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02/04/2020

ALLA TU


Yo pienso. "¿Para qué tantos?”. No lo entiendo. Ese gesto de levantarse y aprovechar el viaje, nunca hacer uno en balde; no cabe en la cabeza de algunos. Mi tío Felipe los llamaba viajes económicos. Son solícitos para muchas cosas, cariñosos y buenos. Pero son una especie de Pulgarcito que en vez de migas siembran tazas, vasos, cubertería variada y otros, a su paso. Sí, su huella es fácil de seguir. No precisas intuición para saber que han hecho.

Lo que no entiendo es por qué no llevan ese vaso vacío a la cocina para coger más agua, zumo, Coca-Cola, café. No. La observancia me permite asegurar que es un hecho independiente del contenido. Es decir, no es que “me he tomado un café y ahora quiero agua”, y cambian de taza a vaso. Entendería el canje, de loza a cristal, en una taza no se bebe agua, perfecto. Es un tío elegante. Eso sí, ya que vas, tío, llévate el vaso. No, eso no les cabe en la cabeza. Se han hecho un café a media tarde y se lo han tomado en la mesa de trabajo. Al cabo de una hora se levantan a por un buen vaso de agua fresca que depositan al lado justo de la taza. Y al rato, vuelven a tener sed, de nuevo mueven el esqueleto hacia la cocina y esta vez van a la nevera y “pillan” una botellita de agua. Alineada queda con su pasado.

No lo entiendo. Miro la mesa llena de vajilla variada, también se han tomado un sándwich, un plátano, una mandarina. No es intuición. Ahí están las mondas y cáscaras. Lo recojo. Y cuando se vuelven a sentar ni siquiera ven que han desaparecido todos esos pecios. Pienso seriamente en dejarlo, en no recoger. Lo hago. Se llena más. “¡No hay vasos!”, es el improperio de buenos días.  “Puñetas, están todos en tu mesa”. El efecto es el de un cometa, una estela maravillosa, pero en seguida desaparece.

Análogo problema ocurre en los dormitorios de los adolescentes, cuyo suelo se vuelve invisible, pero no como una propiedad del mismo. Me explico: La ropa se estratifica por los rincones. Jerséis sedimentarios, camisas ígneas, por el aspecto pétreo que les permite parecer figuras escultóricas, cantos rodados a base de calcetines de colores. Es imposible distinguir qué está limpio y qué no. Todo es para lavar, a la postre.

Creen sin duda que hay un conducto secreto, un canal invisible, que conecta su dormitorio con la lavadora y la mesa de trabajo al friegaplatos. Por tal conducto circulan sin atropello vasos, tazas, cucharas y tenedores en orden militar, que se autocolocan cual veía Arturo en la cocina del castillo (“me encanta la magia”, decía Harry en casa de su amigo Ron, el pelirrojo”) en el friegaplatos o en el fregadero, depende. Y calcetines ordenados van pasando de Gasol a Petrovic, Nadal tira de revés, en el hiperespacio del Hyperloop invisible hacia la lavadora, se van decantando en el camino, ralentiza la marcha la lana, para llegar a un programa suave, aceleran sábanas y ropa blanca que son abducidas en programas de agua caliente y un chorrito de lejía, Merlín sonríe y da órdenes en los hogares, con nocturnidad y alevosía. Así amanecen desayunos con cruasanes y zumos recién exprimidos, café humeante. Porque la magia existe. Y los que no lo saben, allá ellos. Hay que creer para que funcione.




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