él también. Estoy entregada. Como una quinceañera. Miro hacia arriba, a dos palmos de mi cara. Solo veo sonrisa, sus dientes desordenados y sus ojos de agua. Se inclina ligeramente, roza la comisura de mis labios con los suyos y se entretiene un instante más de lo necesario. Suficiente. Toma mi mano en la suya, como para alojarla allí. Está calentita, un refugio en ese Londres helador. “Vamos a perder el avión”
“This is the last call for flight number 2O89 BA destination Aberystwyth... please passengers proceede to gate number 2”
“Es el nuestro” y se ríe... Lo sabía. Es que no se puede aguantar. Ya en el avión amañó los asientos no sé cómo. Consiguió que nos cambiaran a primera en un par de gestiones. Y allí, en ese breve vuelo de Londres a Aberystwyth, donde íbamos a recoger unas semillas para nuestro vivero, en ese ratito empezó todo. ¡Lástima que el trayecto no durara más que un par de horas –a mí me pareció un segundo-! Nuestras manos no se separaron en todo el viaje. No sé muy bien de qué hablamos o por qué nos reíamos. Trajo champán la azafata. Brindamos con ella. Y seguimos charlando, como dos adolescentes, como dos críos que nunca antes se habían enamorado. Descubriéndonos el uno al otro, felices.
Al llegar a Aberystwyth diluviaba. Fuimos al National Institute of Research (NIR), esa es nuestra segunda casa, somos los guiris más queridos, bueno, a lo mejor somos los únicos españoles que pasan por allí con tanta frecuencia. Pero la verdad es que conocemos a todo el mundo, desde los conserjes al director. Enseñamos nuestra documentación -hay formalismos inevitables-, nos plantaron nuestras pegatinas fosforitas en sendas solapas y subimos a la planta tercera. Allí Rachel nos atendió cordial y atenta, como siempre. Resolvimos nuestros asuntos con eficacia y rapidez. Y nos acompañó diligente al terminar, al ascensor, deseándonos buen viaje de vuelta.
En la calle nuestras manos se juntaron solas. Había dejado de llover. Gales puede ser un país alegre: cuando el sol gana la batalla a la rutina de la lluvia, deja el cielo limpio y el aire fresco. Las calles estaban mojadas y el mar blanco de tanta ola enfadada chocando sin parar con los muros del paseo marítimo. Algunos pescadores se apostaban a probar suerte. El olor a lluvia y a mar mezclados. Las gaviotas tomando posesión de la playa. Llegamos al pub que está al final del todo. Habían colocado las sillas en la terraza. Un par de cervezas rubias y un paquete de Marlboro y allí empezó todo.