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27/04/2020

AMATEURS. PRINCIPIANTES. NOVATAS. AFICIONADAS.



Me gustaría hablar de las amas (o amos, no sé qué es lo correcto en cuanto a lenguaje inclusivo se refiere) de casa novatas (o novatos). 

El asunto del confinamiento ha acarreado una histeria colectiva en cuanto a la limpieza. Confieso que yo he delegado siempre que he podido las tareas del hogar. Sin llegar a no querer saber hacer las cosas, pertenezco a esa generación de “tu estudia, hija”. Cuando mi abuela cosía con su Singer y nos fascinaba el pedaleo, jamás nos enseñó. “Tu estudia, hija”. Ella estudió, también, acabó la carrera de derecho a la vez que estallaba la guerra civil. “Tu estudia, hija”. Mi otra abuela me enseñó a orear colchones de lana y a colocar bien el embozo. A mi abuelo se le daba genial hacer tortillas francesas, cenaban eso cada noche. Era un arte verle batir los huevos ya en la sartén, en el aceite caliente. Como buen andaluz, siempre abundante. En casa tuvimos suerte también de tener siempre ayuda, así es que me considero amateur en este tema, como en muchos otros. 
Resulta que una parte importante del encierro la ayuda externa; antes llamada asistenta, chica y recientemente cuidadoras, porque se encargaban casi completamente del cuidado de nuestros hijos; no ha sido posible. Me arremangué. El virus mata, las pelusas no, me dijo una amiga sabia. Así decidí enfrentarme a currar desde casa, en casa, la casa y la familia. Desde mi inexperiencia reconocida.

Encargarte por primera vez de una tarea cuando se te ha inoculado que es la higiene lo que puede evitar la catástrofe, tiene consecuencias que lindan con la paranoia, especialmente con las novatas. El primer problema con el que te enfrentas es el de fijar prioridades. Todo te parece crucial. Encuentras tan importante el quicio de la puerta y las molduras de ésta como las alfombras. Al ir a poner una lavadora caes en la cuenta de que tienes que desinfectar el tambor, pero no con lejía, porque te cargas la ropa. Echas una hora limpiándolo y cuando vas a poner en marcha la máquina te llaman por teléfono y se te olvida. El montón de ropa sucia queda apilado y en el olvido. Si tienes un robot que aspire y lo dejas puesto, perderás algún calcetín o se quemará el motor. 

Una ventaja es que ni entra ni sale nadie de casa, eso limita la esterilización de puertas para dentro, al menos hasta que se acaban las provisiones. Los repartidores dejan la compra en el ascensor o descansillo, depende. En la puerta están los zapatos de pisar la calle, como en el barrio de Monte Carmelo, cuando llegó el colegio Alemán y los alemanes y sus costumbres. 
Las tareas del hogar llevan muchísimo tiempo cuando no se está acostumbrado. Las novatas empantanamos la casa, que si la fregona en el cuarto de los niños para cuando tengan un descanso de la clase “on line”, por no salir en el video. 
Te levantas pronto para lavar sabanas y toallas a diario. A 60 grados, que se muere el virus. Al cabo de 40 días las sabanas son transparentes y las toallas no secan. Eso sí, el bicho, si estaba, murió. No planchas. Asumes como propio el eslogan de la arruga es bella. Extiendo - tiendo bien o va todo a la secadora, y pasas la palma por la ropa limpia que huele a talco y a bebé, antes de guardarla con cuidado en los armarios y cajones. La mano es la mejor plancha. Fregar el suelo con una mezcla inventada, propia del doctor Bacterio, que siempre contiene lejía en dosis variable. Unas veces te parece poco, otras te pasas. A mi un día salieron unas burbujas verdes que me hicieron ser más contenida la siguiente vez. Estuve a punto de conseguir una mezcla explosiva. Eso sí, hubiera acabado con el virus en mi casa (edificio completo) y buena parte del barrio. ¡Qué tentaciones de usarla en otro contexto! Porque me he olvidado de las proporciones, que si no…Hacer la comida. Se me quema la cebolla porque me han llamado para una reunión a cinco con Colombia, Perú y mis jefes en Madrid. En un momento dado congelo mi pantalla porque huele a chamusquina, demasiado tarde. Limpiar el alféizar de todas las ventanas, esas juntas entre las baldosas, ¿serán refugio del bicho? Me da un ataque. Y qué me dices del pomo de la puerta de entrada. Ese tubérculo olvidado, una mezcla de limpia metales con su chorrito de lejía. Reluce más que el día de la Asunción. Una esquina de la librería, te da por sacar brillo a los CDs. Por no hablar de los enchufes. Fuente inagotable de bacterias y parásitos que podrían contaminar la asepsia de mi “quirofanoso” hogar. Por poco no me da un calambre. Los limpio entre convulsiones de pasión, con lejía diluida, luego una gotita de amoniaco en un paño de papel, que después tiraré dentro de la bolsa de los derivados del eucalipto. Tengo tantas bolsas distintas de basura que soy la reina del reciclado y ustedes lo van a ver. Cuando bajo al garaje a tirarlas no sé dónde ponerlas. El portero me ha dicho que me encargue yo, que él ya tiene bastante. He notado acritud en el tono.

En fin, que vivan las amas de casa de verdad. Que vivan las asistentas. Debemos dar el valor que tienen por ejercer tan denostada labor. Nunca se le da suficiente mérito.  Además, la casa más impecable parece invadida por los bárbaros en un par de días de ausencia de esa labor silenciosa.La cocina hace hogar y el orden y la limpieza dan mucha paz.


3 comentarios:

  1. Se ha convertido en un gran entretenimiento leer tu crónica diaria e imaginar qué parte de lo que cuentas con tanto humor es autobiográfico.

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  2. Inventado casi todo. Jass

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