
Nos acercamos a grandes zancadas al
enfrentamiento por la discrepancia. Nos estamos separando por el desacuerdo. Y
eso nos hace cada vez más vulnerables.
Nos hace falta recibir la noticia limpia,
llega llena de ruido. Hay verdades que por no ser objeto de titulares, pasan desapercibidas. Estamos colmando nuestro vaso con números que creemos asépticos, pero ni en ellos podemos confiar. Nos vamos llenando de informaciones dirigidas, mentiras a
medias. Interferencias que bozan nuestra percepción. Otra vez una historia mal
contada. Los locutores desde el barro, sin tomar distancia, lanzan arengas. Son
comentaristas parciales, de un lado u otro o medio pensionistas, pregonan
opinión. Estoy segura que no hay mala intención, ni perversión deshonesta de manipularnos.
Estamos empezando a mirar al que opina diferente como si fuera un imbécil,
estuviera desinformado, le faltaran datos, inteligencia y raciocino. Es una
sorpresa real cuando oímos a alguien expresar lo que piensa y no está alineado
con nuestra opinión. A unos y a otros nos parece tan evidente, que sin maldad
nos anclamos en el pensamiento único. Llevamos la mochila llena de argumentos. Nos
creemos todos muy leídos y satisfechos de datos. No estamos dispuestos a argumentar posturas,
de manera espontánea nos nace el insulto del ombligo. Sale de la garganta un “no
es discutible” grabado a fuego por el enfado, la indignación, el miedo, el
susto.
Este no es el camino. Estamos armando
dos ejércitos a ambos lados de una grieta que crece deprisa. Una brecha
innecesaria, porque nos enfrentamos a un problema objetivo, que es científico, y
como tal debemos resolverlo. Juntos, unidos, sin aprovechar el momento para
intereses propios.
Yo voto por la riqueza que aporta la diferencia, por seguir
hablando, por no hacer más vasta la herida; yo voto por lanzar redes, por
escuchar, por trabajar en equipo. Cuanto más hondo excavemos este precipicio, más difícil va a ser volver a entendernos.
Una de las dos Españas nos va a helar
el corazón, ya lo dijo Don Antonio, que se marchó y murió enseguida, triste, ni
siquiera supo del final de la guerra. Estamos posicionándonos y creo que nos
estamos equivocando unos y otros. Todo empieza por no hablar, con tal de no recibir
insultos o la callada por respuesta. A la postre el peligro no es solo perder amistades
sino enemistarse enconados. Los ánimos están tan caldeados y agrios que las consecuencias
son imprevisibles. Se alejan las posturas como las placas tectónicas. Se agranda la distancia de aquellos que no comparten nuestro
extremo. Y cada vez nos radicalizamos más, nos vamos alimentado de modo endogámico.
Nos vamos pudriendo y encallando en esta selección tan peligrosa de información
y amigos que alimentan nuestra teoría, cada vez más radical. Aislados, cada
vez más enfadados, cada vez más enfermos, cada vez más solos.
Ya hay un español que quiere
vivir y a vivir empieza,
entre una España que muere
y otra España que bosteza.
españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.
No vale repetir, no vale copiar. Somos
hermanos, somos amigos. Nada ni nadie puede alienarnos hasta quitarnos lo que merece
la pena de verdad, nuestra esencia. Lo que más vale es la familia, la vida, la
amistad, el amor. Todo revuelto. Todo junto. Eso es lo que importa. Tu gente,
los abrazos, el apoyo incondicional. Escuchar, esperar de noche, compartir
silencios, alegrías y dificultades. De la mano, No mirar si hay culpa, seguir
queriendo siempre. Obviar las inclemencias mirándolas de frente, luchar y
seguir. Y seguir queriendo siempre, aunque duela.
Mi corazón también esperaba otro
milagro de la primavera. Pero ya no. La pérdida de la esperanza es la esencia
de la traición.
Se llama soledad.
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