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04/01/2022

EL ALFABETO GRIEGO

Αα (alfa); Β β (beta); Γ γ (gamma); Δ δ (delta); Ε ε (épsilon); Ζ ζ (dseta); Η η (eta ); Θ θ (zeta); Ι ι (iota); Κ κ (kappa); Λ λ (lambda); Μ μ (mu); Ν ν (nu); Ξ ξ (xi); Ο ο (ómicron); Π π (pi); Ρ ρ (ro); Σ σ ς (sigma); Τ τ (tau); Υ υ (ípsilon); Φ φ (fi); Χ χ (ji); Ψ ψ (psi); Ω ω (omega).

El alfabeto griego, ¡ese gran desconocido! O no. A los que somos de ciencias las letras del alfabeto griego nos suenan a nombres de ángulos, a tensión tangencial o normal; a cosas muy pequeñas o que tienden a ser pequeñas. Las letras griegas nos suenan a densidad, viscosidad, a incremento. Asociamos algunas de ellas inmediatamente a números de infinitos decimales. En fin, los que somos de ciencias usamos un montón el alfabeto griego, sin saber nada del idioma griego. Los analfabetos de ciencias no pensamos en aquellos griegos que inventaron este alfabeto y cuando vamos a Grecia nos hace mucha gracia ver tan conocidos caracteres para indicar direcciones, nombrar las calles, en un menú, en fin. Nos creíamos que estábamos solos en el mundo. Al ver la cartelería inmediatamente pensamos en un problema matemático.
En primer lugar esta atribución de letras a las variantes que originariamente y por espontaneidad se llamaron británica, brasileña, sudafricana; en mi opinión restan información al dato y además le hacen anónimo. Entiendo que científicamente se les deba atribuir un número, un nombre, a cada una de esas cepas; pero para el pueblo llano es sanísimo conocer dónde se detectó por primera vez. Además es, culturalmente muy interesante. Si los nombres asignados fueran de las ciudades, del pueblo donde apareció el bicho en cuestión, ese tiempo ensanchado que ha otorgado al ocio la pandemia, en vez de dedicarlo a acabar con el repertorio de las plataformas, jugar como posesos a juegos solitarios, se podría dedicar a ubicar esas localidades en el mapa. Esa actividad nos daría a todos una perspectiva mejor del mundo en que vivimos. Ubicar chinchetas en el globo, saber dónde está Kentucky (no el de la calle Fuencarral, KFC, el del mágico pollo frito), localizar el pueblo donde se detectó la cepa india, la vietnamita.  Hemos desaprovechado una oportunidad de oro para aprender geografía. ¿Por no ofender? Pero, ¿a quién ofende que se detecte una variante o una cepa en su pueblo? San Paolo seguirá siendo San Paolo (San Pablo) sólo que el mundo entero habrá puesto una banderita en esa ciudad enorme. La curiosidad habría hecho investigar a alguno cómo es la ciudad, quién la bautizó, número de habitantes, en fin. Para eso hace falta interés, es cierto. Mi madre aprendió con más de 70 años a ubicar todos los estados, de los Unidos, por compartir intereses con su nieto, que seguía los partidos de la NBA mientras ella leía “Los viajes con Charley”. Hace falta curiosidad, para sentarse y buscar en el mapa cada pueblo, cada ciudad, y entender así por qué; lo contrario que provoca este anonimato políticamente correcto de la nomenclatura de las variantes de la Covid. ¿Nos vamos a olvidar también del primer pueblo que se cerró, allá en la lejana China? Nos estamos tapando los ojos a una información muy valiosa a la historia de esta pandemia.

Pero hasta a los de ciencias nos sorprende que se haya pasado de la variante delta a la ómicron. Confieso que ésta no la conocía, ni en minúscula ni en mayúscula. Ni idea. ¿Qué pasa con épsilon, zeta, lambda, mu…? Entiendo que se hayan saltado la “eta”, por motivos evidentes, ¿Pero las otras? Había oído que alguna podía ser ofensiva para determinadas culturas. ¡Pero se han comido muchas! Como ahora todo se sabe, buceo mi curiosidad por la red. Resulta que hasta la delta, las variantes las ha asignado la OMS el valor de 'variantes preocupantes. Entre delta y ómicron hay un paréntesis de variantes consideradas por la OMS como 'de interés' (VOI). ¡Acabáramos! Yo que estaba dispuesta a dar una razón poética a este salto virtual, resulta que está todo pensado. Realmente me resulta curioso que justo haya sido la épsilon la del parón. Porque en mates se usa épsilon para cosas muy pequeñas, vamos lo más pequeñas que te puedas imaginar. Justo ahí, cambia la puñetera cepa a un que es ‘de interés’, ¡vaya por Dios!, mira que es casualidad. O no. 

En fin, que desde que Google es Google ya no se puede discutir ni fantasear. Se acabó la vehemencia. Se acabaron las discusiones en las que uno siempre tenía datos irrefutables que abanderaba sin que los demás se pudieran defender. Espera un momento, que lo vamos a mirar en internet. Punto en boca. Pero me asusta el número de letras que quedan desde esta ómicron hasta la lejana omega. Deseo que esos sabios de la Organización Mundial de la Salud no esperen acabar con el alfabeto.

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