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01/04/2020

Y LUEGO DICEN




Luego dicen de los mediterráneos. Vamos, que es porque tenemos buen carácter que encajamos las críticas. Ese saco en el que nos meten, de vagos, siestas eternas, sol, cervezas y buen comer. ¡Qué nos quiten lo “bailao”! La fama de pillos, de simpaticotes ¡Endivia cochina!”. Cualquier otro colectivo lo tomaría como un insulto. Pero como somos mediterráneos. Nos resbala. Nos reímos. No sé por qué los gabachos no son mediterráneos, por cierto. Porque el término se refiere a España, Grecia e Italia. No nos engañemos. Y a este mar dan unas cuantas costas más. En fin.

Pues resulta que nos estamos portando como unos campeones. Los mayores, los niños y los de en medio. Porque los ancianos, angelitos, solos muchos, muertos de miedo, ahí están, obedientes y sin dar nada de guerra. ¿Y los niños? Con deberes amontonados y unos padres atacados reuniéndose todo el rato, que no pueden ni comer juntos estando todos sentados a la misma mesa. Esos chavales son unos fenómenos. Sin regalos de cumple, sin amigos. Dice la gente que los niños no se enteran de nada. Serán otros, los mediterráneos son estupendos.


No salimos de casa. Estamos cumpliendo lo que nos dicen, salvo algún colgado que hace una fiesta de tres personas, en medio del ¡Arganda del Rey!, y se cogen una trompa de campeonato y vacilan a la guardia civil. O unas amigas que cantan el cumpleaños feliz en la acera, y lo cuelgan en Instagram. O esa señora que bajaba a la calle cada media hora para estirar las piernas. ¡Quiso hacer creer a los agentes que estaba en un avión! Son actitudes inocentes, con una gota de picaresca. Lo mejor es la entrada de la Guardia Civil “agente”, en una casa porque se oía un alboroto impresionante. Se daba la circunstancia de que son 10 hermanos. “Están jugando” dijo el paciente padre, al abrir la puerta con el mandil lleno de harina y contestando al móvil a su jefe. Al fondo volaban cojines y se atisbaba una tienda de campaña hecha con las sillas de la cocina y una colcha. La madre lleva enganchados en cada pierna a los mellizos, chupete en ristre. En el pelo una pluma de Águila Gris. Ella saca la lavadora mientras atiende a un cliente, lleva un auricular puesto y el otro no. Les pidieron el libro de familia. Esos padres cansados y con la sonrisa puesta. Sí, también hay unos listillos que llaman a tu casa diciendo que te van a hacer un test del puñetero bicho. Bueno. Si no valen los que compró el gobierno, ¡a saber qué traen ellos! En Italia empiezan a hablar de la mafia. Ojo.

En España estamos dale que te pego con el change.org, venga a firmar peticiones. Hemos demostrado solidaridad. En mi portal hay carteles de voluntarios para hacer la compra a los que no puedan salir. El otro día, una amiga del cole, desde la Europa de la otra velocidad, nos pidió máscaras de buceo de las de Decatlón para hacer respiradores. Además de ser de confianza la fuente, la contrastamos, porque hago constar que en el grupo hay una médico, que opinó que no era mala idea. Al minuto otra, que vive en un pueblo de Málaga, En Frigiliana por concretar, mandó una foto de una vecina que había llenado la KIA de gafas de buceo. Chúpate esa. La gente se ha puesto a coser mascarillas con trapos de cocina o bodis de bebé.

Resulta que es en Holanda, en ese reino de rubios y altos. Dominadores de la ingeniería del agua. Los holandeses son gente estupenda, acogedores, de mente abierta. Pues resulta que, aprovechando que no había nadie por la calle, unos cacos se meten en un museo y mangan un Van Gogh. Ni más ni menos, con dos narices. Además, el cuadro se llama “Jardín primaveral…”. Nostalgia de primavera no disfrutada, la floración ha ocurrido sin testigos. Como son así, fijo que lo devuelven. Capaces.

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